PorJerónimo Alayón* 2 de octubre de 2026
Hay una paradoja —trágica, si se quiere— que es inherente a la condición humana: somos la única forma de materia que sabe a ciencia cierta que es materia, la única partícula en el cosmos conocido capaz de volverse sobre sí misma para nombrar el universo y medir distancias casi inconmensurables. Esta criatura que somos, sin embargo, investida de una facultad contemplativa casi divina, se empecina en mirar el mundo desde la estrechez de su mezquina rendija existencial. Somos capaces de percibir la inmensidad del espacio interestelar y la fragilidad de nuestro tiempo biológico, pero actuamos como si el límite del horizonte coincidiera con el de nuestra parcela, con el de nuestro país o, peor aún, con el de nuestro egoísmo.
Pensar como especie no es una abstracción fatua ni una utopía más de la razón ilustrada. Es una urgencia humana y una necesidad ontológica. Hemos cruzado los últimos dos siglos de historia en medio de una miopía imperdonable: hemos enseñado generación tras generación el pensamiento parcelado, especializadísimo, entrenando profesionales para la taxonomía obsesiva y la defensa febril de territorios cognitivos. Hace seis siglos dejamos atrás la Edad Media, pero seguimos pensándonos en términos de feudos ontológicos: dogmas políticos, lenguas nacionales, conocimientos cada vez más segmentados, beneficios trimestrales, metas anuales… Mientras tanto, el único continente de la conciencia humana y el único recipiente de la especie humana se desmoronan bajo el peso de nuestras erráticas decisiones. La tribu que un día nos dio cobijo ante la intemperie es ahora nuestra intemperie.
El verdadero drama, por tanto, no radica en la escasez de recursos ni en el agobio tecnológico, sino en la descomunal desproporción que hay entre la magnitud de nuestras acciones y el tamaño de nuestra ética y conciencia humanas. Estamos modificando, de una manera inédita, el diseño de la naturaleza, de nuestro hogar en el cosmos, pero la ética de nuestras decisiones sigue respondiendo a la del cazador-recolector que no ve más allá de la estrecha boca de su caverna. Nos creemos seres globales porque podemos ver —casi instantáneamente— un catastrófico deslave al otro lado del mundo, en el Himalaya, pero somos provincianos incapaces de preguntarnos por nuestra responsabilidad en ello.
Al final, cada mapa es hijo del miedo. Trazamos líneas imaginarias sobre la piel de la tierra para aplacar la angustia de nuestra contingencia. Hemos forjado la ilusión de permanencia en una parcela de tierra que no nos pertenece porque pertenecemos a ella. La naturaleza no sabe de aduanas, el aire no necesita pasaporte para llevar una semilla de un sitio a otro y los peces del mar existen al margen de cualquier soberanía. A menudo, las líneas, esas que nos demos inventado sobre el papel, han sido dibujadas con sangre.
Esta fijación local es una distorsión filosófica que la modernidad elevó exponencialmente con su consagración del mito del sujeto autónomo, desgajado de la trama humana y cósmica, que mira su entorno como un lugar propicio para sus transacciones. Al despojar al universo de su condición de totalidad, le arrebatamos al mundo su dimensión mística y lo convertimos en un almacén donde cada uno compite por su cuota de oxígeno. La fragmentación del pensamiento ha producido esta insoportable ceguera ontológica. Cada acción que llevamos a término creyendo que porque nos beneficia particularmente no perjudica a la especie forma parte de una racionalidad mutilada. El egoísmo es, en definitiva, el más lacerante analfabetismo de nuestra especie.
Habitar el planeta dista mucho de solo ocupar una superficie: es sostener una delicada red de interdependencias ontológicas, un tejido metafísico tan frágil que puede rasgarse con la más mínima distorsión. La insistencia provinciana en lo local no nos deja ver que no hay problemas aislados. Absolutamente todas las realidades se tocan y afectan: la pobreza de un hemisferio, la alteración de un hábitat en el trópico o la basura en el Pacífico tienen su impronta a escala mundial. Todos ellos son los síntomas de una misma enfermedad: la incapacidad de reconocer que viajamos en una única nave.
La tragedia contemporánea no es otra que la de quien administra un poder descomunal con la ética de un pigmeo tribal. Esta falta de correspondencia entre técnica y sabiduría nos ha colocado al borde de una catástrofe. Nunca una especie desmanteló tan rápido la posibilidad de habitar el futuro como la nuestra. El meteorito que acabó con los dinosaurios fue un evento sobrevenido, pero el colapso planetario al que nos aproximamos es la consecuencia directa del obrar de una especie torpe y egoísta. El pensamiento local deviene en criminal cuando emplea los medios globales para satisfacer una agenda particular en lugar de otra global.
Nos negamos a asumir la responsabilidad como especie porque no queremos abandonar el confort de culpar a los otros. No queremos admitir que cada acto nuestro nos implica en un mismo destino ontológico. La hiperespecialización del conocimiento ha contribuido notablemente a este desastre: conocemos al detalle la estructura de una molécula, el intrincado flujo de un activo financiero o los invisibles hilos de la intriga del sufragio electoral, pero ignoramos cómo articular la totalidad de la vida en nuestro planeta.
