¿Y cómo andamos por casa?

Mauricio Vargas *

74 mil víctimas. Cien millones de dólares desaparecidos. Confesiones grabadas y pruebas irrefutables. Todo impune. Ninguna anomalía. Un modelo que se replica.

Trescientos sesenta y seis días…

14 de febrero de 2025. Día de San Valentín. Mientras millones de personas en América Latina y el resto del mundo intercambiaban mensajes de amor, promesas de afecto, flores digitales y palabras tiernas, Javier Milei eligió justo ese día para enviar un mensaje completamente distinto.

No fue una declaración de amor a su pueblo. Fue una invitación a la ruina.

A las 9:20 de la mañana, con la frialdad de quien sabe exactamente lo que está haciendo, publicó en su cuenta de Twitter: “La Argentina liberal crece. Este proyecto privado se dedicará a incentivar el crecimiento de la economía argentina, fondeando pequeñas empresas y emprendimientos argentinos. El mundo quiere invertir en Argentina”.

Adjuntó un enlace y un contrato alfanumérico -una serie de códigos que permitían comprar tokens de una criptomoneda llamada Libra. Ese contrato no estaba disponible públicamente. Se lo habían enviado en privado. Para que él, específicamente él, lo difundiera ante millones de seguidores que confiaban en cada palabra del presidente de la Nación.

El tweet apareció exactamente tres minutos después de que la moneda fuera creada oficialmente. Tres minutos. No fue casualidad. No fue espontaneidad. Fue coordinación milimétrica.

En cuestión de horas, el precio de Libra se disparó desde casi cero, hasta más de cinco dólares. La capitalización de mercado alcanzó 4.500 millones de dólares.

Miles de argentinos -y también chilenos, uruguayos, colombianos, mexicanos que seguían al presidente liberal- invirtieron sus ahorros confiando en que si el presidente de un país respaldaba algo, debía ser legítimo.

Compraron a precios inflados algo que no valía absolutamente nada. Y cuando el precio alcanzó su pico máximo, los creadores de la moneda -que controlaban el ochenta y cuatro por ciento de los tokens- vendieron todo.

En cuarenta minutos el precio colapsó setenta por ciento. Para el final del día había caído noventa por ciento. Cien millones de dólares desaparecieron de los bolsillos de aproximadamente 74.000 personas y reaparecieron en cuentas bancarias de los operadores. Con el presidente de Argentina como promotor principal.

Hace exactamente un año de eso. Trescientos sesenta y seis días. Y en este preciso momento, mientras usted lee, Javier Milei sigue siendo presidente.

Los estafadores siguen libres. Los cien millones de dólares siguen desaparecidos. Las víctimas siguen sin respuestas.

Y la causa judicial duerme en el escritorio del juez Ariel Lijo -el mismo magistrado con múltiples acusaciones de corrupción que Milei intentó colocar en la Corte Suprema. No hay indagatoria. No hay testigos citados. No hay urgencia.

El expediente engorda con papeles pero no se mueve. Es el limbo perfecto: existe para que nadie pueda decir que no existe, pero no avanza para que nunca llegue a alguna parte.

Por eso, esto no es una historia sobre una estafa que ocurrió y terminó. Es una historia sobre trescientos sesenta y seis días de impunidad en tiempo real. Sobre un crimen que se ejecutó a plena luz del día, que quedó documentado en cada detalle posible, que tiene confesiones grabadas, contratos oficiales, testimonios internacionales, víctimas con nombre y apellido, y que sin embargo, simplemente desapareció del debate público como si nunca hubiera ocurrido.

Porque mientras la estafa quedaba impune, Milei siguió gobernando. Siguió destruyendo instituciones. Siguió precarizando vidas. Siguió transformando Argentina en un laboratorio de crueldad económica in situ.

Y nadie -o casi nadie- le volvió a preguntar por esa mañana del 14 de febrero cuando eligió la estafa en lugar del amor.

