José A. Amesty Rivera*

Las elecciones de medio periodo en EEUU acaban de darle un buen golpe político a Donald Trump. El hombre que llegó a la Casa Blanca hablando fuerte, amenazando al mundo y prometiendo hacer grande otra vez a Estados Unidos, acaba de recibir un mensaje claro de los votantes, no todo se puede imponer y no todo el mundo está dispuesto a seguirle el juego.

La derrota de los republicanos, que perdieron el control de las dos cámaras del Congreso, deja una lección importante, Trump no es invencible. Por más poder que tenga, por más discursos que pronuncie y por más amenazas que lance, también tiene que rendir cuentas ante la gente.

Y es que una cosa es hablar de grandeza nacional y otra muy distinta es llegar a fin de mes con el dinero que gana una familia trabajadora. Los estadounidenses también sienten el peso de los precios altos, de la vivienda cara, de los problemas de empleo y de la incertidumbre económica. La gente quiere vivir mejor, llenar la nevera, pagar sus cuentas y tener tranquilidad. No basta con discursos patrióticos, ni con señalar enemigos por todas partes.

Trump prometió resolver muchos de estos problemas, pero la realidad le está pasando factura. A esto se suman sus conflictos internacionales, las amenazas comerciales, los aranceles y la guerra con Irán, asuntos que han alimentado el descontento de una parte importante de la población. En particular, el aumento del costo de los combustibles y la preocupación por las consecuencias de la guerra terminaron convirtiéndose, en problemas que afectan directamente el bolsillo de los ciudadanos/as.

En otras palabras, la política exterior también se paga en casa. Cuando un Gobierno se involucra en conflictos internacionales, impone sanciones, aumenta las tensiones comerciales o participa en guerras, las consecuencias no se quedan únicamente en los escritorios de la Casa Blanca. También llegan a las gasolineras, los supermercados, los empleos y los hogares.

Desde América Latina, estos resultados tienen un significado especial. Durante muchos años hemos conocido las presiones de Washington, sus amenazas, sus sanciones económicas y sus intentos de decirnos, cómo debemos gobernar nuestros países. Con Trump, ese lenguaje de prepotencia y de imposición volvió a ocupar un lugar central.

Su política hacia nuestra región ha estado marcada por amenazas comerciales, endurecimiento de las medidas migratorias, presiones contra gobiernos que no se someten a sus intereses y una visión de América Latina como un territorio donde EEUU debe conservar su influencia y capacidad de decisión.

Por esto, lo ocurrido en las urnas estadounidenses merece nuestra atención. Demuestra que incluso un presidente que se presenta como un hombre fuerte, puede encontrar resistencia dentro de su propio país. También demuestra que la ciudadanía no siempre está dispuesta a aceptar las decisiones de sus gobernantes sin protestar ni pasarles la cuenta.

Pero, ¿qué significa realmente esta derrota para América Latina? En primer lugar, significa que Trump tendrá mayores dificultades para imponer su agenda política y económica. Al perder el control del Congreso, se encontrará con una oposición que podrá frenar proyectos, revisar presupuestos, investigar decisiones del Gobierno y exigir explicaciones sobre sus actuaciones.

Esto puede tener consecuencias importantes para nuestra región. Las políticas migratorias, los acuerdos comerciales, las sanciones económicas y los recursos destinados a determinados programas de cooperación estarán bajo una vigilancia política mucho mayor.

Sin embargo, tampoco debemos pensar que los demócratas podrán detener todas las decisiones de Trump. El presidente conserva importantes atribuciones en política exterior, comercio y seguridad nacional. Además, tiene capacidad de veto sobre las leyes que apruebe el Congreso. Lo que cambia es el terreno político; ahora tendrá que enfrentar más obstáculos, negociaciones y controles.

Segundo, esta derrota puede tener consecuencias económicas para América Latina. Y aquí debemos prestar mucha atención. Nuestros países mantienen una relación económica muy fuerte con EEUU. Muchos dependen de sus mercados para vender productos agrícolas, industriales y manufacturados. Otros dependen de las remesas que envían millones de latinoamericanos que trabajan en territorio estadounidense. También existen inversiones, préstamos, acuerdos comerciales y relaciones financieras que conectan nuestras economías.

Cuando Washington amenaza con imponer aranceles, restringir importaciones o utilizar el comercio como instrumento de presión política, nuestros productores, trabajadores y pequeñas empresas pueden terminar pagando las consecuencias.

Una política comercial agresiva de EEUU no perjudica solamente a los gobiernos latinoamericanos. También puede golpear al campesino que exporta sus productos, al pequeño empresario que depende de sus compradores y a las familias que reciben remesas de sus parientes en el extranjero.

