Por: Máximo Noriega Rodríguez

Poco a poco se fue erigiendo una pretendida “casta superior” que hoy se reclaman dueños de la ciudad; creen haber matado el barranquillerismo alegre y la resiliencia que nos caracteriza, pero están equivocados. Se les acabó la inmoral excusa del “roban, pero hacen”.

Parece que los barranquilleros hubiéramos perdido la rebeldía e irreverencia que siempre nos caracterizó. Parece que muchos estuvieran resignados a solo vivir el milagro diario sin mirar el día de mañana. Parece que por fin hubieran logrado domesticarnos y mantenernos ahí, quietos, sin ánimo de cambiar las cosas, sin ánimo de lucha. Parece que Barranquilla y los barranquilleros nos hubiéramos resignado a nuestra suerte. Lograron en 12 años “amansar a la burra” y ahora abusan de ella. A punta de comités de aplausos, de cacarear un milagro que no es tal, de meternos en la cabeza que “Ellos” son los reyes intocables, creen haber matado el barranquillerismo alegre y resiliente que nos caracteriza. Pero están equivocados.

Barranquilla no fue fundada por conquistador sanguinario alguno, sino que se fue formando como un “sitio de libres”. Acá llegaron y se asentaron libertos de todas partes, quienes se habían rebelado a la conquista española, provenientes de sitios diversos de la Costa Caribe y de las riberas del Río Magdalena. Desde siempre, Barranquilla ha sido una ciudad de acogida para quienes no están conformes con ser dominados, y por eso la rebeldía y la diversidad han sido marcas identitarias del barranquillero. Sorprende que ahora una pseudomonarquía criolla de comerciantes que también llegaron a la ciudad y fueron acogidos cuando nada tenían, pretendan reclamar una superioridad que nadie les ha otorgado. Poco a poco se fue erigiendo una pretendida “casta superior” que hoy se reclaman dueños de la ciudad, que la ha saqueado sistemáticamente mientras nos deslumbran con espejitos y creen habernos dominado. Pero aquí no reconocemos reinados ni reyezuelos, de vainas al Rey Momo y a la Reina del Carnaval.

Como disco rayado repitieron y repitieron que “Ellos” estaban haciendo obras para cambiar a la ciudad, pero bastó un virus para desnudar lo que ya hace rato veníamos denunciando: que en Barranquilla se pasa hambre, que la salud es un negocio para “Ellos”, que los más pobres no importamos, que se abandonó al ser humano, y que todo era una fachada de obras fiadas adjudicadas a los amigos de “Ellos”. Si en el 2019, según Barranquilla Cómo Vamos, el 22% de los barranquilleros confesó que no tuvo con qué comer las tres veces diarias, cifra que en las localidades Sur-Oriente y Metropolitana llegó a alarmantes 38 y 28 por ciento respectivamente, imagínense en cuánto estará ese porcentaje con el Covid-19 tras casi tres meses de encierro, sobre todo teniendo en cuenta que el 58% de los barranquilleros que tienen algún ingreso lo obtienen en el día a día, y eso en las alegres cuentas del DANE. “Ellos” creyeron y dicen haber amansado a la burra, pero no es así.

Cuando se le pidió al alcalde que acudiera en protección de los más pobres con alimentos y asistencia social, repartió unos cuantos desnutridos mercaditos por lo que hoy está siendo investigado tras denuncias de sobrecostos. Cuando se le pidió que por lo menos asumiera un subsidio para el pago de las facturas de servicios públicos en los estratos más bajos, dijo que el Distrito no tenía liquidez para eso, desnudando la dura realidad: Barranquilla es una ciudad que todo lo debe, que está hipotecada y concesionada por dos décadas, una ciudad que ha vivido en un espejismo que alimentó el mito según el cual “Ellos” la habían hecho una ciudad “imparable”. Mentiras. El suyo ha sido un reino de oropel.

Lo más grave es que a punta de plata repartida a algunos medios de comunicación, a unos cuantos periodistas y a un ejército de perfiles falsos en redes sociales, construyeron su imagen destruyendo el espíritu del barranquillero. Pusieron a algunos a repetir como loros el “roba, pero hace” como excusa y se inventan encuestas con porcentajes de aprobación imposibles matemáticamente, también pagadas con nuestros impuestos, que daban cuenta de dirigentes de escala astronómica que nosotros -pobres plebeyos- ni siquiera nos merecíamos; no éramos dignos de su grandeza y su majestad. Intentaron anestesiar al barranquillero gritando fuerte unas “maravillas” que muchos creyeron, y a quien se atreviera a señalar la realidad, el que no aceptaba ser una oveja obediente, lo tildaban de enemigo de Barranquilla y lo entregaban a los lobos, esa jauría de colmillos pagados que usan noticieros, periódicos y emisoras para aniquilar la diferencia a punta de insultos y amenazas veladas. Basaron su reinado en el miedo, en el mensaje sutil de “te callas o de pronto te aparece una investigación por ahí” en una justicia que también se jactan de manejar. 

Los barranquilleros por nacimiento o adopción no nacimos para ser serviles, para bajar la cabeza ante nadie; por eso, ahora que la fuerza de la realidad nos llama a levantar la cabeza y a sacudirnos, es hora de recordar qué fue eso que nos hizo únicos. Hemos sido rebeldes y alegres, porque no hay mayor rebeldía que el amor. Hemos sido pacíficos y pioneros en los cambios sociales del país. Es ahora cuando más debemos acudir a darle la mano al hermano, a levantarnos los unos a los otros para recuperar nuestra esencia, y a entender que esta ciudad es de todos. No nos han domesticado, no somos una burra mansa al servicio de “Ellos”. Con amor, con bacanería, con argumentos, ayudemos a quitarle la venda a esos que se sienten como una burra mansa y volvamos a nuestra esencia.

Estamos despertando del largo sueño en que nos habían sumido. Los pelaos, los viejos y hasta los salseros de los estaderos, estamos por fin asumiendo el manejo de nuestra propia ciudad, de nuestra casa grande que es también el escenario de nuestra diversidad y alegría. Combatimos el arribismo que nos vendieron como nueva seña identitaria, estamos dejando a un lado el fingimiento y entendimos de una vez por todas que nada tenemos que ver con esa imagen del “espantajopo” en la que han querido basar el imperio que hoy se les derrumba. Las mujeres, los estudiantes y los “manes de la esquina” estamos empeñados en un Nuevo Barranquillerismo, uno que se base en la solidaridad y la igualdad, en la capacidad de sacar la cabeza y sonreír como antídoto a las dificultades. En ese Nuevo Barranquillerismo no hay aduladores a sueldo ni gente silenciada por un contrato. Ya no seremos más la burra mansa que ellos creen.

Por: Máximo Noriega Rodríguez