Por Alberto Pinzón Sánchez *

Apolinar,a quien sus conocidos llamaban Polo, era un muchacho de unos quince años, callado o reconcentrado y un poco arisco, delgado, pelo castaño, frente amplia y con ojos vivaces de color flor de borraja. Vivía todavía con sus padres en una casa colonial grande de teja y adobe con un gran solar ubicada a la salida del Pueblo donde su padre Zenón había habilitado un cuarto a la entrada como bodega para comprar café al menudeo y luego venderlo al por mayor ya encostalado.

Polo, como lo llamaban familiarmente, ayudaba a su padre en la bodega y asistía a la escuela municipal el último año de secundaria. Durante las vacaciones, su tío Isidoro, quien conocía sus habilidades, innatas tal vez, como rastreador y su certera puntería, le mandaba un caballo desde la finca la Asunción, para que lo asistiera o lo acompañara en las cacerías, especialmente de zorros, que solía realizar en esa propiedad y en la región aledaña. Isidoro tenía una pequeña jauría de 4 perros, tres hembras y un cachorro; la cabeza marrón a manchas blancas, pelo corto y orejas caídas no muy largas caídas; cazadores de raza alemana de buen tamaño y varias generaciones en Colombia, adaptados y entrenados al sonido de un cuerno para perseguir zorros y otros cánidos similares de la región, que cuidaba con gran esmero en un gran corral caseta construido para tal fin no muy lejos de la casona principal.

Fueron bastantes las cacerías que compartieron, tal vez pocas exitosas, pero más que la misma cacería del zorro era la marcha a pie, casi siempre de todo un día, de la tropilla de cazadores y peones ayudantes a través de potreros y bosques frondosos, cañadas y quebradas, colinas y llanadas, y hasta cerros montañosos y descensos, siguiendo a los perros aullando detrás de las huellas y rastros dejados por el astuto animal perseguido, que se daba  mañas de entrecruzarlas o sobreponerlas o saltarlas y desorientar a sus ruidosos perseguidores.

Una verdadera relación muy familiar, de compañerismo, surgida en estas correrías los   aproximaba. El domingo de primera semana de octubre de 1899, después de la acostumbrada misa dominical, el activo y emprendedor párroco, el presbítero José Nepomuceno Riaño, como era costumbre después de saludar personalmente en el atrio de la iglesia a los feligreses más notables e intercambiar algunas opiniones, se acercó a donde don Isidoro y tomándolo del brazo le dijo que necesitaba hablar con él de urgencia En el camino a la casa cural, le dijo que había recibido la noticia desde Bogotá de que los liberales harían el pronunciamiento de guerra contra el gobierno conservador a más tardar el 20 de ese mes en Bucaramanga o en Socorro. No era todo, también había sabido que su sobrino Apolinar, junto con unos pocos jóvenes rebeldes de esa parroquia, se incorporarían en las tropas liberales. Convenía convencer a ese joven de su error y recuperarlo para la patria cristiana.

– “No se preocupe padre, hablaré con Polo tan pronto pueda y lo recuperaremos”, respondió Isidoro, añadiendo que le avisaría. En efecto, dos días después, una mañana aún fresca, antes de la canícula solar, Isidoro llegó a la casa de su hermana Eulalia, madre de Apolinar y después de saludar también a su esposo Zenón, hermano de la esposa de Isidoro, y tener una pequeña conversación doméstica, les pidió el favor que le prestaran a su hijo Apolinar porque tenía pensado realizar una cacería de zorro y lo necesitaba. Le dieron su consentimiento y Apolinar que llegó a la casa un poco más tarde al enterarse de la solicitud de su tío, estuvo de acuerdo en acompañarlo.

 Iniciaron el viaje hacia la hacienda la Asunción. Al principio ambos bastante silenciosos, pero pronto Isidoro le comentó a su sobrino en tono bastante sencillo que había sabido se marcharía a la guerra. Apolinar detuvo el caballo y mirando fijamente a su tío le preguntó cómo lo había sabido. Isidoro le respondió con sinceridad que el presbítero Riaño le había informado de las intenciones de él y de algunos de sus amigos de irse a hacerle la guerra al gobierno y, por esa razón estaba tratando de explicarle el error en el que se encontraba.

Una intensa tensión surgió entre ambos en ese momento. Apolinar tomando aire, frunciendo el ceño y atirantando las riendas de su cabalgadura respondió: – “Tío Isidoro, con todo respeto le digo que precisamente por esa tiranía que tiene montada los curas, es que me voy a combatirlos. He tomado esa resolución y no pienso cambiarla. Además, le digo otra cosa tío; toda mi familia lo sabe y me apoya. Estamos en ruina. Desde hace más de un año nadie compra ni vende un grano de café y todo el mundo dice que para acabar con el mal gobierno de ese viejo loco de Anapoima, no hay otra salida que la guerra”.