La operación no fue improvisada, como quisieron hacer creer. Detrás del tweet presidencial había meses de preparación meticulosa. El rostro visible internacional era Hayden Mark Davis, un joven empresario estadounidense de veintiocho años, CEO de Kelsier Ventures, una compañía registrada en Delaware.

Davis no era un desconocido que envió un mensaje y convenció al presidente por Twitter. Davis tenía un contrato oficial de consultoría con el gobierno argentino. Un documento cuyo facsímil el diario Clarín publicó meses después; y que nadie jamás ha desmentido.

Un contrato supuestamente “sin pago” -lo cual ya debería haber encendido todas las alarmas porque, como reza el viejo adagio, no existe el almuerzo gratis.

Davis visitó Casa Rosada repetidamente. Aunque la primera reunión documentada fue el 30 de enero de 2025, apenas dos semanas antes del lanzamiento de Libra. Se fotografió con Milei en el despacho presidencial. El presidente publicó esa selfie en sus redes con un mensaje elogioso sobre las “aplicaciones de blockchain e inteligencia artificial en el país”.

Davis y Milei…

Lo que Milei no mencionó es que cuarenta y dos minutos después de publicar esa foto, Davis realizó una transferencia de 507.500 dólares hacia una billetera desconocida. El 13 de febrero -un día antes del lanzamiento- Davis transfirió 1.275.000 dólares adicionales. Todo quedó registrado en la blockchain. Todo es rastreable. Todo está ahí para quien quiera verlo.

Pero nadie miró. O mejor dicho: quienes tenían el deber de mirar, decidieron cerrar los ojos, o mirar a otro lado. Davis no operaba solo. Tenía acceso directo a Karina Milei, la hermana del presidente, secretaria general de la Presidencia, quien funciona como la verdadera jefa de gabinete en las sombras.

Karina Milei…

El propio Milei ha explicado públicamente el rol de Karina con una franqueza que ahora resultacasi obscena: “Trabaja de filtro para que no me traigan cosas que me fastidian. Y lo más importante: mi hermana me marca los límites morales.” “Vos muchas veces vas por el camino y te traen ofertas, propuestas, y la mente es muy perversa y te hacés trampa a vos mismo. Ella me marca el límite moral cuando estoy caminando fuera del sendero”.

Si Karina era el filtro moral que protegía al presidente de justificar lo injustificable, entonces ese filtro avaló conscientemente la estafa. Porque las reuniones están documentadas. Hayden Davis, Mauricio Novelli -el operador argentino, Jeremías Wolsch, Gideon Davis -hermano menor de Hayden- y Manuel Terrones Godoy se reunieron repetidamente con Karina en Casa Rosada. Hay fotografías. Hay registros oficiales. Hay constancia en las agendas.

Trece reuniones documentadas sólo con Novelli. Trece. Todos pasaron primero por Karina. Y después de pasar ese supuesto control ético, llegaron a Milei. Y entonces ejecutaron la estafa.

El hermano menor, Gideon Davis, grabó un video que intentaron borrar de internet cuando todo explotó -pero que como todo en la era digital quedó archivado para siempre- donde explicó con ¿ingenuidad? criminal cómo funcionó todo:

“¿Cómo conseguiste reunión con el presidente de Argentina?”, le preguntan. “Por mi hermano. Tenemos un socio ahí en Argentina que tiene buena relación con el presidente. Todo funcionó. Creo que es el primer LOI -Carta de Intención- y tiene el sello y la firma de Javier Milei. Haremos un evento con él en dos semanas”.

Firmaron un contrato oficial con el presidente de Argentina. Organizaron el “Tech Forum” como pantalla de legitimidad. Y ejecutaron el fraude con respaldo del Estado. Porque aunque Milei posteriormente haya dicho que lo hizo en forma personal, desde su post en X, eso es absurdo. Menos para quienes siguen fanáticamente, al libertario.

