Por Alberto Pinzón Sánchez *
Soto Camacho, era un esclavo joven o mulecón de raza negra de aproximadamente 20 años de edad, mediana estatura y apariencia saludable, cabello negro delgado y ensortijado, frente amplia un tanto abombada, quijada desvanecida y ojos muy oscuros que, al confundir la pupila negra con el iris, daba una mirada muy especial e intensa, pero vivaz e inteligente. Había nacido en la gran estancia “Pozo Negro”, de 1.270 hectáreas, avaluada por las autoridades reales de Tunja en 8.000 patacones de oro, esclavos incluidos, situada en el camino real que de Vélez conduce a Cite, bordeada por la quebrada del Ropero, y perteneciente a Don Miguel Vanegas.
Don Miguel, tenía además en la región, otros hatos dispersos con cerca de 120 cabezas de ganado vacuno y 200 de caballar, incluidas yeguas de cría, potros, muletos, mulas y pollinos yegüerizos. Fanegas sembradas en yuca, maíz amarillo y plátano y, una plantación de 7 fanegas, es decir 27 hectáreas, de caña dulce en distintos grados de maduración para alimentar un trapiche de tres ruedas de piedra maciza con el que se exprimía o molía la caña, movido por un par de caballos castrados o “pingos”.
El trapiche llamado “Mararay”, estaba protegido por una construcción abierta con tejas de barro cocido de aproximadamente 12 metros de largo y 8 de ancho y dotado de canoas de piedra, canales de madera y amplios tablones o mesones de secamiento. Varias cabañas aledañas completaban el complejo azucarero: Un techado largo de aproximadamente 18 metros de largo y 10 de ancho, de tejas de barro sostenido por gruesas vigas de madera asentadas en basas de piedra y en columnas paralelas, donde se encontraban empotrados sobre sólidos fogones de barro y piedra tres inmensas pailas de cobre o fondos para cocinar el zumo de la caña obtenido en el trapiche, con el fuego alimentado con el bagazo de la caña ya exprimida, usado como combustible.
A continuación, un poco más allá, formando una especie de ángulo recto, estaba la cabaña de purgas, de aproximadamente 15 metros de longitud construida en bahareque y techo de paja, donde se encontraban los mesones, hormas, conos y gavetas para la panela y hornillas menores para blanquear y refinar el azúcar; porrones para almacenamiento de miel y zurrones de cuero, para el transporte en mulas de la miel gorda o melado, los panes de azúcar y los bultos de panela hasta los depósitos de venta y el Estanco de Vélez, donde se terminaba de producir el aguardiente para venta general. Un zurrón de miel era vendido, en ese depósito urbano al precio de 8 reales y los panes de azúcar, a 6 reales la arroba.
Al otro lado del trapiche, se había construido una amplia enramada de techo pajizo donde se guardaban las herramientas metálicas de trabajo como machetes, cuchillos, sierras, martillos y clavos, herraduras, garlopas, azuelas, gubias, barretones, picas, azadones, puntas de arado, arreos de transporte y demás elementos de talabartería; así como las cadenas, grillos, colleras y argollas del cepo para castigar a los esclavos, azotarlos o atemorizarlos según el caso. El cobertizo también servía de protección del bagazo exprimido y acumulado, a la vez que de pesebrera para las 15 mulas de transporte y los 10 pingos trapicheros.
Todo este complejo agrario, de intensa labor, era sostenido por 2 familias de negros esclavos con sus hijos, avaluados, alma-en boca -y-huesos-en-costal, por las autoridades reales en 1.800 pesos de oro o patacones, quienes eran controlados por el arisco y arrogante mestizo aindiado Ambrosio Pardo, de completa confianza de la familia Vanegas Flórez. En total, doce trabajadores esclavos pues los “trapichillos” de pequeña producción con menos de 8 esclavos, hacía años había sido totalmente prohibido por las leyes de la Corona española.
Los 12 esclavos de “Mararay”, parte de los 481 esclavos que en aquel año trabajaban en la provincia de Vélez; mal vivían su miseria, descansaban, se contaban sus historias antiguas, cantaban quedo sus recitaciones ininteligibles antes de dormirse, en un rancho pajizo cerrado con paredes de bahareque de aproximadamente 20 metros de superficie, piso de tierra, dotado con unos camastros de tablas crudas, unos taburetes y una mesa de marcada rusticidad.