Luego, dando la vuelta a su caballo y sin mediar más palabras se regresó por el mismo camino por donde habían venido. Isidoro perplejo ante esta sorpresa guardó silencio y con un gesto evidente de disgusto, concentró su pensamiento. Era una situación muy difícil para la familia, pero realmente había avanzado demasiado y se presentaba de manera sorpresiva. – “Bueno, se dijo a sí mismo, si el muchacho en su rebeldía quiere probar esa suerte será difícil detenerlo, pero toda la familia, como le había dicho, lo apoyaba en esa aventura, era una situación más complicada de lo esperado”.

Resolvió poner de por medio tierra y tiempo, y espoleando al caballo marchó a paso ligero hasta la finca la Asunción. Una semana después, el 18 de octubre de 1899, Apolinar, junto con otros nueve muchachos amigos entre quienes se hallaban los hermanos de apellido Olarte, se enrolaron voluntariamente en la plaza principal del Pueblo, a la montonera organizada de 1.500 jóvenes armados llegados por el camino de Chiquinquirá, comandados por los generales Ramón Neira y Soler Martínez.

Apolinar, tal vez por su determinación fue designado comandante de un escuadrón, parte del batallón comandado por el coronel Temístocles Luengas; le dieron como dotación militar especial un machete de acero y un rifle Remington con 50 cartuchos que cargó a la espalda junto con la “capotera” con sus pocas pertenencias. Para los demás, pesados fusiles comunes con un puñado de tiros. Sin demoras ni aspavientos, a paso forzado, tomaron el camino hacia el Socorro a unirse a las tropas de Juan Francisco Gómez Pinzón, levantadas contra el gobierno en su finca la Peña, quien junto con su amigo Francisco Albornoz, se habían proclamado ambos como generales.

Por un camino no muy transitado, esa noche llegaron al valle del río Saravita y acamparon en las afueras del pueblo de Güepsa, en la finca denominada la Teja. Al otro día, casi al amanecer, continuaron pasando por la aldea de San Benito hasta alcanzar el pueblo de Suaita donde acamparon y al siguiente día, unidos con los voluntarios levantados en esta plaza recomenzaron la marcha. El camino ya no cruzaba por un paisaje temperado, verde, frondoso y ondulado, sino por peñascos áridos de matojos, tierra rojiza dura y pedregosa que seguía la ruta del río Saravita hacia Socorro. Aunque era un poco más amplio estaba reseco por la canícula, y las pisadas de hombres y animales de carga levantaban un polvero blanco que hacía difícil la marcha; pero debían alcanzar a la mayor brevedad las tropas del general Gómez Pinzón que según se comentaba entre la tropa, ya iba rumbo a Bucaramanga a deponer el gobierno de esa ciudad y a constituir uno nuevo, se decía, sin la tiranía de los curas y del viejo loco de Anapoima, que firmaba los decretos presidenciales con un sello de caucho.

En marchas continuas acamparon en los caseríos de Guadalupe, Guapotá y Palmas del Socorro. Subieron varias cuestas y en medio de un repentino y torrencial aguacero llegaron a la ciudad comunera del Socorro. De allí se dirigieron luego a la ciudad de San Gil y como la mayoría de jóvenes liberales habían marchado con el general Gómez Pinzón no hubo nuevas incorporaciones. Siguieron el camino de Pinchote, hasta que finalmente después de ocho agotadoras jornadas de marcha, alimentándose con las gallinas, pavos, yucas, plátanos, víveres despojados violentamente a los pobladores, más uno que otro novillo cebado, llegaron a la Mesa de los Santos, al sitio de la Granja, donde se encontraba el general Gómez Pinzón, recuperándose de las grandes pérdidas humanas sufridas el 29 de Octubre pasado en un apresurado, desorganizado e infructuoso intento de tomarse el pueblo de Piedecuesta.

El 8 de noviembre se realizó la fusión de tropas: unos tres mil combatientes, y el recién llegado al campamento, el general Rafaél Uribe-Uribe, fue proclamado como jefe. Al general Agustín Neira se le asignó la responsabilidad de ser su segundo al mando. Acordado un rudimentario plan de ataque sobre Piedecuesta y Bucaramanga, se les ordenó a los soldados como medida de identificación, remangarse el pantalón de la pierna Izquierda hasta la rodilla y ponerse una ramita de hojas en la cinta del sombrero.

 Iniciaron la marcha por el boquerón de la Mesa de los Santos y el sitio de Corralejas hacia Piedecuesta, que se interponía en la toma de Bucaramanga, por lo que debía ser tomada a como diera lugar. Listos ya para el ataque más masivo que el anterior, pero igual de desorganizado, los soldados liberales recibieron la alegre noticia de que el ejército gobiernista, unos 2.500 soldados, se habían retirado para hacerse fuertes en la capital departamental. La marcha continuó entonces hasta la población de Florida, donde acamparon esa noche, con la intención de entrar en el combate por Bucaramanga al otro día.

