Por Alberto Pinzón Sánchez*

 Trump, el nombre del presidente de los EEUU es una palabra tabú en Colombia. Quien se refiera a él, sea verbal o por escrito con algún adjetivo que no sea glorificador, o haga imputaciones deshonrosas sobre sus actuaciones, corre el riesgo de que lo cataloguen de “disidente guerrillero”, o en el mejor de los casos lo persiga la ley por injuria, calumnia y vituperio.

Los más de 15 adjetivos usados en otros países de habla castellana donde la multimedia no es monopolio del régimen. Como autoritario, procaz, avasallador, demagogo impredecible, genocida misógino/ machista, sospechoso de pedofilia. Emperador romano (Calígula, Nerón) narciso prepotente y cínico, “anciano impulsivo arrogante e histriónico ignorante de la Historia al que se le amoratan las manos. César indescifrable que desplaza por los mares del mundo su poder destructor, cuando rompe pactos, amenaza naciones, convierte la siempre acartonada diplomacia en un sainete y la política en un juego que tardaremos en saber si es un certamen de improvisaciones o un libreto prefijado y maligno”; adjetivos que ni siquiera usó Cayo Suetonio en su historia de los 12 césares.

Pero, tal parece que por aquello de la dialéctica y la unidad y lucha de contrarios, en lugar de demeritar al personaje, lo han magnificado y mantenido en escena permanente, insuflándole más aire caliente a su inflamado Ego.

Una de mis primeras lecturas al iniciar los estudios de Antropología, recomendada por el ayudante de cátedra Luis Guillermo Vasco, fue la obra clásica «el papel del individuo en la história de Georg Plejánov escrita en 1898«, que marcó un hito entre los seguidores del materialismo histórico de Marx y Engels en la Europa de aquellos años, en la intensa discusión entre las leyes objetivas que rigen la Historia ( por ejemplo la lucha de clases, el  desarrollo de las Fuerzas Productivas y su contradicción con las Relaciones de Producción, etc) y la libertad individual o voluntad personal de alguna personalidad relevante que en un momento puede acelerar o retrasar los acontecimientos, sin que por ello se cambie la dirección fundamental del curso histórico. 

El líder excepcional surge o aparece cuando las condiciones sociales o la “necesidad” lo exigen y esa personalidad por sus condiciones personales, habilidades, inteligencia y aprovechamiento de las circunstancias sociales y económicas (La Virtud y Fortuna del Príncipe de Maquiavelo) lo convierten en un catalizador del Proceso que está en marcha.

Y, este aspecto, precisamente es lo que se ha oscurecido con  la multitud de adjetivos que se le ha proferido al actual presidente de los EEUU. Y, es así mismo lo que está detrás de la tragedia civilizatoria a donde nos ha llevado el Sistema Imperialista del Capitalismo Desarrollado actual y la sentencia inhumana a muerte que ha hecho el presidente Trump de exterminar una Civilización humana de miles de siglos de existencia como la Persa.

“Trump, creía que podía conquistar Irán en dos o cuatro semanas usando la capacidad militar acumulada de su instrumento más extremista gobernante en Israel, y, su esperanza era que, para cuando emprendiera su viaje programado a China, pudiera enfrentarlos y decirles: «Bueno, acabamos de provocar un cambio de régimen en Irán. Hemos nombrado a un oligarca iraní, un dictador afín, para que tome el poder y se convierta en una especie de versión iraní de Boris Yeltsin, administrando el petróleo iraní en interés de EEUU… Reafirmando su control sobre la economía mundial mediante los monopolios que están detrás suyo: El monopolio del petróleo, el monopolio de la tecnología de la información, el monopolio de los chips informáticos, el monopolio tecnológico, así como su capacidad para suministrar alimentos a otros países, sus exportaciones y el control de los cereales” . Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/michael-hudson-la-guerra-contra-iran-determinara.

