Por Alberto Pinzón Sánchez*
I
El camino de herradura que conduce de Vélez a Puente Nacional, tiene muchas vueltas, recodos y pendientes; barrancos orilleros de diferente altura, rastrojos, chamizos y árboles delgados, y aún conserva las zanjas, el declive de las orillas y el piso firme a pesar del abandono y el tiempo. Varias recuas de mulas de carga sudorosas, algunos jinetes de a caballo y caminantes ensombrerados apurados van y vienen: Hace días el cielo está claro sin nubes, no hace brisa y la canícula empieza a cuartear la tierra seca y a levantar un polvo rojizo al paso de los viajeros y los animales, que los envuelve en una nube difusa e irrespirable acompañada de sonidos entremezclados: voces murmuradas, toses, latigazos, insultos a los animales, choque de las herraduras y retumbos en el piso de los pasos de los animales y de los viajantes .
Fortunato, cabalga un caballo manso, fuerte y bien cuidado de color blanquecino o tordo, al que llama “el papelito”. Tiene un sombrero jipa blanco de cinta negra gruesa hecho a mano en el Socorro, una ruana delgada de lana que medio le cubre un vestido de tela blanca y aprieta sus botines de cuero negro embutidos en unos estribos de cuero sucio contra la barriga del caballo. Los aperos, las riendas, la silla de montar y las faltriqueras o bolsas que cuelgan atrás a los lados de la silla, son de badana fina y bien labradas y dan señas a quien los observe de la posición social de jinete. A sus 15 años, acaba de terminar su bachillerato en el colegio universitario de Vélez y se dirige a Bogotá al conocido claustro del Rosario regentado por Monseñor Carrasquilla, donde su familia le ha conseguido un cupo para que concluya sus estudios y se gradúe de doctor.
Comienza el año de 1915. Hace unas pocas horas ha pasado por el pueblito de Guavatá en donde se encuentra con Alipio, quien le rellena las faltriqueras con fiambres, galletas y bocadillos de guayaba para el viaje; Alipio es el viviente principal de muchos años en la hacienda familiar la Asunción, ubicada no muy lejos del caserío en una llanada en las antiguos territorios del cacique Irobá, tupida con olorosos árboles de guayabo anidados por diversas variedades de mirlos y atravesada por la quebrada llamada de la Mochila, que también abastece de agua a la casa y los establos. En un altozano no muy pronunciado está, como pegada a la tierra, la vieja casona colonial de un solo piso, paredes de adobe, tejas de barro cocido y varios aposentos; por fuera, la rodea un largo corredor de tablones con una baranda de balaústres, adornado con matas de helechos colgantes y geranios; más allá, persisten malamente algunas plantas de café de lo que otrora fuera una floreciente plantación cafetera y más distante, una mancha verde de 20 hectáreas de caña dulce. Hay varios corrales cercados con maderas, un establo para unas cuantas vacas lecheras, una pesebrera para los caballos y las mulas de silla.
Más distante, el gran cobertizo de adobe tejado de un trapiche metálico con grandes ruedas dentadas movidas en noria por un par de mulos viejos. A su lado, dos hornos con grandes pailas de cobre para cocinar el jugo extraído, con el fuego producido por la quema bagazo de la caña molida que se complementan con dos amplios mesones para extender la melaza y elaborar la panela. En la lejanía, pastan 800 reses de ceba para la pesa o matadero y un garañón de gran alzada traído de Cataluña, con 70 yeguas para la cría de muletos para la venta y mulas de carga para llevar desde la finca la panela a Vélez y el poco café cosechado a Puente Nacional: legua y media a Vélez, dos leguas y media a Puente Nacional.
Fortunato, para evitar riesgos sólo lleva unos cuantas monedas necesarias para el viaje, pero dentro del bolsillo interior cocido de su saco va una carta libranza firmada por Tito Julio, su hermano mayor, ex coronel de los ejércitos conservadores en la guerra acabada de pasar y actual cabeza de familia; está dirigida a Flavio Motta, un cuasi pariente y amigo de negocios residente en Bogotá, indicándole que a cargo de las cuentas por cobrar, le ayude en la consecución de un buen hotel, le sirva de acudiente y le suministre todo lo necesario para la continuidad de sus estudios, incluido dinero y vestidos de paño adecuados al clima de allá. Piensa llegar esa tarde donde sus tíos los Murillos en Puente Nacional, saludarlos, pernoctar y al alba del otro día, continuar el camino hacia Chiquinquirá; sin embargo, además de la ansiedad por el futuro lo acompaña una sensación de tristeza por haberse separado de su familia cercana, su madre, sus hermanas y hermanos mayores, acrecentada por las sombras sobre sobre la tierra polvorienta del camino insinuadas por las primeras sombras del ocaso.