Cuando todo colapsó, Hayden Davis en lugar de desaparecer, grabó un video público confesando su relación con Milei. “Obviamente soy asesor de Javier Milei. Estoy trabajando con él y su equipo en tokenización y cosas realmente geniales en Argentina y lo apoyo absolutamente”.

Cuando le preguntaron por qué Milei negaba conocerlo, Davis respondió con frustración contenida: “Es estúpido decir que no me conoce porque literalmente publicó una foto conmigo”. Y luego explicó que le habían prometido un segundo tweet presidencial para “arreglar” la situación cuando el escándalo escaló: “Me instruyeron: no vuelvas a inyectar nada hasta el segundo video de Milei”.

Ese segundo video nunca llegó. Milei simplemente borró el primer tweet. Milei, que mantiene publicados hasta insultos a niños con autismo- convenientemente lo borró y declaró que lo habían “engañado”. Pero ya dije que nada en Internet desaparece.

Lo aún más devastador, vino después. Se conocieron mensajes privados filtrados y publicados por el portal especializado Coindesk, donde Hayden Davis se jactó ante su interlocutor de tener control total sobre el presidente argentino: “Le mando dinero a su hermana y él firma lo que yo diga y hace lo que yo quiera”.

Karina Milei. La secretaria general. La guardiana moral. La que supuestamente marca los límites éticos. Karina la coimera. La del 3%. Luego, en una entrevista grabada con el investigador Coffeezilla, cuando le preguntaron de quién era el dinero atrapado en las billeteras digitales -esos cien millones de dólares desaparecidos-, Davis respondió con una frase que debería haber terminado con la presidencia de Milei esa misma tarde: “Tengo 100 millones de dólares. Estás tratando con el presidente de un país y definitivamente no es el dinero del país”. Pausa. Como si recién entonces se diera cuenta de lo qu estaba diciendo, pero ya era tarde y debió terminar la frase: “Era el dinero del presidente”.

Era el dinero del presidente. No el dinero de los estafadores. No el dinero de las víctimas. No el dinero del supuesto proyecto de financiamiento de emprendedores. El dinero del presidente.

Y esa confesión quedó grabada, publicada, subtitulada, compartida miles de veces. Y no pasó nada. Absolutamente nada.

El socio local de toda la operación era Mauricio Novelli, que no era un extraño para Milei. Era su socio comercial de años. Dueño de NW Professional Traders -una empresa de supuesta “educación financiera” en criptomonedas- Novelli tenía a Milei como figura estelar desde mucho antes de la presidencia.

El entonces diputado daba clases en la empresa. Promocionaba sus cursos. Aparecía en publicidades con su rostro en el centro como gran aval. Y cobraba por eso.

Cuando el periodista Ernesto Tenenbaum le preguntó a Milei por una estafa anterior llamada CoinX -que funcionó con el mismo esquema: Milei promociona, el precio sube, los creadores venden, las víctimas pierden- si cobraba por sus asesorías u opiniones… el presidente respondió con un cinismo que ahora resulta angustiante: “Mis opiniones las cobro. Obvio. Claro que cobro mis opiniones”.

Cuando Tenenbaum insistió preguntando si al menos pediría disculpas a los estafados, Milei lo cortó con desdén: “Pará, pará.. No, porque no fueron estafados. Cundo tu pierdes en el casino, no eres estafado”.

Sí lo fueron. Y él lo sabía. Pero nunca pidió perdón. Porque en su lógica retorcida, cobrar por promocionar estafas usando el cargo público es simplemente “hacer negocios”.

En una entrevista previa a las elecciones presidenciales, Novelli había aclarado lo qué pasaría si Milei llegaba a la presidencia: “Tenemos un arreglo privado que nos funciona a ambos. Siendo presidente, obviamente eso escalaría”. Y escaló. Claro que escaló. Hasta el 14 de febrero del año siguiente.

Los tres operadores argentinos -Novelli, Wolsch y Terrones Godoy- fueron invitados VIP a la ceremonia de asunción presidencial en el Teatro Colón. Un evento exclusivo, selectísimo. Ellos estaban ahí. En primera fila. Celebrando. Porque sabían exactamente lo que vendría.

