Por: Rafael Plá León *
Este 14 de marzo se cumplen 143 años del día en que Carlos Marx abandonó su azarosa vida terrenal para comenzar su tránsito a símbolo de la lucha contra el capitalismo y sus ideas a servir de guía para la acción de millones de seres en este mundo.
No llevó una vida frívola. Desde muy joven tenía ya una idea clara del rumbo que debía tomar. En una disertación para un examen de Alemán en el Gimnasio, el joven Marx escribía: “En la elección de una carrera, no debemos obedecer ni a la ambición ni a un entusiasmo pasajero; debemos tener en cuenta nuestras actitudes físicas e intelectuales […] y considerar ante todo las posibilidades que esta nos ofrece de trabajar por el bien de la humanidad”. Y a eso dedicó Marx toda su vida.
Sensibilizado con las protestas de los proletarios de su tiempo, empleó todo su genio científico en tratar de comprender las leyes del movimiento de la sociedad burguesa que le tocó vivir y de dar al movimiento obrero una dimensión clara del camino y los recursos de que habría de valerse para construir una sociedad sin clases y, por tanto, sin privilegios de clase.
La clave de ese descubrimiento científico expuesto en su obra cumbre, El Capital, y de la estrategia de lucha diseñada sobre esa base, fue la teoría de que en la plusvalía se encierra el secreto de la explotación capitalista y de que la superación de ese estado de cosas solo puede sobrevenir por una certera comprensión de la lucha de clases que derive en una revolución social. Esa lucha ha de concentrarse en el derrocamiento del poder de la burguesía y ha de poner al proletariado en condiciones de dictarle a la sociedad las pautas de la producción y de la vida en base a la propiedad colectiva sobre medios de producción de carácter social y a una organización cooperativa del trabajo que no provoque divisiones de clases sociales. Sería esto lo que llevaría a un sistema de distribución más justo, que fue siempre la añoranza de toda ideología socialista, y desenajenado, que es lo propio del enfoque de Marx.
En base a sus minuciosos estudios de las tendencias del capital, pudo fijar sus contradicciones y avizorar sus proyecciones. No como proceso espontáneo que los hombres pudieran esperar cómodamente por su realización automática, sino como ideal revolucionario que los asalariados de todo tipo (industriales, agrícolas, de servicio) se decidieran a impulsar en lucha política descarnada, imponiendo –no implorando– sus derechos a una vida digna y a un disfrute humano de la riqueza producida socialmente. La práctica revolucionaria sería la clave de su visión filosófica materialista desde la cual fundaba él su acción.
Ese hombre que, en medio de su investigación científica, encontró tiempo para organizar una asociación internacional de trabajadores con propósitos revolucionarios, que celebró y apoyó acciones tan intrépidas como la Comuna de París, alcanzó a vislumbrar a grandes rasgos la perspectiva de una sociedad comunista. En esa sociedad se superaría la propiedad privada, el trabajo asalariado, la maquinaria del Estado con todas sus instituciones represivas (tribunales, cárceles, policía, ejército) y la famosa enajenación de los individuos, de la cual los filósofos de otros tiempos habían dado cuenta. Una sociedad, cuya medida de la riqueza no sería ya el tiempo de trabajo, sino el tiempo libre. Esa sociedad no la vio como una quimera, solo que se requiere de comprender sus condiciones y tener la voluntad de luchar por ella, venciendo todas las trabas materiales e ideológicas que se interponen en la realización del ideal.
Es lamentable que en estos dos siglos en que su obra ha recorrido mundo, su comprensión no ha sido tan profunda como extensa la propaganda en torno a ella. Numerosos pasajes han corrido la suerte de la tergiversación desde los tiempos en que el revisionismo de la socialdemocracia interpretó la dialéctica como un desvarío hegeliano, hasta la conversión beatífica en manos del marxismo soviético que asimilamos acá, pasando por la justificación de la democracia representativa y de la propiedad privada de manos del marxismo occidental.
El hombre que todo eso concibió e impulsó fue profundamente humano. Amó a su admirable Jenny de Wesphalia y a sus hijas Jenny, Laura y Eleanor. A contrapelo de los escarnios que suelen atribuírsele por su carácter fuerte, era un hombre muy sensible. Su historia de amor con Jenny puede muy bien formar parte de las leyendas de amor de la humanidad. Desafiaron obstáculos familiares y económicos, vivieron la vida de exiliados, compartieron las penurias materiales, perdieron hijos por la pobreza, pero continuaron su amor adelante. Una de sus hijas describía conmovedoramente la escena de Marx en el lecho de muerte de su esposa: “No olvidaré nunca aquella mañana en que [Marx] se sintió ya con bastantes fuerzas para ir al cuarto de mamá. Al verse otra vez juntos, parecían vueltos a los días radiantes de su juventud, convertida ella en una novia y él en un muchacho enamorado que iban a entrar juntos en la vida”.
La amistad que sostuvo Marx con Engels fue ejemplar. Pocos casos hay de tan estrecha colaboración política e intelectual, sobre la base de una identidad de visión filosófica, económica y política. El Manifiesto Comunista fue la obra más notable salida de esa colaboración, en la cual tuvieron ocasión de exponer al mundo abiertamente los objetivos de ese movimiento. “Los comunistas –lo decían con toda claridad– pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada”. Todo un mundo espiritual contrapuesto al mundo burgués dibujaron Marx y Engels en el Manifiesto: ideas sobre la libertad, la apropiación, la cultura, el derecho, la familia, la patria, las formas de conciencia social, exponían un mundo más libre que aquel tan mezquino de la burguesía.
Carlos, el hombre al que “nada humano le fue ajeno”, se vio cara a cara con la miseria del Londres decimonónico; perdió varios hijos sin alcanzar el año de edad y, también, a su hijo Edgar, ya crecido. Debió acudir a casas de empeño e, incluso, a pedir dinero entre obreros. De esas penurias de su vida han escrito algunos biógrafos, comúnmente no afines a sus ideas, y las más de las veces para denigrarlo. De la larga dependencia económica respecto de su amigo Federico Engels y de su pésima administración financiera, de sus deslices amorosos, de pequeñas miserias de orgullo, así como del desprecio manifiesto por personas poco educadas, incluida la pareja sentimental de su gran amigo, se pudiera hablar tan solo para mostrar que las grandes personalidades no dejan de serlo porque se detecten manchas en su vida. Esas manchas hacen resaltar más sus grandes méritos y logros, tal como lo hace Paquita Armas en su magnífico pequeño libro Marx, el gran aguafiestas. Nuestro Martí tuvo razones para dirigirle críticas, pero pesó más la valoración positiva: “Como se puso del lado de los pobres, merece honor”. Y Engels sabía lo que sentenciaba al despedir a su amigo junto a su tumba: “Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él, su obra”. A Cuba le abrió un camino de realización en la Revolución, pero seguimos en deuda con el estudio de su pensamiento y con la construcción firme de esa sociedad de libertad, cuya posibilidad vislumbró.
*Rafael Plá León: Estudió Licenciatura en Filosofía en La Universidad Estatal de Kíev «Taras G. Shevchenko», Kíev, Ucrania, 1986. Doctor en Filosofía por la Universidad de La Habana, (1994) y Profesor de la Universidad Central de Las Villas en Santa Clara. Es mienbro fundador de la Cátedra de Pensamiento Latinoamericano «Enrique José Varona» de esta universidad y coordinador de la Maestría en Pensamiento Latinoamericano de la misma. Ha investigado y publicado sobre temas metodológicos, filosóficos en general y histórico filosóficos (filosofía Latinoamericana y marxismo).

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