 Son estos monopolios Imperialistas los que están detrás de las decisiones exterminadoras de la dupla Trump-Netanyahu, y al que se le debe agregar el monopolio Financiero bien descrito por Lenin en 1917, como Fusión del Capital industrial con el Capital bancario, la conquista de territorios, y el reparto de territorios. Como se intentó  con otra potencia capitalista atómica con un complejo tecnológico-militar- industrial-financiero semejante al estadounidense como Rusia, en agosto de 2025 en el Acuerdo de Alaska, para reparto territorial de los territorios en disputa . Acuerdo del que se habla mucho, pero nadie sabe o conoce su contenido real, mantenido en extremo secreto por las partes contratantes.

El Imperialismo es un desarrollo del Capitalismo y el fascismo es un desarrollo del Imperialismo. Tres en uno . Como lo he venido sosteniendo en varios escritos.

Y para no echar más leña a la hoguera que produzca humo espeso que haga todavía más densa la llamada “niebla de la guerra”; concluyo citando un correo que me ha enviado un amigo lector desde Valencia, España:   

El presidente de Estados Unidos amenazó con la muerte de la civilización iraní, pero lo que está muriendo es el imperio estadounidense tal y como lo hemos conocido tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, en la Guerra Fría. Él es el emblema de esa decadencia, esa descomposición, como demuestra la repugnante ligereza con la cual profiere amenazas genocidas y la estupefaciente acumulación de reveses estratégicos.

Es oportuno analizar dos planos:  El primero, interno, relativo al significado político profundo de un liderazgo como el de Trump. El segundo, internacional, relacionado con el significado geopolítico de la guerra contra Irán ―y el contexto en el que se inscribe―.

 En el primer Plano, lo que se ve es un presidente que lanza amenazas genocidas como si se tratara de un truco negociador más en un trato inmobiliario cualquiera en una esquina de Queens, que profiere urbi et orbi en una materia trascendental insultos y exabruptos propios de una barra de bar después de varias rondas. Trump preside con un liderazgo inmoral, arrogante, desbocado, que no quiere apoyarse en el conocimiento sino sólo en lacayos, nepotista, extractivo, inestable. Está a la vista de todos, incluso de sus acólitos que, por interés, lo avalan.

El hecho de que nadie frene sus excesos, el hecho de que Trump haya conseguido regresar a la presidencia después de todo lo que demostró, es un conjunto que habla de un fallo sistémico de Estados Unidos. Hay algo podrido en un sistema que otorga el poder dos veces a un liderazgo de esa índole y no es capaz de frenar ciertas derivas ―quienes lo intentan son destituidos o perseguidos―. A Obama le bastaron tres palabras hace una década para retratar lo que había antes de que Trump ganara su primer mandato: “unfit to lead” ―inadecuado para liderar―. Más de una década después, el sistema estadounidense no ha logrado metabolizar esa simple verdad.

 En el segundo plano, lo que se ve es el enésimo episodio de una nación que, bajo ese liderazgo, comete errores estratégicos en cadena, evidenciando sus límites y las fortalezas ajenas ―sean las de China con el control de las materias primas estratégicas o las de Irán con el control del estrecho de Ormuz o incluso las de Europa que, con un mínimo de unidad, pudo repeler el anhelo anexionista sobre Groenlandia―. El aroma a impotencia y frustración es intenso. El acuerdo alcanzado poco antes de la expiración del ultimátum para desencadenar el apocalipsis amenazado revela rasgos de esa impotencia.

Los trumpistas pueden esgrimir que las amenazas hiperbólicas de su líder han convencido a Irán a aceptar un acuerdo que implica la reapertura del estrecho sin un pacto de paz omnicomprensivo y permanente, como venían reclamando. Y sin duda pueden sostener haber infligido graves golpes a la capacidad militar iraní y a su cúpula de mando con una tecnología ofensiva muy eficaz. Pero estas observaciones son solo un aspecto de una realidad muy problemática. Para ello, basta con fijar la atención en la asombrosa declaración del propio Trump que, en su red social, sostuvo que el plan de 10 puntos presentado por Irán es una “base trabajable”. Entre esos puntos hay cosas como la salida de las tropas de Estados Unidos de la región, control del estrecho con cobro de impuestos de paso y reconocimiento del derecho a enriquecer uranio.