Si no revisamos nuestras premisas filosóficas, si no retomamos la pregunta por el ser lejos de la compartimentación cartesiana, si no reconocemos que en nuestros genes yace el código de una muy antigua continuidad humana, nunca superaremos la razón parcelada y su pernicioso efecto de una ceguera ontológica. Somos, en rigor, polvo cósmico que aprendió a pensar. Deberíamos honrar con mayor respeto ese prodigio silencioso. Mientras no nos veamos como especie, como un organismo que al unísono respira por miles de millones de pulmones, no habrá esperanza de un cambio. Somos voz, pero somos sobre todo coro.
No se trata de instaurar un totalitarismo globalizador, ¡cuidado!, sino de entender que la diversidad humana es para la humanidad lo que la biodiversidad para el ecosistema. Toda pluralidad se nutre de un suelo común. Va siendo tiempo de oponer una razón ecuménica al antropocentrismo radical. No somos los dueños de este planeta —aunque así lo creamos—, sino los guardianes accidentales de un fecundo milagro en medio de un universo que hasta ahora se revela abrumadoramente estéril. Pretender que la Tierra debe estar al servicio de nuestras apetencias humanas solo es vanidad y la causa de nuestro extravío.
Nuestra incapacidad para pensar el tiempo profundo es, entre otros, un rotundo obstáculo para concebirnos como especie. Hemos sido moldeados por la modernidad para responder desde la inmediatez. Pensar como especie supone emanciparse de la tiranía del tiempo breve y cultivar una ética de la pausa. Nos gusta hablar por aquellos que no tienen voz, ¿verdad? Pues bien, empecemos por aquellos que no tienen voz porque aún no han nacido. El aire que hoy estamos contaminando será respirado dificultosamente por personas cuyo nombre aún ignoramos, pero que llevarán nuestros genes. La posteridad es la patria de los aún no nacidos, y hacia ella estamos dirigiendo nuestra estupidez.
La grandeza de una civilización se mide por su capacidad de plantar árboles a cuya sombra nunca se sentará. Nuestra civilización, sin embargo, se jacta de devorar hoy el capital ontológico del mañana para sostener el espectáculo del presente. Esta carencia de compasión intergeneracional es la consecuencia de nuestra indigencia metafísica. Al desconectarnos del pasado —fuente de nuestra vida— y del futuro —condicionado a nuestra contención—, quedamos rehenes de un presente hipertrofiado y estéril, al margen de la gran épica de la humanidad.
¿Cómo hacer para que el hombre común piense a escala planetaria? Para ello requerimos una pedagogía que nos enseñe a contemplar la red de causas y efectos, también una cartografía de nuestros límites. Hemos fracasado formando a nuestros profesionales porque no les hemos enseñado lo esencial: el oficio de habitar el planeta. Cuando enseñemos que cada acto nuestro, por pequeño que sea, deja una huella indeleble en el bioma, cuando aprendamos a borrar de nuestro lenguaje el idiolecto de la dominación, habremos cursado la única asignatura cuyo aplazamiento supone la extinción de nuestra especie.
Nuestros telescopios barren el espacio interestelar buscando una señal que nos diga que no estamos solos, pero no hemos conseguido oír el aliento, el susurro de otra especie. Solo hemos obtenido un colosal silencio como respuesta y, en medio de él, flota el microscópico bullicio de una especie que ha construido la belleza en forma de arte y humanidad. Nuestro planeta es el único puerto de la conciencia humana. Si rompemos su frágil recipiente, no habrá refugio en los desiertos de otros planetas para una especie que no supo cuidar el jardín que se le otorgó. Habitar este planeta es sostener el milagro de su existencia.
Cuando comprendamos la radical rareza de nuestra condición humana, los orgullos nacionales serán necios, la ambición personal, demencia, y las fronteras políticas, simples rayas en el vacío. Entonces reconoceremos el hilo invisible que nos une desde el origen y tendremos la dignidad, al fin, de asumirnos como una sola familia humana en el indiviso cosmos. Ojalá que lo entendamos antes de que seamos el silencio terrible de la casa vacía…
♦♦♦

*Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966) es un destacado lingüista, escritor, editor, consultor y profesor universitario venezolano. Es reconocido por su amplia trayectoria en el estudio del discurso, la retórica y la literatura, así como por formular la teoría del livelazgo comunicante en el año 2003. @JeronimoAlayon
BLOG. AUTOR Jerónimo Alayón
Siguenos en X @PBolivariana
Telegram @bolivarianapress
Instagram @pbolivariana
Threads @pbolivariana
Facebook @prensabolivarianainfo
Correo pbolivariana@gmail.com
País Venezuela
Fuente https://jeronimo-alayon.com.ve/
ABB8C43D -FEF69F





Deja un comentario