Carmen Parejo Rendón*

Durante décadas, el 23F fue comprimido en una imagen: un teniente coronel entrando pistola en mano en el Congreso y gritando «¡Quieto todo el mundo!». La fotografía congeló la memoria colectiva y redujo un proceso político complejo a un gesto teatralizado. El tricornio, la capa, la irrupción, los disparos al techo. Incluso hubo un punto de caricatura exterior en aquella escena: para una parte de la prensa internacional, poco familiarizada con la estética de la Guardia Civil, aquella figura con sombrero rígido y de charol llegó a confundirse con la imagen de un torero o de alguien disfrazado. Es natural: quien desconocía la trayectoria histórica de ese cuerpo podía leer la escena como una extravagancia folclórica española.

Pero en el interior no había nada cómico. La Guardia Civil no era una comparsa simbólica. Era —y es— un cuerpo fundado en 1844, durante el reinado de Isabel II, en el contexto de construcción del Estado liberal español y bajo influencia del modelo francés de gendarmería. Nació como fuerza destinada a garantizar el orden en el medio rural, proteger la propiedad y asegurar la estabilidad del nuevo régimen. Y aunque su papel durante la Guerra Civil fue contradictorio —en algunos territorios permaneció leal a la legalidad republicana—, en la memoria popular quedó asociada a la represión, una identificación que el franquismo consolidó y profundizó durante décadas de persecución política y control social.

Pero si profundizamos, reducir el 23F a la irrupción de Tejero fue políticamente funcional. Personalizar el golpe permitía simplificarlo. Convertirlo en la aventura de un exaltado aislado, en un gesto casi anacrónico de nostalgia franquista.

Federico García Lorca, asesinado por el fascismo en 1936, denunciaba la brutalidad ejercida contra el pueblo gitano en su Romance de la Guardia Civil Española. En el texto, describía el cuerpo de la siguiente manera: «Tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras. / Con el alma de charol / vienen por la carretera». Esa memoria histórica, basada en la experiencia acumulada de la represión, estaba muy viva en la conciencia colectiva en 1981.

Pero si profundizamos, reducir el 23F a la irrupción de Tejero fue políticamente funcional. Personalizar el golpe permitía simplificarlo. Convertirlo en la aventura de un exaltado aislado, en un gesto casi anacrónico de nostalgia franquista.

Ahora, sin embargo, nos encontramos con una versión actualizada. En los días previos a la publicación de los documentos desclasificados del 23F, RTVE emitía la serie basada en Anatomía de un instante, el ensayo de Javier Cercas. La serie —impecable en su factura, eficaz en su tensión dramática— reproduce en lo esencial la versión oficial y extendida de lo que fue el Golpe.

Aunque cabe destacar que Anatomía de un instante no es una simplificación grosera. Es un ensayo ambicioso que disecciona el gesto, el silencio y la inmovilidad en aquel hemiciclo, otorgando un papel destacado a los protagonistas de una época. Pero su foco está ahí: en el instante detenido, en las figuras políticas, en la densidad psicológica de quienes ocupaban el poder. La historia se convierte en análisis del carácter y del momento decisivo. Y fuera de ese encuadre queda algo fundamental: la dimensión estructural del proceso y el sujeto popular que había soportado cuarenta años de dictadura y que no participó en los pactos que sellaron la reforma. Y es ahí donde adquiere un carácter profundamente propagandístico que sigue la estela del mito fundacional, del «relato de la transición». Eso sí, más allá de la icónica imagen de Tejero en el hemiciclo.

El clima es el de la expectación. Parecía que íbamos a descubrir algo importante. Pero después salen los documentos y no hay nada. O al menos nada que no se supiera ya, nada que no hubiera sido explicado con mayor detalle por investigaciones periodísticas y trabajos académicos.

Tras la emisión de la serie llegó el anuncio de que se desclasificarían documentos y se haría público parte del archivo. El propio Pedro Sánchez lo anunciaba en la red social X compartiendo un vídeo de una intervención de Javier Cercas en el congreso, donde le invitaba a hacerlo.

La reacción es inmediata. Desde el Partido Popular se acusa al Gobierno de distraer, de desviar la atención, de jugar con la memoria. Se insinúa que hay algo detrás. Que quizá se pretende reescribir la historia. Al mismo tiempo, Felipe González interviene públicamente para recordar lo difíciles que fueron aquellos años, en una suerte de excusatio non petita, defendiendo el papel del rey y la responsabilidad de quienes pilotaron la Transición. El clima es el de la expectación. Parecía que íbamos a descubrir algo importante. Pero después salen los documentos y no hay nada. O al menos nada que no se supiera ya, nada que no hubiera sido explicado con mayor detalle por investigaciones periodísticas y trabajos académicos.

