Por Jair de Souza*
A pesar de la horrible atrocidad que se está desarrollando actualmente en Oriente Medio en contra de los pueblos palestino, libanés e iraní, estoy convencido de que las comunidades judías de todo el mundo tienen ante sí una oportunidad sin precedentes para recuperar el prestigio y la gloria tradicional del judaísmo como una religión y filosofía profundamente humanista.
Esta idea se vio reforzada aún más tras ver el nuevo corto video del presentador Mirko Casale respecto al bombardeo y la destrucción de una sinagoga en Irán. En contraposición a la narrativa distorsionada que nuestros medios hegemónicos han difundido por décadas sobre la intolerancia religiosa por parte de las autoridades iraníes, vamos a saber que esta agresión contra el templo judío fue cometida por las propias fuerzas del sionista Estado de Israel. Esto quiere decir que los sórdidos autores de este abominable crimen contra el judaísmo fueron individuos que se atreven a afirmar que representan al judaísmo en su totalidad.
No obstante ser este un momento de gran tristeza y desconcierto, que ya ha provocado la muerte de cientos de miles de seres humanos (en su mayoría niños y mujeres indefensos) y la expulsión de millones de otros de sus hogares y tierras, un punto positivo que podríamos extraer de esta tragedia es el hecho de que cada vez resulta más evidente para todos que el judaísmo y el sionismo no pueden, bajo ninguna hipótesis, ser considerados como equivalentes.
De este modo, el horror y la inhumanidad que los sionistas practican a diario contra otros pueblos de la región están contribuyendo a que los miembros de las comunidades judías repartidas por todos los rincones del planeta se den cuenta de lo pernicioso que les ha sido estar sometidos al dominio de una ideología esencialmente racista, colonialista e imperialista como el sionismo.
En realidad, el sionismo no tiene absolutamente nada que ver con las raíces históricas del judaísmo, y mucho menos con el sentimiento humanista tradicional que siempre lo ha caracterizado a éste. Esto es tan cierto que es entre los círculos de las élites colonialistas e imperialistas de Europa Occidental donde vamos a detectar su origen y formulación inicial. Para quienes deseen estudiar más detalladamente el proceso de gestación del sionismo, les recomiendo que lean el esclarecedor libro Los Sionistas Cristianos, del reverendo evangélico inglés Stephen Sizer.
De forma análoga al fascismo, el nazismo y otras corrientes ideológicas surgidas de las crisis capitalistas en Europa a mediados y finales del siglo XIX, el sionismo también se gestó en la feroz disputa entre sectores del gran capital por expandir y consolidar espacios en favor de sus intereses de clase. Y, como suele ocurrir en esos conflictos entre grandes capitalistas sobre cuestiones que les conciernen exclusivamente a ellos, cada facción se empeña en alinear tras sus postulados al mayor número posible de elementos de la población.
Para hacer posible esta unificación de muchas personas de grupos sociales ajenos a las clases dominantes, los ideólogos al servicio de éstas suelen recurrir a ciertos puntos secundarios que pueden atraer a amplios segmentos de la población en su apoyo y, en consecuencia, transformarlos en fervientes defensores de cosas que, de hecho, se corresponden poco o nada con las necesidades de estas masas.
Como sabemos por el estudio de la historia, la presencia de enormes contingentes de judíos en Europa hasta la primera mitad del siglo XX se debió en gran medida a procesos provocados y ejecutados por los propios europeos. Si es correcta la teoría del éxodo judío que los llevó a dispersarse por vastas regiones europeas hace unos dos mil años, entonces los responsables por determinar y ejecutar su expulsión de sus tierras de origen no fueron los demás pueblos de esos lugares. La culpa debe atribuirse única y exclusivamente a las clases dominantes europeas. Para que no nos quede ninguna duda, nos conviene recordar que el Imperio Romano era un imperio europeo.
Además, otra constatación irrefutable es que casi todos los escarmientos y la explotación a que los judíos han sido sometidos durante los últimos dos milenios han ocurrido en el corazón de Europa, orquestados e implementados por fuerzas al servicio de sus clases dominantes. La atroz persecución desatada por los nazis de Hitler tuvo su epicentro en Alemania y se replicó en otros países europeos. Nada similar jamás les había ocurrido ni en Palestina, ni en el Líbano, ni en Irán.
Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, prevalecía entre las comunidades judías de Europa el deseo de integración con las poblaciones locales. Gran parte de los judíos habían abrazado plenamente la lucha de la clase trabajadora por su emancipación total, en pos de la construcción del socialismo. Fue el sionismo el que, en nombre del gran capital judío, comenzó a abogar por la creación de un Estado exclusivamente para la población judía.