 Bucaramanga era una ciudad mediana de cerca de 20. 000, habitantes entre rurales y urbanos, con un núcleo citadino aproximado de 11.500 pobladores, 2.000 casas, tres iglesias, 102 talleres artesanales e innumerables casas comerciales y tiendas: Punto estratégico para los intercambios con el río Magdalena, la costa caribe y la vecina Venezuela y, donde los comandantes liberales esperaban un levantamiento popular sobre la base de la vieja rivalidad, “pico de oro” deartesanos con los grandes comerciantes que evitara la batalla, y no ocurrió.

El gobernador de Santander, general Alejandro Peña Solano y los generales Vicente Villamizar junto con el defensor de Piedecuesta Juan B Tovar, habían dispuesto, parapetado y atrincherado sus 2.500 soldados gobiernistas en bardas, muros, tapias de adobe, casonas y torres de las iglesias, con vigilantes y francotiradores armados de buenos rifles y abundante munición. Para cumplir su función de centro comercial cafetero, Bucaramanga había adquirido la forma de una cometa o papalote, acostada en una meseta soleada, cálida y arbolada, bordeada de altos barrancos terrosos de tierra rojiza, cuya cola llegaba por el sur hasta la Puerta del Sol en el camino a Florida y por sus lados; hacia el occidente por el camino hacia Girón, por el oriente la calle del comercio prolongada en el camino hacia Pamplona, por el Nororiente el barrio Payacuá con el camino de Lebrija, y por el norte, después de la quebrada-seca con el camino de Rionegro el que se bifurca en los llamados llanos de Don Andrés (Serrano) y la quebrada de Chapinero, en el camino hacia Matanza.

El 12 de noviembre, después de que el general Uribe-Uribe solicitara infructuosamente, en dos ocasiones, a las autoridades civiles y militares de Santander la rendición de la ciudad; el coronel liberal Emilio Matiz en una embestida impetuosa, imprevista, desorganizada, es decir en montonera; imprudentemente inició un asalto por el sur en la quebrada de la Iglesia y el caserío de la Pedregosa, comprometiendo en combate a todo el ejército durante todo ese día. Al día siguiente, 13, los liberales pretendieron a toda costa llegar al norte, a los llanos de Don Andrés, para contactarse con los refuerzos liberales que venían por el camino de Matanza.

Pero fueron detenidos en los barrios aledaños a la Puerta del Sol por las tropas gobiernistas, que al grito unánime de viva la inmaculada concepción, viva la república cristiana de Colombia, vociferaba, como incitación al combate, mediante una inmensa bocina de latón previamente elaborada en la fundición por don Bautista Penagos, y lanzada desde las torres de la iglesia de san Laureano por el sacristán Florencio Torres. Las cargas a machete desesperadas de los bisoños jóvenes liberales, fueron rechazaron con muy buena puntería en un encarnizado combate que resultó desastroso para los atacantes, quienes al final tuvieron innumerables prisioneros, cerca de 500 heridos y más de mil muertos. Entre ellos, despanzurrados, los impetuosos comandantes generales Gómez Pinzón y Agustín Neira.

Apolinar recibió el golpe seco seguido del quemonazo de un tiro de máuser, frontal en la parte externa del muslo izquierdo que, sin comprometer grandes vasos, si fracturó el hueso fémur en su tercio medio. Era una herida fea, anfractuosa, descarnada, sangrante y abierta, muy dolorosa y aterrorizante, que le impedía moverse. Sus compañeros y amigos del escuadrón habían quedado desintegrado totalmente. Un vecino de combate a quien no conocía se acercó donde Apolinar que yacía quejumbroso, le rasgó con un puñal a lo largo la manga del pantalón y le sopló en la herida un buche de aguardiente que lo dejó inconsciente.

La gallera municipal del Pueblo, está ubicada en el solar de una vieja casona, en la callejuela empedrada que continúa el camino de herradura a la cordillera. Es un circo de arena de unos cinco pasos de grande, rodeado de un armazón de listones de madera de mediana altura, atravesados por unos tablones horizontales adaptados como asientos para los apostadores y asistentes. Afuera, sombreado por un frondoso árbol de mango movido ocasionalmente por la brisa suave que sopla en las horas cálidas; hay un rústico mostrador también de madera donde se expenden a los asistentes, bebidas embriagantes especialmente chica de maíz fermentado y aguardiente artesanal o “chirrinche”, porque la cerveza embotellada es un lujo costoso que pocos se pueden dar, y más al fondo, están las pequeñas jaulas de malla delgada donde permanecen separados varios gallos de pelea, que se cantan entre sí sus agudos retos. A la entrada del circo de arena, en un pizarrón desvencijado colgado de una cabuya retorcida, está descrita a trazos gruesos con tiza blanca, la primera riña: Cenizo, tres libras, primera pelea, quebrada negra. Debajo: colorado, tres libras, primera pelea, Peña Blanca. La mayoría de apuestas son para el colorado y, mientras los gallos saltan y se enroscan encarnizadamente en una nube de revuelos con plumas ensangrentadas; retumba en el lugar una algarabía de apuestas cruzadas, gabelas y gritos estridentes de apoyo a la precisión mortal de cada espuelazo. El gallo rojizo con la cabeza bañada en sangre empieza a mostrar torpeza en sus movimientos.

