La caída de Kabul deja el país en manos de los talibanes y de su líder máximo, Hibatullah Akhundzada, ahora mismo la persona con más autoridad. Durante los últimos años ha logrado unificar a los distintos líderes talibanes y ha mostrado unos incipientes indicios de flexibilidad que los talibanes no tuvieron en los años noventa.

EUGENIO GARCÍA GASCÓN | 16/08/2021

Hibatullah Akhundzada es el líder supremo político y religioso de los talibanes, y desde esta semana la máxima autoridad en Afganistán con el título de Emir al Muminin (Príncipe de los Creyentes). Su ascenso es indiscutible después de que el hasta ahora presidente Ashraf Ghani haya huido del país para evitar un baño de sangre. 

Nacido en 1959 en la provincia de Kandahar, corazón de la etnia pastún, que constituye casi la mitad de la población del país, y donde contribuyó a fundar el movimiento talibán, Akhundzada ha sido responsable de los tribunales islámicos, un cargo destacado en la estructura de poder, y en los últimos años de guerra ha sido uno de los escasos líderes de la organización que no se ha exiliado a ninguno de los países vecinos, principalmente Paquistán.

El liderazgo de la organización lo asumió hace justamente un lustro, después de que un dron americano dio muerte a Akhtar Mansour en 2016. Desde entonces la flamante máxima autoridad afgana ha eludido en todo lo posible la visibilidad con el fin de que los americanos no acabaran con él, como ocurrió con los dos líderes previos.

Desde niño tuvo un estrecho vínculo con la religión ya que su padre era el imán de una mezquita local. De familia pobre, el padre dependía para su subsistencia de las pequeñas donaciones que hacían los miembros de la comunidad, bien en metálico bien en especias. Cursó estudios religiosos con su padre hasta que la familia abandonó el pueblo para establecerse en Quetta, una ciudad de Paquistán vecina a Afganistán, a raíz de la invasión soviética, donde ingresó en un seminario.

En los ochenta se implicó en la resistencia contra los soviéticos y fue uno de los primeros miembros de los talibanes, una organización que se estableció en los noventa y que los medios de comunicación americanos consideraron que luchaba por la libertad, es decir contra la tiranía soviética, por lo que los talibanes recibieron una crucial ayuda militar y económica de EEUU.

En 1996, cuando los talibanes conquistaron Kabul, Akhundzada trabajó en el departamento que se encargaba de la promoción de la virtud y la prevención del vicio. Poco después volvió a Kandahar para desempeñar la tarea de profesor en una gran madrasa, y en 2001, tras los atentados del 11 de septiembre, cuando el presidente George Bush decidió intervenir en Afganistán, fue designado responsable de los tribunales de la sharia en todo Afganistán.

Su prestigio no es tanto militar como religioso, y son conocidas sus intervenciones de mediación entre líderes islamistas de distinta orientación. Los dos anteriores líderes talibanes contaron con él en lo tocante a cuestiones religiosas, pero a diferencia de ellos se cree que Akhundzada nunca llegó a dejar el país durante las dos décadas de presencia estadounidense. En 2015 fue ascendido al segundo puesto en el rango de los talibanes y estableció un mecanismo para investigar los abusos cometidos por los jefes locales talibanes en cada una de las provincias.

En 2012 se le intentó asesinar sin éxito, un riesgo común a un gran número de líderes talibanes y que en su caso se atribuyó a los servicios secretos afganos. Mientras impartía una lección, un hombre se levantó y le apuntó con una pistola, disparó pero el arma se encasquilló y el atacante fue detenido por los talibanes sin causar ningún daño.

El 25 de mayo de 2016, fue designado máximo líder de los talibanes para sustituir a Akhtar Mansour, quien fue asesinado tres días antes en el ataque de un dron contra la caravana en la que viajaba en Paquistán. El asesinato fue obra de los americanos y fue autorizado expresamente por el presidente Barack Obama. Mansour había señalado con anterioridad a Akhundzada como su sucesor en el caso de que le ocurriera algo, y la Shura o Consejo Consultivo talibán confirmó el nombramiento.

Poco después declaró que los talibanes estaban dispuestos a negociar con el gobierno de Kabul y que un acuerdo entre las dos partes era posible siempre y cuando el gobierno de Kabul renunciara a la injerencia extranjera, es decir rompiera sus lazos con EEUU. En su opinión, el apoyo de EEUU al gobierno de Kabul ha sido similar a las injerencias previas de los británicos y los soviéticos en el país.

Su prestigio religioso ha llevado a algunos analistas a considerar que su jefatura es más simbólica que real. Como otros líderes talibanes, Akhundzada ha huido de los focos y ha llevado una vida semioculta durante décadas, principalmente debido a que sabe que tanto los americanos como los afganos le habían colocado en el punto de mira.

Akhundzada tiene varios familiares directos que han muerto en la guerra, como uno de sus hijos, que falleció durante un ataque suicida contra una base militar afgana en la provincia de Helmand en 2017. Dos años más tarde murió uno de sus hermanos en la explosión de una bomba. La muerte también se cebó con algunos otros familiares.

El acuerdo que los talibanes alcanzaron en Qatar con los americanos en febrero de 2020 fue supervisado por Akhundzada, quien calificó el pacto de una “gran victoria”. A esa altura ya estaba claro que Wahington quería abandonar Afganistán a cualquier precio ya que su permanencia en el país era más costosa que cualquier otra opción. Además, Akhundzada dijo que Afganistán estaba a punto de convertirse en un “estado islámico puro”, advirtiendo a sus correligionarios que no mostraran “arrogancia” a causa de las continuas victorias talibanes.

Durante los últimos años se ha esforzado por unificar a los distintos líderes talibanes, una tarea complicada que ha culminado con éxito, al menos por ahora. En 2017 señaló que “la puerta de la amnistía y el perdón está abierta” para facilitar la reconciliación en el país. Existen varios indicios que señalan que los talibanes de hoy no son tan intolerantes y estrictos como los de los años noventa, si bien esto deberá comprobarse en el día a día a partir de ahora.

EUGENIO GARCÍA GASCÓN