La noche en Puente Nacional es cálida con poca brisa, pero iluminada por una luna de verano persistente; sus tíos y parientes sabedores del viaje se muestran amables, lo atienden y le dan posada sin atosigarlo con preguntas. Con los primeros cantos del gallo lo despiertan, y después de desayunar con arepas de maíz y chocolate con queso, las herraduras de su caballo blanco retumban sobre la calle empedrada que sale del pueblo y conduce al puente colonial sobre el río Saravita. El camino a Chiquinquirá que sube lentamente bordeando por la derecha el río, muy pronto se va llenando de viajeros de todas las edades y de animales; ya sopla una brisa matutina leve, fresca y ligeramente húmeda proveniente del río que le permite avanzar un poco mejor. A la caída del sol está en la posada de Eleuterio, situada cerca de la entrada del caserío de Saboyá, donde por unos centavos le dan una estera mugrienta de paja, le asignan un lugar en el zaguán de la casona de aposentos cercada y le dejan pastar el caballo toda la noche en el potrero aledaño. Tiene suerte, pues ha avanzado más de lo esperado y posiblemente si el caballo responde bien, evitará tener que pernoctar en Chiquinquirá, donde los alojamientos son caros, atiborrados de peregrinos y promeseros sucios y miserables, visitantes del santuario donde se exhibe el cuadro de la virgen, aparecida, como en Guadalupe Méjico, 4 siglos atrás.
Unos arrieros andrajosos, desdentados y descalzos que yacen a su lado, le traban conversación convidándolo a tomar chicha fermentada de maíz en una totuma que se pasan entre ellos. Temeroso, Fortunato les dice que solo va hasta el pueblo próximo y que debe madrugar con el alba, por lo que les agradece la invitación. Ellos aceptan y lo dejan en paz. Ahora el terreno es plano, las orillas del camino tienen menos barrancos y curvas, y están menos tupidas de rastrojos y árboles. El piso es fangoso y sopla un viento frío y nuboso que viene de la gran laguna de Fúquene situada más al norte. El valle verde claro brillante y tibio del río Saravita con su cielo azul despejado, ha sido reemplazado durante dos tediosas jornadas por una llanura plana y encharcada de pajonales sin muchas ondulaciones. Los hombres van embozados en sus sombreros y arropados con ruanas gruesas y las mujeres con pañolones, la mayoría descalzos y para evitar el barro caminan sobre las huellas dejadas por los animales remangándose el pantalón, o la larga enagua negra. Así, hasta encontrar la imponente y azulosa serranía en forma del Zapato que se interpone en el camino antes de llegar a Ubaté.
El ascenso de la serranía es fatigoso y lento por el viento frío y la neblina irrespirable que empiezan a agobiar al caballo. El descenso es a paso lento hasta una casona de aposentos para viajeros en las afueras de Ubaté, donde ya vale dos pesos pasar la noche a cubierto y darle al caballo un puñado de maíz triturado con agua de panela. La siguiente jornada hasta llegar a Zipaquirá es más suave y plana, aunque más concurrida por un sinnúmero de caminantes de todas las edades, jinetes, arrieros y muleros, coches, carretas, caballos, mulas y bueyes de tiro. Zipaquirá es el final del camino. Hasta allí llega el ferrocarril del norte que diariamente viene y regresa a Bogotá.
