Este es un Paro de la gente indignada que encontró la fuerza para vencer el miedo que nos han querido imponer. El presidente no puede seguir en su torre de marfil.

Por: Piedad Córdoba Ruíz | noviembre 27, 2019

Desde que comenzó a circular la idea de un Paro Nacional en respuesta al conjunto de proyectos del ejecutivo, que se han denominado popularmente como el “paquetazo” el partido de gobierno y la oficina del presidente comenzaron a desplegar una intensa y peligrosa campaña de desprestigio que pretendía demeritar la suma de insatisfacciones de la ciudadanía, una estrategia baja y cobarde. A pesar de ello, el jueves 21 de noviembre cientos de miles de colombianos se dieron cita en diversas ciudades y municipios para protestar.

Una protesta protegida por la Constitución Política de Colombia, así como por diversos convenios internacionales de Derechos Humanos que el Estado colombiano ha firmado a lo largo de su historia moderna. La protesta fue pacífica, carnavalesca, musical, poética. Las marchas, a pesar de la indignación, fueron alegres, decoradas de proclamas, de tamboras, pitos. La Colombia de a pie, que trabaja sin cansancio para sobrevivir, que no renuncia a la esperanza, la Colombia que sabe que merece un mejor país, más justo e incluyente, menos dispar, salió a la calle. Lo hicieron por diversos motivos, todos válidos y todos pendientes por resolver. Educación pública de calidad, derecho al trabajo decente y a la posibilidad de pensionarse con lo suficiente para vivir dignamente. Derecho a la paz en los territorios, a la inversión social en regiones a las que el Estado ha abandonado, a una salud pública eficaz que se centre en el bienestar de las personas. Lo hicieron para que este gobierno deje de sabotear con deliberado descaro el Acuerdo de Paz, marcharon con la esperanza en los pies y las voces, pero no fueron escuchados.

Entonces, como si cumplieran la profecía de quienes de antemano desacreditaron con falsas conjuras el Paro, las fuerzas policiales, asaltaron la manifestación y lo que antes fue fiesta, se hizo terror, las consignas fueron asfixiadas por los infames lacrimógenos y las tamboras se silenciaron ante el tronar contundente y bruto de las bombas aturdidoras. La plaza de Bolívar, pasó de ser un escenario lúdico a un teatro de operaciones y los medios, tan afines al discurso gubernamental, enfocaron su atención en el recurso fácil de reducir el malestar social a un acto de saboteo. Bajo esa fórmula, todas las personas que se congregaban aquella tarde del 21 de noviembre, pasaron de ser miembros de la sociedad a ser catalogados de forma genérica como vándalos, como delincuentes a quienes el Estado y su aparato represivo debía doblegar.

Desde la Casa de Nariño, el presidente Duque procedió a continuar con el papel asignado. Hizo una alocución presidencial simple y vacía, llena de gestos mal representados, que tenía la pretensión de aplacar los ánimos y engavetar los eventos del día, como si de un inconveniente pasajero se tratara. Entonces, comenzó una sinfonía, un coro ruidoso, con un mensaje contundente, el Paro no para. Desde entonces, el ruido de ollas y cacerolas se ha convertido en la música del descontento. Un símbolo del malestar que escapa toques de queda y amenazas, que irrumpe la cotidianidad, que no distingue estratos. La cacerola ha hecho que la ciudadanía, esa amalgama de formas y enfoques que el proyecto neoliberal se ha encargado de separar, de dividir, de aislar para imponer su discurso, se reúna. La gente en la marcha, en el plantón, se encuentra y reconoce, se siente protegida, recibe y da solidaridad, se humaniza. Eso, es lo más hermoso de estos días, esa comunión con quien hasta hace una semana veíamos como un enemigo, como un sospechoso. Ese fenómeno, a quienes han hecho de la polarización el fortín de su propuesta política, les causa escozor, porque esa humanización, esa posibilidad de ver en el otro, no al opositor, no al competidor o al potencial agresor, sino al igual, con las mismas necesidades, con la misma indignación por la violencia estructurada de cada día, de toda la vida, crea un lazo poderoso, del tipo que cambia la historia, del tipo que devuelve el orden.