Subiendo una colina suave empradizada, en un sitio sombreado por varios árboles frondosos, en un lugar equidistante entre las aguas de la quebrada y el camino real, se hallaba la casa de habitación de los propietarios; construida según el modelo urbano con gruesas paredes de adobe reseco blanqueado con cal, gruesas y pesadas vigas de madera secadas al sol, protegida con tejas de barro rojo cocidas. Contaba con un corredor amplio de barandillas de madera, amplios aposentos con piso de tabla gruesa, ventanales de fina madera cuidadosamente labrados, una espaciosa cocina dotada de un rudimentario pero eficiente acueducto propio y de todos los implementos necesarios, recipientes, vasijas de cerámica y vajillas vidriadas producidas en Villa de Leiva, y muebles de madera finamente construidos traídos desde la villa de Vélez.
Un poco más atrás, se había construido una pequeña pero maciza capilla, también finamente construida y ricamente adornada con maderas, lienzos y paños de castilla, donde todos los habitantes de la Estancia, sin excepción, al llamado de una pequeña campana de cobre, debían venir al atardecer, a rezar el rosario y recitar el “ora pro nobis” de las letanías ofrecidas por Doña Ernestina Flórez, hermana del alcalde de Vélez Don José Jacinto Flórez, y esposa del propietario de la Estancia.
Las dos familias de esclavos se habían conformado hacía unos 20 años, cuando Don Miguel compró a un conocido tratante de Tunja, dos parejas de esclavos criollos mulecones o adolescentes, saludables y fuertes de origen sudanés por 800 pesos, alma-en-boca-y-huesos-en-costal, es decir como estaban físicamente en ese momento, traídos desde Mompox, río Magdalena arriba y por el camino del Carare hasta la plaza principal de Vélez. Luego se unieron en el trabajo azucarero de la Estancia y extrañamente, tal vez por su esmerado trabajo y buenos resultados, habían permanecido juntos y aumentado en número.
Se apellidaban los Criollo Flórez y los Criollo Camacho, esto, por haber tomado cada uno los apellidos de su dueña y madrina de matrimonio y, se repartían todo el trabajo con sus hijos e hijas adultos (mulecones), adolescentes (muleques) y niños (mulequillos) nacidos todos en la Estancia. En el trapiche trabajaban 6 varones: un molinero, un hornero, un purgador, un maestro azucarero, un palafrenero y un herrero, mientras que las labores agrícolas tanto del sembrado de caña y de los demás cultivos para la comida, estaban a cargo de las dos mujeres mayores con sus dos niñas hijas y en los servicios domésticos de la casa, se empleaban dos mujeres jóvenes más.
Soto era hijo de Hipólito y Magdalena Criollo Camacho, y dada su vivacidad e inteligencia su dueña, la señora Ernestina, lo había llevado a la casa de la Estancia para enseñarle a leer, escribir, las operaciones aritméticas básicas y los principales misterios de la religión católica. Era un estudiante que memorizaba las cosas que le enseñaban con una facilidad sorprendente y pronto, pasó a ser una especie de intermediario entre las dos familias esclavas y sus dueños. En el trapiche actuaba como azucarero a la vez que llevaba las cuentas de los productos para darlas cada tarde al capataz Pardo, antes de retirarse con los demás de su familia al rancho de los esclavos.
También, por su fidelidad con sus dueños le era confiado el trabajo de “chasqui” o correo de a pies, en asuntos privados importantes, y por esta razón, fue enviado al Puente Real de Vélez a llevarle urgentemente la carta con los versos escritos, muy probablemente a cuatro manos por el hermano lego Fray Ciriaco de Archila, oriundo de Simacota y ahora enclaustrado en Santafé de Bogotá y el Marqués de San Jorge. Versos en castellano vulgar, que su hermano el hacendado de Simacota Pedro Fabio de Arcila, una vez los hubo recibido y reproducido a mano, los envió de manera precipitada y urgente con chasquis ligeros, a sus amigos de negocios los Plata en el Socorro, los Vanegas Flórez en Vélez y los Pinzón Tolosa en Puente Real de Vélez.
En su viaje de subida por el río Magdalena y el camino del Carare hasta la importante villa de Vélez, los jóvenes Criollo Flórez y Criollo Camacho, habían oído de boca de la cuadrilla de tratantes que los transportaba amarrados, varias historias y episodios de esclavos fugados y arrochelados en las enmarañadas selvas rivereñas por las que pasaban, y del jugoso negocio que significaba darles cacería con perros amaestrados para volverlos a vender o, cobrar la recompensa a sus amos que los reclamasen. Talvez, con alguna fantasía añadida como sucede con los relatos boca a boca y el corazón dividido entre la lealtad y el deseo de libertad, eran contados y recontados a sus hijos, en el rancho de descanso de la Estancia Pozo Negro, durante las noches tristes y silenciosas, después de la agotadora jornada azucarera.