Por esto, el debilitamiento político de Trump puede abrir espacios para una mayor negociación y para contener algunas de sus medidas más agresivas. Pero no debemos confundir una posibilidad con una garantía. La economía estadounidense seguirá defendiendo sus propios intereses y sus grandes empresas continuarán buscando ventajas en los mercados latinoamericanos.

Desde la izquierda, debemos decirlo con claridad, el problema no es solamente Trump. El problema también está en un sistema económico internacional donde las grandes potencias tienen capacidad para imponer condiciones a los países más débiles.

Tercero, están las consecuencias políticas y sociales. El endurecimiento de las políticas migratorias, las deportaciones y el trato hacia los latinoamericanos que viven en Estados Unidos han provocado preocupación en nuestras sociedades.

Detrás de cada migrante hay una familia, una historia y muchas veces una necesidad económica. Son personas que salieron de sus países buscando trabajo, seguridad y mejores oportunidades. No son delincuentes por el simple hecho de cruzar una frontera en busca de una vida mejor.

Las remesas que envían a sus familias representan una ayuda fundamental para miles de hogares y para las economías de varios países de nuestra región. Por esto, cualquier endurecimiento migratorio puede tener consecuencias que van mucho más allá de las fronteras estadounidenses.

Una política que persigue, separa familias y convierte al migrante en enemigo, puede producir graves daños humanos y sociales. Y América Latina no puede permanecer indiferente ante esa realidad.

Pero tampoco debemos olvidar que varias de las causas de la migración están en nuestros propios países: pobreza, desempleo, desigualdad, violencia, corrupción y falta de oportunidades. No basta con denunciar las políticas migratorias de Washington, si nuestros gobiernos no trabajan para que la gente pueda vivir dignamente en su propia tierra. Aquí aparece otra gran responsabilidad de la izquierda latinoamericana: construir sociedades donde nadie tenga que abandonar su familia y su país porque no encuentra cómo sobrevivir.

Ahora bien, tampoco debemos engañarnos. Que Trump haya recibido un golpe electoral no significa que EEUU vaya a cambiar de la noche a la mañana su manera de relacionarse con América Latina. Los demócratas y los republicanos tienen diferencias, pero ambos partidos han defendido históricamente los intereses estratégicos de Washington en nuestra región.

La historia está llena de ejemplos de gobiernos estadounidenses de diferentes partidos que han mantenido políticas de presión, intervención y defensa de sus intereses económicos y geopolíticos en América Latina. Por esto, desde la izquierda, debemos mirar este resultado con inteligencia política y no solamente con emoción.

Aquí entra lo que en política internacional se conoce como realpolitik, es decir, entender las relaciones entre los países tomando en cuenta los intereses, el poder y las fuerzas que realmente están en juego, más allá de los discursos y las promesas.

En términos sencillos, en política internacional no basta con escuchar lo que un presidente dice; hay que observar qué intereses defiende, qué recursos tiene, qué alianzas construye y hasta dónde puede llegar.

Desde esta perspectiva, la derrota de Trump significa que su capacidad para actuar sin demasiados obstáculos se ha reducido. Pero EEUU sigue siendo una potencia económica, militar y financiera con enormes recursos e influencia internacional.

La pérdida del control del Congreso no elimina sus intereses en América Latina, ni desaparece su capacidad de presión sobre nuestros países. Tampoco significa que Washington dejará de utilizar sus instrumentos económicos, diplomáticos y militares para defender sus posiciones.

Lo que sí cambia es el escenario político. Ahora existen mayores posibilidades de cuestionar determinadas decisiones, abrir investigaciones, frenar presupuestos y generar debates sobre la política exterior de la Casa Blanca.

Para nuestros gobiernos, esto representa un escenario que exige mayor habilidad diplomática. No se trata de romper relaciones con los gringos, ni de vivir enfrentados permanentemente con Washington. Se trata de negociar con dignidad, defender nuestros intereses nacionales y no aceptar condiciones que comprometan nuestra soberanía. La política exterior de nuestros países debe basarse en el respeto mutuo, la cooperación y la defensa de nuestros pueblos, no en la obediencia a los intereses de una potencia.

También hay algo que no debemos perder de vista; los demócratas ganaron terreno, pero eso no significa que toda la sociedad estadounidense esté enamorada de ellos. Mucha gente votó para ponerle un freno a Trump, porque está cansada de sus decisiones y de las peleas permanentes que caracterizan a su Gobierno. El malestar social sigue ahí y los problemas de fondo no han desaparecido.

La desigualdad, los bajos salarios, el costo de la vida y la concentración de la riqueza siguen golpeando a millones de familias. Ningún cambio de partido en el Congreso va a resolver por sí solo esas dificultades.