Fortunato sigue fielmente las instrucciones recibidas antes de salir de casa: vende el caballo “papelito” completamente aperado por 50 pesos, a uno de los tantos comerciantes que están en una especie de plazuela de mercado a un lado de la estación del tren, haciendo toda clase de negocios con los viajeros que vienen y van. Compra un tiquete a Bogotá y, aliviado sin cargas, sube a un vagón de sillas grasosas de madera a esperar; cierra los ojos y tiene una ensoñación:
Con los relatos de su madre, prefigura la batalla del alto del Mazamorral librada en febrero de 1902, en una loma montañosa arriba de Puente Nacional. Una de las últimas refriegas sangrientas e inútiles de la guerra de los mil días con la que los liberales creyeron infructuosamente que, con cargas suicidas de machete, podrían darle vuelta a su derrota inminente. Inútil, porque a más de los innumerables muertos que tuvieron, en un golpe de suerte de un tiro de fusil grás, un francotirador mató a su padre Isidoro, un distinguido capitán del ejército conservador de la región, dejando la familia entera en la orfandad y sus negocios en manos de Tito Jjulio su hermano mayor, un joven de apenas 18 años. Un sentimiento profundo le hace aparecer perlas de sudor en la frente y, un sacudón seguido de un chirrido infernal de hierros lo sacan del ensueño.
La locomotora, un monstruo negro resoplante nunca antes visto, que bota hacia arriba remolinos de un humo alquitranado, resinoso y negro, pita con un estruendo penetrante aún mayor. Lentamente, a empellones, inicia su viaje a Bogotá a donde llega después de cruzar varias horas por una campiña plana de pasto verde corto y cercas de árboles muy altos de troncos leñosos, casas sueltas y espaciadas, acompañadas de unas extrañas torres metálicas con aspas redondas en su parte superior. El tren se detiene en un edificio a medio construir con un letrero gigantesco que dice Estación Central de la Sabana.
Le impresionan el bullicio y los gritos de la muchedumbre grasosa de mugre, mal vestida, casi harapienta, mucha de ella sin zapatos y algunos con alpargates; los hombres cubriendo la cabeza con gorras sucias que semejan quepis militares y el cuerpo con ruanas largas y las mujeres con mantas negras y pañolones sudados. Pero, sobre todo, le impacta el olor de la ciudad: un olor persistente acre, repugnante y constante, que recuerda el de los excrementos humanos y lo obliga a taparse la nariz en un intento inútil por evitarlo, pues persistirá durante los 9 años largos de su estancia en la capital.
Antes de partir, en la casa paterna le han indicado que debe tomar un carricoche de capota y dos ruedas grandes tirado por un caballo, de los que se encuentran en una plaza de enfrente a la estación del ferrocarril. Hacia allá se dirige y con tono dominante y de un tirón le dice al cochero, la dirección, memorizada durante el viaje, de la casa del amigo a dónde se dirige: carrera sexta con calle doce, número 51. El cochero, un hombre mayor descuidado, trajeado con un vestido de paño oscuro, astroso y brillante por el uso, tapada la cabeza con un sombrero de fieltro negro seboso le sonríe y le responde: – “Como ordene mi amito”. Chasquea al caballo y se dirige a la dirección que le acaba de dar. Las calles de Bogotá por donde lo lleva el cochero, explican la fetidez que acaba de percibir; son literalmente una cloaca nauseabunda. Las calles tienen aceras de piedra cementada, pero el centro es de un barro amarillento llamado greda, a cuyo largo una zanja sin bordes flanqueada por gallinazos, cerdos y perros callejeros, deja fluir un riachuelo lento de aguas negras por entre basuras, desperdicios y bazofias de toda clase.
Finalmente llegan a un barrio central compacto más urbano, mejor construido y aseado. El cochero le cobra cincuenta centavos y se despide. La casa es de un solo piso, fachada de cemento, un alero pequeño, ventanales altos, angostos y cerrados, asegurados con rejas de hierro. Golpea en una puerta alta de madera gruesa, con un aldabón que tiene una mano empuñando una bola. Unos minutos después abre la puerta una mujer delgada y de mediana estatura, elegante y aún joven, de rostro sonrosado y fresco, boca bien delineada, ojos grises redondos como dos gotas de plomo; cabellos castaños peinados hacia los lados y recogidos en un moño en la parte de atrás. Trajeada con un vestido de paño oscuro hasta los tobillos y zapatos de cuero negros de trabilla con tacón mediano. Le dice: – “Para servirle” y le hace un gesto amable con la cara. Fortunato sorprendido atina solo a darle la carta. Ella la lee y sonríe: – “Siga por favor”, le dice – “Mi nombre es Mariadolores”, y le ofrece un refresco de agua de panela fría, que Nieves, una sirvienta avejentada, aunque vestida limpiamente y calzada, trae prontamente.