Soto escuchaba atentamente, y precisamente esta sensación desosegante que lo había acompañado en su viaje de Puente Real a Vélez, volvió a su memoria, cuando una vez cumplida la tarea de chasqui, se reunió nuevamente en el rancho del Mararay con su familia esa noche de comienzos de abril de 1781, un mes después de iniciada la revolución de los Comuneros en la plaza del Socorro, y propagada a las provincias cercanas de Guanentá y de Vélez.
-“Padres – les dijo en perfecto castellano criollo- por lo que me he enterado y las señas que he visto y presenciado, va a estallar una guerra grande por aquí traída desde el Socorro. El correo que llevé a Puente Real y la respuesta que le traje al amo Miguel, así me lo dicen. Todos se están preparando con alimentos peones y armas para ir hasta la capital del reino dizque a tumbar el mal gobierno. Hay una preparación grande de avíos por todas partes y es la conversación de todo el mundo, en todas partes”.
Los demás familiares lo escuchaban atentamente y tras una pausa, el negro Hipólito, su padre, ya cercano a los 45 años de edad y por lo tanto el de más edad le preguntó de manera brusca: -“¿Y eso que quiere decir?”. Soto dudó un poco, pero pronto encontró una respuesta que le salió espontáneamente como si la hubiera pensado y madurado durante largo tiempo: – “Pues que nosotros también nos podemos arrochelar. –“¿Cómo así?”. Volvió a increpar su padre –“Que esa guerra es entre blancos, poco o nada tiene que ver con nosotros; en cambio, sí podemos utilizar eso para buscar el camino del Carare y arrochelarnos en alguna de las selvas que hay allí” – Ujú”, fue la única respuesta del negro Hipólito, que esa noche dio por concluida la conversación.
En efecto, el 10 de mayo, un mes después de la conversación, llegó hasta la Estancia Pozo Negro y hasta el trapiche Mararay, la noticia de que hacía dos días, un ejército comunero de más de 10.000 personas de todas estas provincias, con la amenaza de incendiar el poblado, había cogido prisioneras a las autoridades de Puente Real con todas las armas, roto las cajas reales de caudales y estancos; tomados sus dineros y una vez liberado el pontón sobre el rio Saravita, marcharon sobre Chiquinquirá y Santa fe de Bogotá. La inquietud también alcanzó al capataz Pardo, quien ese día amenazó a los esclavos del Mararay con que debían doblar la producción de miel y azúcar, so pena de recibir cada uno diez azotes en las costillas.
Esa noche Hipólito les preguntó a los compañeros del rancho, quienes estarían dispuestos a arrochelarse en las selvas del Carare. La respuesta fue clara y pronta. Todos estaban dispuestos a no seguir con esa vida de humillación y agotamiento que estaban llevando. Preguntó nuevamente quien conocía el camino hasta el rio Carare. Hubo un silencio no muy largo, porque Soto, como si lo también lo supiera de largo tiempo, dijo que él sabía llegar por un desvío que, por el camino a Chipatá Viejo, subiendo la pendiente, se podía llegar a un caserío llamado la Paz, y allí, había un cruce antiguo de la peña de Vélez que conducía a las selvas del Guacamayo y al río Opón, y al Carare.
Era un camino poco transitado casi abandonado que además evitaba el transitado camino real de Vélez. – “Si todos están de acuerdo, entonces tenemos solamente un día para preparar la fuga”, dijo Hipólito. Y-agregó – “solo se podrá transportar toda la carne seca y la comida que podamos, los machetes y algunos cuchillos. Nada más. Tenemos que caminar con la pata al suelo”, continuó; “sin alpargates, porque tan pronto nos dejen de ver, nos van a rastrear con los perros”. Luego mirando a Lucila la mujer que cocinaba le dijo que mezclara en una bolsa, la más grande que pudiera, sal vigua con mucha pimienta, para ir regando a trechos y así, despistar a los perros. Partirían al otro anochecer. No se habló más.
