En un momento en que la misma burguesía representaba la comedia más completa, pero
con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a ninguna de las pedantescas condiciones
de la etiqueta dramática, y ella misma obraba a medias engañada y a medias convenci-
da de la solemnidad de sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que vencer por
fuerza el aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como tal comedia.

Karl Marx

Francisco Javier Toloza*
Docente Departamento de Ciencia Política
Universidad Nacional de Colombia
Aventuras -preliminares- de un neofascismo dependiente

La genial pluma de Bertolt Brecht pudo elevar a sátira teatral la evitable asunción del nazismo en la Alemania de la entreguerras. En 1941, mientras proyectaba su exilio en Estados Unidos, el dramaturgo logró imaginar el conveniente impulso que los carteles capitalistas podían proporcionar a la barbarie fascista, aunque lo hizo desde el escenario “ficticio” del mundo gansteril de Chicago.

Si bien el macartismo impidió que la obra fuera representada hasta 1958, El resistible ascenso de Arturo Ui constituye un referente obligado para aproximarse no solo a la figura de Hitler, sino también al fenómeno mismo del surgimiento del fascismo.
Capitalismo en crisis, grandes trust presionando a favor de sus intereses de clase, violentos grupos de choque, decadencia moral de la dirigencia política tradicional y de la democracia liberal, venta de “protección” y seguridad por gánsteres recién formalizados, farsas judiciales contra sus contradictores, la extracción delincuencial de sus protagonistas, el lenguaje político del miedo y la fuerte imposición de simbología sobre las masas, rasgos todos reflejados por Brecht en alusión expresa a la génesis y consolidación del NSDAP1, se tornan familiares con el reciente proceso político que acaba de poner en la Presidencia de la República a Abelardo de la Espriella. La licencia literaria de Brecht de unir mafia y fascismo gracias a la simbiosis y analogías entre legalidad e ilegalidad parece creada adrede para representar ciertos rasgos de la apuesta fascista en su versión colombiana.

No se pretende en el presente artículo forzar la realidad, ni mucho menos el arte, para hacer calzar a calco y copia de la dramaturgia de Brecht, ni de los denominados fascismos históricos, la (nueva) deriva autoritaria del bloque de poder contrainsurgente en Colombia, pero sí identificar trazos similares e inspiraciones de la reciente y evitable ascensión de otro Arturo Ui, puesta al día en la actual crisis capitalista, y aclimatada al trópico de Macondo. Hay que comprender el Tigre, para no asustarse con su cuero, ni creer que es solo de papel.

Bonapartismo, fascismo y neofascismo dependiente

Como es común con la irrupción de supuestos “fenómenos” políticos tipo Abelardo de la Espriella, los opinadores del establecimiento y la ciencia política burguesa vierten sus versiones salpicadas de individualismo metodológico, negación de la lucha de clases y explicaciones casi mágicas, que no solo dispensan responsabilidades estructurales del orden social, sino que terminan endiosando a dichos personajes.

Marx logra construir una explicación muy distinta desde su método a la luz del análisis del naufragio de la II República Francesa y del golpe de Estado de Luis Napoleón, en su célebre texto El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

Obviamente las peculiaridades históricoconcretas no son trasladables a ninguna otra realidad nacional, pero si las lógicas de la lucha política de clases que se avistaban en la temprana república burguesa: la relativa autonomía de lo político posibilita que, cuando se desborda el control de la democracia liberal, el bloque de poder capitalista recurra a la alternativa contrarrevolucionaria y autoritaria, acudiendo para ello a sectores advenedizos o vinculados a las estructuras coercitivas. A este fenómeno es al que Marx denominará bonapartismo, en referencia al emperador francés ungido primero por el sufragio. Pero el bonapartismo no es una persona, sino una forma de estado de excepción capitalista en crisis hegemónica. No depende del individuo que asuma el rol de Bonaparte –o de Arturo Ui–, sino de una situación específica de correlación de fuerzas en la lucha de clases, en la que una convergencia dominante en el bloque de poder propicia su ascenso. De allí, que Brecht introduzca el adjetivo de “resistible” o “evitable” ya que no se trata de un sino trágico, sino de acciones e inacciones de los factores reales de poder que imponen esta apuesta contrarrevolucionaria aparentemente autónoma a las estructuras políticas tradicionales.

Durante el presente siglo, el bloque de poder contrainsurgente en Colombia ha recurrido reiteradamente a la opción bonapartista. Inicialmente, con los gobiernos de Uribe Vélez, quien, tras avanzar parcialmente en su funcionalidad para el gran capital, terminó generando tensiones dentro del establecimiento; posteriormente, mediante la búsqueda de supuestos outsiders –como en el caso de Rodolfo Hernández–, que no lograron consolidar los consensos necesarios; y, finalmente, mediante la impostura del actual presidente, De la Espriella. Esta recurrencia sistemática a la alternativa bonapartista solo puede comprenderse en el marco de una crisis orgánica sostenida, que no ha logrado ser resuelta ni por administraciones de derecha sin tapujos, ni por las
supuestas coaliciones de unidad nacional, ni por la reciente experiencia progresista.

