Por Alberto Pinzón Sánchez*

 El viejo embrollo y confusión entre historia e imaginación en Colombia, tuvo un nuevo episodio cuando el inefable profesor de historia Malcolm Deas, como buen británico “sin querer queriendo”, dejó escurrir muy sutilmente en la revista Credencial de noviembre de 1993, como anticipo a su obra de historia colombiana “el poder de la gramática”, la idea de que el novelista de lengua inglesa Joseph Conrad, basó su novela “Nostromo” en la desgraciada, trágica y triste, pero real historia de Colombia.

Emulando la imaginación del novelista Conrad, pero con más tropicalismo aún, más pronto de lo esperado la república de Costaguana se convirtió en la república del sagrado corazón de Jesús. El puerto de Sulaco pasó a ser “el corralito de piedra” de Cartagena, a José Avellanos se le dio la “cedula de ciudadanía colombiana” del aventurero radical Santiago Pérez Triana; la mina de plata de San Tomé, se separa de Costaguana como la “malnacida” república de Panamá, el crucero gringo Manhattan es el crucero “Nashville” y, las batallas de las guerras civiles eternas de Colombia, especialmente la llamada guerra de los mil días, son el telón de fondo del problema del Imperialismo y el Colonialismo de inicios del siglo XX en Nuestramérica, planteado por el novelista inglés con su dicotomía de “civilización y progreso frente la barbarie y la anarquía”, enarbolada como consigna por todos nuestros demagogos tropicales de todas las épocas, incluso hasta hoy día.

Hasta aquí no hay problema. Quien quiera, puede ver lo que quiera y donde quiera. Puede ver la historia real que subyace como inspiración en una novela que fricciona literariamente, o imagina, un modelo típico de república bananera “latina” de comienzos del siglo XX, con todos sus personajes “tipo”, esplendorosamente descritos (a pesar de los traductores),  anticipo de todas las demás obras literarias y de ficción sobre la “tierra caliente”: Tiranos Banderas y dictadores nuestros, que posteriormente a mediados del siglo XX eclosionaron como “bum literario latinoamericano”, poniendo de moda a Nuestramérica en el Centro Imperial.

El problema surge cuando esta visión se toma por la historia real y se la reemplaza. Este es el caso de la colombianísima guerra de los mil días (1899-1902), también llamada “la guerra de los ancianos tercos”, que en la “realidad” (no en la ficción) duró 1.128 días, tuvo más de 200 batallas campales, además de dos años de combates guerrilleros, dejó más de 100.000 muertos, e incontables lisiados. Destruyó física y moralmente el país y concluyó con la separación o amputación de Panamá de Colombia:

Tres ancianos de la gerontocracia del partido conservador gobernante: el decrépito Sanclemente, el senil Marroquín, disputándose el favor del vetusto ultramontano Miguel Antonio Caro, verdadero Poder oficial de la regeneración colombiana, enfrentados militarmente al obstinado ochentón e inepto gamonal militar del radicalismo de mitad del siglo XIX, Gabriel Vargas Santos.

Un hecho histórico y militar de tamañas repercusiones en la vida de los colombianos y de sus vecinos, obviamente ha sido analizado desde muy diversos ángulos del conocimiento humano: militar, geoestratégico, político, económico, ideológico, médico, literario, etcétera, y hasta moral, en innumerables escritos. Sin embargo, la obra clásica de Jorge Villegas y José Yunis “la guerra de los mil días”, editada en Bogotá en 1.978, por su claridad, sencillez y consecuencia, sigue siendo un libro básico para quienes pretendan honestamente introducirse en la realidad de lo acontecido.

