Ing. Vladimir Castillo Soto*

Definitivamente la dirigencia del mundo occidental está plenamente consciente del parto geopolítico que ha ocurrido y hace todo lo posible para asesinar al neonato. Tienen dos planes, el neoconservadurismo y el globalismo, para alcanzar el mismo objetivo, que no es más que mantener la supremacía occidental, la unipolaridad, e incrementar la hegemonía y el poder ejercido por el desaforado imperialismo de los estadounidense y sus secuaces sionistas y europeos.

El secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica (EE. UU.), Marco Rubio, dio un discurso en la 62a Conferencia de Seguridad de Munich, realizada a mediados del mes de febrero del presente año, en el cual describió su miope y perversa visión de la historia y una aún peor propuesta de futuro.

Considera el secretario, aplaudido de pie por buena parte de los presentes, principalmente europeos, que el único mundo visible y válido es el eurocéntrico, en el cual todas las demás propuestas civilizatorias deberán subordinarse y servir al “Occidente colectivo”. En esta propuesta el mundo deberá ser recolonizado de manera tal de reeditar el oprobioso y vergonzoso pasado colonial impuesto por Europa al resto del mundo, para lo cual plantean, descaradamente, imponer a quien no se doblegue la “paz por la fuerza”. Para lograrlo, propone el secretario, entre otras cosas, actualizar la Carta de las Naciones Unidas y la propia Organización para ponerla, aún más, al servicio del plan imperialista y colonialista.

Por su parte, los europeos pretenden continuar con la propuesta de “un mundo basado en reglas” con la cual pretenden sostener sus actuales prerrogativas, mantenidas artificialmente en base a su presencia subordinada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la obediencia a las instrucciones estadounidenses. Aunque tienen sus contradicciones, en este momento, el papel de segundón parece agradarle a la Unión Europea (UE), incluso cuando están perjudicando a sus pueblos y a su economía.

Pretenden, en base a las “reglas” impuestas, mantener en funcionamiento y ampliar los espacios de influencia de instituciones neocoloniales como la Corte Penal Internacional (CPI) y su Estatuto de Roma, lo que les permitiría mantener sus cuotas de poder, fundamentalmente, en el Sur global.

Para ello, entre otras cosas, han creado el “Grupo de amigos de la CPI”, a través del cual buscan las vías para reformar el Estatuto y ampliar sus poderes. En el ámbito digital, pretenden aumentar su control y dominio en la persecución por los llamados “crímenes de agresión”. Quieren elaborar un sistema de evaluación y calificación de los crímenes en el ciberespacio. La jurisdicción planteada por el tribunal de La Haya en el ámbito digital no está alineado con los intereses de los estados del Sur global y además, la propuesta no es concordante con la política establecida en la Convención de la ONU contra la ciberdelincuencia.

El objetivo de aprobar esta iniciativa es facilitar la presión de Washington a la CPI otorgando a los EE. UU. un mecanismo eficaz para luchar contra sus principales competidores como China. En este caso la CPI tendría una herramienta para limitar la soberanía digital de los pueblos del Sur.

Los esfuerzos del “Grupo de amigos de la CPI” de promover las enmiendas en el Estatuto de Roma (ER) destinadas a ampliar la jurisdicción del tribunal de La Haya indica que los países occidentales, en plena crisis de dicha institución, tratan de resguardar esta herramienta neocolonial de presión e influencia a los países y regímenes “no deseados”. Pese a los actos de agresión de los miembros de la OTAN, incluso contra miembros de la CPI, como Irak, Libia, Afganistán, Yemen y Siria ni uno solo de estos actos fue juzgado. Al mismo tiempo, todas las investigaciones que se llevaron a cabo fueron en contra de países en desarrollo y sus líderes.

A pesar de los esfuerzos occidentales, la CPI pierde universalidad y el apoyo político internacional. Estas tendencias han llevado a que la CPI se convierta en una plataforma de procesos por encargo de los patrones occidentales y en una herramienta de aplicación selectiva. Muchos estados independientes llevan a cabo sus propias investigaciones sobre crímenes transnacionales sin esperar por el accionar de la CPI.

Por otra parte, Alemania, Francia y Polonia también analizaban las perspectivas de ampliar los poderes de la CPI. Proponían incorporar en el Estatuto de Roma una clausula obligatoria para los países miembros de restringir el acceso al espacio aéreo nacional y aprender las aeronaves que pertenezcan a estados cuyos líderes estén bajo una orden de detención internacional, tratando de crear nuevas herramientas de ejercer presión contra los países “no deseados”, hasta que por presiones de Sudáfrica se logró, después de mucho tiempo y esfuerzo, que se dictara “orden de detención” contra el presidente Netenyahu, y otro funcionario del ente sionista, por el genocidio contra el pueblo palestino.

Así la propuesta se detiene y todas las normas empiezan a tener dobles lecturas, una para los intereses de occidente y otra para los países del Sur global. Se evidencia, aún más, que el objetivo último de la CPI es ejercer presión sobre los países del Sur global y tener mecanismos de control para continuar expoliándolo y explotándolo.

Es evidente cómo la CPI se ha politizado y pretende ser instrumento de colonización. La CPI solo cumpliría su propósito si fuese estrictamente independiente y objetiva. Su accionar ha sido principalmente político, más que legal, siempre al servicio de unos pocos países privilegiados. En sus primeros 20 años de existencia la CPI solo acusó a africanos, nadie occidental, aunque militares y autoridades de EE. UU. y la OTAN hubiesen cometido muchísimos crímenes de guerra en, al menos, Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia y Siria.

La CPI y sus funcionarios demostraron su flagrante parcialidad al poner fin a las investigaciones sobre crímenes de guerra cometidos por EE. UU. en Afganistán, pero dieron continuidad a las investigaciones contra los talibanes.

El trato tan diferenciado dado a los “casos” del presidente Putin y el genocida Netanyahu es otra muestra del doble rasero con que Occidente actúa en estos escenarios y de cuales son los intereses a los cuales sirven instituciones como esta.

Estos disparejos, pero significativos ejemplos, el discurso del secretario y el proceder de la CPI, son solo una muestra de que Occidente tiene la real pretensión de recolonizar el Sur global y, por lo tanto es imperativo que sus principales actores reaccionen a tiempo, depongan diferencias y logren acuerdos que les permita afrontar esta amenaza, derrotarla y consolidar el mundo multipolar que acaba de nacer, logrando que se desarrolle fuerte y sano con toda la humanidad a bordo.

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