Los testimonios que confirmaban el sistema de coimas alrededor del poder presidencial empezaron a multiplicarse. Charles Hoskinson, creador de la criptomoneda Cardano y figura respetada globalmente, contó públicamente que le ofrecieron acceso al gobierno de Milei; para desarrollar proyectos de tokenización: “Encontramos muchas personas que dicen: danos un poquito de plata y podemos darte una reunión. Pueden suceder cosas mágicas”.

Hoskinson rechazó esas ofertas, porque en ese entonces violaría la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero de Estados Unidos que penaliza a empresas estadounidenses que sobornan funcionarios extranjeros. (Hoy con Trump esa restricción legal ya fue derogada). Les dijimos: “No podemos hacer eso. Y dejaron de hablar con nosotros”. Hoskinson no hizo el negocio. Pero el negocio se hizo igual. Con otros. Con quienes sí pagaron.

En ese tiempo de los rumores de coimas crecientes, quizás valga la pena recordar a Cristina Pérez. No es una periodista cualquiera. No es alguien “cercana al gobierno”. Cristina Pérez era -y es- la pareja de Luis Petri, quien en ese momento era el ministro de Defensa de Milei. Estaba en el corazón absoluto del poder.

Y en su programa de televisión, en vivo, con las cámaras encendidas, dijo: “Hay gente que por lo bajo dice que sí hay un círculo de entorno que ofrece o pide plata a cambio de acercar empresarios al presidente. Eso es muy grave. Por lo menos tres fuentes me hablaron de situaciones de este tipo con un entorno que ofrece esto”.

Desde adentro del poder. Confirmando que el círculo presidencial vendía el acceso. Cobraba por reuniones. Prometía favores a cambio de dinero. Lo dijo con todas las letras. En televisión. Y una vez más, pasó nada. El tema murió en el aire como si nunca hubiera sido pronunciado.

Es lo que han sido estos trescientos sesenta y seis días: una lección sobre cómo el poder construye su propia impunidad. No con acciones espectaculares. No con golpes ni censura visible. Sino con algo mucho más efectivo: el silencio organizado.

La decisión colectiva de mirar para otro lado. La complicidad disfrazada de pragmatismo. Porque mientras el caso Libra se evaporaba de los medios, mientras la justicia archivaba el expediente, mientras los fiscales no llamaban a indagatoria, mientras los legisladores no interpelaban, Milei seguía gobernando…

Y no sólo gobernando: destruyendo.

Durante estos trescientos sesenta y seis días, mientras la estafa quedaba impune, Milei desmanteló derechos laborales conquistados durante un siglo. La semana pasada el Congreso argentino aprobó una reforma laboral que devuelve al país al siglo XIX: eliminación de indemnizaciones, precarización total del empleo, destrucción de la negociación colectiva. Trabajadores que pueden ser despedidos sin causa y sin compensación. Jornadas extendidas sin límites claros. La vuelta al trabajo como pura supervivencia sin dignidad. Y lo hizo mientras en su escritorio dormía el expediente que lo incrimina como estafador confeso.

Durante estos trescientos sesenta y seis días, la pobreza en Argentina escaló hasta niveles obscenos. Más del cincuenta por ciento de la población vive por debajo de la línea de pobreza. La indigencia supera el veinte por ciento. Hay familias que comen una vez al día. Hay niños que van a la escuela sólo porque ahí reciben la única comida del día. Hay jubilados que tienen que elegir entre comprar medicamentos o comer.

Y todo eso ocurre mientras el hombre que los gobierna sigue sin responder por los cien millones de dólares que desaparecieron con su respaldo.

Durante estos trescientos sesenta y seis días, Milei destruyó instituciones con una saña que parece metódica. Cortó presupuestos. Despidió miles de empleados públicos. Desmanteló organismos de control. Privatizó empresas estratégicas a precio de remate. Entregó recursos naturales a corporaciones extranjeras. Y en el último acuerdo de comercio firmado con el trumpismo, hay 113 obligaciones directas para Argentina y sólo 02, para Estados Unidos.

