Por Alberto Pinzón Sánchez*

De un día para otro, llegaron al Pueblo, varios desconocidos que vestían ropa de civil pero bastante uniforme: una camisa de manga corta a cuadros, un bluyín un poco gastado a la altura de la rodilla y unos botines negros de cuero duro llamados “guayos”. De rasgos casi idénticos, tenían la piel curtida por el sol y el viento, y no usaban gorra ni sombrero sino anteojos o gafas oscuras. Llegaron en un camión pequeño que contenía un número considerable de cajas de cartón donde leía con claridad “Cuidado. Semillas Vegetales. Este lado arriba”.  

Eran de mediana edad, fornidos o un poco atléticos, con el pelo al rapé. Se alojaron en el mismo Hotel de la plaza principal y durante el día paseaban continuamente por la plaza del Pueblo, frente a la alcaldía y demás casas de la administración municipal. También patrullaban las calles aledañas en pequeños grupos, casi siempre tres, separados unos cuantos pasos, no hablaban ni entre sí ni con nadie y se limitaban a observar detenidamente y en silencio a los pobladores, sus vestimentas, las casas y las calles. Inmediatamente una ola de preocupación y miedo, se apoderó de los habitantes de la región.

A la semana siguiente, se supo a qué habían venido: Golpeaban fuerte en los portones de las casas y cuando se les abría, sin mediar palabra, entregaban un pequeño papel impreso que decía, que como la Autoridad no estaba funcionando bien, ellos habían venido a poner el orden en toda la región, recomendando demás, brindarles toda la colaboración posible o atenerse a las consecuencias. Venían de parte de “Don Ricardo”.

Ricardo Chavarría era hijo del “boticario” del Pueblo a quien popularmente llamaban “el Tegua” y junto a sus hermanos Jorge e Iván, vivían unas cuadras arriba del cuchitril esquinero llamado “Botica”, que su padre había logrado montar con unos pocos pesos conseguidos por la venta de su pequeña finca en la cordillera, durante la violencia liberal conservadora de 1950. Ricardo tenía la frente abombada, las mejillas pálidas y chupadas, y los ojos inquietos, un poco saltados y rojizos. Era bajito y la gente decía que era el vivo retrato de su padre a quien ayudaba en la venta de aspirinas, pomadas de mentol, sales digestivas o bicarbonato, preparados con hierro para la anemia, vermífugos a base de quenopodio, algunos jarabes de plantas elaborados por los indígenas de más allá del río para la “picadura de culebra”, para dormir y uno especial llamado “quererme” para hacer caer en la cama a la mujer deseada.

 Luego de algún estudio primario, Ricardo, pudo ir a estudiar mecánica de aviones, en los talleres que tenía la Fuerza Aérea en la ciudad de Cali y después, cuando volvió al Pueblo a visitar a su familia; él mismo contó que se había hecho un piloto de avioneta y ahora era experto en fumigar a vuelo rasante, esquivando los cables de la luz, cultivos extensos en el valle del río Magdalena o donde lo llamaran. Estaba a punto de comprar su propia avioneta para acondicionarla y ofrecer sus servicios.

Poco a poco, como si fuera un rompecabezas, su historia personal se fue conociendo casi en su totalidad: Fue contactado por un exportador boliviano de pasta de coca de la región de Santa Cruz de la Sierra, para que, con su pequeño avión acondicionado para vuelos largos un Turbo 1. 000, en vuelo rasante que burlara los radares, trasportara en cada vuelo tres toneladas de pasta de coca hasta los llanos orientales en Colombia, en las orillas del río Muco, en la pista de aterrizaje de la finca llamada “Furatena” del paisano de la región de Ricardo, don Víctor Carranza.

Pero desde el primer viaje, Ricardo descubrió que la pasta de coca boliviana era muy húmeda y pesada; entonces recurriendo a sus recuerdos juveniles de boticario y después de varias experiencias ayudó al ingeniero químico del laboratorio o “cristalizaderos” a descubrir un nuevo sistema para cristalizarla, hacerla más compacta, liviana y transportable.

En adelante, su fortuna creció al mismo ritmo del éxito de sus viajes. Su padre vendió la Botica y la casa de habitación en el Pueblo y la familia Chavarría salió con algunas pertenencias hacia Bogotá, donde se disolvió entre los millones de habitantes de la gran ciudad. A partir de ese momento Ricardo abandonó totalmente la aviación y sus negocios de transporte aéreo y se regresó en firme al Pueblo. Compró a poco precio una casa-quinta o finca de varios cientos de hectáreas, llamada “la Loma”, situada a un lado del carreteable a Bogotá, a unos cuantos kilómetros de distancia del pueblo, la refaccionó o reconstruyó completamente con la asistencia profesional de una firma de ingeniería de la construcción con sede en Miami USA, y allí estableció su sede y la de los hombres a su servicio. Luego trajo a sus hermanos menores Jorge e Iván.

Jorge, había hecho un curso práctico de Desarrollo Rural en la granja experimental de Palmira ciudad cercana a Cali, dentro del programa de gobierno de López Michelsen, llamado Desarrollo Rural Integrado (DRI), lanzado en 1976 como estrategia central del plan de gobierno más amplio llamado “Para cerrar la Brecha”, destinado a mejorar la productividad del campesinado “marginado” o pobre, brindándole semillas, créditos y “asistencia técnica”.