Sin embargo, en perfecta sintonía con otros grupos capitalistas del continente europeo, los teóricos del sionismo no proponían que partes de Alemania, Francia, Polonia, etc., es decir, de los países donde los judíos eran blancos de persecución, se cedieran para la construcción de este Estado. En cambio, abogaban por que su país exclusivo se fundara en otro continente. Podía ser Argentina, Uganda o, como finalmente se decidió, Palestina.
En otras palabras, una auténtica bendición para los grandes capitalistas europeos y sus homólogos judíos: estos últimos contarían con una importante población sometida a sus directrices y se comprometían a representar los intereses del imperialismo en Oriente Medio; mientras que los primeros se libraban de la indeseada presencia de un gran número de gente combativa que se había distinguido en la lucha contra la explotación del capitalismo.
En una connivencia sin escrúpulos, estas dos partes se quedaron con los beneficios y transfirieron a pueblos ajenos al problema la carga y la culpa del enorme daño causado a los judíos europeos a lo largo de muchos siglos.
En un intento por conquistar y ampliar su aceptación entre las comunidades judías, que hasta entonces se habían resistido a las propuestas del sionismo, se desarrolló una gigantesca campaña de desinformación y manipulación sobre el verdadero significado de esta ideología. El objetivo era equipararla al judaísmo. Por lo tanto, para aumentar el nivel de adhesión de las masas judías al sionismo, se les han bombardeado intensamente con la idea de que judaísmo y sionismo son exactamente lo mismo. Y es este enorme esfuerzo de tergiversación el que ha marcado las últimas ocho décadas de nuestra historia.
Así, para expresarles sus nuevos buenos deseos a los judíos, los principales capitalistas de Alemania, por ejemplo, en lugar de ofrecerles a los sobrevivientes de las atrocidades del nazismo, al que apoyaban, una parte de Baviera, para que allí pudieran construir su Estado, u otorgarles la propiedad y el control de conglomerados como Volkswagen, el grupo Krupp, etc., consideraron más conveniente darles carta blanca a los sionistas para que hicieran lo que les diera las ganas contra el pueblo de Palestina, hacia donde los insuflaron a marcharse.
Si bien el poder de la maquinaria propagandística sionista y las organizaciones que le son afines han cosechado éxitos significativos a lo largo de tantos años de manipulación, quienes hemos seguido más de cerca la evolución de la cuestión sionista por algún tiempo conocemos el papel fundamental que han estado desempeñando para desenmascararla grandes intelectuales humanistas de ascendencia judía. Entre muchos otros, podemos citar al historiador israelí Ilan Pappe, a la filósofa estadounidense Judith Butler, al renombrado sociólogo Norman Finkelstein y, en Latinoamérica, a los combativos periodistas Breno Altman y Tali Gleiser. Ninguno de ellos ha renunciado jamás a su identidad judía, pero todos se oponen firmemente al carácter racista, excluyente, colonialista e imperialista que constituye la esencia del sionismo.
Volviendo al inicio del texto y tratando de sacar las conclusiones pertinentes, podemos sentir que los crímenes del sionismo a lo largo de la historia, especialmente los actuales, han sido tan aberrantes y monstruosos que están llevando a una parte significativa de los judíos de todo el mundo a buscar desvincularse de esa nefasta corriente ideológica que está al servicio de los peores aspectos del colonialismo. Este fenómeno se nota aún con mayor evidencia entre la juventud judía, que está aprendiendo en términos prácticos a discernir la malignidad del sionismo y su total incompatibilidad con los principios éticos del humanismo judío.
Audio:
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Publicado originalmente en portugués en:
https://www.brasil247.com/blog/o-judaismo-e-a-recuperacao-de-seu-tradicional-humanismo
*Jair de Souza es un respetado economista y analista político brasileño, graduado en Economía y Magíster en Lingüística por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Su formación interdisciplinaria le permite analizar la realidad social no solo desde las cifras, sino también desde el discurso y la construcción de sentidos en la política. Con una larga trayectoria de compromiso militante, es conocido por su defensa de la soberanía popular y su crítica frontal a las políticas neoliberales que han marcado la historia reciente de Brasil y América Latina.
Como analista, es un colaborador frecuente en medios de comunicación alternativos y redes de pensamiento crítico, donde desentraña las estrategias de manipulación mediática y el papel de las élites financieras en la desestabilización de procesos democráticos. Su visión integra la economía política con un análisis profundo de la comunicación, denunciando cómo se utilizan los mecanismos lingüísticos para justificar el despojo social. Es una voz clave para entender las tensiones del Brasil contemporáneo, el resurgimiento de las corrientes progresistas y los desafíos del movimiento popular frente a la extrema derecha.

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