Se convirtió en la mascota de Bessent y su jefe D Trump. Y lo hizo con el aplauso de sectores de poder económico que celebran cada demolición como si fuera un logro civilizatorio.

Mientras tanto, el caso Libra no aparece en las portadas. No genera coberturas especiales. No provoca interpelaciones parlamentarias. No moviliza a la sociedad civil. Es como si nunca hubiera ocurrido.

Todavía más grave: durante estos trescientos sesenta y seis días, la impunidad de Milei se normalizó. Se convirtió en parte del paisaje. En algo con lo que hay que convivir. Porque cuando un crimen es tan evidente, tan descarado, tan documentado, y sin embargo no genera consecuencias, el mensaje que se instala en la sociedad es letal: no hay límites. El poder puede hacer lo que quiera. La ley no se aplica a todos por igual.

Las instituciones no funcionan. La justicia es selectiva. Y la República, fundada en esa idea esencial de que todas y todos somos iguales ante la ley, es apenas una ficción que usamos para dormir en paz.

Pero hay algo aún peor que la impunidad del poderoso. Y es el silencio de quienes tienen el poder de romperla y eligen no hacerlo.

Los jueces que no investigan. Los fiscales que no acusan. Los legisladores que no interpelan. Los periodistas que no presionan. Los intelectuales que no denuncian. La ciudadanía que no se moviliza. Cada uno de esos silencios es una decisión. Y la suma de esas decisiones construye un sistema donde el crimen no sólo queda impune: ni siquiera se nombra.

Los grandes medios de comunicación argentinos -con escasas excepciones- decidieron que el caso Libra no merecía el mismo tratamiento que otras causas judiciales. Los mismos medios que dedicaron años de cobertura obsesiva a investigar a dirigentes opositores a sus ideologías, con pruebas infinitamente menores; eligieron que una estafa presidencial documentada en vivo no ameritaba seguimiento.

No porque faltara información. La información está toda disponible. Está en internet. Está en videos. Está en documentos oficiales. Está en testimonios públicos. Cualquier periodista con algunas horas libres puede reconstruir el caso completo. (Yo mismo lo hice para revisar, documentar y chequear lo que escribo ahora).

Pero reconstruirlo implica incomodar al poder. Y la mayoría de los medios hegemónicos decidieron que Milei, a pesar de todo, debe ser protegido. Porque ataca a los enemigos que ellos querían atacar. Porque implementa las políticas que ellos promovieron durante décadas. Porque una estafa presidencial es un precio aceptable si el resto de la agenda se cumple.

La justicia argentina, se convirtió en cómplice activa de la impunidad.

El caso está en manos del juez Ariel Lijo. El mismo Lijo que tiene múltiples denuncias por presunto encubrimiento de delitos. El mismo Lijo que Milei intentó colocar en la Corte Suprema en una maniobra tan burda que hasta sus propios aliados dudaron.

El mismo Lijo que ahora tiene en sus manos la investigación sobre la estafa presidencial. Y con elque el expediente no se mueve. No hay urgencia. No hay convocatorias. No hay secuestro de pruebas digitales. No hay pedidos de cooperación internacional para rastrear los fondos. Nada. El expediente existe para tranquilizar conciencias pero no avanza y no avanzará; porque se trata de que llegue a ninguna parte.

Esto no es incompetencia. Es diseño. Es el sistema funcionando como está diseñado para funcionar: protegiendo al poder del escrutinio, blindando al presidente de las consecuencias, convirtiendo la justicia en un mecanismo de legitimación en lugar de un instrumento de control.

Y lo más aterrador es que funciona. Porque mientras usted lee esto, mientras yo escribo esto, mientras sabemos con certeza absoluta que el presidente de Argentina ejecutó una estafa documentada en cada detalle posible, nada está pasando.