Adentro, la sala es un cuarto grande con piso de tablas, paredes blancas pintadas con cal y adornadas con varios cuadros imprecisos de pinturas, acuarelas y espejos ovalados. Una mesa de centro cubierta con un mantel blanco de tejido ralo, rodeada de varias sillas afelpadas con brazos, un sofá de tres puestos con brazos de madera de la misma felpa y al lado, una mesita con una lámpara de aceite y varios candeleros con velas de cebo. Lo invita a sentarse y le dice: – “Como ves”, empieza a tutearlo, “aquí estamos de luto. Mi marido, a quien viene dirigida la carta de tu hermano, murió hace una semana de una enfermedad que los médicos llaman cólico miserere. De pronto le comenzó un dolor muy terrible en la ingle derecha que no le pasaba sino doblando la pierna hacia arriba; vino el doctor Lombana Barreneche y dijo que tenía una apendicitis muy infectada ya no operable, y que lo único por hacer era arreglar todos los asuntos de este mundo. Flavio, murió tres días después en medio de grandes sufrimientos. Algo espantoso. Terrible. Hace dos semanas lo enterramos sin muchas pompas, como era su voluntad, en el cementerio que queda allá abajo”, dijo, señalando hacia el occidente de la ciudad.
Fortunato sentado en una de esas sillas, con el vaso del refresco de aguapanela en la mano y sin reponerse aún de la sorpresa inicial, miraba con sus ojos azules, la boca que le hablaba, tratando de entender tan extraña situación. Ella entonces continuó con una seguridad desconocida: – “Hay un hotelito por aquí cerca de una señora conocida y no es muy caro”. Hizo una pausa un poco larga y agregó: – “Claro que si quieres puedes quedarte aquí. Vivo sola con Nieves la sirvienta, porque mi único hijo, un poco mayor que tú, está prestando el servicio militar. Piensa seguir la carrera de las armas y solo le permiten salir de la escuela militar para venir a visitarme un domingo, cada 15 días”. Fortunato confuso, o tal vez por el cansancio acumulado del viaje, no duda en aceptar. En seguida, Mariadolores llama a Nieves y con la misma seguridad le da instrucciones para que arregle la habitación de los huéspedes y atienda al recién llegado de la mejor manera posible. Luego le pregunta dónde está su equipaje y como él dice que no tiene ninguno, ella le dice que siga a la sirvienta hasta su nueva habitación y descanse. Mañana después del desayuno, saldrán a la calle real a comprar toda la ropa blanca necesaria y a ordenar al sastre de su difunto marido, los vestidos de paño oscuro indispensables en Bogotá.
II
En 1915, Bogotá es una ciudad mefítica de calles de barro, hediondas convertidas en basurales. Un núcleo central de algunos edificios macizos para el gobierno, agrupados alrededor de la monumental catedral primada, rodeado de 200 manzanas cuadradas: 28 calles con 18 carreras y 20 iglesias. Horribles casas de cemento mal construidas, sin acueducto, ni alcantarillado y sin electricidad permanente; un pueblo grande, lúgubre y alargado sobre la calle real, ahora llamada de la república, comunicado de atrás hacia adelante por un destartalado y lento tranvía tirado por dos mulas cancinas, y atravesado por dos riachuelos asquerosos y fétidos convertidos en alcantarillas abiertas; donde rebuscaban marranos, chulos o gallinazos y perros sarnosos. Más hacia afuera, lo constriñe una cincha espantosa de ranchos ruinosos de adobe y techo de paja, habitada por cerca de 100 mil zarrapastrosos mugrientos y piojosos. Malvivientes en su miseria, inmundicia y sordidez; dedicados totalmente al vicio de beber chicha fermentada, mientras desesperadamente tratan de subsistir a la dejadez y, a las enfermedades endémicas que pululan en esa asquerosidad y los azotan continuamente. Aún está presente aquella epidemia de gripa que, como una peste medioeval inmisericorde, en 1918, manda a la tumba a más de más de 1.500 miserables en pocos días, y se tienen muy presentes las grandes dificultades de todos los habitantes bogotanos para conseguir unas cuantas botijas de agua con las cuales poder vivir o asearse; las que cargadas en un burro, se le pueden comprar al muchacho aguatero a escondidas de los gendarmes y vigilantes que cuidan las zanjas del acueducto privado del figurón liberal don Ramón Jimeno.
