A los numerosos giles que repiten: «Yo de economía no sé nada…»

Por Luis Casado*

Este libro fue publicado en mayo del año 2002 gracias al inolvidable compañero Gustavo “Pollo” Ruz, y luego reeditado en diciembre del año 2014. Reúne breves análisis de las pomadas, mentiras y voladas que difunden los economistas, y termina con una corta reseña de los principales culpables de tanta manipulación. Entre ellos:

Vilfredo Pareto
Leon Walras
Michel Godet
Bernard Maris
Philippe Labarde
Joseph Stiglitz
Jeremy Rifkin
Friedrich Engels
Gar Alperovitz
Paul A. Samuelson
Thomas Piketty
Simon Kuznets
Adam Smith
Etienne Bonnot, Abade de Condillac
Hugo F. Sonnenschein
Gérard Debreu
Luitzen Egbertus Jan Broüwer
Kenneth Joseph Arrow
Richard Lipsey-Lancaster
John Forbes Nah Jr.
Herbert Alexander Simon
Maurice Allais
George J. Stigler
Milton Friedman
Robert E. Lucas
Michel Rocard, y
Michel Camdessus.

También incluye a John Maynard Keynes, del cual reproducimos aquí el texto a él dedicado. Para mostrar que -incluso entre los economistas- hay más de alguno que posee un cerebro.

John Maynard Keynes

John Maynard Keynes…

No todos los economistas son aburridos, unos pelmas y unos fastidiosos. También los hay alegres y dicharacheros, aunque son los menos. John Maynard Keynes, especulador de oficio y economista por afición, o al revés que para el caso da lo mismo, era uno de ellos. Cuando estudiaba en Cambridge uno de sus pasatiempos favoritos consistía en ponerles apodos a sus maestros. No siempre sacó las mejores notas, y las peores que obtuvo fueron las de matemáticas y de economía, las dos disciplinas en las que fue más brillante y en las que sabía mucho más que sus profesores. Tal vez una cosa explique la otra, anda a saber.

John Maynard Keynes fue funcionario público en una época en la que los funcionarios públicos aun podían tener opiniones sin perder la pega. Siendo funcionario del ministerio de Finanzas británico, allá por 1915, Keynes estaba presente cuando Lloyd George, Chancellor of the Exchequer (ministro de Hacienda de su Graciosa Majestad), entregó un informe relativo a la posición de Francia y luego pidió las opiniones de sus colaboradores. John Maynard Keynes le respondió lo siguiente: “Si Ud. solicita mi opinión, debo decirle con el mayor respeto que considero su informe una basura”. No obstante, al final de la primera guerra mundial le nombraron representante del Tesoro Británico en la Conferencia de Versalles.

A poco andar John Maynard Keynes renunció arguyendo que las reparaciones que se le exigían a Alemania eran demasiado injustas y podrían, en el futuro, conducir a nuevos conflictos. El gobierno británico aceptó su renuncia y nunca volvió a confiarle responsabilidad alguna. Después se tuvo que mamar la segunda guerra mundial (el gobierno británico, no John Maynard Keynes, no te pierdas).

Para que te des cuenta hasta qué punto John Maynard Keynes era divertido, baste con que te cuente que siempre afirmó que para salir de la pobreza había que gastar mucho. “Mientras más gastas” decía, “más te enriqueces”, y soltaba una sonora carcajada y un pedo que dejaban a sus colegas economistas algo desconcertados. Y como, contrariamente a la mayoría de los economistas, creía en lo que afirmaba, sus consejos contribuyeron grandemente a sacar a los Estados Unidos y al mundo de la peor crisis que haya vivido el planeta. El crac de 1929.

El crac bursátil de 1929 fue una crisis como se pide. Con suicidios y todo. Y con muertos de hambre. De ahí en adelante hubo un período de depresión y de altísimo desempleo, y los economistas no lograban sacarse el pillo. Después de analizar el tema, Keynes expuso dos ideas centrales en dos de sus obras mayores, “El tratado sobre la moneda” (1930) y “La Teoría General” (1935-1936).

Una de esas ideas afirma que en una depresión no hay salario suficientemente bajo como para eliminar el desempleo y por lo tanto es malvado acusar a los desempleados de su propio desempleo. De esta afirmación yo deduzco que las subvenciones estatales al empleo de determinadas categorías de trabajadores sólo sirven para transferirle recursos públicos a las empresas privadas, sin crear ningún empleo suplementario. La práctica europea ha demostrado que John Maynard Keynes tenía razón, lo que no le impide al gobierno chileno actual perseverar en el enriquecimiento de los patrones gracias al empleo subvencionado.

La segunda propone una de las mejores explicaciones de las crisis económicas y del desempleo de las que se tenga noticia. Ella afirma que si la demanda agregada (el gasto de los consumidores, la inversión privada y el gasto público) es baja, las ventas y el empleo bajan. Si la demanda agregada es alta, todo va bien. Así de simple. En otras palabras, según J. M. Keynes, si a los currantes no les alcanza para consumir y, por consiguiente, baja la demanda, la inversión privada declina.

Si la inversión privada declina, no hace sino aumentar el desempleo. De modo que el personal ve reducirse como nieve al sol lo que le queda de poder adquisitivo. Ese fenómeno reduce aun más la demanda y, por consiguiente reduce aun más la inversión privada, lo que a su vez reduce el empleo… ¿me sigues?

Por esa razón, decía John Maynard Keynes, el Estado debe aumentar el gasto público para distribuir poder adquisitivo y relanzar la economía. Incluso aumentando el número de empleados públicos. Y los déficits. Ahora, vete al baño, refréscate la mollera, toma aire, respira profundo, recupera el aliento, despierta. No, no estás soñando. Gracias a esta teoría tan simple, puesta en práctica a fondo, los Estados Unidos dejaron atrás la tremenda crisis de los años 30 y llegaron a ser la potencia que son. Y debo añadir, para que conserves la información en tus papelitos, que el Estado Federal fue el más importante empleador del imperio hasta la década de los 70. Fue tal el éxito de las políticas sugeridas por John Maynard Keynes, que el imperio, desconfiado, le encargó un trabajito.

“John Maynard”, le dijeron, “¿podemos llamarte John Maynard?, tenemos que contarle a todo el mundo cual es la potato para que todo el mundo sea rico y poderoso como nosotros”. Mientras le contaban este cuento se hacían gestos por detrás de John Maynard, le ponían cuernos con la mano empuñada y el índice y el meñique levantados, se guiñaban el ojo y hacían marullos.

Así engrupieron a John Maynard para que crease el Fondo Monetario Internacional, con el objetivo declarado de explicarles a todos los países rascas que el mejor modo de enriquecerse consiste en gastar mucho, distribuyéndole poder adquisitivo al personal. La verdad es que los yanquis sabían que John Maynard ya estaba gravemente enfermo. Keynes murió poco después de fundar el FMI, y el imperio pudo llevar adelante su sabia estratagema que consistió y consiste en recomendarle a todo el mundo hacer lo contrario de lo que ellos hicieron.

Ahí reside la genialidad de los yanquis: utilizaron el nombre y la reputación de John Maynard Keynes para crear un organismo a sus órdenes que debía recomendar lo contrario de lo que John Maynard Keynes les sugirió a ellos (1).

***

Nota (1): 1 Luis Casado. “Del crecimiento, de la equidad, de la empuñadura del florete, de la extremidad inferior del lactante y de mi abuela Leontina. (breve análisis del ‘crecimiento’ como solución al desempleo)”. Ed. El Periodista. Santiago de Chile, 2003.

POLITIKA

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*Luis Casado, nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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