Por Mario Yepes Londoño

Este escrito fue presentado, en su mayor parte, en el Teatro Camilo Torres de la Universidad de Antioquia, en la conmemoración del primer aniversario de las víctimas, profesores y estudiantes del Alma Mater, durante el año aciago de 1987.

Parecía un despropósito mayúsculo que pudieran haber matado a este hombre y por los miserables motivos que movieron, no tanto a sus verdugos como a los autores intelectuales, los mismos que siguen arrinconando a la paz de Colombia. Pedro tenía una manera contagiosa de establecer contacto aún con los desconocidos y de hacerse acompañar en sus propósitos: los ojos ansiosamente abiertos y expectantes y todo el continente como si sólo esperara un guiño para el abrazo.

Cuando obtenía la más mínima respuesta de apertura, se relajaba en una risa de timbre muy agudo y un gesto confiado hacia el interlocutor recién conocido; fatalmente seguía una invitación a celebrar de inmediato, y si esto no era posible, atropellando las palabras cerraba una cita para el próximo encuentro. Y con los habituales, cada cita, lejos de ser rutinaria, tenía la misma calidez y el entusiasmo de quien se movía por un impulso afectivo desbordante: por su familia, por los amigos políticos y los compañeros de la Universidad, cercanos o contradictores, hacia los cuales no hubo fanatismo (tan común en nuestras épocas) que lo atrincherara. Pedro era conviviente, como sólo se puede ser cuando se tienen claras las prioridades, y la distinción entre quienes por un camino u otro se han impuesto el proyecto del bien para la sociedad y los que explotan y pisotean los derechos de los débiles.

En todos esos momentos gozosos y solidarios de Pedro siempre estaba el plan de concitar voluntades para el propósito político del Partido por el cual, pese a todos los tropiezos, diferencias y sinsabores, tenía una fé que nunca fue ciega, pero sí la disciplina y la convicción de que era indispensable para la construcción del Socialismo, claro, porque esa era su obsesión y su mayor objetivo vital. Así nos lo recalcaba a quienes, escépticos por las duras evidencias, manifestábamos la incertidumbre o el vencimiento. Pero no se trataba sólo de que su bonhomía fuera un explicable recurso táctico para su acción política, porque era notorio que el impulso amistoso, fraterno, que toda persona le suscitaba, conducía su actitud hacia una alegría que a veces parecía inexplicable: en el segundo siguiente podía volverse rígidamente serio y abordar la consideración de los conflictos permanentes en los que vivíamos en la Universidad y en todas las esferas, exigir formalidad para tratarlos y enfrentarlos; pero una chispa encendida por el ingenio propio o el de un interlocutor podía llevarlo a distanciarse con humor, aunque no tanto que ello fuera a desquiciar lo esencial que se trataba.

Después de esa larga militancia comunista, Pedro Luis había establecido, para sí mismo y para todos los suyos, con rigor y entusiasmo, que ahora el camino recto hacia la paz y la democracia era la Unión Patriótica y, por consiguiente, la opción de la lucha política desarmada para quienes la habían descartado. Consciente de que la nueva ruta, antes que la tranquilidad y el goce de los derechos, garantizaba la respuesta feroz de quienes sólo prosperan en la guerra y el odio; los que les garantizan la expoliación, el desarraigo de la tierra y la muerte a los humildes. Aún así, él mismo amenazado reiteradamente, Pedro aceptó el reto de la representación política de los perseguidos, del pensamiento libre y de la construcción de una nueva sociedad. Con mentalidad de médico y salubrista, había entendido que a esta nación había que curarla de sus viejas heridas y crear las condiciones para prevenir las recaídas y las agonías. Pero la vieja reacción sólo acepta la igualdad y la equidad que a todos nos llegarán después de la muerte; y la paz, torpes como son, no la quieren ni para sí mismos.

Tuvimos una especial cercanía por el apoyo decidido de Pedro a todas las iniciativas de nuestro sector artístico y docente en la militancia política, convencido como estaba de que la educación, en todas las disciplinas, era la garantía de una formación sólida en el pensamiento materialista y científico, y que la sensibilidad provista por la práctica y el disfrute de las artes era una base propicia para la solidaridad. Lamentaba que esa no fuera la mentalidad dominante en la dirigencia política extraída de la clase obrera, a la cual, pese a toda evidencia, por su idealismo socialista, seguía reconociendo como vanguardia de la sociedad; entendía muy bien que esa carencia se explicaba, justamente, por la falta de oportunidades en su educación. Porque así pensaba estimuló el apoyo a las actividades artísticas en la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia, cuando fue miembro de su Junta y Presidente de la misma: conciertos, exposiciones, teatro, cine, estímulo a grupos musicales y a grupos de lectura; y en el Partido, en todo plan de acción y formulación de principios. No fué pues casual que esa preocupación y la de su esposa Beatriz fructificara en la sólida educación musical de sus hijos Natalia y Santiago que culminaría en la formación de la primera como compositora e intérprete. Personalmente recibí el franco respaldo de Pedro Luis cuando asumí la orientación de un Cine Club universitario abierto a la ciudad, el cual siempre se había concentrado de manera exclusiva en las producciones del campo que luego se ha llamado “socialismo real”; es decir, la del entendimiento del arte sólo como “realismo socialista”. La apertura que impulsamos hacia otras miradas de la sociedad del presente y de la historia, en el cine de cualquier procedencia, y el complemento del foro crítico en compañía del público, fueron

entendidos por Pedro Luis Valencia como la expresión de la verdadera mirada científica que debía informar la educación política; y la apertura hacia todos los públicos y no sólo a los públicos cómplices y adoctrinados, como la posibilidad de ampliar la influencia de un pensamiento democrático y crítico.

Así, Pedro Luis se fue configurando ante los enemigos de la paz y de la democracia como un dirigente peligroso. Los líderes lúcidos, estudiosos y solidarios como él estorban: la ignorancia y la torpeza, características si las hay de la derecha, les impiden ver en ellos la imagen de la sociedad posible y deseable para todos.