El mundo sigue girando. Milei sigue gobernando. Los estafadores siguen libres. Y la República argentina sigue muriendo en silencio.

Porque eso es lo que estos trescientos sesenta y seis días han demostrado: que hoy las democracias no mueren con golpes de Estado ni tanques en las calles. Mueren con decisiones pequeñas y cotidianas.

Mueren cuando los jueces archivan casos que deberían perseguir. Mueren cuando los periodistas callan verdades que deberían gritar. Mueren cuando las y los ciudadanos aceptan como normal lo que es intolerable. Mueren día tras día, con cada injusticia que no se castiga, con cada crimen que queda impune, con cada verdad que se borra de la memoria colectiva.

Y lo que debería aterrar a cualquier ciudadano de América Latina no es solo lo que pasó en Argentina. Es lo que puede pasar en cualquier lugar.

En Chile, donde en marzo podría asumir José Antonio Kast quien afirma “admirar a Milei” … Aun conociendo de la estafa Libra. Y que ha anunciado implementar una agenda similar, cuando asuma.

En Uruguay, donde las fuerzas de derecha radical ganan espacio. En Colombia, en México, en Brasil. O en España, donde ayer mismo, Abascal ha dicho que si ganan las elecciones pretenden copiar el modelo de destrucción del Estado tal como lo hacen Trump y Milei.

Porque el modelo Milei no es una anomalía argentina. Es un experimento que se está probando en tiempo real: hasta dónde puede llegar un líder autoritario con discurso libertario. Hasta qué punto puede destruir instituciones, ejecutar estafas, precarizar vidas, enriquecerse en el cargo, y salir impune.

La respuesta que Argentina está dando -después de trescientos sesenta y seis días- es aterradora: puede llegar muy lejos. Puede hacer casi cualquier cosa. Porque el sistema está diseñado para protegerlo. Porque los medios están dispuestos a mirar para otro lado. Porque la justicia puede ser domesticada. Porque la sociedad puede ser anestesiada. Y mientras todo eso ocurre, las víctimas de Libra siguen esperando.

Setenta y cuatro mil personas que confiaron en la palabra del presidente de su país. Que invirtieron sus ahorros porque creyeron que, si el mandatario respaldaba algo; debía ser legítimo.Familias que perdieron el dinero para la universidad de sus hijos. Jubilados que perdieron el colchón para la vejez. Trabajadores que perdieron el fondo para el emprendimiento que soñaban. Todas y todos estafados con el aval presidencial.

Y nadie ha recibido una disculpa. Ninguna ha recuperado su dinero. Ninguno ha visto justicia. Son las víctimas olvidadas de un crimen que la sociedad decidió olvidar porque recordarlo es demasiado incómodo.

Hoy, 14 de febrero de 2026, se cumplen exactamente trescientos sesenta y seis días de aquella mañana cuando Milei eligió la estafa en lugar del amor. Y la pregunta que deberíamos hacernos no es qué hizo Milei. Eso ya lo sabemos. Está documentado. Está probado. Está confesado por sus propios cómplices.

La pregunta que deberíamos hacernos es qué hemos hecho, en nuestros propios países, en situaciones similares; como el Caso Hermosilla, como los desfalcos en municipios, como las coimas en el caso de la “muñeca “bielorrusa, como las estafas de la “robotina, o la reginatto”.

Qué hicieron los jueces que tienen el poder de investigar y no lo usaron. Qué hicieron los fiscales que tienen el deber de acusar y no lo cumplieron. Qué hicieron los periodistas que tienen el micrófono y eligieron callar.

Qué hicieron los legisladores que tienen la facultad de interpelar y no la ejercieron. Qué hicieron las y los ciudadanos que tienen derecho a voto y lo usaron igual en contra de sí mismos, eligiendo al peor del curso para ser presidente.