La arriesgada opción del bloque de poder contrainsurgente en Colombia
de montarse en la figura del autodenominado Tigre, con la presión
imperialista de por medio, recuerda el viejo adagio oriental sobre la
imposibilidad de bajarse de felino una vez ensillado. ¿Qué lleva a la
oligarquía más estable de América a acudir a ADLE? ¿Dónde quedaron
las opciones tradicionales de la inveterada clase política colombiana?
¿Podrán apearse del Tigre, como ya lo hicieron con Uribe?

Ahora bien, la asunción de ADLE no constituye simplemente un bonapartismo en versión macondiana, sino que debe comprenderse en el marco de un proyecto neofascista dependiente. No se trata de abundar en epítetos o dejos peyorativos, sino de definir con rigurosidad categorías conceptuales. Retomando el estado del arte sobre el debate actual en torno a la definición de las alternativas globales de ultraderecha, sintetizado por De Zubiría2, se sostiene que la categoría de neofascismos ofrece la aproximación más acertada, pues permite integrar dialécticamente los rasgos de continuidad y cambio que caracterizan el nuevo momento histórico. Al respecto son válidas también las reflexiones de Kohan3, quien reivindica esta categoría en contravía de otras, a las que considera ambiguas o equívocas, como la de autoritarismos o posfascismos.

Los rasgos comunes de la actual oleada de “ultraderecha” con el denominado fascismo histórico son bastante evidentes. En primer lugar, ambos constituyen respuestas capitalistas de choque frente a profundas crisis del propio capitalismo (1929 y 2008), posibilitadas por una gran burguesía que aspira a mantener y elevar sus niveles de ganancia y acumulación. En segundo lugar, ambos son proyectos orientados a disputar las masas populares a los sectores revolucionarios y progresistas, en un contexto marcado por una creciente crisis de representatividad de las democracias burguesas. En tercer lugar, los fascistas de ayer y los neofascistas de hoy combinan la participación electoral con diversas formas de violencia políticaapoyándose en estructuras de base que, en sentido estricto, poseen un carácter paramilitar. Finalmente, se trata de doctrinas reaccionarias y anticomunistas que apelan al ideario más conservador y a la batalla cultural e ideológica mediante eficaces aparatos de propaganda, correspondientes a cada época, para insuflar el odio hacia los sectores subalternos y sus proyectos políticos. Su deriva hacia el militarismo y la guerra, así como sus lugares comunes discursivos en torno al patrioterismo, el nacional-chauvinismo y los valores tradicionales, constituyen consecuencias lógicas de lo aquí expuesto.

De otra parte, a diferencia de los arquetipos históricos de fascismo en Alemania e Italia, especialmente, los neofascismos no están acotados a Estados imperialistas en pugna o decadencia. Si bien no constituyen necesariamente un factor novedoso, los proyectos neofascistas dependientes4 proliferan en medio de la creciente virulencia de un imperialismo en declive como el estadounidense. De esta manera, en Colombia –como en toda Nuestra América en la actualidadel neofascismo y las alternativas ultraconservadoras surgen aupadas directamente por la política imperial orteamericana y, muy particularmente, por la opción que condensa el modelo MAGA del binomio Trump-Rubio. No puede comprenderse el cambio del mapa político regional sin esta injerencia directa imperialista, la subordinación estratégica de estos mandatarios y Washington como su principal sustento.

Quien cabalga un tigre

La arriesgada opción del bloque de poder contrainsurgente en Colombia de montarse en la figura del autodenominado Tigre, con la presión imperialista de por medio, recuerda el viejo adagio oriental sobre la imposibilidad de bajarse de felino una vez ensillado. ¿Qué lleva a la oligarquía más estable de América a acudir a ADLE? ¿Dónde quedaron las opciones tradicionales de la inveterada clase política colombiana? ¿Podrán apearse del Tigre, como ya lo hicieron con Uribe?
Es claro que De la Espriella no representa ningún proyecto antisistema y que, en todos los aspectos, es funcional al proyecto hegemónico del capital. Sin embargo, los inesperados relevos en la Presidencia tras el Acuerdo de Paz con la guerrilla de las FARC-EP son elocuentes de una ruptura con la “normalidad” del establecimiento y de una sostenida crisis hegemónica. La alternativa progresista fue incapaz de consolidarse como proyecto contrahegemónico, pero también se tornó inviable como opción de recomposición del régimen, lo que profundizó su decadencia y sus contradicciones.