Tampoco podemos olvidar que dentro de EEUU existen trabajadores, sindicatos, organizaciones sociales, movimientos de derechos civiles, comunidades migrantes y sectores populares que cuestionan las políticas de desigualdad y exclusión. Estas fuerzas también forman parte de la realidad política estadounidense y merecen nuestra atención.

Desde América Latina debemos distinguir entre el pueblo estadounidense y las decisiones de sus gobernantes. No podemos confundir a millones de trabajadores y ciudadanos comunes, con los intereses de los grandes grupos económicos, las empresas transnacionales y los sectores que históricamente han dirigido la política exterior de Washington.

Hay trabajadores estadounidenses que sufren los mismos problemas que los nuestros: salarios que no alcanzan, servicios de salud costosos, dificultades para conseguir vivienda y falta de seguridad económica. Estos problemas pueden convertirse en puntos de encuentro entre los pueblos, más allá de las fronteras y de las diferencias nacionales.

Desde la izquierda latinoamericana, la lectura debe ser clara, no se trata de celebrar que un partido estadounidense le gane al otro. Se trata de comprender que el poder tiene límites y que los pueblos, cuando se cansan, pueden expresarlo en las urnas.

Pero también debemos preguntarnos qué vamos a hacer nosotros con esta nueva realidad. América Latina necesita más unidad política, más integración económica y mayor capacidad para defender sus intereses comunes. No podemos seguir actuando como países aislados, negociando individualmente con una potencia, que tiene mucha más fuerza económica y política que cualquiera de nuestras naciones por separado.

Necesitamos fortalecer los mecanismos de integración regional, ampliar el comercio entre nuestros países, desarrollar nuestras industrias, proteger nuestros recursos naturales y buscar relaciones económicas con otras regiones del mundo. No podemos depender de un solo mercado, de un solo socio comercial, ni de las decisiones de un solo Gobierno extranjero.

Nuestra riqueza está en nuestros recursos naturales, nuestra capacidad productiva, nuestros trabajadores, nuestros campesinos, nuestra juventud y nuestra diversidad cultural. Pero esta riqueza debe servir para mejorar la vida de nuestros pueblos y no convertirse únicamente en una fuente de ganancias para las grandes empresas nacionales y extranjeras.

La soberanía no consiste solamente en tener una bandera y un territorio. También significa poder decidir qué hacemos con nuestros recursos, cómo organizamos nuestra economía, con quién comerciamos y qué modelo de desarrollo queremos construir.

Por esto, la derrota de Trump debe servirnos para reflexionar sobre la necesidad de construir una América Latina menos dependiente, más unida y con mayor capacidad para decidir su propio destino.

No debemos esperar que los problemas de nuestra región se resuelvan con las elecciones de EEUU. Nuestra tarea no está en Washington, sino en nuestros propios pueblos, en la organización popular, en la defensa de los derechos sociales y en la construcción de alternativas económicas y políticas que respondan a nuestras necesidades.

Trump acaba de recibir una advertencia política que no debería ignorar. La gente no vive de discursos, no come promesas y tampoco está obligada a aplaudir a un gobernante solamente porque se presente como poderoso.

Al final, hay una verdad que sirve para Estados Unidos y para cualquier país del mundo, los gobernantes pueden tener mucho dinero, mucho poder y mucha propaganda, pero cuando la gente se cansa, también sabe cómo hacérselo saber.

Para América Latina, la enseñanza es todavía mayor, no podemos confundir el debilitamiento de un presidente con el debilitamiento de todo un sistema de poder. Hay que saber aprovechar los cambios, identificar las oportunidades, reconocer los riesgos y fortalecer nuestra propia capacidad de decisión.

La historia no está terminada. Las relaciones de poder cambian, los pueblos se movilizan y los gobiernos encuentran límites que muchas veces no esperaban. Trump no es invencible, y ningún poder está por encima de la voluntad de los pueblos.

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*José A. Amesty Rivera es un teólogo, reverendo, escritor y analista político e internacional de origen venezolano, ampliamente reconocido en el ámbito del periodismo de opinión y el análisis geopolítico de izquierda en América Latina. Es un firme defensor de la Teología de la Liberación y de las causas sociales en la región. Es un activo colaborador y administrador de plataformas de comunicación alternativa como La Voz Bolivariana Internacional y la Red en Defensa de la Humanidad (REDH).Enfoca su cobertura crítica de los giros políticos en el Cono Sur y Centroamérica, analizando fenómenos que van desde el ascenso del neoliberalismo hasta las dinámicas de los procesos electorales regionales.♦
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