Es la historia del coronel Velásquez destituido por denunciar los vínculos del general Rito Alejo del Río con los paramilitares de Urabá

Por: Iván Gallo | abril 26, 2022

Lo único que quería era hacer las cosas bien. Por eso, cuando lo mandaron a Urabá en la década del noventa, a ser el segundo detrás de Rito Alejo del Río en el batallón de Carepa, entendió que al ejército no le importaba pelearse con los paramilitares. Si no se metían con el ejército poco importaba que hicieran masacres, que torturaran y desaparecieran a la población. La única orden que recibía de su superior era combatir a la guerrilla. Él supo y puso a consideración de sus comandantes el comportamiento errático de Rito Alejo, llamado el Pacificador.

En abril de 1999 el general Rito Alejo del Río estaba encerrado en el laberinto que él mismo había construido. El informe del coronel Carlos Alfonso Velázquez, segundo al mando de la XVII Brigada de Carepa, había despertado las alarmas. Si bien cuando presentó su testimonio el 31 de mayo de 1996 el mismo comandante de las FF. AA., Harold Bedoya, lo trató de loco y terminó echándolo de la institución seis meses después, las denuncias sobre su colaboración con las tropas de Carlos Castaño y El Alemán ya se hacían incontrastables.
Desde 1982, cuando vivía en Israel, la mala fama acompañó a Del Río. Según un informe de Noche y Niebla, la publicación del Cinep, el general Fernando Landazábal, ministro de Defensa de Belisario Betancur, le dijo a uno de sus subalternos que Del Río había sido el contacto de Carlos Castaño en Tel-Aviv para atestar un avión Hércules de armas que irían al MAS –Muerte a Secuestradores- el grupo creado por Pablo Escobar en retaliación por el secuestro de Martha Nieves Ochoa, hermana de sus socios del cartel de Medellín, por orden del M-19. Fue el grupo que implantó la semilla del paramilitarismo en Colombia. El avión venía tan cargado de artillería que cayó en el océano. Mientras estuvo en la base de Cimitarra, Santander, pleno Magdalena Medio, Del Río tenía contacto con gente como Henry Pérez, mejor conocido como el hombre que mató a Luis Carlos Galán. En Carepa sus desafueros aumentaron. En los dos años que estuvo al frente de la Brigada XVII, los cuatro municipios de Urabá registraron más de 3000 muertos y 32 000 desplazamientos forzados.

En abril de 1999, en plena época de zona de distensión, Andrés Pastrana, destituyó a Del Río y a otros altos oficiales de las Fuerzas Armadas. El general todavía tenía un aliado: Álvaro Uribe Vélez. El 29 de abril de 1999, ante 1500 personas, el exgobernador de Antioquia lideró un acto catalogado por ellos mismos como de “homenaje y por supuesto de protesta” por lo que consideraban un abuso de autoridad de Pastrana. Entre otras frases lamentables que dijo esa noche, el futuro presidente emitió una de la que acaso se arrepiente: “Nadie mejor que el general Del Río comprendió que a Urabá había llegado la hora de la paz, el Estado, la ciudadanía, y a fe que avanzó notablemente”. Además, dijo que mientras fue gobernador se hizo acompañar cada vez que lo creyó conveniente del general “en todas partes estaba presente el acompañamiento discreto y eficaz del general Del Río”. Y, esa noche, siendo uno de los más duros críticos de la zona de despeje del Caguán, advirtió, usando tal vez por primera vez la estrategia que años después le daría tantos votos, que la orden de destituir al general había provenido de las Farc “con base no en providencias de la justicia del Estado sino en sus prevenciones, prejuicios y estrategias”.

Rito Alejo del Río sería condenado en el 2012 a 26 años de prisión por el asesinato de un campesino y por la colaboración estrecha que tuvo con las AUC y con las Convivir. Según testimonio de varios soldados asentados en esa base, a la Brigada XVII de Carepa entraban los paracos a entrenarse y a disparar el polígono como si estuvieran en su propia casa.

Mientras tanto a Velásquez lo desacreditaron, lo destruyeron, lo sacaron de la institución. Atrás quedaron todas sus glorias, lo empecinado que estuvo en destruir al Cartel de Cali. Todos lo olvidaron, todos menos Ramón Jimeno quien lo acabó de recuperar en su libro La impunidad del poder