El viernes 22, volvieron las marchas y los cacerolazos, y de nuevo, un grupo minúsculo optó por descarrilar todo hacia el saqueo y el caos. La policía no supo actuar de forma contundente, cuando una turba turbia estrelló con desparpajo un bus contra un supermercado y procedió a saquearlo. Los agentes del orden fueron incapaces de atrapar a los ladrones furtivos y que se sepa a esta hora siguen libres. Estos hechos, aislados y curiosos, hicieron que se decretara en Bogotá un toque de queda, cuyo último referente fue el año del último gran paro nacional, en la década del setenta. Aun así, con toque de queda y ley seca, un puñado de agentes del caos, muy bien organizados se encargó de llenar la noche de zozobra. En ese momento, las redes sociales, mostraron su peor versión como instigadoras de pánico, pero así mismo, hay suficiente evidencia como para cuestionar el accionar de la policía en los hechos confusos de esas horas nocturnas y las primeras del sábado 23. Quien quiera que haya estado detrás de esa gran farsa, es responsable de la muerte de por lo menos una persona, un ciudadano que recibió un balazo que le quitó la vida en un conjunto de la 183 en Bogotá.

¿Cómo se coordinan cientos de delincuentes para causar daños,
asaltar conjuntos residenciales de forma sistemática y sincrónica.?
¿Cómo hicieron para llegar si la ciudad estaba en toque de queda
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A quién o quiénes les interesa generar este tipo de acciones para deslegitimar la protesta. Quiénes pueden orquestar y llevar a cabo una estrategia, cuyo único fin, no es otro que infundir miedo y generar la falsa idea de que protestar genera violencia y descontrol. Cómo se coordinan cientos de delincuentes para causar daños, asaltar conjuntos residenciales de forma sistemática y sincrónica. Cómo hicieron para llegar si la ciudad estaba en toque de queda. Por otra parte, para qué asaltar un conjunto residencial, que son una trampa para quien cometa una acción semejante, en lugar de asaltar edificios particulares o comercios. ¿Dónde están los delincuentes que la policía atrapó? ¿Por qué no han sido presentados ante un juez de garantías? Y si lo fueron, ¿por qué los medios no cubrieron la noticia?

A pesar de la noche turbia y plagada de interrogantes, el miedo no derrotó los ánimos y el sábado volvieron las marchas y las cacerolas, y así mismo, la represión desmedida que le pasó factura al joven Dilan Cruz. La gravedad de la herida alevosa que le causó un miembro del siniestro Esmad se llevó su joven humanidad. A pesar de la tragedia, esta muerte injusta, innecesaria, cobarde, debe servir para insistir en que este no es el camino que queremos, que necesitamos cambios ya, no en tres o cuatro meses o nunca, el Estado colombiano ya no tiene crédito con su ciudadanía, tiene que obrar ahora. Así mismo, el presidente no puede seguir en su torre de marfil, ajeno, distante y displicente, en función de satisfacer a quienes han sido sus patrones. Su actitud no solo demerita su gestión, sino que sepulta la autoridad que su cargo debe representar para las colombianas y colombianos. Su desconexión con el país, que hemos documentado en diversos artículos, hace que con cada día que pasa su continuidad en el cargo pase de la certeza a la incertidumbre y eso no le conviene al país, por eso es urgente que asuma su cargo con la seriedad y la responsabilidad que no ha demostrado hasta la fecha.

Mañana continua el Paro, que debe seguir siendo de paz, de alegría, de música, poético, de encuentro, solidario, que no nos roben la esperanza, que no nos suman en el terror.

El ruido de ollas y cacerolas se ha convertido en la música del descontento

Que se sepa que este es un Paro de la gente, de quienes han encontrado en la indignación la fuerza para vencer el cerco de miedo que nos han querido imponer.

Inna Afinogenova. ¡AHI LES VA!