Por Alberto Pinzón Sánchez*
Sesenta años después, de la emboscada contrainsurgente de exterminio en la que cayó el sacerdote Camilo Torres Restrepo, sociólogo, profesor universitario, fundador de la facultad de Sociología de la Universidad Nacional donde ejercía su Capellanía y uno de los fundadores de la Teología de la Liberación; celada tendida el 15 de febrero de 1966, en la vereda “Patio Cemento” de San Vicente de Chucurí por general Álvaro Valencia Tovar, comandante de la V brigada de Bucaramanga.
El gobierno colombiano anuncia la entrega al sacerdote jesuita Javier Giraldo, su infatigable buscador, de los restos óseos (parece que por la prisa del secuestro de su cadáver no pudieron incinerarlo o cremarlo para convertirlo en polvo irrecuperable e inidentificable), junto con las demás reliquias físicas que fueron encontradas después de una laboriosa pesquisa de la Unidad de Búsqueda de personas “dadas” por desaparecidas, en el panteón militar de Bucaramanga identificadas en una caja de madera como “Cuerpo 1”. (Parece que tampoco el enterrador y secuestrador de su cadáver NO se atrevió a dar la orden militar de ponerle el oprobioso NN con el que se han enterrado más de 100.000 desaparecidos por el Estado durante el tradicional conflicto social y armado de Colombia).
Como bien lo dice la canción compuesta por el militante uruguayo Daniel Vigglieti e inmortalizada por el militante chileno Víctor Jara antes de ser el fusilado por Pinochet: “Donde cayó Camilo/ Nació una cruz/ pero no de madera/ Sino de Luz” …. y a pesar de que …” Lo llamaron bandido como a Jesús…Camilo muere para vivir”. Es decir, su recuerdo vivo en la memoria colectiva del Pueblo trabajador colombiano es Uno, e Imborrable:
Es una víctima de la contrainsurgencia militarista colombiana aupada por el Pentágono estadounidense, a quien que no se le debió dar muerte de manera tan desproporcionada y desmesurada, máxime cuando el comandante de la emboscada, “quien se decía su amigo”, sabía perfectamente de la inexperiencia militar del sacerdote.
No hay duda o siquiera discusión sobre la biografía transparente de la víctima.
En cambio, la biografía del victimario si ofrece dos caras como las muchas medallas que le pusieron en la pechera de su uniforme militar: Una la versión oficial heroica en forma de panegírico. Y otra, la versión real que permanece en la memoria popular colectiva.
A raíz de la muerte del anciano general Valecia Tovar ocurrida el 06. 06. 2026, el importante diario conservador de Medellín publicó, al otro día, el siguiente obituario:
LA VIDA EJEMPLAR DEL GENERAL ÁLVARO VALENCIA TOVAR
“Cuando ciertos analistas persistían en diferenciar a los grandes militares entre generales troperos y generales de academia, había un alto oficial en Colombia que les ofrecía una de las más notables excepciones a esta separación teórica, por cuanto personificaba las mejores virtudes de una y otra «escuela»: el general Álvaro Valencia Tovar, fallecido ayer a los 94 años.
Llegó a ser comandante del Ejército Nacional. Fue joven oficial en la guerra de Corea, y en el campo de batalla aquí, dio varios de los más formidables golpes contra la guerrilla a la que sobrevivió luego de un atentado. En su retiro participó en política y, sobre todo, escribió con depurado estilo e ideas lúcidas. Fue columnista de El Colombiano. Le harán falta al país sus reflexiones”. https://www.elcolombiano.com/historico/la_vida_ejemplar_del_general_alvaro_valencia_tovar-CGEC_301641
La hagiografía “oficial”, condensada, de su larga trayectoria contrainsurgente puede ser esta:
“Álvaro Valencia Tovar, se graduó de subteniente de Infantería en la Escuela Militar de Cadetes, Bogotá (1942). Capitán y jefe de operaciones del Batallón Colombia en la guerra de Corea entre junio de 1951 y julio de 1953. Mayor en el Estado Mayor de la Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas, Egipto en 1956. Comandante de los batallones Colombia y Ayacucho. Comandante de la Escuela de Infantería. Jefe de Operaciones en el Estado Mayor del Ejército. En 1966 fue comandante de la V Brigada (Santanderes). Comandante del Ejército Nacional (1974-1975). Jefe de la Delegación de Colombia ante la Junta Interamericana de Defensa en Washington. Director de las escuelas militares de Cadetes y Superior de Guerra de Colombia. Ha publicado: Colombia en la guerra de Corea; Armas e historia; General José María Córdova; El final de Camilo; El ser guerrero del Libertador; Corea, resurgimiento de las cenizas; Engancha tu carreta a una estrella (cuento). Director académico y colaborador de Historia de las Fuerzas Militares y Conflicto Amazónico 1932-1934. Fue colaborador de la Nueva historia de Colombia. Ha publicado también Inseguridad y violencia en Colombia, Uisheda (novela) y Testimonio de una época. Dirigió la revista Arco entre 1984 y 1988, y columnista permanente de El Tiempo y Colprensa.”
Pero…. su biografía “real”, es un poco más enjundiosa, y se inicia a partir de su desempeño como capitán del famoso batallón Colombia en Corea, con sus innumerables «soldados-víctimas», que a la fecha no se sabe cuántos murieron o regresaron convertidos en ceniza o lisiados de por vida o desaparecieron para siempre.