Porque la impunidad no la construye solo el poderoso. La construimos entre todas y todos. Con nuestros silencios calculados. Con nuestras cobardías disfrazadas de pragmatismo. Con nuestras complicidades justificadas como realismo político. Cada vez que un juez archiva un expediente inconveniente. Cada vez que un periodista autocensura una investigación. Cada vez que un ciudadano acepta como normal lo que es obsceno. Cada una de esas decisiones pequeñas construye el sistema que permite que un presidente estafe a su pueblo en vivo y en directo y salga impune.

Mañana será el día trescientos sesenta y siete. Y si nada cambia -y todo indica que nada cambiará- será otro día de impunidad. Otro día en que Milei gobierna como si aquella mañana del 14 de febrero nunca hubiera ocurrido. Otro día en que los cien millones de dólares siguen perdidos. Otro día en que las setenta y cuatro mil víctimas siguen sin justicia. Otro día en que la causa duerme en el escritorio de Lijo. Otro día en que los medios no presionan. Otro día en que la sociedad acepta como inevitable lo que es intolerable.

Y luego vendrá el día trescientos sesenta y ocho. Y el trescientos sesenta y nueve. Y el cuatrocientos. Y el quinientos. Y en algún momento el número dejará de importar. La memoria colectiva se habrá borrado. El caso Libra será una nota al pie en la historia. Algo que “se dijo en su momento” pero que “nunca se probó” -a pesar de estar probado hasta el cansancio. Algo que “fue un malentendido” o “una operación política” o cualquier otra mentira conveniente.

Y la impunidad habrá triunfado, no porque el crimen fuera difícil de probar. Sino porque la sociedad decidió -como ya demasiadas veces- que era más cómodo olvidar que recordar.

Pero hay cosas que no deberían olvidarse. Hay crímenes que no deberían prescribir en la memoria. Hay impunidades que no deberían aceptarse con resignación.

Y si algo debe quedar claro en este aniversario sombrío es que lo que está en juego no es sólo la justicia para setenta y cuatro mil víctimas de una estafa. Lo que está en juego es la idea misma de que vivimos en sociedades de derecho. La idea de que la ley se aplica a todos por igual. La idea de que el poder tiene límites. La idea de que las instituciones sirven para algo.

La idea de que la Democracia es más que una palabra bonita en discursos vacíos.

Y si estos trescientos sesenta y seis días de impunidad se convierten en mil días, en dos mil días, en el olvido definitivo, entonces habremos cruzado un umbral del que no hay retorno. Habremos aceptado que el poder puede hacer lo que quiera. Que la justicia es opcional. Que las instituciones son decorativas. Que la República está muerta y sólo estamos asistiendo a su representación de que sigue viva.

Ese es el verdadero horror de estos trescientos sesenta y seis días.

No es solo que Milei salió impune. Es que todas y todos aprendimos que puede hacerlo. Es que todas y todos vimos cómo se hace. Es que entendimos que el sistema permite que se haga. Y esa lección, esa normalización de lo intolerable, es infinitamente más peligrosa que la estafa misma.

Porque cuando una sociedad acepta que su presidente puede estafar en vivo y salir impune, ya no hay límite para lo que vendrá después. Y lo que viene después, en Argentina y en cualquier país de la región que siga ese camino, es la demolición completa de todo lo que alguna vez construimos como civilización democrática.

Hoy, 14 de febrero de 2026, mientras algunas y muchos celebran el amor, siento que corresponde recordar que hace justo un año, el presidente de Argentina celebraba otra cosa: la estafa perfecta.

Aquella que se ejecuta a plena luz, se documenta en tiempo real, se confiesa sin pudor, y aun así permanece impune.

Y que durante trescientos sesenta y seis días, todos -jueces, fiscales, periodistas, ciudadanas, ciudadanos- eligieron permitir que esa celebración quedara impune.

Porque al parecer, simplemente ya no hay justicia. Solo hay poder. Y el poder, cuando es absoluto, no necesita rendir cuentas.

Ni siquiera el Día de los Enamorados.

Y el reloj… sigue corriendo.

POLITIKA

BLOG DEL AUTOR: Mauricio Vargas
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