OPINIÓN

Por Carola Chávez.

“Yo estoy en guerra”, decía, todo risitas sobradas, Lorenzo a Ricardo Hausmann cuando nos mataba de hambre para salir de Maduro. Cuando recibía miles de millones de dólares de la teta petrolera del Estado venezolano para producir alimentos, no para sacarlos y montar una Polar Today fuera de Venezuela, como hizo Lorenzo, el rey de la cerveza y la harina, que se convirtió en el rey de los bachacos.

Mientras escondía la harina -nunca la cerveza- inundaba la tele y la radio con propagandas de Polar con musiquita cursi, con testimoniales de trabajadores fervorosos, con la lejana imagen de un Lorenzo cercano, no para vendernos los alimentos que desviaba y escondía, sino para vendernos la falacia de que Lorenzo es bueno, que él te quiere, que somos su familia, que la muñequita de Harina Pan es como una madre, y el que no quiere a su madre… el que le pega a su familia… ¡chavistas sacrílegos que se meten con Lorenzo, vale!

El que le pega a su familia y Lorenzo nos pegaba porque no somos familia ni nada. Para Lorenzo no somos nada, pero la clase media, siempre en negación, siempre aspirando, cambió sus tradicionales logotipos de de moda (muchas veces de imitación), por los del conglomerado de empresas de Lorenzo. Entonces fue cool una franela, una cartera, un traje de novia amarillo con velo de pepas rojas, cualquier cosa que indicara que “yo también soy Lorenzo Mendoza”. ¡Con mi harina Pan no te metas!… Y Lorenzo, en su casa, estremeciéndose de asquito por tanta parejería, pero esta es una guerra, y los tontos útiles son su ejército.

Lorenzo ignoró las leyes del libre mercado que él supuestamente defiende. Desaparecidos sus productos, proliferaron otros, y supimos que las cosas que Lorenzo nos vendía podían ser mejores y más baratas. Los anaqueles se llenaron de harinas de maíz que huelen a maíz, que saben a maíz, que son de maíz, no de bagazo. Y como la harina, toooodos los productos que desviaba Lorenzo para que no los pudiéramos alcanzar, aparecieron hechos por otros, con otras marcas, con mejor sabor, rompiendo la hipnosis del branding, el apego irracional a las marcas, ese meticuloso trabajo de décadas de cuñas, slogans y jingles, que Lorenzo destruyó en una fallida batalla.

Entonces, como por arte de magia, un día apareció la harina de Lorenzo, y el aceite y el jabón, tooooodo. Pero ya los anaqueles no eran de él solito, ya no podía condicionar la venta, ahora había competencia empresarial y desconfianza del cliente.

Su soberbia pretendió entonces hacer un regreso triunfal imponiendo precios al alza, siempre al alza, porque me da la gana, para empujar al alza los precios de la competencia y seguir liderando el mercado y la guerra.. La competencia, que no es pendeja, no cayó en el jueguito de Lorenzo, así las harinas Kaly, Virgen de Valle, Dona Carmen, Doña Goya y tantas otras, se venden como pan caliente, hasta 30 mil bolívares más baratas que la presuntuosa Pan, que insiste en que ella es carísima porque Lorenzo es Lorenzo.

La diferencia de precios de los productos Polar con respecto a los de la competencia suele ser de más de un 30%, nada de oferta y demanda, porque las leyes del libre mercado no son para Lorenzo. Su ley es la de “me da la perra gana y se la calan”.

No nos la calamos.

Con el dinero que tomó del Estado, quiso mudarse a España, donde pretendió vender su harina con las mismas ínfulas, con el mismo método de extorsión con la que la coloca aquí. Allá le dijeron, un momentico, por favor, señor sudaca; y un capitalista español, dueño de una inmensa cadena de supermercados, pensó que no tenía por qué comprarle la harina a Lorenzo si él podía producirla y venderla por menos de la mitad de lo que pedía el señorito de Polar.

La masa no está pa’ bollo, Lorenzo. ¡Y no hablemos de contagios!

Y llega la cuarentena y el multiriquisimillonario Lorenzo aparece en un video, ya no como aquel exitoso “benefactor” del pueblo, no; ahora se le ve aún más flaco, más enclenque, su peinadito años ochenta ahora desaliñado, como con un look Freddy Guevara con by pass gástrico. Aparece Lorenzo, no para ofrecer siquiera una curita, ni un granito de arroz, sino para pedir, como pide Lorenzo, con una amenaza velada, que le dejen vender cervezas en la cuarentena, porque sin cervezas como que no va a haber harina Pan.

Desnudando la pandemia al capitalismo, le toca el turno a Lorenzo, el epítome del capitalismo más salvaje: el rentista parasitario.

Desnudo o no, Lorenzo va a estar en guerra contra el pueblo siempre, porque el peo es de clases y él más que nadie lo sabe. Nosotros también lo sabemos y sabemos también vivir sin su harina, porque él mismito nos enseñó a hacerlo. Así que dele que son pasteles, Lorenzo, que nosotros, otra vez y siempre, venceremos.

Carola Chávez / @tongorocho /