En Colombia, apenas se tenía noticias vagas de que, en la costa norte en especial en las ricas laderas de la Sierra de Santa Marta, se había entrado en una especie de “bonanza de la Marihuana” mencionada en algunos comentarios radiales de “don Juan Gossaín”, con el nombre púdico de bonanza Marimbera. Las semillas de las plantas de Coca y de Marihuana todavía eran naturales. Poco después se vino a saber que esas semillas se habían manipulado científicamente: la de la Marihuana para producir la especie de prestigio internacional rica en cannabinol y de cosecha precoz llamada la “Santa Marta Gold” y, la semilla de la coca para hacerla resistentes al hongo “Fusarium oxysporum” y a los herbicidas, usados para combatirla y “erradicarla”.

Su hermano menor Iván, acababa de concluir su servicio militar obligatorio en la quinta brigada en la capital departamental, y, contando con estos recursos familiares le encargó A Iván, por sus dotes organizativas y contactos que acababa de tener, la formación con algunos de sus antiguos compañeros reservistas, el entrenamiento y dotación completa del cuerpo de hombres armados que irían a protegerlos a ellos, y a sus negocios e inversiones.

 A Jorge, le encargó la expansión agraria: Primero, hacia la cordillera arriba del Pueblo, donde su padre tuvo la finca que debió vender, en donde impuso violentamente entre los medianos propietarios agrícolas la exigencia de eliminar sus pequeños cafetales y huertos de verduras, para la siembra de las semillas que les entregarían y enseñarían a cultivar y proteger. Jorge resultó ser un gran negociante de tierras y logró expandir su negocio de comprar-barato-a-la viuda según la vieja tradición de los años de la violencia del 50, hasta llegar a las tierras llanas de más allá del río, con el fin de transformarlas en fincas productivas. Un verdadero desarrollo rural integrado a la economía internacional:

Ganaderías extensivas tecnificadas, cultivos extensos de arroz, millo, ajonjolí, soya y demás cereales para la exportación. Criaderos de búfalos importados de Trinidad-Tobago, caballerizas de caballos árabes y de paso colombiano, y sobre todo siembra de kilómetros enteros de palma africana con toda la maquinaria para la extracción y transporte a Bogotá de tortas de aceite de palma para la exportación.

En diez años hubo quien calculó que Ricardo Chavarría tenía más de 20 mil cabezas de ganado y 120 kilómetros cuadrados sembrados en Palma aceitera africana en la ribera media del río Magdalena y en los Llanos orientales. Los negocios se hicieron desproporcionados y evidentes a los ojos de todos los habitantes del Pueblo y la casa- quinta de “la Loma” se convirtió en el centro político administrativo del pueblo. Allí llegaban invitados o no, solos o acompañados de bellas mujeres, a tomar café tinto o ron añejo, políticos, comerciantes, negociantes, cultivadores, exportadores y abogados de toda índole, el comandante del batallón del Pueblo, el de la Policía y hasta el silencioso cura párroco, fue a solicitarle a Ricardo una ayudita para la reparación del techo de la iglesia que amenazaba ruina. Fueron los años embalados de la bonanza.

Sin embargo, para 1986, la situación en el país cambió súbitamente a causa de negocios y presiones muy fuertes del gobierno estadounidense sobre el de Bogotá, volteándose totalmente la situación. Había llegado la malanza o desventura. Ricardo pretendió enfrentar las dificultades bebiendo con mucha más frecuencia de lo habitual ron añejo, mientras escuchaba como un sonsonete premonitorio la canción de moda “nadie es eterno en el mundo”.

Las visitas y reuniones en “la Loma” empezaron a hacerse más escasas, sigilosas o encubiertas, entonces Ricardo para mantener el ritmo de sus negocios en franco declive, tomó la iniciativa dando orden a sus hermanos de evitar cualquier enfrentamiento por pequeño que fuera, con los militares o la policía, centrándose en reforzar con sus hombres el control de toda la región; mientras él viajaría a Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, en donde pasaría desapercibido en casa de su amigo, en espera de que el clima de los negocios mejorase en Colombia.

Lo que a continuación siguió, tuvo un desenlace demasiado vertiginoso. Ricardo fue descubierto por las autoridades de Bolivia ayudadas por los servicios secretos de lucha contra el narcotráfico estadounidenses, y con expedientes antiguos fue detenido y encarcelado en una cárcel de Cochabamba.

Nadie volvió a saber nada más de él. Parece que fue acuchillado en una riña intencional entre reclusos. Mientras tanto Iván dominado por una codicia desconocida y una necesidad de ser el heredero de todo, con sus hombres atacó en su propia casa a su hermano Jorge dándole muerte. Unos meses después, el ejército del batallón del Pueblo dio una muerte simple a Iván y, todos los bienes de la familia Chavarría fueron incautados por el gobierno nacional invocando la reciente ley de “extinción de dominios”. Mientras tanto, en el café de Pedrito en el Pueblo, y en algunos bares de la zona de tolerancia de “puente e tabla”, aún se seguía oyendo la canción preferida de don Ricardo “nadie es eterno en el mundo”.

Fuente Imagen Internet. The Bogotá Post.  

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*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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