Al otro día, cada uno trabajó silencioso, con dedicación, para evitar cualquier suspicacia del capataz; casi sin mirarse unos a otros y a pesar de la fatiga del trabajo, al anochecer partieron llenos de esperanza. A paso rápido caminaron toda la noche. Hipólito iba atrás del grupo barriendo el piso con unas ramas de la planta olorosa de ruda, espolvoreando a trechos la sal con la pimienta, mientras Soto, iba delante del grupo. Con el amanecer del nuevo día, estuvieron en la cumbre de la Peña de Vélez, desde donde pudieron ver el valle de la quebrada del Ropero y más allá el verde del río Saravita. No lo podían creer. Visualizaron a un lado el rancherío de Chipatá y poco después de comer algunos bocados de yuca cocida con unos flecos de carne seca, siguieron por el camino que iba por el lomo de la peña buscando el rancherío de la Paz, y el paso hacia el otro lado de la montaña, hacia las selvas del río Opón
En Mararay, el sol empezó a iluminar suavemente las casas y el trapiche, pero sin notarse ningún movimiento ni actividad. El capataz Pardo, intuyendo algo especial fue al rancho de los esclavos y la encontró en orden, pero vacío. Llamó a gritos y buscó en los alrededores sin éxito. Inmediatamente se dirigió a la casa principal a avisar a Doña Ernestina. Al recibir la noticia de la extraña ausencia de los esclavos, montó en ira y le gritó al capataz Pardo: – “¡Pues vaya y búsquelos!”. Luego, dominada por un temblor casi imperceptible se echó a llorar con gran teatralidad. El capataz Pardo azorado ante la escena, bajando la mirada se retiró inmediatamente al pequeño corral donde se encerraban los 4 perros cazadores. Los amarró del cuello y fue a la casa a buscar algún trabajador blanco como compañía, pero todos se habían ido con Don Miguel a Puente Real de Vélez, cuando el 6 de mayo pasado, en la plaza principal de la villa, había sido aclamado y nombrado “capitán de las gentes del común de Vélez”, y había ordenado, a toda la multitud presente, marchar sobre Puente Real y sobre Santafé de Bogotá a derrocar el mal gobierno.
Entonces, Pardo decidió seguir solo. Se armó con un revólver antiguo y un rifle de un solo disparo. Tomó el morral con las provisiones necesarias, agregó suficiente pólvora, chispas y perdigones y llevó a los perros sin darles nada de comer hasta el rancho de los esclavos. Les dio a oler algunas ropas de ellos y salió al camino a buscar el rastro. Los perros ladraron y corrieron en dirección del camino aproximadamente unos 500 metros, pero súbitamente se detuvieron dando vueltas chillando y soplando insistentemente por las narices. Habían encontrado la primera gran barrera de la pimienta salada.
El capataz Pardo trató de controlarlos y llevarlos un poco más adelante, pero los perros se rechazaron. La cacería se había frustrado y el capataz debió regresar a la casa a informar a Doña Ernestina. Según sus cálculos y así se lo informó, llevaban toda la noche de ventaja y era muy difícil saber cuál era el camino que habían tomado. Doña Ernestina dominada aún por los aspavientos airados le ordenó ir a Vélez a informar a las autoridades reales sobre la fuga de los 12 esclavos de la Estancia Pozo Negro, para que allí decidieran qué hacer.
Tampoco en Vélez el capataz encontró respuesta alguna, pues una situación de anormalidad y revuelo general, reinaba en la casa de la alcaldía. Entonces regresó, con una intensa sensación de derrota. Soto, Hipólito y el grupo, continuaron la marcha adentrándose cada vez más profundamente en las selvas del Guacamayo, hasta perderse totalmente sus huellas y desaparecer para siempre en la selva.
Nunca más se supo de ellos. Hoy día se cree que lograron salir al río Magdalena y fundirse con alguna de las varias rochelas cimarronas que por esos años existían en las orillas selváticas de ese río.
Poco después de haberse firmado, el 8 de junio de 1781, las capitulaciones de Zipaquirá, regresó a Vélez Don Miguel Vanegas. Permaneció sólo unas horas en su casona del marco de la Plaza y tan pronto como pudo partió discretamente hacia su Estancia en el Ropero, donde fue ampliamente informado por el capataz Pardo de la huida de los esclavos y la nueva situación que se vivía en toda la hacienda.
Esa noche consolando a su esposa Ernestina, le dijo con gran naturalidad: – “Mija, no tenemos porqué preocuparnos. Hemos ganado. Los impuestos más gravosos fueron quitados. El Rey nuestro amo y señor sigue gobernando por medio del Virrey Caballero y Góngora. Y en cuanto a los esclavos fugados, pues, los remplazaremos pagándole a peones y concertados lo que dispongan en Santafé.
Fuente Imagen Internet
*Alberto Pinzón Sánchez. es un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

BLOG DEL AUTOR: *Alberto Pinzón Sánchez
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