Cuando Apolinar volvió en sí, tenía la boca seca y mucha sed, se frotó los ojos tratando de quitarse el sueño que acababa de tener. La herida tenía un trapo blanco que a manera de una banda le sujetaba el muslo ensangrentado. Apoyado en los hombros del compañero y saltando en un pie, fue cojeando a los gritos hasta un sitio atrás de la línea de fuego, donde malamente en medio de lamentos, alaridos y entre una apretada masa sanguinolenta inidentificable, yacían sobre el suelo de tierra sus compañeros sangrantes, mutilados y destripados, algunos ya agonizantes. Cuando sonó la corneta tocando retirada, Apolinar vio que su herida estaba cubierta por un coágulo que empezaba a endurecerse y la hemorragia empezaba a disminuir. Pasó la lengua por sobre sus labios resecos. Vino un médico medio calvo de bigote grande, silencioso, con cara ojerosa y desencajada que vestía un levitón largo embarrado y le vació directamente en la herida un chorro de ácido fénico; luego, les dijo a sus auxiliares acompañantes que le entablillaran lo mejor posible toda la pierna y lo sacaran hacia la retaguardia. Allí estaban los heridos no tan graves lo que dio a Apolinar un poco más de confianza. Uno de los auxiliares del médico le dio una pequeña botella llena de ácido fénico y le dijo que todos los días, de ahora en adelante, preferiblemente en horas de la mañana tenía que destapar la herida y echarle un pequeño chorrito de ese líquido: debía administrarlo muy bien porque esa era su salvación.

Las tablas con que le habían inmovilizado la pierna dejando la herida al descubierto debían siempre estar muy bien amarradas sujetando la pierna. Luego desapareció para regresar un poco más tarde con una horqueta de un palo grueso. Calculó el tamaño desde la axila hasta el borde del pie, cortó el tronco con el machete y se la entregó a Apolinar. Ese era su medio para caminar. En medio de los más imposibles dolores, con una sed abrasadora y una fiebre que empezaba a atormentarlo, se unió a la marcha de cerca de 100 espectros heridos, sangrosos y quejumbrosos, que tomaron el camino hacia Piedecuesta.

Lentamente, a salticos, apoyándose en la horqueta debajo de la axila izquierda, pudo avanzar en una marcha de ansiedad aterrorizante. Un dolor profundo persistente, el sofoco de la sed y la fiebre, además del polvo, hacían un camino sin final. Extrañamente sin ser perseguidos por las tropas del gobierno llegaron a Piedecuesta, donde con los demás heridos afiebrados, baldados y mutilados, improvisaron un descanso en el atrio de la Iglesia. Personas misericordiosas o caritativas les llevaban panes y calabazos con agua fresca. Un calabazo lo terció Apolinar a manera de cantimplora para él y sus compañeros de viaje. A la mañana siguiente el responsable del grupo ordenó seguir: no era posible quedarse si querían seguir con vida. Todos haciendo un supremo esfuerzo continuaron la marcha hacia los caseríos de Bore y Umpalá. Pesadamente, haciendo breves paradas para mitigar la sed, pasaron por el cañón ardiente y reseco del río Chicamocha: El camino ahora de piedras blanquecinas, subía un cerro macizo serpenteando y haciendo enormes curvas por entre barrancos y cañadas erosionadas de árboles raquíticos, rastrojos y matorrales espinosos; luego bordeando difícilmente un pequeño rio, llegaron finalmente al caserío silencioso de Umpalá. También allí, en el espacio amplio de una especie de plaza central a la entrada de una pequeña iglesia o capilla, personas conmovidas ante la visión de tanto dolor y sufrimiento juntos, les ofrecieron algunas comidas y bebidas endulzadas con panela. Un señor de mediana edad con cierta apariencia, mirando fijamente a Apolinar se le acercó y directamente le preguntó por su origen. El hombre agregó: – “Ya decía yo que lo conocía a Usted. Yo he hecho negocios de café con su papá y ahí lo miré a usted”. Luego agregó: – “Quédese donde está que ya regreso por usted”. Un rato después llegó nuevamente esta vez con cuatro peones quienes muy rápido armaron un guando con dos varas de madera y una hamaca para transportar a Apolinar.

