Hablamos de Berta Cáceres, pugnando contra la gentrificación, por los derechos y el respeto de su gente; por el río, que no es «un río»…

El 3 de marzo de 2016, América Latina amanecía con la noticia de que Berta Cáceres había sido asesinada en Honduras, poco después de las 11 de la noche del día anterior.

No fue exactamente una sorpresa para quienes conocían a la lideresa social, que se había hecho de un nombre mediante su voz en la defensa del territorio.

Un tiempo antes, su hija, Berta también, había decidido exiliarse en México tras las continuas amenazas de muerte que llegaban a la puerta de la madre.

No fue una sorpresa, pero sí lo fue, porque tras más de 20 años de lucha por el respeto a la tierra indígena en un país centroamericano, una mujer recibe tantas amenazas, de tantos tipos, que probablemente las normaliza, sabe que están ahí, pero ya son parte de todo, hasta que un día sí…

Fue asesinada con 45 años pero a los 22 ya estaba fundando el Consejo Cívico de Organizaciones Populares Indígenas de Honduras (Copinh), del cual resultó coordinadora hasta aquella noche.

Su nombre se había hecho demasiado pesado a nivel internacional para los poderes económicos de Honduras, sobre todo cuando en abril de 2015 recibió el Premio Goldman, catalogado como un Nobel del ambientalismo.

Al ambientalismo hay que ponerlo en contexto(s), porque no es lo mismo salir con tres carteles en Estados Unidos para que no maten más pavos en la noche de acción de gracias y andar comiendo berenjenas de todos los colores, que vivir guerreando para que no te construyan una hidroeléctrica al lado, que te va a acabar con el río del que siempre han vivido los tuyos y cuando dices los tuyos, si de Berta Cáceres América Latina se trata, la cuenta genealógica es demasiado profunda en el tiempo para tan poco espacio, aunque a los ahora dizque dueños de la tierra les duela.

Entonces, la palabra ecológico de pronto se queda demasiado imprecisa, y más cuando a los ecologistas del mundo no los matan.

Hablamos de Berta Cáceres, pugnando contra la gentrificación, por los derechos y el respeto de su gente; por el río, que no es un río —“¡mira qué lindo el río!”—, sino la vida concreta del hoy, ayer y mañana; hablamos de un asunto anticolonial, de enfrentamiento a redes de corrupción institucionalizadas y legitimadas, y de la vindicación de lo más básico que necesita el ser humano para sobrevivir, que es, junto al agua, la comida y el aire, ser digno.

Nueve años después de aquella noche hay gente presa, aunque probablemente no toda la que debería. De los verdugos, nunca nadie habrá de recordar el nombre y, sin embargo, el rostro de Berta y su aliento se convirtieron en volcán, en terremoto, en lluvia, en ola… de cara al movimiento de lo social que, unas veces con intermitencia y otras como magma, conmoción, onda o diluvio, se las arregla para plantar bandera por la vergüenza en nuestras dolorosas tierras.

“Despertemos, humanidad, ya no hay tiempo. Nuestras conciencias serán sacudidas…” le había gritado al mundo en abril de 2015.