Por Juan Mario Sánchez Cuervo
Escritor y periodista colombiano en el exilio

Para vos hermano o hermana, que sos ateo o atea… para ustedes los que no profesan una fe, una teología, una creencia en un Dios personal (o dios, así no más insignificantemente con minúscula)… para ustedes, digo, quizás sea un poco más fácil asimilar el drama de este sanguinario circo romano vivificado en Colombia desde hace unas décadas. En todo caso, es más complejo para alguien como yo que creo o creo creer sin ser una estúpida oveja de ningún rebaño o pastor. Porque hasta donde tengo entendido no soy un creyente idiota.

Soy un hombre de la academia y no es nada fácil conciliar el desastre humanitario, animal y ecológico en Colombia y en el mundo con la visión de un Dios, o dios, bondad universal. Tengo ansias de blasfemar y escupir a ese dios. Es tan lamentable mi situación que no logro librarme de esa entelequia. Es una pobre esperanza de quien se aferra a un madero como un náufrago en un mar violento. Tanta maldad, tanta crueldad, tanta injusticia de ayer y de hoy bajo la alcahuetería o tutela de ese dios o Dios o como se autodenomine. Nunca he sido un maldito indiferente. Me duele mi país, me duele cada puñetera injusticia colombiana, hoy bajo el dominio de una narco dictadura paramilitar.

Me siento tan frustrado, tan impotente que quiero descargar mi ira mi frustración en ese dios o Dios en quien no quiero creer, pero en quien creo como una obsesión que me inocularon perversamente en mi niñez. Cuando observo la tragedia de mi amada patria dirigida por un director de orquesta demoníaco, alias Uribe, me parece absurda mi fe en una bondad universal. Cada dolor humano y animal, cada niño o niña maltratados, abusados sexualmente, me recuerdan mi propia tragedia que padecí de niño. El que abusa de un niño, de una niña, de una mujer… los mata diría que para siempre… Esa fue o es mi experiencia. Hoy abusos perpetrados por quienes dizque velan por el orden, la vida, la honra y los bienes del pueblo colombiano. La autodenominada autoridad. Cada líder social asesinado, cada niña y mujer, cada campesino masacrado y cada colombiano sometido al yugo torturador del dictador innombrable me recuerda mi propia tragedia familiar.

Hoy creo en la bondad de la vida, en la bondad natural de los animales y en su inocencia y en su limpia mirada. Creo en la bondad de la luz y del agua y de la tierra, de los minerales y de las plantas y árboles y bosques y en la bondad del aire, de la lluvia y del viento… Y en la bondad también natural de muchos seres humanos. Creo en la solidaridad y en el poder de la esperanza y en el poder de los sueños y en la bondad de la lucha de tantos por un mundo más justo y mejor. Pero hoy me niego a creer en un Dios personal, el cual permite o de existir permitiría tanto dolor en mis hermanos animales desde tiempos inmemoriales, y el dolor y la tortura humana también desde que el hombre es hombre sobre la faz de la tierra. Un dios que tolera nuestra autodestrucción y la del planeta. El dios de la indiferencia se merece toda mi lástima y esta excreción horrísona.

Hoy más que nada creo en el demonio porque sé que existe y se encarnó en el personaje más pérfido, enredador, mentiroso, corrupto y asesino que hayan contemplado mis ojos: Álvaro Uribe Vélez.

Me dueles Colombia, y malditos sean los indolentes, los indiferentes, los cómplices, los sordos, los mudos, de aquí y de allá y de todo el mundo a estas alturas de nuestra tragedia humanitaria.