Después de despedirse tristemente de sus compañeros de dolor, fue transportado en turnos por los peones durante una media hora, subiendo por un camino un poco más cómodo y fresco llegaron a una casa colonial de un piso, techo de teja roja y un gran alero salido sostenido por varias vigas de madera como columnas, que cubría un zaguán de baldosines rojos de ladrillo y puertas de madera vieja altas y estrechas. Cuando llegaron, el hombre que le había dado tal ayuda se identificó: – “Me llamo Manuel Lamus, vivo aquí en esta finquita solo, porque mi esposa murió el año pasado y mis dos hijos los mandé a estudiar a Bogotá. Aquí puede quedarse sin problemas mientras se mejora, porque nadie va a venir a buscarlo en estas soledades. Hay una familia de arrendatarios muy serviciales que vive en la casa y me hacen el oficio doméstico. Ellos le darán lo que necesite por si yo no estoy”. Luego, llamado al arrendatario lo presentó: “Él se llama Domingo Cubillos y la esposa es Marujita”. –“Mucho gusto. Mucho gusto”, dijeron quitándose el sombrero y enseguida ayudándole con la horqueta, lo llevaron a una habitación fresca y amplia con una cama tendida.

Ya sobre la cama, Apolinar con dificultad se hizo la curación con el ácido fénico y le pidió a Marujita un trapo limpio para reemplazar la banda sangrosa que traía y si fuera posible, una muda de ropa limpia cualquiera. Ella vino con su esposo y ambos le limpiaron la sangre, lo cambiaron y lo acomodaron. Domingo, mirando la herida ya un poco más limpia le dijo que lo mejor era meterle diariamente un taco de panela raspada dentro y permanecer con las tablillas. Así había curado él,  un caballo con una herida muy profunda y fea en un anca, que le había hecho un toro al embestirlo.

Como ya quedaba poco ácido fénico en la botella, Apolinar aceptó sin mucha resistencia el tratamiento. Fue así como pronto empezó la fiebre a disminuir y el apetito regresó lentamente. Diariamente venía el señor Lamus y en medio de una charla muy corta se enteraba de la evolución de la herida. Pasadas unas semanas, Apolinar empezó a movilizarse primero en la habitación dando unos pocos pasos, apoyado en la horqueta y luego hacia el zaguán para recibir unos minutos de sol. La herida comenzó a cicatrizar con una piel sonrosada y extraña cubriendo debajo una masa deforme, dura pero indolora lo que le permitió una mayor movilidad. Dos meses después el señor Lamus le dijo que podía quitarse las tablillas e intentara mover la pierna, pero un calambre muy doloroso, lo tiró al piso en medio de un alarido.

El arrendatario Domingo, vino alarmado y al saber la causa de la caída le dijo: – “Mire patroncito, tiene que hacerse un sobijo diario con sebo de res para que se afloje nuevamente la carne que está tiesa. Mañana le traigo un poco”. Apolinar volvió a hacerle caso y empezó a frotarse la pierna varias veces al día sobre todo en la rodilla donde había sentido el calambre y a moverla lentamente. Pronto descubrió el beneficio del sobijo con el sebo de res. Ya podía asentar el pie en el piso, pero notó que la pierna izquierda deformada había quedado un poco más corta que la derecha y al tratar de caminar debía cojear para no perder el equilibrio. Sin embargo, siguió entrenando la nueva marcha coja. Se sintió más seguro y confiado y le dijo al señor Lamus que quería hacer algún trabajo para ganarse la comida y tratar de pagarle algo de lo que había hecho por él.

El señor Lamus le dijo que lo había hecho por solidaridad y que no le debía nada, pero si quería hacer algún trabajo se pusiera de acuerdo con el arrendatario Domingo a quien él instruiría. Fue así como pronto terminó haciendo intensas faenas de ganadería a caballo, que desconocía. Enlazar desde una mula, una res con un rejo de cuero, tumbarla y maniatarla para curarla, destetar terneros de sus madres, ayudar en la castración de los toretes para convertirlos en novillos de ceba y poderlos vender en Piedecuesta. Ese era el negocio con el que su protector el señor Lamus, había reemplazado los cultivos de café.

Un año largo, sin contar los meses de la recuperación, trabajó Apolinar en esas faenas sin cobrar un centavo. Se levantaba muy de madrugada y regresaba de noche rendido prácticamente a dormir, sin tiempo para mayores conversaciones con el señor Lamus, quien a pesar del poco intercambio le informaba del curso de la verdadera guerra que aún se estaba desarrollando allá afuera:  

 Apolinar fue enterado de que después de la desgraciada acción liberal en Bucaramanga, los pocos sobrevivientes del ejército liberal se retiraron muy derrotados hacia la zona de la frontera con Venezuela, buscando la ayuda en rifles y dinero prometida a los jefes liberales por el presidente venezolano Cipriano Castro. En Cúcuta, se juntaron las tropas traídas del Casanare y Boyacá por Vargas Santos, con las de Ocaña de Justo Durán y las de Benjamín Herrera de Pamplona, en total unos 4. 000 hombres todavía mal armados, pero dispuestos a marchar sobre Bogotá y a derrocar el gobierno conservador.

