Por Jair de Souza *

La violenta agresión que las fuerzas conjuntas de los Estados Unidos e Israel están perpetrando contra Irán ha puesto el tema de la religión en la agenda del día. Es que algunas personas tratan de justificar esos ataques, alegando oponerse al peligroso fanatismo religioso de quienes han estado liderando la nación persa desde la Revolución Islámica de 1979.

Sin embargo, curiosamente, otros se aferran a argumentos claramente religiosos para avalar los sangrientos golpes que le están pegando a toda la población de ese país. Así, en consonancia con esta interpretación, están dispuestos a tolerar y aceptar que se lleven a cabo monstruosidades terribles, incluso como la del primer día del conflicto, cuando fueron asesinadas cerca de 180 niñas en un bombardeo con misiles Tomahawk en una escuela infantil.

Quienes recurren a la religión para justificar esta horrible masacre de tantas niñas indefensas se han basado en pasajes del Antiguo Testamento de la Biblia (Samuel 1; Deuteronomio), que nos enseñan situaciones en las que Dios mismo había determinado a sus seguidores que tomaran medidas similares contra el pueblo que habitaba las tierras de Canaán. En esos escritos, Dios imparte claramente órdenes para que sean exterminados todos los habitantes de la región, sin perdonar ni siquiera a mujeres y niños.

Es imposible negar que el asesinato de niños inocentes es un hecho vil, perverso, covarde y diabólico, equiparable a la peor maldad imaginable. Sin embargo, más diabólico aún es querer justificarlo apelando al nombre de Dios. Si se ampararan en el Diablo para tal propósito, podríamos entenderlo sin dificultades, pero invocando a Dios, ¡jamás!

Para empezar, es importante recalcar que Dios no tiene la culpa de crímenes tan abominables como los cometidos contra las niñas pequeñitas de la escuela en Irán. Hace mucho que su nombre y textos supuestamente sagrados son indebidamente manipulados con vistas a posibilitar que la perversidad y la avaricia de ciertos seres humanos atropellen los derechos de muchos otros. Por ello, seamos o no religiosos, creamos o no en la existencia de un Ser Supremo, nunca deberíamos imputarle a Dios la responsabilidad por esas atrocidades. En las siguientes líneas, intentaré explicar las razones detrás de este planteamiento.

Una cuestión que todavía sigue vigente es: ¿El mundo ha sido creado y está regido por un solo Dios, por varios o por ninguno? Como sabemos, hay adeptos de las tres alternativas postuladas. Empero, el hecho de estar en desacuerdo en relación con las opciones mencionadas no implica necesariamente ningún impedimento para que los partidarios de esas diversas concepciones de mundo coexistan armoniosamente. No obstante, para que esta armonía prevalezca de verdad, es imperativo que otra categoría sea común a todos: el humanismo.

¿Y por qué el humanismo sería capaz de unificar a personas con creencias religiosas de diversas concepciones, e incluso a aquellas que no adhieren a ninguna?

Si bien la pregunta planteada puede parecer difícil de responder a primera vista, su comprensión se simplificará considerablemente, una vez que definamos el significado del término humanismo. Entonces, teniendo en cuenta la enorme importancia que le atribuimos a este concepto, vamos a intentar definirlo con la mayor claridad posible.

De todos los seres vivos que conocemos, solo los humanos están dotados de razón. Por lo tanto, somos los únicos en condiciones de analizar lógicamente las circunstancias en las que estamos envueltos, reflexionar sobre ellas y ponderarlas, antes de emitir juicios y tomar decisiones. En otras palabras, los humanos poseemos el don único del razonamiento, un atributo que nos permite evaluar los posibles efectos y consecuencias de nuestras acciones. En términos prácticos, esto equivale a poder distinguir el bien del mal.

Así pues, quienes creen que el mundo y todos los seres que lo habitan han sido generados por un Creador único, omnipotente y supremo, suelen atribuirle a él esta capacidad excepcional de la que disfruta la especie humana. De igual manera, quienes piensan que hay varias divinidades responsables de nuestra existencia le adjudicarán a este grupo de seres las cualidades y potencialidades inherentes a nosotros. A su vez, quienes entienden la vida humana como resultado de la evolución natural de las condiciones sociomateriales que nos circunscriben consideran la mente humana y el razonamiento como un producto de la naturaleza.

Cualquiera sea nuestra postura sobre el tema que acabamos de mencionar, todos estamos aptos para analizar cada situación y cada problema que se nos presente y, tras reflexionar sobre el caso, actuar conforme a nuestra evaluación. Además, para que sean merecedoras de nuestro respeto, aún cuando no tengan nuestra adherencia, todas las religiones y las divinidades a ellas asociadas tienen que apuntar siempre rumbo al bien, a la justicia y a la solidaridad, nunca en el sentido opuesto. Visto que Dios debe ser representativo del bien absoluto, está más que evidente que nada que sirva para inducirnos a practicar el mal podría estar asociado con él.

Dado que los seres humanos hemos sido generados con la exclusiva facultad de razonar, tenemos plenas posibilidades de definir el significado de nuestras acciones. En consecuencia, no hay disculpas aceptables que justifiquen las maldades que decidamos practicar.

Afortunadamente, el humanismo puede unificarnos y guiarnos por un camino que nos conduzca a un mundo donde los principios rectores de nuestro comportamiento sean el bien, la justicia y la solidaridad entre todos, sin discriminación por raza, nación o creencia religiosa. En cuanto a esto, el momento actual nos impone a todos nosotros el deber moral de condenar con vehemencia los atroces crímenes que están victimizando a la población civil de Irán, en particular a sus niños indefensos, y, obviamente, exigir su cese inmediato.

Publicado originalmente em portugués em:https://desacato.info/deus-religiao-e-humanismo-por-jair-de-souza/


*Jair de Souza es un respetado economista y analista político brasileño, graduado en Economía y Magíster en Lingüística por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Su formación interdisciplinaria le permite analizar la realidad social no solo desde las cifras, sino también desde el discurso y la construcción de sentidos en la política. Con una larga trayectoria de compromiso militante, es conocido por su defensa de la soberanía popular y su crítica frontal a las políticas neoliberales que han marcado la historia reciente de Brasil y América Latina.

Como analista, es un colaborador frecuente en medios de comunicación alternativos y redes de pensamiento crítico, donde desentraña las estrategias de manipulación mediática y el papel de las élites financieras en la desestabilización de procesos democráticos. Su visión integra la economía política con un análisis profundo de la comunicación, denunciando cómo se utilizan los mecanismos lingüísticos para justificar el despojo social. Es una voz clave para entender las tensiones del Brasil contemporáneo, el resurgimiento de las corrientes progresistas y los desafíos del movimiento popular frente a la extrema derecha.

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