Pedro Barragán*
La agresión de Estados Unidos contra Venezuela no puede entenderse como un episodio aislado. Forma parte de una lógica más amplia de hegemonía, coerción y unilateralismo que, en los últimos años, ha puesto a prueba la arquitectura del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Para Europa, esta situación ha actuado como un espejo incómodo. La respuesta vacilante ante la crisis venezolana ha dejado al descubierto tanto sus contradicciones internas, como también su dificultad para definirse de forma estratégicamente autónoma. Para China, en cambio, el escenario refuerza su propia narrativa, la necesidad de avanzar hacia un mundo genuinamente multipolar, basado en normas y no en la ley del más fuerte.
La reacción europea frente a Venezuela ha sido fragmentada, cautelosa y, en muchos casos, subordinada a los intereses de Washington. Esa actitud no ha pasado desapercibida. Lejos de apaciguar las tensiones, ha contribuido a reforzar la percepción de que Europa carece de voluntad política para defender principios que, en teoría, constituyen el núcleo de su identidad, como son la soberanía estatal, la no injerencia y el respeto al derecho internacional. Esta debilidad percibida explica por qué, tras la escalada contra Venezuela, Estados Unidos se ha sentido legitimado para endurecer su discurso y sus amenazas en otros frentes estratégicos, desde Groenlandia hasta el Ártico.
En este contexto, desde la prensa china se plantea que la introspección europea sobre “qué opciones tiene” resulta reveladora. Plantear la defensa de la soberanía como una opción negociable, y no como una obligación política y moral, delata una mentalidad de apaciguamiento. Europa, de acuerdo con estos medios, parece debatirse entre dos ilusiones persistentes, la primera no es otra que la esperanza de que un cambio interno en Estados Unidos corrija el rumbo hegemónico de Trump, y la segunda, la creencia de que ella misma no será un objetivo directo de la coerción estadounidense. Ambas han demostrado ser ilusas. La política exterior de Washington, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca, ha mantenido una notable continuidad en la defensa de sus intereses estratégicos mediante la presión y la fuerza.
Para Europa, el problema de fondo no es solo Venezuela ni Groenlandia, sino su propia definición en el mundo actual. Al priorizar la preservación de la relación transatlántica como “activo estratégico” incuestionable, la Unión Europea ha terminado intercambiando principios por una sensación de seguridad cada vez más ilusoria. Las presiones para aumentar el gasto militar dentro de la OTAN, abandonar proyectos energéticos considerados inconvenientes por Washington o alinearse con sanciones unilaterales contra China son ejemplos claros de cómo el apaciguamiento lejos de reducir las exigencias, las multiplica.
Esta dinámica tiene consecuencias profundas. Si Europa acepta de facto que la soberanía y la integridad territorial son monedas de cambio en el tablero geopolítico, socava los mismos cimientos sobre los que se construyó la Unión Europea. El respeto al derecho internacional no es un eslogan vacío, es una lección histórica aprendida a un costo enorme. Las políticas de apaciguamiento del siglo XX dejaron como enseñanza clara que ceder ante la coerción no garantiza la paz y solo aplaza conflictos mayores.
Desde la perspectiva china, la crisis venezolana y la actitud europea confirman los límites del orden internacional dominado por una sola potencia. China ha insistido de forma constante en la centralidad de la Carta de Naciones Unidas, el multilateralismo y la igualdad soberana de los Estados. No se trata únicamente de una postura ideológica, representa también un interés estratégico compartido por muchos países que ven en el hegemonismo una amenaza directa a su estabilidad y desarrollo. En ese sentido, China interpreta la indecisión europea como una oportunidad perdida para fortalecer un polo autónomo capaz de equilibrar el sistema internacional.
Pero tenemos que afirmar, gritar si es necesario, que Europa no está condenada a la irrelevancia estratégica. Dispone de cartas importantes. Su peso económico, su vasto mercado interno y su capacidad industrial le otorgan herramientas reales para reducir la dependencia estructural de Estados Unidos. Avanzar en la internacionalización del euro, diversificar sus relaciones comerciales y financieras, y reforzar la integración interna son, seguramente, gestos simbólicos, pero también decisiones con impacto geopolítico concreto. En el ámbito energético, apostar por una cooperación diversificada y por las energías renovables permitiría a Europa disminuir su vulnerabilidad frente a presiones externas.