III
Una semana después de su llegada a Bogotá, Fortunato tiene ya un ropero de envidiar, camisas para usar con cuello almidonado, calzas y calcetines de algodón fino, zapatos bajos de cuero negro y suela de cuero; tres vestidos de paño oscuro fino con sus respectivos moños de corbata, agua de alhucema perfumada. Y la habitación de los huéspedes con jarra y jofaina esmaltadas, espejo, mesa de noche con lámpara de aceite de higuerilla; una cuja de madera labrada con sábanas y ropas de cama blanca almidonada. Además, puede usar los sábados, después del mediodía, el cuarto de baño con la tina metálica para bañarse con agua, traída en burro desde el chorro de Padilla por el aguatero, calentada en la cocina por Nieves. Con la alimentación hay menos dificultad: un menú diario de estricto cumplimiento para él y Mariadolores, con comidas bien preparadas y cocinadas, en aquel Bogotá de miseria mefítica.
Con una dedicación solícita, Mariadolores presiona a Fortunato para que vaya al claustro del Rosario a matricularse y a continuar los estudios a los que ha venido; así una vez adquirido el cupo como alumno externo, se le impone una rutina de estudiante que dura disciplinadamente durante sus 9 años de estadía en Bogotá. No tarda mucho para que la relación sobrepase las conversaciones iniciales sostenidas en la mesa del comedor y en la cotidianidad comienza a fluir entre ellos un sentimiento más profundo y estrecho. Fortunato le cuenta sobre el persistente recuerdo y el profundo y extraño sentimiento mezcla de ira, deseo de venganza y odio, que le genera la muerte de su padre, ocurrida cuando él apenas tenía dos años de edad, en aquella refriega campal librada durante la llamada guerra de los mil días en las cercanías de Puente Nacional, donde los liberales, responsables de su orfandad y de todas los infortunios familiares y del país, asesinaron sin necesidad a su padre con un tiro de fusil de un francotirador emboscado a larga distancia y toda la vida familiar se derrumbó. Tito Julio como hermano mayor, debió asumir el derecho de la primogenitura para continuar los negocios familiares surtiendo, desde la finca la Asunción, los mercados de Vélez y Puente Nacional con novillos cebados, potros y mulas, los bultos de panela y sacos de café.
A su vez, ella le relata el origen de su familia: su padre, un ciudadano venido de Suiza de apellido Stehlin, llegado a Colombia una vez terminada la guerra civil colombiana de 1861, pronto se convirtió en proveedor exclusivo del ejército triunfador de armas aceradas de filo procedentes de Suiza, bayonetas, sables, cuchillos de diversos tamaños, navajas ect, que acompañó con cajas llenas de bombones de chocolate, cigarrillos, vinos y licores, especialmente brandy, para el deleite de quienes podían comprar y vendía en su amplia cigarrería de la calle real de Bogotá. Para quienes no podían, existía el crédito de mercancías o dinero dado a un interés adecuado. Por cuestiones de negocios, entró en contacto con una familia de apellido Mariño oriunda del pueblito boyacense de Tasco cercano a Sogamoso, vinculada con la madre de Fortunato, y así conoció a su madre Hermelinda con quien se casó y de esa unión nació ella como única hija.
Mariadolores, había nacido 35 años atrás en 1880 y como era hija única: estudió durante 5 años en el pequeño colegio privado, muy exclusivo que la rica comunidad suiza de Bogotá tenía para educar sus hijas y convertirlas, según lo anunciaban, en la ministra de hacienda de su propio hogar. Entonces, siendo una agraciada señorita ayudante de padre en la cigarrería, conoció a Flavio Motta, un prestante caballero del partido Liberal venido de Moniquirá a Bogotá para estudiar Leyes; se enamoraron y al finalizar el siglo, antes comenzar la guerra de los mil días, se casó con quien sería el padre de su único hijo Julio Roberto. Pronto quedó embarazada; llegó la guerra y todo se vino a pique: los negocios, los estudios de abogacía de Flavio y casi todas las esferas de la vida cotidiana normal que llevaban. Sus padres se refugiaron o aislaron en una pequeña finca en el pueblo sabanero de Nemocón en donde ambos fallecieron, seis años después de terminada la guerra.