La administración petrista, prisionera del régimen político incluso para llevar adelante sus reformas más moderadas, contribuyó, junto con la intervención directa de EE. UU. y sus agencias en el país, a la conformación de una coalición heterogénea de clases dominantes, tanto por su extracción como por sus intereses, que hoy sustenta el proyecto de neofascismo dependiente en el país. Su esencia constituye una respuesta contrarrevolucionaria de choque frente a la crisis hegemónica, que se despliega en cuatro grandes frentes: el militar, el judicial, el económico y el ideológico.

El resistible ascenso de ADLE, posibilitado por la aquiescencia no solo de Uribe,
sino de todos los expresidentes vivos –con la excepción de Samper–, devela con
más nitidez que hace un cuarto de siglo la consolidación de la lumpenburguesía
colombiana como sector determinante del bloque de poder contrainsurgente
y de la geopolítica continental. Lejos de ser un renglón marginal o aislado, la
acumulación criminal en el país irriga el conjunto de la economía colombiana
configurando un auténtico capitalismo gansteril, que, haciendo una alegoría a la
farsa teatral de Brecht, haría palidecer a la mafia de la coliflor.

Una disección de la convergencia hegemónica que sustenta la presidencia de ADLE también pareciera inspirada en la obra teatral de Brecht, con gremios, políticos y mafias. Tras la figura de “El Tigre” se alinean sectores del gran capital con posiciones estratégicas en el modelo extractivista y el complejo militar-industrial colombiano; las decadentes oligarquías regionales y nacionales; élites no tradicionales de dudosa reputación en ascenso; el mercenarismo corporativo, legal e ilegal; multinacionales de la fe, con gran arraigo popular y subordinación geopolítica, y la siempre oportunista clase política tradicional.
El resistible ascenso de ADLE, posibilitado por la aquiescencia no solo de Uribe, sino de todos los expresidentes vivos –con la excepción de Samper–, devela con más nitidez que hace un cuarto de siglo la consolidación de la lumpenburguesía5 colombiana
como sector determinante del bloque de poder contrainsurgente y de la geopolítica continental. Lejos de ser un renglón marginal o aislado, la acumulación criminal en el país irriga el conjunto de la economía colombiana configurando un auténtico capitalismo gansteril, que, haciendo una alegoría a la farsa teatral de Brecht, haría palidecer a la mafia de la coliflor.

Queda, no obstante, el interrogante sobre la posibilidad de una convivencia armónica de una convergencia tan heterogénea, unida por un trumpismo por obligación y un antipetrismo de vocación. La primera variable puede verse afectada por las dinámicas propias de la disputa política estadounidense, en medio de las elecciones del próximo mes de noviembre, y por el pulso internacional de la Casa Blanca más allá de Nuestra América, especialmente en Oriente Medio. El segundo factor tiende a resultar insuficiente si no se logran conciliar los intereses particulares y corporativos de partidos, liderazgos políticos, grupos empresariales, bases claramente fanatizadas y la inefable figura presidencial.

Frentes del neofascismo dependiente
y resistencias antifascista

El plan de choque del nuevo gobierno en su accidentado inicio se asoma en cuatro grandes áreas, que de tajo se convierten en dimensiones para la resistencia antifascista. En primer lugar, dado su marcado carácter dependiente, ADLE ha profundizado la cesión de la soberanía territorial en el plano militar. La entrega de Medellín como sede del Escudo de las Américas; la incorporación del país a la denominada Alianza contra los Carteles; el anuncio, desde el Pentágono, de “operaciones conjuntas” en territorio nacional, sin siquiera informar al Congreso; el supuesto Plan Patriota 2.0, aunados al mantenimiento inalterado de la sujeción militar a EE. UU. durante el cuatrienio progresista, consuman de facto no ya una “invasión por invitación”, sino una auténtica colonia bélica, lo que representa un grave riesgo para la paz regional.

A riesgo de redundar, detrás del vacuo discurso antinarcóticos y antiterrorista se configura una clara apuesta por el control territorial de recursos estratégicos y por la subordinación militar de la Fuerza Pública colombiana, con el propósito de profundizar
su labor contrainsurgente contra la población civil. Esta orientación se afianza, además, con la reanudación de relaciones con el Estado de Israel y el papel nefasto del sionismo en el sector de seguridad y defensa del país. No es gratuito que Rubio, en su cumbre anticomunista, haya declarado organización terrorista al antifascismo. Si el neofascismo es guerra e imperialismo, hoy la lucha por la paz en Colombia y Nuestra América es antifascista y antimperialista.