El mismo “heroico” batallón Colombia que, tras haber aprendido a matar comunistas chinos, coreanos y soviéticos en el paralelo 38 de Corea, regresó a Colombia sin pena ni gloria para masacrar a sangre fría, el 8 y 9 de junio de 1954, una manifestación estudiantil que protestaba contra el dictador militar general Rojas Pinilla, viejo amigo y protector del capitán Valencia Tovar (ver foto), acribillando 9 estudiantes calificados como “enemigos internos del Estado”.

Foto: En Corea: el capitán Valencia Tovar y el Tte general Rojas Pinilla visitan soldados del Batallón Colombina heridos.
Con estas experiencias, poco después, en 1961-63, el capitán Valencia Tovar, participó activamente en la destrucción de los primeros núcleos revolucionarios de lucha armada de resistencia colombiana, MOEC, FUAR, con la muerte de Antonio Larrota en el Cauca, Federico Arango en Puerto Boyacá y la captura del médico Tulio Bayer en las sabanas del Vichada. Así, el capitán Valencia Tovar, se convierte en la práctica en un experto especialista en guerra psicológica y en guerra total, es decir en guerra de todo el Estado contra el “enemigo interno”.
En 1964, formó parte del núcleo teórico-militar que elaboró junto con estrategas norteamericanos en la embajada de los EEUU en Bogotá, el famoso Plan Lasso (latin american security operation) para atacar “las repúblicas comunistas independientes de Marquetalia, Riochiquito, Guayabero y Villarica” en la cordillera oriental de Colombia, en donde tuvo una destacada participación «indirecta» en las operaciones militares y en las acciones paralelas de “inteligencia” para dar de baja a los comandantes guerrilleros Ciro Trujillo y, Prías Alape.
Después, el 15 febrero de 1966, participó directamente en la típica emboscada de exterminio que personalmente tiende al inexperto sacerdote Camilo Torres Restrepo, en patio cemento Chucurí, para luego secuestrar su cadáver llevándose el secreto a la tumba, e inaugurando así en Colombia otra modalidad degradada de la guerra contrainsurgente: el secuestró de cadáveres.
El 8 de octubre de 1971, fue herido en un atentado perpetrado por guerrilleros del ELN al frente del Ministerio de Defensa en Bogotá, en la calle 100 con carrera 15. Dos tiros; uno a unos milímetros del corazón y otra cerca a la médula espinal, razón por la cual debió permanecer en cama varios meses en el hospital militar.
Después de su recuperación, en 1972- 73, ya como comandante de la V brigada militar de Bucaramanga, como venganza al atentado perpetrado, dirigió el gran cerco contrainsurgente y de aniquilamiento contra el ELN, llamado “operación Anorí”, por el cual, como condecoración, el Estado oligárquico colombiano lo designó en 1974 comandante en jefe del Ejército Nacional de Colombia. Cargo en el que por su ambición de Poder duró poco, pues fue destituido el 8 de agosto de 1975, por participar en un intento de golpe de Estado contra el entonces presidente liberal Alfonso López Michelsen.
En 1978, el general fundó el movimiento político “Movimiento de Renovación Nacional” y se presentó como candidato a la presidencia de Colombia, obteniendo el clamoroso apoyo de 65. 961 votos, frente a los 2´503 681 votos que obtuvo el ganador el “intelectual liberal” Julio Cesar Turbay Ayala.
En aquella fecha las contradicciones en el seno de la oligarquía militarista colombiana eran otras distintas a la grotesca polarización entre Santos y Uribe Vélez, vistas durante los 20 años del llamado Uribato, en las dos primeras décadas de este siglo XXI.
Pero su carrera contrainsurgente y anticomunista no termina ahí, sigue su marcha triunfante: Continuó participando como militar “asesor” para el gobierno colombiano en el conflicto social y armado colombiano, dando cátedra anticomunista en la Universidad Militar, y a través de libros de autoelogio, fundamentalmente, de sus muy influyentes editoriales semanales en el diario de la familia Santos, El Tiempo, de quienes era muy allegado.
Tampoco sus jefes militares de los EEUU lo abandonan. Premiaron sus invaluables servicios contrainsurgentes y anticomunistas de la guerra fría, llevándolo como “militar diplomático” a la Junta Interamericana de Defensa en Washington, para que diera cátedra y asesorara en estas dos materias, los ejércitos de los países latinoamericanos miembros de la OEA. El militarismo colombiano, que logró introducir profundamente en la mente de los colombianos la idea de que los militares anticomunistas que forman sus fuerzas militares son unos “héroes”; con la muerte del anciano general, sin duda, perdió un gran mascarón de proa.
La luz, de la canción; que arrojan los restos del “padre Camilo” como lo llamábamos los estudiantes de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, ha dejado claro quién fue su victimario y las razones que tuvo para victimizarlo, secuestrar su cadáver durante 60 años y convertirlo en víctima del terror de Estado.
Hacer más panegíricos hipócritas sobre los méritos militares e intelectuales del gran general de todos los generales habidos en Colombia, y publicarlos en todos los medios de comunicación de que dispone el Régimen; YA, no cambiará la historia que sigue su curso irremediable. Este es el sentido de este pequeño escrito.
Fuente imágenes: Internet. Tele Santander
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*Alberto Pinzón Sánchez. es un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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