Por Jair de Souza *

Situación 1: Los Estados Unidos e Israel han bombardeado una escuela infantil en Irán, destrozando los cuerpos de aproximadamente 180 niñas iraníes. Sin embargo, en los relatos de los medios de comunicación capitalistas hegemónicos quienes son retratados como malignos e inhumanos son los líderes del país persa.

Situación 2: Las fuerzas militares del sionista Estado de Israel han devastado por completo la Franja de Gaza en Palestina, sin ni siquiera perdonar los hospitales ni otros centros médicos, asesinando cruel y perversamente a más de cien mil personas, la mayoría niños y mujeres. Pero, para los medios de comunicación capitalistas hegemónicos, los terroristas son los palestinos.

Hemos citado estos dos casos tan solo para ilustrar algo que se ha vuelto habitual en la difusión de noticias a nivel mundial. La forma en que se presentan y difunden los acontecimientos no suele basarse en los hechos reales y sus contextos, sino en la narrativa que interesa y favorece a los grupos que ganan con el avance de la dominación imperialista sobre los pueblos de países ajenos al selecto grupo de las naciones privilegiadas.

Las menciones hechas al papel de los medios de comunicación capitalistas sirven para aclarar que la poca resistencia exhibida ante tan horrendos crímenes por la mayoría de quienes viven en los países centrales del capitalismo, o en los que a ellos se subordinan, no deriva de un sentimiento de indiferencia inherente a esa gente. La razón para que esas abominables atrocidades no les hayan conmovido, horrorizado e indignado lo suficiente como para instarlos a salir a las calles para presionar a sus gobernantes a que dejaran de cometerlas tiene mucho que ver con una cuestión comunicacional.

Entonces, ¿qué hay detrás de lo que a menudo observamos en situaciones similares a las descritas al principio del texto? La respuesta adecuada a esta pregunta puede ser la clave para comprender la esencia del problema y vislumbrar el camino que nos lleve a su solución.

Lo que ocurre es que la difusión de noticias sobre este tipo de hechos ha sido diseñada con el propósito específico de inducir a las masas receptoras a no desarrollar ninguna empatía ni solidaridad con las víctimas del imperialismo, y menos aún, a responsabilizar y culpar de las desgracias ocurridas a los reales agresores y a las fuerzas bajo su mando.

La tradición de desinformación de los líderes estadounidenses, en asociación con sus medios de comunicación, se remonta a un pasado lejano. En todos los conflictos bélicos en los que se han involucrado, la desinformación y la distorsión de los hechos siempre han sido una de las armas más importantes del arsenal estadounidense tanto para aglutinar el apoyo de su público interno, como para generar una ola de simpatía a su favor junto a la comunidad internacional, así como un fuerte repudio hacia quienes estaban en la mira de sus ataques.

En este dueto sincronizado entre su autodeificación y la demonización de sus adversarios, las clases dominantes de los Estados Unidos han ejercido su ya larga trayectoria imperialista. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado, el imperialismo estadounidense ha estado operando en completa simbiosis con otro país liderado por personas que se caracterizan por superarlas en lo que atañe a tergiversación, mentiras y perversidad: los sionistas del Estado de Israel.

Pero, si bien hasta principios de este siglo las campañas de desinformación imperialistas se basaban principalmente en el uso de medios impresos, radio y televisión, ahora también tienen a su disposición herramientas todavía más poderosas y efectivas: las grandes corporaciones de comunicación digital a través de Internet, con sus redes sociales y sus algoritmos.

Dado que la abrumadora mayoría de las plataformas de internet están bajo el control de grandes corporaciones estadounidenses o sionistas, ellas disponen de un volumen gigantesco de datos sobre casi todos los habitantes del planeta. Esto significa que cuentan con un inmenso potencial de manipulación sobre gran parte de la población mundial. Por lo tanto, están en condiciones de determinar qué se puede ver y qué no; cómo se debe o no informar un evento; y, aún más importante, en función de sus algoritmos, saben qué información conviene enviar a cada quién, y con cuál lenguaje hacerlo. En otras palabras, los controladores de esas plataformas gozan de un privilegio casi equivalente al que se atribuye a Dios en las religiones bíblicas: saben casi todo sobre casi todos, mientras que casi nadie sabe casi nada sobre ellos.

Por lo tanto, la lucha por transformar el actual marco de amplio dominio oligopólico de la comunicación digital por internet es una de las tareas más relevantes para quienes aspiramos a vivir en un mundo donde las mayorías populares puedan acceder plenamente a la información basada en la verdad. Además, es también necesario luchar para que los sectores populares de todos nuestros países cuenten con más herramientas que les posibiliten confrontar las narrativas de las clases dominantes.

A la luz de lo que hemos argumentado, en Brasil y en muchos otros países, un requisito que considero fundamental es la creación de plataformas públicas de redes digitales, subordinadas a los intereses democráticos de toda la población, y no solo a los de las clases dominantes. Es evidente que esto por sí solo no basta para garantizar la victoria del campo popular y antiimperialista, pero me parece una condición indispensable para el cumplimiento de las demás tareas requeridas.

Publicado originalmente en portugués en:


*Jair de Souza es un respetado economista y analista político brasileño, graduado en Economía y Magíster en Lingüística por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Su formación interdisciplinaria le permite analizar la realidad social no solo desde las cifras, sino también desde el discurso y la construcción de sentidos en la política. Con una larga trayectoria de compromiso militante, es conocido por su defensa de la soberanía popular y su crítica frontal a las políticas neoliberales que han marcado la historia reciente de Brasil y América Latina.Como analista, es un colaborador frecuente en medios de comunicación alternativos y redes de pensamiento crítico, donde desentraña las estrategias de manipulación mediática y el papel de las élites financieras en la desestabilización de procesos democráticos. Su visión integra la economía política con un análisis profundo de la comunicación, denunciando cómo se utilizan los mecanismos lingüísticos para justificar el despojo social. Es una voz clave para entender las tensiones del Brasil contemporáneo, el resurgimiento de las corrientes progresistas y los desafíos del movimiento popular frente a la extrema derecha.

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