Mirko Casale*

Tras meses de polémica, el proyecto impulsado por la presidenta de México de que no tener doble nacionalidad sea requisito constitucional para presentarse a cargos como la presidencia, así como otros regionales y locales, ya es una realidad. Claudia Sheinbaum había presentado su propuesta a finales de agosto y, desde entonces, la iniciativa fue superando las votaciones en la Cámara de Diputados, Senado y congresos estatales.

Desde el inicio, la propuesta fue defendida por el Ejecutivo como una imperiosa necesidad de cara a salvaguardar la soberanía e independencia de México. En ese sentido, se argumentaba que un alto cargo público con otra nacionalidad además de la mexicana podría estar comprometido con intereses foráneos. Es decir, en caso de conflicto –de intereses, político, comercial, ni qué decir bélico– ¿de qué lado se pondría un presidente o gobernador con doble nacionalidad de las partes enfrentadas…? ¿Se quedaría paralizado, haciendo malabarismos, con un pie en cada lado? ¿Tomaría partido por México… o por la otra parte?

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Por otro lado, quienes se oponían vehementemente a la medida, argumentaban que esta limitaría los derechos políticos de millones de mexicanos que tienen doble o múltiple ciudadanía. Sin embargo, según la nueva disposición, estos no quedan excluidos de esos cargos permanentemente, sino que, para postularse a ellos, antes deberían renunciar a otras nacionalidades que no sean la mexicana. En redes, algunos opositores a la medida trataron de enredar, mezclando la gimnasia con la magnesia, a base de repetir sin base que la nueva ley prohíbe la doble nacionalidad para toda la ciudadanía mexicana. Intento que no tuvo demasiado éxito, todo hay que decirlo.

Precedentes y aristas

Lo cierto es que este cambio constitucional no surge de la nada y tiene varios aspectos que analizar y contextualizar, tanto históricos como legales.

En la historia latinoamericana ha habido y hay presidentes que ostentaron u ostentan la doble nacionalidad. El caso tal vez más paradigmático sea el de Gonzalo Sánchez de Lozada, presidente de Bolivia en dos ocasiones (o, mejor dicho, una y media), quien de niño y joven vivió tantos años en EE.UU. que incluso hablaba el idioma castellano con acento gringo. Aunque siempre trató de llevar el asunto con discreción, además de la boliviana tenía la nacionalidad estadounidense y como tal ejerció la presidencia de Bolivia. Coincidencia o no, sus políticas se caracterizaron por una férrea alineación con las de Washington.

No hay que retrotraerse tanto en el tiempo para encontrar ejemplos similares. De hecho, tanto el actual presidente de Colombia como el de Ecuador tienen, además de las de las naciones que presiden respectivamente, la nacionalidad estadounidense. Abelardo de la Espriella se naturalizó tras vivir años en Florida y obtuvo su pasaporte de las barras y estrellas tres años antes de acceder a la presidencia, mientras que para Daniel Noboa fue todavía más sencillo, porque lo obtuvo nada más nacer… en EE.UU. Al igual que el boliviano ‘Goni’ (aunque con menos acento), ambos mantienen políticas abiertamente pro-Washington. No son los únicos casos recientes de dobles nacionalidades en presidencias latinoamericanas y caribeñas.

México no es el primer país que prohíbe ejercer la presidencia en el caso de tener más de un pasaporte

Por ejemplo, el mandatario argentino, Javier Milei, y el expresidente colombiano, Gustavo Petro, además de sus correspondientes nacionalidades por nacimiento, tienen pasaporte italiano por ascendencia. Al igual que De la Espriella, por cierto, que también ostenta esa nacionalidad por el mismo motivo y sería, por tanto, poseedor de tres pasaportes. Un caso poco conocido pero peculiar es el del actual presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, que además de guatemalteco es uruguayo, puesto que nació en Montevideo.

Como ven, el fenómeno de presidentes latinoamericanos y caribeños con doble (o triple) nacionalidad no es tan poco común. Sin embargo, México no es el primer país que prohíbe ejercer la presidencia en el caso de tener más de un pasaporte, en ocasiones explícitamente y en otras implícitamente. Es el caso de República Dominicana, Haití, Venezuela, Cuba y Nicaragua, por ejemplo. En algunos de esos países, también existe esa misma limitación para otros altos funcionarios, como diputados o asambleístas.

Legislaciones diversas por todo el planeta

En el resto del mundo también hay países cuyas legislaciones impiden que alguien con doble nacionalidad ejerza la presidencia o ciertos cargos relevantes. Y es difícil encontrar una tendencia ideológico-cultural que los una, porque es algo que se da en todo tipo de naciones y sistemas políticos, tanto del ‘jardín’ como de la ‘jungla’, como diría Josep Borrell.