El gobierno conservador del achacoso anciano Sanclemente, quien era manejado con un sello de caucho con la firma suya por una camarilla a cargo del ministro de gobierno Rafael María Palacio y del ministro de guerra general José Santos, medio hermano del anciano jefe supremo de los ejércitos liberales generalísimo Vargas Santos; interesados en la prolongación la guerra para enriquecer aún más a sus partidarios con expropiaciones de tierra, emisiones desaforadas de dinero, contribuciones forzadas para los militares, y sobre todo, para negociar los beneficios de moneda extranjera del contrato internacional con la compañía del canal de Panamá.

El ministro de guerra de Sanclemente, José Santos, de acuerdo con su hermanastro el generalísimo liberal Vargas Santos, dio la orden a los generales conservadores que dejaran pasar a las tropas liberales que marchaban hacia Bogotá y así, en el rio Peralonso cerca de Cúcuta, a fines del 1899, se dio un encuentro que terminó en una victoria militar de los liberales, muy bien utilizada por sus jefes para rearmarse y relanzar las hostilidades.

Sin embargo, pocos días después, los hacendados y jefes militares del gobierno conservador del bando guerrerista Manuel Casabianca, Prospero Pinzón y Arístides Fernández, percibieron el daño a sus intereses que había causado las maniobras dobles del ministro de guerra conservador Santos con su hermanastro liberal, lograron su destitución. Ocuparon ellos las posiciones claves en las jerarquías militares y gubernativas y así, trazaron el plan militar de detener la marcha del ejército liberal que se proyectaba hacia la capital de la república.

 El hacendado conservador tolimense, general Casabianca, asumió en diciembre del 1899 la jefatura máxima del ejército oficial, y en abril de 1900, y el hacendado conservador boyacense, general Próspero Pinzón, reemplazó al hacendado vallecaucano general Jorge Holguín Mallarino, como jefe del estado mayor del ejército oficial, y junto con el general de policía Arístides Fernández, afianzó su poder en el altiplano cundiboyacense.  

Entonces, el gobierno cambió de estrategia y decidió cercar a las tropas liberales y no dejarlas pasar del cañón montañoso del río Chicamocha. Así, se forzó la inhumana y matazón ocurrida entre 11 y el 26 de mayo de 1900 en el cerro yermo de Palonegro, cercano a la población de Girón, en donde en improvisadas y repugnantes trincheras, con un inhumano y alienado furor fratricida, se enfrentaron “a puchos” o puñados, durante 15 días, entre misas, rezos e insultos, cerca de 20.000 colombianos: Pequeñas cargas a tiros de fusil y combate de machetes cuerpo a cuerpo, dejando tendidos en los campos aledaños, cerca de 1.700 soldados liberales y otros tantos heridos y, cerca de 1.600 soldados conservadores muertos y 2.300 heridos.

Pero, además, como los liberales dada la espantosa sustracción de materia debieron abandonar sus trincheras en precipitada retirada o fuga, el bando conservador logró hacer más de 1.000 prisioneros políticos, la mayoría de los cuales fueron a morir en las cárceles y panópticos del gobierno a manos del ya mencionado director de la policía nacional Arístides Fernández. Con esta trágica situación, el grupo guerrerista conservador endureció su posición y para fortalecer aún más su poder y dos meses más tarde, el 31 de julio de 1900, en la población de Villeta donde “temperaba” Sanclemente, le dieron un golpe de cuartel al agonizante presidente, quien murió poco después sin dejar rastro, para colocar en su lugar al viejo gramático bogotano Manuel María Marroquín, encargado de continuar las negociaciones internacionales sobre el canal de Panamá y, junto con el nuevo ministro de guerra el policía Arístides Fernández, prolongar la guerra a muerte transformada, a pesar de la desautorización de los jefes liberales, en una guerra de guerrillas extendida por gran parte del territorio colombiano, incluida la provincia de Panamá, con pocas posibilidades prácticas de triunfar.

A pesar de semejante panorama, Apolinar, se sintió con fuerzas para regresar a su casa paterna, visitar a sus padres que lo debían dar por muerto. Le pidió prestados al señor Lemus 10 pesos, que necesitaba de urgencia sin mayores aclaraciones, que él le dio sin hacer preguntas, pero mirándolo fijamente a los ojos. Le dijo: – “Se los doy en monedas porque los billetes nadie los recibe. No valen nada”.

