Por: Máximo Noriega Rodríguez

Una vez le pregunté a Seusis Hernández -hoy conocido como Jesús Santrich- cómo hacía él para estudiar dos carreras al tiempo, hacer asesoría de tesis y trabajos para otros estudiantes, pintar, escribir poesía, enamorar muchachas bonitas, hacer la revolución desde el movimiento estudiantil, y tomar cerveza con nosotros los viernes por la noche. La suya fue una respuesta que hoy retumba en mi cabeza: “eso fue por tanto ñame que comí”, me dijo, “el poder del ñame es maravilloso”. Por eso, porque desde que la vida nos juntó a mediados de la década de los 80`s en la Universidad del Atlántico lo reconozco como un tipo inteligente y sensible, no concibo que él haya decidido cambiar el ñame por la cocaína, un negocio nefasto completamente ajeno a su talante.

Lo recuerdo, eso sí, traficando con poemas de amor y con pinturas al óleo que alguna vez pagaron las cervezas fiadas, incluso gastándose la plata de la medicina que buscaba evitar que quedara ciego en el largo plazo, lo que al final sucedió, pero el Seusis narcotraficante que hoy pretenden mostrarnos parece una invención de esas películas donde un presidente desesperado por su baja popularidad ejecuta planes siniestros para tapar sus escándalos con otro escándalo, al estilo de la serie “House of Cards”, o iniciando una guerra en Siria, al estilo Trump. No entiendo cómo compaginan el Seusis que muchas veces me expuso la tesis de “los rituales sagrados del amor”, con el Seusis que hoy dicen se alió con narcotraficantes mexicanos para llevar 10 toneladas de cocaína a Estados Unidos en una operación sacada de una saga inverosímil ejecutada por un hombre ciego que es custodiado día y noche por la policía.

Y también lo recuerdo cuando con rabia y llanto contenido decidió irse a la guerra porque habían matado a nuestro amigo militante del movimiento estudiantil y la JUCO, Jesús Santrich, de quien tomó su nombre como una manera de reivindicación ante su asesinato ejecutado por agentes del DAS, por haber cometido el pecado de gritar que los grupos paramilitares mataban en complicidad con la fuerza pública y el DAS en las ciudades de la Costa. Hoy, casi tres décadas después de este episodio, es evidente que quienes mataron a Pepe Antequera, a Bernardo Jaramillo, a Jesús Santrich y a tantos otros, son los mismos que con perversidad acusan a Seusis de “cocainero”, desconociendo que la suya ha sido siempre una lucha por la juventud. Si bien es cierto que nuestras vidas tomaron caminos distintos, él desde la guerra y yo desde la política, el Jesús Santrich que yo conocí nada tiene que ver con el del escándalo de los últimos días.

La acusación contra Seusis Hernández está bien planeada, no solo porque se constituyen en una excusa para seguir incumpliendo el acuerdo de paz sino porque está diseñada para “matar” al revolucionario desde lo moral y lo humano. Es bien conocido que los enemigos de la paz no solo matan físicamente, sino que en una combinación de formas de lucha buscan aniquilar en lo humano y personal a quienes alguna vez se atrevieron a enfrentarlos. La huelga de hambre emprendida desde su captura es, me temo, la señal de que Seusis se prefiere muerto que preso en los Estados Unidos y destruido moralmente. Lo que buscan es escarmentarnos, dejarnos claro que quienes exigimos el cumplimiento del acuerdo de paz somos blancos fáciles, porque este acuerdo no solo atañe a las FARC sino a los campesinos, a los líderes sociales y políticos, víctimas y a la mayoría del pueblo colombiano.

Hay a quienes no les conviene que se sepa la verdad. Por eso, matar a Jesús Santrich por segunda vez en la historia, es matar la verdad. Ojalá el poder del ñame lo proteja.