Pedro Barragán*


La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en una fase que muchos analistas temían desde el principio, lo que comenzó como una campaña militar rápida para imponer condiciones a Teherán se está transformando en una guerra de desgaste sin salida clara. Tras varias semanas de ataques, amenazas cruzadas y movimientos militares contradictorios, la sensación dominante es que Washington se ha metido en un atolladero estratégico del que resulta difícil salir sin pagar un alto coste político, militar y económico.

Estados Unidos e Israel han cometido tres errores de cálculo fundamentales al iniciar la ofensiva: (1) creer que la eliminación del líder supremo Alí Jameneí provocaría el colapso del sistema iraní en 48 horas, (2) asumir que la guerra duraría apenas unos días y (3) confiar en que se formaría rápidamente una coalición regional e internacional contra Irán.


Ninguno de esos cálculos se ha cumplido, e Irán está preparado para sostener operaciones durante meses, incluso utilizando nuevos misiles de mayor alcance.

Estos tres puntos reflejan un problema recurrente en la política exterior estadounidense, que no es otro que la tendencia a subestimar la capacidad de resistencia de sus adversarios. Irán no es un Estado débil ni aislado. Durante décadas ha construido una estructura política y militar diseñada para sobrevivir a sanciones, ataques indirectos y presiones externas. Pensar que el país se derrumbaría tras un golpe inicial era, como mínimo, un cálculo arriesgado.

El segundo error, la idea de una guerra corta, empieza a hacerse evidente. Los ataques estadounidenses e israelíes han entrado ya en su quinta semana y no existe una señal clara de que el conflicto esté cerca de terminar. Por el contrario, las operaciones se han ampliado, mientras Irán mantiene su capacidad de respuesta mediante misiles, drones y acciones indirectas en toda la región.
Teherán insiste en que puede sostener la guerra durante al menos seis meses, y la dinámica actual indica que el tiempo juega en su favor.

El tercer error, la supuesta formación de una coalición internacional contra Irán, tampoco se ha materializado. A diferencia de otras intervenciones lideradas por Washington, el apoyo de aliados ha sido limitado y desigual. Europa se muestra dividida, varios países de Oriente Medio temen una desestabilización generalizada y potencias como China han criticado abiertamente los ataques.

Pekín ha declarado que se opone a las acciones militares de Estados Unidos e Israel y ha expresado su apoyo a la soberanía y la integridad territorial de Irán, al tiempo que pide el cese inmediato de las hostilidades. Al mismo tiempo, China ha intensificado sus contactos diplomáticos en la región y ha defendido que la raíz de la crisis se encuentra en la escalada militar, no en las acciones de Teherán.

La posición china tiene un peso especial porque introduce un elemento que complica aún más los planes de Washington. A pesar de la tensión en el estrecho de Ormuz, China no se encuentra tan expuesta como se esperaba. Aunque depende del petróleo de Oriente Medio, su diversificación energética y su capacidad para negociar directamente con Irán han reducido el impacto del bloqueo. Irán ha manifestado repetidamente que el estrecho de Ormuz está abierto y que solo se impide el paso a los barcos de los países que le está atacando.

Esta situación debilita uno de los principales instrumentos de presión de Estados Unidos. El cierre del estrecho para los buques occidentales eleva los precios del petróleo y golpea a las economías occidentales, pero no afecta a China en la misma medida, e incluso puede reforzar algunos sectores energéticos internos.

En paralelo, Washington envía señales contradictorias. El presidente Donald Trump ha declarado que Estados Unidos está cerca de alcanzar sus objetivos y que desea reducir gradualmente las operaciones militares. Sin embargo, el Pentágono continúa reforzando su presencia en Oriente Medio, con nuevos despliegues navales y unidades de marines preparándose para posibles operaciones terrestres.

Este contraste refleja una tensión evidente, Estados Unidos necesita mostrar firmeza, pero también busca una salida que le permita evitar una guerra larga. Algunos analistas consideran que la estrategia actual responde más a la necesidad de salvar la imagen que a un plan militar coherente. Reconocer que la operación se ha prolongado más de lo previsto tendría un coste político importante, especialmente en año electoral.

En este contexto, el fracaso de la estrategia inicial ha tenido también consecuencias diplomáticas. Trump tenía previsto viajar a China a finales de marzo con la intención de presentarse como un líder que había impuesto condiciones a Irán y reforzado la posición de Estados Unidos en Oriente Medio. Sin embargo, el agravamiento de la guerra ha obligado a aplazar la visita, oficialmente por la imposibilidad de abandonar Washington en plena crisis.

El aplazamiento tiene un fuerte contenido simbólico. La visita debía mostrar liderazgo y fuerza, pero ha terminado reflejando exactamente lo contrario, alargándose el conflicto, con aliados poco entusiastas y una potencia rival, China, que observa la situación desde una posición relativamente cómoda.

Mientras tanto, el coste de la guerra sigue aumentando. Los ataques iraníes contra bases estadounidenses han provocado daños importantes, los precios del petróleo se disparan y la tensión en el estrecho de Ormuz amenaza con afectar al comercio mundial. Washington estudia opciones cada vez más arriesgadas, desde intensificar los bombardeos hasta posibles operaciones anfibias contra instalaciones estratégicas iraníes.

El problema es que ninguna de las opciones garantiza una salida rápida. Negociar resulta difícil porque la confianza entre las partes es casi inexistente. Declarar la victoria sin resultados claros podría dejar a Irán en posición de bloquear el tráfico marítimo o intensificar sus ataques. Y una intervención terrestre, incluso limitada, podría convertir el conflicto en una guerra larga y costosa.

La experiencia de Irak sigue pesando sobre todos los cálculos. Entonces, la campaña militar fue rápida, pero la ocupación se convirtió en un conflicto que duró años y erosionó el prestigio internacional de Estados Unidos. En el caso de Irán, el desafío sería aún mayor: un país más grande, con mayor cohesión interna y con aliados capaces de abrir nuevos frentes.

Hoy, tras varias semanas de combates, Estados Unidos se encuentra atrapado entre dos riesgos. Retirarse sin resultados dañaría su credibilidad, pero continuar la guerra puede llevar a un desgaste prolongado. Los atolladeros estratégicos no aparecen de repente. Se forman cuando los planes iniciales fallan y cada decisión obliga a tomar otra aún más arriesgada. Eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora.

Estados Unidos puede haber iniciado esta guerra convencido de que sería corta. Pero terminarla se está revelando mucho más difícil. Y cuanto más tiempo pasa, más se parece a una intervención que empezó con mucha confianza y ha acabado convertida en un conflicto del que nadie sabe cómo salir.

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Pedro Barragán es un destacado economista español con una sólida trayectoria en el análisis de mercados internacionales y comercio exterior. Actualmente se desempeña como Asesor de la Fundación Cátedra China, donde aporta su visión estratégica sobre las relaciones económicas entre España y el gigante asiático. Autor del libroPor qué China está ganando”. A lo largo de su carrera, ha ocupado puestos de responsabilidad en diversas instituciones financieras y organismos de promoción económica. Es un reconocido experto en la Nueva Ruta de la Seda y en el impacto de la política macroeconómica china en Europa. Además de su labor consultiva, destaca por su faceta como conferenciante y colaborador habitual en medios especializados en economía. Su experiencia técnica lo convierte en una voz autorizada para interpretar los desafíos del mercado globalizado actual@PedroBarraganC

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