La elección de Francia como fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro ha sacado a relucir la Colombia racista, clasista y elitista del “país político”

Por: Damián Pachón Soto. | marzo 28, 2022

La elección de Francia Márquez como fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro y del Pacto Histórico ha sacado a relucir la Colombia racista, clasista y elitista del “país político”, tradicional, conservador y patriarcal. Ha detonado el aparecimiento de los prejuicios inconscientes y conscientes de una república señorial que ha atesorado la vida buena y los privilegios posibilitados por el saqueo histórico del Estado, el mismo que siempre han concebido como su botín, como la gran torta burocrática para defender los intereses de sus clanes políticos.

Esa actitud está enraizada en la historia misma de América, en la historia misma de estos países, en el racismo estructural que segmentó dolorosamente el ser social de nuestra sociedad abigarrada, plural, múltiple. El filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot decía: «Antes de que el conde de Gobineau decretara en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas (1853-1855) la superioridad de la raza arquetípicamente blanca, la aria, los españoles educados en la custodia de la pureza de sangre habían elaborado un catálogo de los diversos cruces de razas en el Nuevo Mundo: eran tan diferenciados como los catálogos de pecados que habían elaborado los párrocos de la España contrarreformista. Todos los productos de esos injertos eran natural y necesariamente inferiores».

El racismo producto de la pureza de fe en España y que devino pureza de sangre en América y se diversificó en taxonomías que permitían legitimar el privilegio de los blancos, a la vez que mantenía a raya a los negros, los indígenas, los mestizos, los quinterones, los zambos, los pardos, las castas, etcétera, pasó a formar parte del sentido común de esa clase aristocrática, heredera de los primeros encomenderos. En esa historia sacrificial, de exclusión y de ignominia, los negros han llevado la peor parte en América.

Recordemos que alrededor de 15 millones de personas fueron arrancadas de África para proveer de esclavos a las colonias hispánicas, portuguesas y francesas. Dos terceras partes de ellos nunca llegaron a su destino. Es decir, 10 millones murieron en los barcos, enfermos y en condiciones nauseabundas, y en la mayoría de los casos, arrojados al mar. De los 15 millones, un millón y medio fueron para las colonias de España y 150.000 entraron por Cartagena en el norte de Colombia, destinados, especialmente, a la minería y otros trabajos forzados. Pues bien, los descendientes de esos negros (para no usar afrodescendiente, como aconseja el antropólogo colombiano Eduardo Restrepo) son parte de esa historia invisible de Colombia, de esa historia que sacrifica a sus hijos. Pero una historia dignificada, a su vez, en la piedad de San Pedro Claver, las luchas de Benkos Biohó, la rebeldía de los palenques o los cimarrones históricos, en la obra literaria de Zapata Olivella y, hoy, en la lucha ambiental, por los territorios y por la dignidad de Francia Márquez.

Francia Márquez, una mujer negra, abogada, ambientalista, líder social, representa y visibiliza hoy a todos los dejados al margen del futuro en la historia de Colombia, representa a las víctimas de la histórica sacrificial, a los desplazados por el paramilitarismo, por las disidencias de las Farc, por la minería ilegal, por el abandono del Estado; representa a los expropiados por los gamonales terratenientes y políticos del país; Márquez encarna, es memoria viva, actual y presente de siglos de lucha contra la servidumbre. Esto es claro cuando ella alude a los nadie, a las nadie, a los mayores y mayoras de la sociedad colombiana. Porque como símbolo, ella los representa. Y lo hace con valentía, honestidad, autenticidad y sinceridad, hablando de frente y oponiéndose a las componendas con la política tradicional.

Es cierto que en política las alianzas son fundamentales, pero el llamado de Francia Márquez no es a aliarse con los políticos tradicionales, sino a articular a las bases, a las masas, a todos aquellos que se identifican con un proyecto digno, un proyecto político de inclusión y de dignidad. La respuesta de la derecha ha sido burlarse de su lenguaje ancestral, de su saber corporizado, afectivizado, de sus expresiones raizales, como no podía ser de otra manera. Con todo, esto evidencia más la estructura racista y elitista del sentido común de gran parte de nuestra sociedad, sentido común que se cuestiona con sus intervenciones y con su visión clara de la Colombia profunda.

El de Francia no es un proyecto autonomista, sino un proyecto con vocación nacional de superación de las injusticias históricas. Su propuesta de la vida sabrosa, donde ha resaltado que esta va más allá del dinero, moviliza afectos. Es una crítica a la forma vida neoliberal (o neuroliberal) que ha colonizado las subjetividades como si no hubiera alternativas al presente. Es una apuesta contra la civilización unidimensional, basada en el dinero, el consumo, el éxito, el arribismo, el materialismo y la desespiritualización de la vida. Vida sabrosa es vivir tranquilo, en paz, dignamente, más allá de la violencia y la exclusión estructural de esta sociedad.

La apuesta de Gustavo Petro ha sido valiente, clara, concisa, coherente. Francia Márquez representa a los de abajo, los del lado, los de afuera, los nadie, los don nadie, las nadie, los excluidos, los dejados al margen de la historia y del futuro. Su candidatura es un mensaje potente que ha llevado a los otros partidos a apostar por vicecandidatos negros, lo cual ya es un triunfo simbólico, más allá de los cálculos políticos de las élites que posan de incluyentes. Esperemos que estos pequeños pero significativos cambios contribuyan a construir una Colombia diferente, distinta, digna. Una Colombia donde aquellos considerados gente sin valor sean dignificados el próximo 29 de mayo.