Una mañana muy de madrugada sin decir nada a nadie ni despedirse siquiera, Apolinar metió su puñal envainado dentro de la camisa, se terció una pequeña capotera con algunos enseres y con su marcha coja, tomó de regreso el mismo camino quebrado y pedregoso que por entre cerros pelados lo había traído desde Piedecuesta, a donde llegó al anochecer. Buscó la fonda caminera a la entrada del poblado y allí contrató posada por unos pocos cuartillos. Había varios arrieros y transeúntes. Tomó una sopa de harina de maíz con hojas de col que llaman mazamorra y se dispuso a reposar en el rincón asignado.

 El cansancio lo llevó al sueño de la gallera que con lo perseguía con asiduidad: La algarabía de las apuestas y el revuelo de los gallos hiriéndose mutuamente sin descanso, salpicando chorreones de sangre absorbida de inmediato por la arena del piso, desfavorece al gallo colorado cada vez más débil y torpe de movimientos, hasta cuando al finalizar un aletazo impreciso y lento, cae moviendo convulsivamente su cuerpo. Su dueño dando por perdida la riña, se lanza a la arena a levantarlo intentando salvarle la vida, sin éxito. El dueño del gallo cenizo vencedor dijo imprudentemente: – “Esos gallos rojos son calcetos” (cobardes). A lo que el aludido respondió: –Pues aquí estoy yo si mi gallo no pudo” y sacando de entre la falda de la camisa un puñal brillante se lanza sobre el ofensor. Este reacciona instintivamente y desenfunda un revólver pequeño que tenía en la pretina hiriendo gravemente en la pierna izquierda al agresor que cae al piso envuelto en sangre, dando alaridos de dolor.

Con los primeros rayos del sol del siguiente amanecer; mientras ordenaba los trapos que le habían servido de cama, uno de los arrieros le preguntó por su cojera, a lo que Apolinar se limitó a decirle que la coz de una mula le había jodido la rodilla. Como el hombre mostró cierta curiosidad, Apolinar le preguntó sobre los caminos hacia las ciudades del Socorro y el sur.  Le dijo que había muchos controles y vigilancia y que a los jóvenes solos o vagabundos de la guerra los amarraban para llevarlos a los combates. A continuación, le preguntó: – ¿” A dónde se dirige el amigo”? Apolinar le respondió, vagamente, que al sur del departamento. El hombre entendió la respuesta y como era buen conocedor de caminos, le aconsejó: – “Si no quiere que se lo lleven obligado a la guerra, es mejor que dé un rodeo grande y se vaya por el río Magdalena y las selvas del Carare. Es muy largo, pero más seguro. Por aquí está muy difícil cruzar. No dejan pasar hacia Bogotá ni siquiera a los arrieros conocidos con sus recuas”. – ¿“Y cómo sería ese camino”? Preguntó Apolinar.

El hombre le explicó que pasando por Girón y sin detenerse buscara el embarcadero o puerto sobre el río Sogamoso; allí en alguna canoa se hiciera llevar hasta Barrancabermeja, donde debía buscar otra canoa, río arriba, hasta la desembocadura del río Carare. Ahí comenzaba el camino que lo llevaría al sur. No hablaron más. Muy temprano, antes del alba, Apolinar silencioso emprendió la marcha coja, con la ruta muy bien trazada en su cerebro. La que realizó en un mes de travesía, llenos de padecimientos y privaciones; plagas de mosquitos, hambre, sed y cansancio insufrible, dolor de la pierna herida y un calor húmedo e irrespirable. Finalmente, a mediados de 1901, demacrado, casi esquelético y avejentado por dentro y por fuera, llegó con su marcha característica a mediados de 1901, llegó a su casa paterna. Su madre al verlo, no pudo contener el llanto; se abrazaron y lloraron juntos mientras entraban a la casa a reencontrarse con su padre y sus hermanos menores Manuel y Luis Carlos

A comienzos de 1902, el coronel Nepomuceno Fajardo comandante de las guerrillas liberales en el sur del departamento de Santander, hizo llegar a Apolinar en su casa, un mensaje personal con un mensajero de total confianza, donde le decía que conociendo su valentía y sus habilidades como franco-tirador mostradas en el combate de Bucaramanga, lo invitaba a unirse a su pequeña fuerza que estaba operando en esta región. En caso de que decidiera venir debía confiar en el mensajero. Apolinar, no lo pensó demasiado, le dijo al mensajero que viniera al otro día muy de madrugada y con un silbido suave se hiciera notar. Así ocurrió, y pronto, Apolinar con su marcha característica seguía los pasos apresurados del mensajero que por el camino que pasa por el cerro de Juyamuca. En un paraje más o menos boscoso y solitario cuando apenas comenzaba a clarear salieron del camino principal hacia el oriente y se internaron en un bosque más tupido y frondoso que bordeaba la montaña. Cruzaron varias colinas por una trocha casi invisible al ojo de un inexperto hasta encontrar un pequeño campamento para albergar unas 40 personas, hecho con toldos de lona y algunos refuerzos de troncos de madera que parecían muy provisionales.