Más allá del acuerdo, toda la aventura de la guerra ilegal contra Irán muestra grandes rasgos de impotencia. El poderío de Estados Unidos no consiguió doblegar al régimen, no consiguió arrastrar a sus aliados, no consiguió eliminar el residuo del programa nuclear iraní (que se había declarado obliterado el año pasado). El supuesto éxito es reabrir un paso que quedó cerrado a causa de su guerra. Si el trumpismo cree que las amenazas de su líder son una hábil táctica negociadora, el resto del mundo ha tomado nota con espanto de un mandatario desatado, exasperado, sin autocontrol ni control externo, lanzado en una aventura ilegal, ignorante ―una civilización no se mata salvo que se esté dispuesto al exterminio―, mal planificada.

Estados Unidos fracasó en Vietnam, fracasó en Irak, fracasó en Afganistán y, aunque el veredicto final no está escrito, tiene pinta de que fracasará en Irán. Se abre ahora una negociación compleja, y el tiempo aclarará el balance del desenlace. Los puntos nodales son por supuesto el estatus del estrecho ―con la pretensión iraní de cobrar el paso― y el del programa nuclear. Pero el balance, hasta ahora oscuro para Washington, y a los elementos ya mencionados hay que añadir que el régimen no solo sobrevive: incluso sale fortalecido. Y el agotamiento de los arsenales causará dificultades a Estados Unidos durante tiempo.

El problema es que ―a diferencia de los fracasos anteriores― los errores actuales tienen peso doble porque hoy Washington tiene un competidor, China, más temible de lo que fue la URSS, y porque sus aliados observan ya con desprecio un liderazgo de rasgos neronianos.

Hoy, Estados Unidos ―y, desde luego, Israel― parece acercarse a esa etiqueta de Estado canalla que solía ir repartiendo por el mundo. Naturalmente, se trata de un concepto político sin definición formal y la categorización es discutible.

Pero se debe leer la definición que ofrece la Enciclopedia de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada por SAGE: “Nación que rechaza el derecho internacional y las convenciones de la comunidad internacional. Los Estados canallas son temidos y condenados en la comunidad internacional (o, al menos, otros Estados se sienten inquietos respecto a su liderazgo) porque rechazan la rendición de cuentas internacional. Su comportamiento en la toma de decisiones no sigue patrones tradicionales y reconocidos, y resulta difícil predecir qué harán”.

 Estados Unidos ha cometido muchos abusos en el pasado, pero bajo Trump rechaza el derecho internacional hasta el punto de perseguir a los juristas del Tribunal Penal Internacional, es temido hasta por sus propios aliados y no sigue patrones tradicionales en un nivel sin precedentes, hasta amenazar con borrar de la faz de la tierra una civilización sin que ni siquiera mediara un ataque previo de esta.

Por todo ello ―por los síntomas internos e internacionales―, el imperio estadounidense se muestra en decadencia. Ello no significa que no mantenga asombrosos resortes de poder, que su sociedad no sea capaz de conseguir extraordinarios logros, que su vigor no pueda seguir consiguiendo cosas. Estados Unidos sigue siendo un país formidable, un competidor temible. Pero su liderazgo actual está provocando estragos en los cimientos sobre los que se fundó el imperio. Seguirá siendo una potencia, pero es otra cosa.

Esto va de acción desbocada, de ira, de prepotencia, de revanchismos. Pero, aunque por otro camino, Trump se parece mucho al imperio al final de su decadencia.

Fuente imagen: Internet  


*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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