En la página 144 de este libro; en la cronología de los acontecimientos del año 1899, se lee lo siguiente: (…) “01 octubre. Buscan Petróleo en el Sinú. El teniente Burgos Rubio, celebró contrato con el empresario y geólogo W. Farkuhar, representante de una compañía inglesa, para la explotación de petróleo en los terrenos de la Casa Burgos. En octubre examinaba Farkuhar suelos en el Sinú, cuando otra gran tragedia nacional, la guerra civil, se presentó para obstaculizarlo (…)

No hay muchas más referencias en esta obra sobre la cuestión petrolera en Colombia en los años inmediatamente anteriores a la guerra. Pero es un dato orientador sobre las intensas actividades del capital internacional en la búsqueda del mineral negro (y si me permiten hacer uso de mi imaginación) esta pudiera ser la combinación trágica entre la mina de plata, el ferrocarril, guerra civil y separación de un nuevo país, que tanto impresionaron al novelista Conrad, en su novela Nostromo, y que, también han sido tomadas por otros novelistas que han pretendido corregirlo, como causas eficientes de aquella desgracia del odio sectario en Colombia.

Por ejemplo, es un hecho comprobado que en la difícil región santandereana del Catatumbo,  donde se iniciaron las actividades armadas, se conjugaban dos actividades empresariales de efectos internacionales: Una, el ferrocarril del Zulia inaugurado en 1888, de propiedad del jefe liberal radical y general de la guerra en mención don Foción Soto (a quien el presidente de Venezuela apoyaba con rifles) y  que unía la próspera ciudad de Cúcuta con el Golfo de Maracaibo y por donde se exportaba la mayoría del café del oriente santandereano a los mercados de Curazao, actividad económica rivalizada y atacada por el gamonal y general conservador en esta misma guerra, Leonardo Canal.

Otra, las actividades petroleras del también gamonal y general conservador de la misma guerra, Virgilio Barco Martínez (abuelo del liberal Virgilio Barco Vargas, presidente de Colombia entre 1986-1990), que desde 1884 venía tratando de montar en la región del Catatumbo, específicamente cerca de Cúcuta, una explotación petrolera en compañía del cónsul de Méjico en Venezuela Saúl Matheus Briceño. En 1905, tres años después de concluida la guerra, el cauchero de origen boyacense, general conservador y dictador Rafael Reyes Prieto, convertiría aquella actividad petrolera,  en la famosa “concesión Barco”; la que junto a la “concesión Mares”, una extensión de tierra de 512 000 hectáreas localizada  en el Magdalena Medio, a pocos kilómetros hacia el oriente, de donde se realizó la espantosa batalla de Palonegro, madre de todas las batallas de la guerra de los mil días referida, que fuera descrita en sus espantosos detalles por uno de sus testigos presenciales (1).  

“Concesiones petroleras” que, posteriormente, irían a dar fundamento y origen al asunto de los enclaves imperialistas petroleros en Colombia, como la “Troco” (Tropical Oil Company) filial de la Standard Oil, con sede en el puerto fluvial de Barrancabermeja.  

La llamada guerra de los mil días en Colombia, por su complejidad, no cabe duda, tuvo múltiples causas objetivas, muchas de ellas todavía inexploradas como por ejemplo las que acabo de plantear, las cuales difícilmente cabrían en su totalidad en una novela por muy genial que su autor sea como el clásico J. Conrad.

La historia como ciencia y la literatura como deleite, tienen objetivos diferentes y por lo tanto es un tropicalismo muy colombiano (por su irresponsabilidad) pretender mezclarlas o confundirlas.

Una cosa son los tres mil muertos “reales” de la masacre de las bananeras y otra, Cien años de Soledad. Una cosa es la sorprendente y maravillosa novela “Nostromo” de J. Conrad y otra la guerra civil colombiana de los mil y pico de días, con sus consecuencias socioeconómicas en Colombia, como también geoestratégicas; no solo en el istmo de Panamá amputado a Colombia, sino en el vecino Ecuador de Alfaro, la Venezuela de Cipriano Castro, la Nicaragua de Zelaya, y en los EEUU del tan recordado garrote de Theodore Roosevelt.

Nota

(1) Brisson, Jorge. Memorias militares Campaña del norte 1900. Universidad Pedagógica Tecnológica de Colombia. Capítulo V. 2011.

Fuente Imagen: Internet

♦♦♦

*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

BLOG DEL AUTOR: *Alberto Pinzón Sánchez
Siguenos en X: @PBolivariana
Telegram: @bolivarianapress
Instagram: @pbolivariana
Threads: @pbolivariana
Facebook:  @prensabolivarianainfo
Correo: pbolivariana@gmail.com |FDE82A