Su esposo Flavio, marchó hacia la tierra de su origen en la provincia de Ricaurte a juntarse con las tropas liberales del general santandereano Juan Francisco Gómez Pinzón, donde permaneció hasta finalizar la guerra, a la que inexplicablemente sobrevivió sin heridas graves o invalidantes. Luego, a su regreso, se dedicó a reunirse en pequeñas tertulias con los pocos amigos liberales que le quedaron en Bogotá, a beber brandy excesivamente, abandonándolo casi todo; por lo que ella debió hacerse cargo de la crianza de su hijo, de la atención de la cigarrería y de la actividad mercantil y el cobro de los intereses de los dineros dados en préstamo, actividades de las cuales dependía su solvencia económica.
También, paulatinamente, Flavio la fue abandonando, tornándose tosco, desconsiderado y carente de ternura amorosa. Una lágrima rueda por la mejilla enrojecida de Mariadolores, su cuello palpitante, su boca entreabierta y anhelante, hacen aparecer unas perlas de sudor en su amplia frente de Fortunato y en su labio superior donde empieza a despuntar un bozo ralo. Perturbado, solo atina a tomarle la mano. Ella la retira inmediatamente y mirándolo con ternura le dice: – “Pero si puedes ser el hijo mío”. Se levanta de la silla retirándose a su habitación sin mirar atrás. A Fortunato le ha surgido una alteración interior desconocida y lacerante, que trata de sobreponer leyendo con mayor detenimiento el libro de Jaime Balmes el Criterio, sobre el cual debe hacer en el aula de clases, una exposición frente a Monseñor Rafael María Carrasquilla.
Durante las siguientes semanas, Mariadolores mostrando también muestras de un azoramiento raro, trata en vano de esquivar las miradas afanosas de Fortunato; el diálogo en la mesa del comedor se reduce a casi lo indispensable, forzando la evidente necesidad y el deseo mutuo de comunicarse. Finalmente, una tarde después de la cena, ella toma la iniciativa para restablecer la comunicación y con interés, le pregunta sobre la marcha de sus estudios y su vida en general. Él le cuenta de sus emociones, inquietudes y sobre el sufrimiento causado por sus evasivas y miradas esquivas, que ella responde con una suave sonrisa.
Entonces, Mariadolores reparte su tiempo; en la mañana atiende la cigarrería y los asuntos financieros, y al atardecer en casa cuida su buena marcha. La vida rutinaria en el hogar paulatinamente aísla a Fortunato y a Mariadolores de la sórdida y contaminante realidad de las calles Bogotanas. Ella controla con afectuosa atención la asistencia diaria de Fortunato al claustro, sus tareas y lecturas estudiantiles, llevándole con frecuencia a su habitación bebidas calientes de chocolate o aguapanela con colaciones o almojábanas y, las mutuas miradas anhelantes dan paso a suspiros y contactos cada vez más apremiantes francamente amorosos y apasionados, que con lentitud infinita llevan al inexperto Fortunato a un mundo encantado nunca antes imaginado.
La casa lentamente se transforma en una diminuta y silenciosa isla de cuidados amorosos, embeleso y densa pasión, herméticamente guardada y celosamente cuidada de las miradas aún ingenuas de la criada, y de las ocasionales visitas dominicales del hijo de Mariadolores. Domingos, aprovechados por Mariadolores para asistir a la catedral primada, acompañada de su hijo y de la criada Nieves, a las pompas de la misa mayor rezada por el Arzobispo para los miembros del alto gobierno, sus familias y la gente pudiente de Bogotá; mientras Fortunato asiste un poco más tarde, a la misa menor para los demás y después, da un paseo de popularidad por la calle real o la plaza de Bolívar y en algún salón de onces de los alrededores de la catedral, al calor de un café tinto, tertuliar con amigos sobre los últimos acontecimientos internacionales del momento surgidos después de la gran guerra paneuropea: La revolución bolchevique en Rusia; el partido de la revolución mejicana; el movimiento estudiantil en Córdoba Argentina; los avances de Mussolini en Italia; la situación en España y en Europa en general, y, en lo doméstico los comentarios locales más notorios sobre el gobierno de la “rosca”, la corrupción general causada por la llegada de la inmensa suma de dólares estadounidenses de la indemnización por Panamá, la danza de los millones y la llamada prosperidad al debe.
