Por Alberto Pinzón Sánchez*

La reactivación de la nefasta y agresiva Doctrina Geoestratégica Monroe/ 1823, puesta en marcha actualmente con mayor brutalidad y cobardía en Venezuela y contra Cuba por la administración estadounidense Trump-Rubio, obliga a la intelectualidad colombiana a revalorar y reactualizar la interpretación que se tiene del inagotable pero traumático episodio histórico de la amputación del Istmo de Panamá de la república de Colombia, ocurrida en noviembre de 1903.

Episodio, que el antimperialismo tradicional ha responsabilizado con simpleza al “entreguismo” de la oligarquía liberal conservadora colombiana, representada en el espadón y gamonal-esclavista caucano Tomas Cipriano de Mosquera, quien en 1846, con el tratado Mallarino-Bidlack, abrió prematuramente la puerta a las ambiciones expansionistas del imperialismo estadounidense en nuestra patria, para que al final de la devastadora guerra civil de los mil días, cuando Colombia prácticamente agonizaba; el recordado  presidente de los EEUU Theodore Roosevelt, pudiera (como buen cazador de osos) saltar sobre la yugular del pueblo colombiano y gritar su famoso “I took Panamá”..

Una breve revisión de los conocimientos académicos, o como ahora llaman los profesores “el estado del arte”, de aquel triste episodio de la historia colombiana, muestra una mayor complejidad en su génesis y desarrollo contradictorio: que no fue otra cosa que la manifestación local de un nudo de contradicciones profundas de carácter “global”, que se  estaban dando en aquella fecha entre las potencias capitalistas más desarrolladas del Sistema Global del Imperialismo por el reparto territorial del mundo y por la posición geoestratégica vital que representaba el Istmo de Panamá para el hegemón ascendente, vale decir los EEUU, contra sus rivales Inglaterra, Francia, Alemania e incluso Italia, y que finalmente decidieron la situación a favor de los EEUU.

El erudito escritor cartagenero Eduardo Lemaitre, en su clásico, pormenorizado y voluminoso libro de 724 páginas: “Panamá y su separación de Colombia” (1) con una ingenuidad entendible o tal vez explicable (que de ningún modo demerita su gran obra) escribe en 1971, el prefacio de su libro el siguiente resumen:

(….) “Pero es indudable para el historiador de nuestros días que el Istmo de Panamá habría podido seguir integrado con Colombia solo con que Teodoro Roosevelt hubiera sido un poco más generoso y comprensivo, y su ministro en Bogotá menos imprudente; que en Panamá la clase dirigente o, como ahora se estila decir “la oligarquía dominante” hubiera sido capaz de superar resentimientos parroquiales, como algunos de ellos aisladamente lograron hacerlo, para dar paso a un política grande, en vez de entregar atropelladamente, para no decir criminalmente, los intereses de su patria chica en manos extranjeras a trueque de una autonomía más supuesta que real; y, que en Colombia el gobierno hubiera sido menos negligente e inepto, su senado menos soberbio y sus partidos políticos menos torpes. Así, por ejemplo, el estudio de la discusión y negativa del tratado del tratado Herrán Hay, convence a quienes además conozcan las circunstancias políticas que privaban en los EE UU en 1903, de que si el senado colombiano en vez de rechazar de plano este tratado y lo aprueba con modificaciones como era el original propósito de la mayoría senatorial, el Presidente Roosevelt no habría tenido piso firme donde apoyarse para lanzarse a la aventura de favorecer a los separatistas panameños, ni a los especuladores de la Compañía Francesa, y de Wall Street habrían encontrado pretexto válido para sus maquiavélicas intrigas”(……)

Sin embargo, el texto del historiador de lengua alemana Thomas Fischer, presentado como capítulo 3 del libro “Memoria de un país en guerra. Los mil días 1899 1902, compilado por Gonzalo Sánchez y Mario Aguilera en 2001” (2) en donde se muestra la relación entre la guerra de los mil días y la separación de Panamá, se puede sacar en claro que el pretexto de la negación por parte del senado colombiano del tratado Herrán-Hay el 12 de agosto de 1903 (que ha sido tomado por la historiografía colombiana como el hecho más importante de todo este episodio) y la posterior invalidación del tratado, impulsada por la mezquindad rencorosa y opositora del senador ultramontano y regenerador conservador Miguel Antonio Caro, contra el anciano y torpe Marroquín, miembro también del partido conservador, quien fungía de presidente de Colombia y aprovechado como oportunidad de negocios por el presidente Roosevelt para tomar Panamá, muestra el reparto violento de territorios periféricos entre las potencias capitalistas desarrolladas, que se estaba desarrollando.

El desmembramiento de Colombia se hizo posible, una vez el país hubo quedado en física ruina y perdido más de 100.000 hombres jóvenes a causa de la guerra de los mil y pico de días, con la cual los gamonales y espadones de las dos fracciones de la clase dominante liberales y conservadores (una vez más como en las otras 8 guerras civiles anteriores) decidían el choque de intereses depredador de quien se apoderaba del aparato Estatal, de la riqueza social producida por sus trabajadores, de sus recursos y sus negocios internacionales (3) para entregarlos a la potencia hegemónica en ascenso global, sin tener en cuenta para nada la suerte de las pobres peonadas armadas de machetes, que casi amarradas llevaban a “machetearse” y despedazarse, en lo que Alberto Lleras llamó con su peculiar elegancia clasista, el “ejercicio alegre” de las guerras civiles.

 Fuente imagen Internet.  Teodoro Roosevelt grita: I took Panamá

Notas Bibliográficas

(1)  Lemaitre Eduardo Panamá y su separación de Colombia. Biblioteca 201 Banco Popular Bogotá 1972.Página 3.

(2 ) Sánchez Gonzalo, Aguilera Mario Memoria de un país en guerra. Los mil días 1899-1902. Planeta Bogotá 2001. Capítulo 3.

(3) Guillén Martínez Fernando, El Poder Político en Colombia. Editorial Planeta. Bogotá 1996.

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*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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