Y es entonces cuando se activa el verdadero mecanismo: el ‘elige tu propia aventura’. Como en aquellos libros infantiles en los que el lector escoge el camino y construye su propio desenlace, aquí cada cual selecciona el fragmento que confirma su relato previo. No se elige un final alternativo de ficción, sino el origen mismo de la historia reciente de España. Y todos parecen satisfechos.

El Partido Popular, tan alarmado en los días previos, se convierte ahora en adalid de una supuesta «vuelta del rey·, amparándose precisamente en estas desclasificaciones. Resulta llamativo, ya que los mismos documentos permiten sostener lo contrario: que el monarca no fue un espectador ingenuo, sino una pieza central en las tensiones y conspiraciones del momento, enfrentado con algunos y, por supuesto, también aliado con otros.

Reabrir el 23F vuelve a cumplir su función histórica: recordar la amenaza y reafirmar los límites, con un relato, eso sí, actualizado e incluso más «democrático», donde conviven distintos puntos de vista, incluso opuestos, sin conflicto. Así, mientras el dedo apunta al cielo —la anatomía de un régimen— nos siguen invitando a mirar el dedo: el instante.

Cuesta creer que el Jefe del Estado —y a la vez Jefe de las Fuerzas Armadas— desconociera la maraña de golpes blandos y duros que se movían en la esfera militar y en la civil. Incluso dentro de su propio entorno. Incluso en su propia casa. Como el segundo intento golpista del 23F: el de su mentor y hombre de confianza, Alfonso Armada.

Si algo sí que queda esclarecido, e incluso, asumido en esta nueva actualización del relato del 23F es que en esos años había muchos movimientos de despacho y de cuarteles que, aunque no compartían los métodos, defendían un mismo fin. Había que evitar una ruptura política con el régimen anterior y encauzar una reforma que contuviera cualquier impulso popular de transformación más profunda, mientras se proyectaba una imagen pública favorable que permitiera al capital español, a su ejército y a su élite política, integrarse en los mecanismos del mundo occidental.

España desclasifica los 'expedientes secretos' del golpe de Estado de 1981

España desclasifica los ‘expedientes secretos’ del golpe de Estado de 1981

En ese sentido, el 23F ha cumplido una función histórica precisa: fijar dos elementos complementarios. El primero, emocional: la instalación de una amenaza permanente, el miedo como coartada, como advertencia implícita de que cualquier intento de desbordar el marco puede devolvernos a los tiempos oscuros. El segundo, constitutivo: la delimitación de los márgenes del propio régimen. La cuestión territorial quedó encorsetada. La monarquía blindada como árbitro supremo. Las reformas estructurales inhabilitadas. Así, cuando hoy asistimos a debates sobre la judicialización de la política, sobre la gestión del conflicto territorial o sobre la dificultad para abordar reformas profundas, estamos ante la continuidad de aquellos límites.

Por eso la reapertura del debate no es accidental. Desde la crisis económica de 2008 se ha desarrollado en España una crisis de régimen que cuestiona precisamente esos límites. El conflicto en Catalunya, la abdicación de Juan Carlos I en 2014, el desgaste del bipartidismo, la aparición de VOX como escisión de un sector franquista que convivía sin problema dentro del Partido Popular, así como las tensiones públicas dentro del PSOE, con Felipe González marcando distancia respecto a Sánchez, son síntomas de esa erosión.

En ese contexto, reabrir el 23F vuelve a cumplir su función histórica: recordar la amenaza y reafirmar los límites, con un relato, eso sí, actualizado e incluso más «democrático», donde conviven distintos puntos de vista, incluso opuestos, sin conflicto. Así, mientras el dedo apunta al cielo —la anatomía de un régimen— nos siguen invitando a mirar el dedo: el instante.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

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*Carmen Parejo Rendón es una periodista, escritora y analista política sevillana, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Es reconocida internacionalmente por su labor como directora de la Revista La Comuna y su participación habitual en grandes cadenas como RT, Telesur e HispanTV. Su análisis se especializa en geopolítica, con un enfoque crítico sobre América Latina, Asia Occidental y los procesos de soberanía popular. Como autora, destaca su obra poética Arquitecturas y Mantras, además de su colaboración en medios de pensamiento como El Viejo Topo. A lo largo de su carrera, ha compaginado la información con la gestión cultural y la dramatización teatral juvenil. Su perspectiva se define por la defensa del antiimperialismo y el estudio de la multipolaridad global. Actualmente, es una de las voces más activas en la contrainformación y el análisis social desde España. Su perfil une el rigor académico con un compromiso firme hacia los movimientos sociales transformadores. Se ha consolidado como una referencia para comprender los conflictos internacionales desde una mirada alternativa y rigurosa.

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