Por Alberto Pinzón Sánchez. *
La noche del 25 de setiembre de 1826, en Santafé de Bogotá era lluviosa, pero no del todo oscura; de vez en cuando la luna llena iluminaba por entre las nubes las casas del centro político de la ciudad y la casa presidencial donde dormía el Libertador Simón Bolívar acompañado por Manuela Sáenz su compañera, custodiados por 2 jóvenes centinelas apostados a la entrada del llamado palacio. Además, estaban el general de brigada Ramón Olivares, el joven subteniente Andrés Ibarra, el médico inglés del Libertador Thomas Moore, el mayordomo de confianza del libertador y el sobrino Fernando Bolívar Tinoco. El edecán Guillermo Ferguson, estaba en una casa cercana pero no en el palacio mismo
Los perros del Libertador empezaron a ladrar intensamente y los durmientes se despertaron. 37 personas 12 civiles y 25 militares liderados por el venezolano Pedro Carujo, Agustín Horment, Florentino González y Wenceslao Zulaibar, mataron a los dos guardias del portón y Carujo, se quedó ahí, para asegurar la entrada y nadie pudiera entrar a socorrer al Libertador.
Mientras tanto, Horment, Zulaibar y algunos conjurados más, puñales y sables en mano subían las escaleras, forzaban a golpes las puertas y se dirigían a los aposentos de Bolívar. Andrés Ibarra salió al encuentro con su espada, pero recibió una herida que le cortó la mano derecha y lo desarmó dejándolo tendido y sangrando en el corredor. Siguieron adelante. El ladrido de los perros, los gritos del combate, de puertas derrumbadas y el ruido de los sables y cuchillos chocando, precipitaron al libertador a intentar enfrentar a los atacantes en solitario con espada en una mano y en la otra una pistola de un tiro de la época. Manuela, más serena, lo instó a ponerse rápidamente una ropa de abrigo y le recordó que una vez, el mismo Libertador le había dicho que la ventana era “muy buena para un lance de estos”.
Le hizo caso. Miró la calle desierta y saltó, aunque en el salto perdió la espada. Corrió buscando refugio y de pronto se encontró con el repostero José María Antunez de Maracaibo, quien lo reconoció y lo acompañó a guarecerse debajo del puentecito del arroyo de San Francisco. En el llamado palacio presidencial, los conjurados lograron derribar la puerta de la habitación y se encontraron con Manuela. Les dijo que el Libertador estaba en la sala del consejo de ministros y los condujo hasta allí. Al darse cuenta del engaño un conjurado intentó dispararle a la cara, pero Horment gritó: “¡Vinimos a matar al tirano, no a mujeres!”. La dejaron ir; ella con la ayuda del sobrino del Libertador, Frenando Bolivar, recogió del charco de sangre al subteniente Ibarra, lo acostó en la cama del Libertador donde el cirujano británico T Moore, trató de curarle la herida sangrante.
En el entre tanto, el edecán Ferguson pistola en mano había llegado corriendo a la puerta del palacio, pero Carujo, creyendo que era el Libertador, lo mató de un balazo y lo remató con un sablazo fulminante. En la confusión oscura de esa noche, Carujo les comunicó a Horment, Zulaibar y otros los conjurados que había dado muerte al Libertador. Le creyeron, y abandonaron el lugar gritando “¡Ha muerto el tirano! ¡Viva la Constitución!”.
El plan conspirativo tenía tres grupos: Unos atacarían y darían muerte al Libertador en su cama; otro atacaría el cuartel del Vargas, mientras un subgrupo especial de 12 militares de artillería liberaría al general José Prudencio Padilla, para aprovechar su gran prestigio militar y convertirlo en el jefe de la conspiración. Padilla elevado por el Libertador al rango de general en noviembre de 1826, quien nunca tuvo el rango de almirante, se encontraba detenido en una casa cercana al cuartel del batallón Vargas, debido a un cargo de conspiración contra su protector y amigo el Libertador, en un acto de insubordinación en compañía de otros oficiales de la comandancia militar de Cartagena, que se negaron a aceptar el decreto orgánico por el cual se eliminaba la vicepresidencia de FP Santander, después de haberse disuelto la Convención de Ocaña de 1828. Decreto que desencadenó el odio Santanderista para dar muerte a quien llamaron el tirano:
La siguiente estrofa pronunciada por Luis Vargas Tejada, en una reunión de la sociedad secreta donde se reunían a conspirar los más acérrimos partidarios de F P Santander; descarna la simpleza del odio que los motivaba:
Si de Bolívar la letra con que empieza
y aquélla con la que acaba le quitamos,
«oliva» de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al tirano y los pies cortar debemos
si es que una paz durable apetecemos.
Los 12 militares de artillería que asaltaron el cuartel del Vargas fueron rechazados por los miembros de ese batallón que permaneció leal; pero el subgrupo destinado a liberar a Padilla tuvo éxito. Después de asesinar a su guardián el coronel José Bolívar que dormía a su lado, los conjurados trataron de darle su espada a Padilla para que se uniera a ellos y los comandara; pero como el general no tenía cabal conocimiento de lo que se estaba tramando en su nombre rechazó la propuesta; estos salieron a continuar el levantamiento hasta cuando derrotados, empezaron a huir perseguidos por los granaderos montados que habían salido a la calle para restablecer el orden. Muchos militares y conspiradores civiles fueron apresados, entre ellos los decididos Horment y Zulaibar. Padilla se entregó.
Un destacamento del Vargas se dirigió al palacio, donde Carujo se había hecho fuerte tratando de rechazarlos, pero pronto se dio cuenta de su fracaso y también corrió a esconderse. Las tropas leales dirigidas por el general Rafael Urdaneta, al clarear el alba ya tenía totalmente controlada los pocos focos de sublevados dispersos por la ciudad y capturados la mayoría de los implicados en esa acción de odio.
Algunos de los más notables fueron juzgados sumariamente y ejecutados; entre ellos Guerra, Horment, Zulaibar, Pedro Celestino Azuero y varios oficiales, suboficiales y soldados de artillería. También la gloria militar del general Padilla murió tristemente fusilada. Otros, como Florentino González, Juan Nepomuceno Azuero, Pedro Carujo, Emigdio Briceño, cayeron presos o se entregaron, y se salvaron del cadalso continuando con el odio disolvente de la patria grande fundada por Bolívar.
El general Francisco de Paula Santander, cerebro máximo de la conspiración fue también sometido a juicio. Se le condenó a la pena de muerte, pero esta le fue conmutada por la de extrañamiento del territorio de la República, según dictamen del Consejo de Gobierno que el Libertador en su gran benevolencia acogió.
Nunca, el Libertador a pesar de haber sufrido el odio deletéreo de Santander, se arrepintió de haber aceptado ese veredicto del Consejo de Gobierno que le dio la larga vida al padre de las leyes de Colombia. Nunca, ni siquiera cuando el 1 de julio de 1830 en su agonía, en la quinta Quisqueya de Cartagena, el general mariano Montilla le comunicó la muerte de su entrañable amigo y devoto seguidor, el mariscal Antonio José de Sucre, detrás de la cual sabía, estaba el acérrimo Santanderista general Obando.
Estos son los hechos históricos básicos, que ninguna película extranjera financiada con dineros del trabajo colombiano, podrá tergiversar o enmendar con el fin de empañar la personalidad histórica del Libertador Simón Bolívar.
Fuente bibliográfica y de la imagen: Internet.
*Alberto Pinzón Sánchez. es un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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