Por: Ricardo Robledo 

Una de las cosas difíciles de entender, por lo paradójico y casi ridículo, es por qué los seres humanos, a lo largo de la historia, no se han podido dedicar a vivir bien y ser felices. La profundización en el análisis de esta condición, lleva a ver la complejidad de lo social.  

Pero lo más grave es cuando se capta que un grupo de personas, no les reconocen a los otros el derecho a la vida digna, el derecho al pleno disfrute de la existencia; es más, ni siquiera les reconocen el derecho a la vida.   

Lo primero que hacen los opresores, es deshumanizar al oprimido, despojarlo de su condición humana y sobre esta artimaña construyen las teorías que justifican sus acciones que subyugan a sus semejantes. Por eso, los invasores de Abya Yala, dijeron que sus habitantes, indígenas, carecían de alma; de la misma forma, los cruzados calificaron a los árabes de paganos. Todavía queda la costumbre de identificar al Ser humano como igual a “cristiano”; “por aquí hay huellas de cristiano”, se dice cuando se aprecia algún rastro de personas. Y establecidas esas circunstancias y calificativos, se obtiene licencia para matar al que es visto como inferior.  

Pero todo el que califica, fija unas líneas de referencia a las que es necesario escudriñarles su pertinencia, subjetividad y psicopatía. Desde una visión humanista, no es malo ser indio, pagano o diferente; porque si de crueldades se trata, la maldad está del otro lado.  

De la misma forma, si se mira la relación de los animales con la naturaleza, el tratar de degradar con el calificativo de animal, se vuelve muy desacertado. Las tribus milenarias –de donde provenimos todos- se han pintado el rostro para semejarse a alguno de ellos y adquirir sus destrezas; también los invocan en sus ritos. Dicen que algo tan grande y trascendental como el yoga, surgió de la observación de los animales.  

Y de estas identidades está llena la historia y la vida diaria; se ha tenido a Ricardo Corazón de León, al Lobo Estepario, al Lobo del Desierto; si una persona es muy astuta, se le dice que es un zorro o un águila; si es muy trabajador, que es una mula o una hormiguita; si es muy fuerte, es un toro o un caballo; a un buen arquero de fútbol o al que es muy ágil, se le dice que es un gato; también hay gaticas; el que cobra una deuda, es una culebra; el que tiene sus destrezas para trabajar, es un perro; una persona alta, es una jirafa; un negocio que da plata todos los días, es una vaquita lechera. Mejor ni hablar de las cucarachas ni de las sardinas. ¿Entendiste tigre o sos un delfín?  

Detrás de este calificativo hay arrogancia y desprecio por la naturaleza y sus seres vivos, lo cual es muy bajo si procede de alguien a quien, seres tan honrados, lo han hecho enriquecer.  

El mismo humano es un animal, de la especie homo sapiens, para más claridad; aunque a veces actúe como bobo sapiens. Hay personas que en lugar de glorificar y elevar su existencia, se dedican a degradarse. 

Cuando visité a panaca, tuve la sensación de que estaban cobrando por visitar la finca de alguien muy zorro, que ha vivido de los animales de todo tipo, incluidos los sapiens. Es la ley de la selva. Con razón Marx dijo que estamos viviendo la prehistoria de lo humano.  

Así es muy difícil que muchos entiendan la trascendencia política y humana de un Pacto Histórico por Colombia y por la naturaleza.