En segundo lugar, se configura una versión santanderista de las farsas judiciales de Roland Freisler, no sin cierta inspiración en el chantaje asociado a los delitos de Hindenburg. Se trata de una guerra jurídica o lawfare contra el progresismo que dejó el gobierno y contra toda oposición al neofascismo, tanto en Colombia como en EE. UU., tal como lo anunciara el propio presidente, quien prefiere litigar y presentar denuncias en su (otra) patria.

Detrás del negocio de las megacárceles se vislumbra toda una oleada de criminalización del movimiento social, negación del delito político, punitivismo de todo tipo, aporofobia y persecución del pensamiento crítico, que se profundizará una vez ADLE presente su terna para la Fiscalía y tenga control sobre dicha institución. La defensa de los derechos humanos vuelve a ponerse en el orden del día como clásica consigna democrática y antifascista.

El tercer frente del capital será el enésimo apretónfiscal, facilitado por las facultades especiales que se invocan a partir del trágico terremoto en el occidente del país. No más impuestos para los grandes capitales, pero ampliación de la base gravable para la población en general; recortes draconianos de la nómina estatal que tendrán efectos nocivos en la demanda y el conjunto de la economía; impostura del fracking y demás políticas extractivistas, no sin conflictos con las comunidades en los territorios. Sin duda, la opción “libertaria” del vicepresidente Restrepo pronto se encontrará con el muro arancelario de Trump, la tozudez geopolítica de su fanático canciller que desestima a los BRICS u otros mercados, y los límites estructurales de un gasto público inflexible por la hipertrofia del aparato de guerra estatal. Claramente el ingente déficit fiscal y el crecimiento de la deuda pública que recibe ADLE, no son producto esencial del gobierno Petro sino de más de treinta años de neoliberalismo y financiarizacion de las finanzas públicas. En este aspecto, la lucha de los movimientos sociales será determinante para resistir a un ajuste económico inspirado en las fracasadas reformas de Milei.

Una disección de la convergencia hegemónica que sustenta la presidencia de ADLE tambiénpareciera inspirada en la obra teatral de Brecht, con gremios, políticos y mafias. Tras la figura de “El Tigre” se alinean sectores del gran capital con posiciones estratégicas en el modelo extractivista y el complejo militar-industrial colombiano; las decadentes oligarquías regionales y nacionales; élites no tradicionales de dudosa reputación en ascenso; el mercenarismo corporativo, legal e ilegal; multinacionales de la fe, con gran arraigo popular y subordinación geopolítica, y la siempre oportunista clase política tradicional.

Finalmente, y como muestra palmaria de la estirpe neofascista del nuevo gobierno, este anuncia la “batalla cultural”. A los nombramientos en los Ministerios de Cultura y Educación de fanáticos de la más recalcitrante ideología de derecha se suma una añoranza de refundación nacional, inspirada en la ultraconservadora Regeneración de Núñez y Caro, que propugna el retorno a un Estado confesional, con inclusión del protestantismo y el judaísmo prosionistas, entremezclado con medidas cosméticas de supuesta descentralización y campañas publicitarias de un presidente “antipolítico”.

Aunque, efectivamente, habrá debates ideológicos, revisionismo y negacionismo histórico, así como promoción de censuras oficiales, la cruzada neofascista no es asimilable a las viejas inquisiciones. En este acápite asoman sus aspectos novedosos, con dinámicas propias de lo que ya se denomina tecnofascismo7: el empobrecimiento y la reducción del campo político mediante controles algorítmicos; la promoción de la manósfera para el reclutamiento de jóvenes en ideologías reaccionarias contra las mujeres, y el uso intensivo y extensivo de nuevas tecnologías y redes sociales, en una perspectiva goebbeliana orientada a fabricar una posverdad que se torna indistinguible de los hechos reales. No obstante, la batalla cultural no descarta la recurrencia a los tradicionales grupos de choque, que reivindican la acción violenta como parte de su pedagogía neofascista. Nuevamente, aquí será central el papel de la educación y la cultura antifascistas en la resistencia a los aparatos ideológicos, viejos y nuevos. En resumen, ante todos estos frentes de lucha contra el neofascismo en pleno siglo XXI, se puede recitar a Brecht:

General, el hombre es muy útil.
Puede volar y puede matar.
Pero tiene un defecto:
puede pensar.

♦♦♦

*Francisco Javier Toloza Fuentes es un politólogo, sociólogo, docente y activista social colombiano, reconocido por su labor académica en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia. Se graduó como politólogo en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Cuenta con estudios de especialización en Derecho Constitucional, una maestría en Sociología por la misma Universidad Nacional y un doctorado en Estudios Políticos por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) de Argentina. Su labor investigativa ha dado lugar a diversos artículos de análisis y publicaciones enfocadas en problemáticas nacionales, dinámicas de poder y procesos sociales.

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