Por un lado, varios países lo prohíben, digamos, indirectamente, ya que se trata de legislaciones que solo admiten una única nacionalidad para su ciudadanía, por lo que, lógicamente, en esas naciones no puede haber ningún jefe de Estado o de Gobierno con doble nacionalidad, debido al hecho de que los nacionales no pueden tener otra. Es el caso de (en algunos de ellos con algunas excepciones puntuales), China, Japón, Austria, Irán, Indonesia o Singapur, por nombrar algunos.

También existen países que, permitiendo la doble nacionalidad a sus nacionales, limitan su acceso a la presidencia de tener otra o, atención, de haberla tenido antes. Es el caso de Rusia y Bielorrusia, donde si quieres postularte presidente no deberías de haber tenido otra nacionalidad ni ahora ni nunca.

Para México y otras naciones latinoamericanas y caribeñas, tener un presidente con pasaporte estadounidense conlleva elevados riesgos de cara a su soberanía e independencia

Los hay también que, al igual que México a partir de ahora, permiten presentarse a la presidencia o, dependiendo del caso, ciertos cargos, a condición de renunciar previamente a otras nacionalidades. Bulgaria, Liberia, Letonia, Túnez o Lituania son algunos de ellos. Por ejemplo, el ex presidente lituano Valdas Adamkus, que ganó la presidencia lituana habiendo vivido más tiempo en EE.UU. que en Lituania, debió renunciar a su ciudadanía estadounidense antes de asumir el cargo.

Algunos sistemas fuertemente parlamentarios imponen la misma restricción a sus diputados, puesto que de entre ellos saldrá el jefe de Gobierno o primer ministro. Es el caso de Australia, por ejemplo, que obliga a sus futuros parlamentarios a renunciar a otras ciudadanías antes de postularse. Precaución bien curiosa, por otro lado, teniendo en cuenta que el jefe de Estado australiano es un inglés, pero bueno, allá cada uno con sus costumbres. O el caso israelí, donde la Knesset obliga a sus miembros a renunciar a sus otros pasaportes (pasaportes que, dicho sea de paso, son los que denominan su auténtico origen, pero bueno, eso es otro tema).

Como ven, todo este asunto de permitir o no permitir tiene múltiples aristas y el hecho de que naciones tan disímiles en tantos aspectos como Rusia, Japón, Liberia, República Dominicana, Lituania, Cuba o Australia hayan introducido este tipo de restricciones es señal de que no es algo ‘a priori’ ni bueno ni malo, sino que depende de la posición geopolítica de cada país y cómo esta es interpretada por sus leyes.

Una precaución necesaria

Indudablemente, la realidad mexicana está históricamente signada por tener pegada a su frontera norte a la potencia imperial más agresiva del último par de siglos. A unos puede gustarles esa realidad y a otros no, pero nadie puede negar que es una realidad.

Así, mientras que, por poner un ejemplo, en Alemania no les preocuparía demasiado tener un presidente con doble nacionalidad germana y luxemburguesa, para México y otras naciones latinoamericanas y caribeñas especialmente, tener un presidente o altos funcionarios con pasaporte estadounidense conlleva elevados riesgos de cara a salvaguardar su soberanía e independencia.

Y obvio que un presidente no necesita pasaporte de EE.UU. para ser sumiso a Washington y vender la patria por un puñado de dólares. Pero ante una realidad histórica de abuso y saqueo de lo que en la Casa Blanca consideran «su patio trasero», cualquier barrera que se ponga para complicarles algo esa ambición desmedida, nunca estará de más.

Video: ‘¡Ahí les va!’

El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de ‘¡Ahí les va!’, escrito y dirigido por Mirko Casale

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

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*Mirko Casale.Guionista, presentador y director del programa de humor político ‘¡Ahí les va!’, que transmite RT con gran éxito en países de habla hispana desde hace cinco años. Nació en Buenos Aires en 1976, de padre argentino y madre yugoslava. Mirko ha trabajado toda su vida en los medios de comunicación. Su carrera comenzó en Venezuela, donde entre 2006 y 2016 se desempeñó como director creativo del Ministerio de Comunicaciones e Información, y como responsable de nuevos contenidos en el canal estatal ViVe. En esos años creó, dirigió y coordinó numerosos proyectos audiovisuales: videos promocionales, animados y otros, casi todos con un enfoque humorístico y político. 

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País  México
Fuente https://actualidad.rt.com/
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