iglesia-pobreJosé Heriberto Holguín Bejarano

El Concilio Vaticano II ha sido, el evento del siglo veinte de la Iglesia donde teólogos, historiadores y filósofos continúan rumiando sobre este documento, allí se plantearon problemas destacando la profunda razón de la Iglesia de los pobres a la manera de Jesús Liberador de las injusticias y de la opresión.

Jon Sobrino, teólogo de la liberación, en una reunión realizada en el Centro Loyola de Pamplona propone una reflexión y descripción profundas de la Iglesia de los pobres, a partir “Pacto de las Catacumbas”, documento realizado en noviembre de 1065 el cual  trata de la invitación o propuesta de una Iglesia pobre y servidora a los seres humanos , modeló en un texto breve liderado por 40 obispos, persuadidos por el Espíritu Santo acerca de la actitud esencial y principal del cristianismo contemporáneo, a partir de la elección por el mundo de los marginados y de la eliminación de la participación de los elementos básicos para la vida digna. Los prelados se comprometieron a acoger una vida de sencillez, despojada de posesiones materiales mediante una nueva condición pastoral encaminada a los empobrecidos por el sistema inhumano del capitalismo; así que su vida personal y su trabajo pastoral sería totalmente al que se venía practicando, transformándose en un paradigma nuevo de Iglesia que luego se desarrollaría con la Teología de la Liberación.

Los documentos de Medellín en 1968, CELAM II, y Puebla en Mexico CELAM III, 1979, profundizando en un nuevo proyecto de Iglesia basado en la opción que tuvo Jesús por los pobres que en la actualidad con el pontificado del Papa Francisco, comienzan a salir a la luz los resultados del Pacto de las catacumbas en el plano de la Iglesia planetaria, generando así controversias hasta el punto de llegar a pensar que dicho Papa es un peligro o está en peligro debido a las argumentos del cristianismo liberador pactado en el Centro Loyola de Pamplona.

De esa manera, el día 16 de noviembre de 1965, en la culminación del Concilio Vaticano II (1962-1965), algunos obispos, confortados por el Espíritu Santo en la persona del Obispo Don Helder Cámara alabaron al Dios de la Vida oficiando una misa directamente en las Catacumbas de Santa Domitila y crearon el Pacto de las Catacumbas de la Iglesia sierva y pobre, donde expresaron para sí mismos los ideales de pobreza y sencillez, con el compromiso de vivenciarlo en sus respectivas diócesis, iniciando  la ansiada o anhelada transformación eclesial.

He aquí el encabezamiento del texto firmado por los obispos:

«Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral ―dos tercios de la humanidad― nos comprometemos a: -participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;

-pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:

-nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;

-buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

-procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;

-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles».

Solo basta preguntar:

¿Será que el Papa Francisco está retomando los documentos pactados con anterioridad?

¿Por qué el Papa Francisco está en peligro, si esa fue la misión instituida por Cristo Liberador de la opresión?

¿Para quiénes representa un peligro, su apostolado?

¿Por qué los demás: cardenales, obispos y sacerdotes no asumen la responsabilidad establecida por el gran Maestro de Galilea?

BUEN PROVECHO/HERIMETT


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