Allí estaba el coronel Fajardo quien le dio un abrazo de bienvenida a Apolinar y lo felicitó por su decisión; le dio un fusil Gras francés de largo alcance con 150 cartuchos, y a continuación le dijo que, con su puntería ahora más afinada, debían ser 150 sacristanes “godos”. Lo celebraron a carcajadas. Luego, le dijo que bajando el cerro y en el camino estaba acampado famoso “batallón Somondoco”, terror de toda la región, encargado de hacer cumplir las órdenes del ministro de guerra,  general Arístides Fernández , e no hacer más prisioneros que ya no cabían en las cárceles. Se debía fusilar mediante juicio sumario a los capturados.

 El coronel Fajardo traía el plan darle un escarmiento a ese batallón y apoderarse de algunos recursos indispensables para continuar la pelea. Esperaba al fin de mes, cuando venían las mulas con las monedas para la paga oficial de los oficiales y soldados de ese batallón. Se necesitaba ese dinero para comprar víveres y nuevos pertrechos en el río Magdalena. Como se planeó el asalto sucedió: Apolinar apostado a cierta distancia desde una loma que dominaba el camino, mató las tres mulas con tres disparos. Los demás compañeros cayeron sobre los cinco despavoridos guardas y a machete limpio, dieron cuenta de ellos. Luego, distribuyeron los bultos de monedas entre sus propias mulas de manera que estuvieran más livianas para aligerar el paso y se internaron nuevamente en el bosque en dirección opuesta al campamento donde los esperaban, con el fin de que, si las tropas del gobierno seguían las huellas o el rastro, fueran a dar a otra parte donde no las podrían identificar por el tráfico que por allí se daba. El éxito fue total, sin persecución oficial mandaron dinero a las poblaciones cercanas de Jesús María y el Encenillo que les servían de retaguardia y, otras mulas salieron por el caserío de Bolívar en busca del camino del Carare hacia el río Magdalena.

En la finca, Isidoro llamó a Alipio su arrendatario de toda la vida y le dijo que había que enseñarles a los perros a seguir rastros humanos y lo más pronto posible. Una semana después los perros estaban listos dándoles a oler ropas sudadas y sucias de trabajadores, las escondían lejos entre los árboles y cuando las encontraban les daban un pequeño pedazo de carne cocinada. Empezaron por el sitio donde ocurrió el asalto a las mulas. Los perros a pesar del tiempo transcurrido descubrieron el rastro y fueron a salir al camino, siguieron buscando por los bordes del camino, hacia arriba y hacia abajo hasta que finalmente encontraron una pista. La siguieron y llegaron al campamento, pero este ya había sido abandonado. Ahora era más fácil; con las huellas dejadas iniciaron la búsqueda, pero esta vez mandaron llamar al comandante del batallón, quien convencido por la evidencia ordenó a su segundo al mando perseguir con cien hombres bien armados al grupo asaltante.

El rastro los fue llevando por el camino hacia Santa Sofía en Boyacá. Era obvio que la guerrilla liberal daba un rodeo por Chiquinquirá para buscar el camino a Albania en Santander y nuevamente cerrar el círculo en Jesús María y el Encenillo. Los alcanzaron en el alto del Mazamorral ya casi en los límites con Boyacá el 26 de febrero de 1902. El coronel Fajardo desde la altura del cerro los vio venir subiendo por el camino y ordenó a sus 40 hombres emboscarse en las colinas buscando el fuego ventajoso hacia abajo. Le encomendó a Apolinar hacerse cargo de los dos comandantes que venían a caballo dirigiendo la operación.

Cuando estuvieron a distancia de tiro hubo una descarga cerrada ordenada por el coronel Fajardo. Con la señal Apolinar también disparó y los guerrilleros vieron caer varios soldados al piso y a uno de los comandantes desplomarse del caballo con la cabeza despedazada. Repuestos de la sorpresa y con más de 20 bajas el comandante militar del batallón perseguidor, ordenó con un nutrido fuego una maniobra dividida en cerco al grupo emboscado. El intercambio de fuegos duró cerca de dos horas, pero la superioridad táctica y la suficiencia de municiones de las tropas gubernamentales, los emboscados fueron copados.

El coronel Fajardo aprovechando una distracción logró escapar hacia las selvas del Carare y nunca se supo más de él. Apolinar fue capturado y mientras lo llevaban con su marcha característica a presentarlo al comandante del batallón; al pasar cerca de donde estaban los cadáveres de los gobiernistas muertos, reconoció en la distancia los perros de su tío Isidoro, que entre aullidos quejumbrosos le lamían la cara a un cadáver de su amo con la cabeza despedazada. Se negó a que le pusieran la venda de los fusilados en los ojos, pasó la lengua por sus labios resecos y, la visión del gallo rojo con la cabeza desmayada bañada en sangre roja muy rutilante, se fue con el ruido atronador de la descarga.

Fuente Imagen Internet     

*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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