En el terreno diplomático, la cooperación con China y con otros países emergentes no debería verse como una amenaza, sino como una expresión coherente del multilateralismo que Europa dice defender. Abandonar la lógica de bloques ideológicos rígidos y participar activamente en la construcción de un orden multipolar no implica romper con Estados Unidos, sino redefinir la relación sobre bases más equilibradas. Para China, una Europa más autónoma no es un rival, sino un socio potencial en la defensa de reglas comunes frente a la política de poder.
La crisis venezolana, por tanto, es también una prueba para Europa. Puede optar por seguir reaccionando de manera fragmentada, aceptando la erosión gradual de los principios que proclama, o puede asumir el costo político de actuar con coherencia. Defender la soberanía de Venezuela, como la de cualquier otro Estado, no es respaldar a un gobierno concreto, sino defender una norma esencial del sistema internacional. Renunciar a ello equivale a aceptar un mundo hobbesiano donde la fuerza define el derecho.
En última instancia, la pregunta clave sigue siendo ¿qué quiere representar Europa en este mundo en transformación? Si aspira a ser relevante en un orden multipolar, deberá dejar atrás la lógica del apaciguamiento y asumir responsabilidades acordes con su peso real. Mientras que para China el camino es fortalecer el multilateralismo y resistir el hegemonismo, Europa tiene que decidir si quiere acompañar esa tendencia histórica o resignarse a ser un peón más en el juego de otros.
El caso de Groenlandia ilustra con especial claridad hasta dónde puede llegar esta lógica de presión hegemónica cuando no encuentra una respuesta firme. La isla, formalmente parte del Reino de Dinamarca y vinculada a la Unión Europea a través de esa relación, ocupa una posición geoestratégica clave en el Ártico, tanto por las rutas marítimas emergentes como por sus recursos naturales y su valor militar. Que Estados Unidos se permita tratar abiertamente el futuro de Groenlandia como una cuestión transaccional, incluso después de la agresión contra Venezuela, no es simplemente una excentricidad retórica, es una señal política evidente y rotunda, una señal que no es otra que el hecho de que Washington percibe que el coste de desafiar la soberanía europea es bajo. La falta de una reacción europea clara y unificada refuerza esa percepción y envía un mensaje peligroso sobre la fragilidad del compromiso europeo con el derecho internacional cuando este entra en conflicto con la voluntad de su principal aliado.
Más allá de Groenlandia en sí, lo que está en juego es la credibilidad de Europa como bloque soberano. Si acepta implícitamente que territorios estratégicos puedan ser objeto de intimidación sin consecuencias, Europa pierde influencia en el Ártico y sienta un precedente que puede replicarse en otros ámbitos. Para China y para muchos países del Sur Global, este episodio confirma que las normas internacionales se aplican de manera selectiva cuando intervienen los intereses de la potencia hegemónica. En ese sentido, Groenlandia no es un asunto periférico y demuestra que la defensa de la soberanía y del multilateralismo no admite excepciones sin que todo el edificio normativo empiece a resquebrajarse.
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Pedro Barragán es un destacado economista español con una sólida trayectoria en el análisis de mercados internacionales y comercio exterior. Actualmente se desempeña como Asesor de la Fundación Cátedra China, donde aporta su visión estratégica sobre las relaciones económicas entre España y el gigante asiático. Autor del libro “Por qué China está ganando”. A lo largo de su carrera, ha ocupado puestos de responsabilidad en diversas instituciones financieras y organismos de promoción económica. Es un reconocido experto en la Nueva Ruta de la Seda y en el impacto de la política macroeconómica china en Europa. Además de su labor consultiva, destaca por su faceta como conferenciante y colaborador habitual en medios especializados en economía. Su experiencia técnica lo convierte en una voz autorizada para interpretar los desafíos del mercado globalizado actual. @PedroBarraganC

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