Por William Ospina *

¿Por qué hay tanto miedo? ¿Por qué las cuarentenas? ¿Por qué estamos viviendo esta pandemia como si fuera la primera de la historia universal?

La verdad es que este pánico ha sido muy favorecido por el progreso. Los virus antes viajaban a caballo y en barco, ahora viajan en avión. Antes les llegaban a comunidades que sabían que la muerte existe, ahora les llegan a sociedades que primero sacaron la muerte de la casa y después la sacaron de la conciencia.

Pero, a pesar de que la humanidad ya padeció la plaga de Justiniano, la peste bubónica, las epidemias del cólera, la viruela y la gripe española, hay una razón por la cual esta parece ser la primera y por eso ha paralizado al mundo como si hubieran llegado los extraterrestres.

Todas las pandemias de antes se vivieron con el fatalismo y la resignación con que la humanidad afrontó siempre sus plagas: guerras, cruzadas, napoleones, conquistas de América, eran inevitables castigos.

Ahora, por primera vez, hay una grieta de esperanza y es que sabemos que no todos los que mueren tenían que morir, que a muchos no los mata el virus o la fatalidad, sino la falta de atención adecuada. Quiero decir que la última gran pandemia respiratoria de la humanidad, la gripe española, que mató 40 millones de personas, se vivió antes de que se inventaran los ventiladores mecánicos.

Aunque estamos intentando encontrar sistemas de respiración artificial desde los días de Galeno en la Antigüedad y de Paracelso y Vesalio en el Renacimiento, solo en 1929 fue inventado el “pulmón de acero”, perfeccionado en 1951 en lo que se llamó el IPPV, y solo desde hace 70 años (que según el rey David es el tiempo de una vida humana) se generalizaron en el mundo las unidades de cuidados intensivos con sus ventiladores y sus monitores, que ayudan a los pulmones a respirar hasta que recuperen su función.

O sea que esta es la primera pandemia de la historia en que muchas personas que en otros tiempos habrían muerto inexorablemente tienen la posibilidad de salvarse. Ahora bien: ¿por qué hay en el mundo 1.500 millones de automóviles envenenando el aire que necesitan nuestros pulmones y no hay 150 millones de humildes respiradores que podrían salvar todas las vidas susceptibles de ser salvadas en cualquier pandemia? Es allí donde un fenómeno natural se ve agravado hasta la pesadilla por un sistema social donde el cuidado de la vida es mucho menos importante que los negocios.

Tenemos la posibilidad de salvar más vidas, pero los sistemas de salud se han convertido en negocios gigantescos y no están disponibles para todos. En Estados Unidos el miedo a infectarse a menudo es menos miedo a la muerte que a la ruinosa factura. No hay sistemas de salud pública preparados para atender una pandemia, ni siquiera de estas moderadas dimensiones, porque a los gobiernos les parece un gasto exagerado para tiempos normales y los protocolos médicos se relajan. Por eso en España, Italia y Francia está muriendo más gente que en Alemania, donde el rigor de la cultura no tolera negligencias.

Y es allí donde entra en juego el poder. Los Estados toman la decisión de convertir la crisis de salud en un asunto de policía, para disimular el hecho de que no hay hospitales suficientes ni cuidados intensivos para todos. Lo que se vive con pánico, el riesgo de no ser atendidos, los Estados lo convierten no en una irresponsabilidad política, sino en una culpa personal y en un caso de indisciplina social. Ya la muerte estaba proscrita, ahora está prohibida, y prohibida en términos policiales, aunque claro, como suele pasar con las prohibiciones, termina siendo abundante y dramática.

Porque los Estados no pierden oportunidad de dar un paso hacia la arbitrariedad y el autoritarismo. Qué éxtasis para el poder no ver a nadie en las calles, no solo porque nadie está delinquiendo, sino porque nadie está divirtiéndose y sobre todo protestando. Para el pensamiento controlador el orden nunca parece tan perfecto como cuando tiene un instrumento adicional de intimidación: estamos coartando tus libertades solo para salvarte. Por eso terminan prohibiendo hasta a los campesinos caminar por los campos y convierten la cuarentena en un instrumento exagerado del poder.

Fingen salvarnos de morir, pero si eso les preocupara tanto no habría tanta gente muriendo de hambre, los accidentes viales ya habrían producido la prohibición del tránsito automotor, la pobreza sería la principal preocupación de los gobiernos y de los Estados. Y por supuesto tendrían respiradores de sobra en los hospitales y salud universal garantizada.

Dado el cuadro de imprevisión, negligencia y desamparo social, claro que es indispensable la cuarentena para evitar el triunfo de la muerte, pero qué ocasión de oro para ejercer, experimentar y ahondar los instrumentos del control social.

Detrás del episodio está el telón de fondo: el virus termina siendo apenas el relámpago que deja ver la tempestad, desnuda las crisis que estaban guardadas. Si el desempleo se dispara en días, si la precariedad de las familias exige inmediatamente una renta compensatoria, si a la vuelta de la esquina aguarda el desorden social a punto de estallar, es porque una bomba estaba escondida debajo de la aparente normalidad del mundo.

Y este episodio histórico tiene otros componentes. Uno de ellos es el drama de la vejez. Nadie quiere envejecer, pero las sociedades envejecen cada vez más. Y se da la paradoja de que vivir más no significa siquiera vivir bien, porque una sociedad que ya no cree en el pasado, ni en la sabiduría, ni en la experiencia deja a las personas mayores sin un lugar en el orden cultural.

Finalmente, que por unos días ceda la contaminación, se despejen los aires, se transparenten los mares, muestren su lomo alegre los delfines, aparezcan zorros, mapaches, zarigüeyas, que suelen estar escondidos, solo revela cuán ominosa es nuestra presencia para todo el resto de las criaturas. Nos recuerda eso que llamaba Álvaro Fernández Suárez, hace 50 años, en un texto inolvidable, “la terrible mirada del hombre”.

* Escritor colombiano, autor de ¿Dónde está la franja amarilla?” (1997), En busca de Bolívar (2010), La lámpara maravillosa (2012), Pa que se acabe la vaina (2013), El dibujo secreto de América Latina (2014) y cuatro libros de poemas. Autor de las novelas Ursúa (2005), El país de la canela (2008), La serpiente sin ojos (2012) y El año del verano que nunca llegó (2015). Recibió los premios Nacional de Ensayo 1982, Nacional de Poesía 1992, de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada en Casa de las Américas 2003 y el Premio Rómulo Gallegos 2009.