El grado de bachiller en Filosofía y Letras otorgado por el claustro del rosario, se formaliza ante su rector monseñor Carrasquilla, con el juramento hecho sobre la biblia para defender a toda costa la filosofía de Santo Tomás de Aquino. A continuación, Fortunato se matricula en el claustro de ciencias jurídicas: Las asignaturas ya no son física y metafísica, oratoria sagrada y literatura, historia patria y universal, matemática general, doctrina social de la iglesia o la memorización de “los 10 errores de la doctrina liberal” contenidos en el ensayo escrito por monseñor Carrasquilla; sino el estudio paciente del derecho canónigo y su historia fuente de toda la ciencia jurídica, derecho romano, civil, penal, y la memorización del texto escrito por don José Vicente Concha, sobre la constitución nacional y el derecho gubernamental, en el curso dirigido por don Miguel Abadía Méndez. Así pasan varios años de una rutina doméstica secreta e inenarrable, hasta cuando un día de agosto de 1924, un poco antes de la terminación de los estudios de abogacía, cuando Fortunato llega a la casa, Mariadolores se queja de un fuerte dolor de cabeza, que no cede con pastillas de cafiaspirina, y se agrava con fiebres y vómito.
Alarmado, Fortunato busca ayuda con un amigo estudiante de medicina quien le ayuda para que el profesor de neurología examine a Mariadolores. Cuando el profesor se hace presente, ella delira y habla incoherencias. El profesor diagnostica sin mucha dificultad una meningitis aguda de muy mal pronóstico; prescribe baños permanentes con agua fría con paños en la cabeza, extracto de láudano para clamar la excitabilidad nerviosa e inducirle el sueño y unas cucharadas de sulfato de quinina para la fiebre; es todo lo que pude hacer. Llaman de urgencia a su hijo en la escuela militar y, Mariadolores con la mirada vidriosa de quien deja muchas cosas sin hacer, fallece un día después en medio de alaridos, llantos y una terrible algarabía en la casa.
IV
Fortunato anonadado no puede reponerse de un golpe tan adverso y absurdo como devastador. Súbitamente se ha derrumbado aquella casa, aplastando en su caída todo lo que en su interior habían construido durante todos estos 9 años de estudiante, con el amor protector y la dedicación maternal de Mariadolores. Una carroza fúnebre negra de cuatro ruedas, tirada por cuatro lustrosos caballos negros adornados con penachos de plumas negras, con coronas de musgo verde y flores negras rematadas con cintas negras, seguido de un cortejo fúnebre no muy grande de conocidos conciudadanos y amigos de la familia, todos vestidos de negro; acompaña el cuerpo yerto de Mariadolores hasta el cementerio central.
Pasado su entierro, Fortunato, abandona para siempre aquella casa de alucinación, trasladándose a un hotel cercano. Termina como puede los 4 meses de estudios que aún le faltan para concluir la tesis que ya lleva muy adelantada sobre la evolución de la propiedad territorial en Colombia, desde la legislación de Castilla, la conquista española, las leyes de indias, la república y la relación entre la Iglesia y el Estado como propietarios hasta llegar a la legislación actual; para graduarse de doctor en derecho y ciencias jurídicas del colegio del Rosario e inmediatamente marcharse de aquella ciudad fría, negra y maloliente.
En 1924, solo, agobiado y destruido por la terrible muerte de Mariadolores, y con la firme promesa interior de nunca más entregar su amor a ninguna otra mujer, Fortunato, sin que nadie pueda explicárselo, logra graduarse en la universidad para enseguida huir de aquella ciudad insana y maloliente e irse al aire cálido, luminoso y amigable del hermoso valle del río Saravita a reunirse con la familia; su abnegada y sacrificada madre, sus dos hermanos y dos hermanas mayores Anita y Lucrecia. Allí recibe nuevamente el auxilio de su hermano mayor Tito Julio, para montar en la casona colonial del parque Santander de Vélez, una oficina de abogado especializado en tierras, linderos, escrituras y titulaciones territoriales. Durante 5 largos años, presta ayuda a muchos copartidarios conservadores para que legalicen sus propiedades territoriales y registren correctamente sus escrituras en la oficina municipal de registro notarial.
Sin embargo, la Provincia de Vélez no logra sustraerse a la soterrada agitación que se ha tomado el país, propiciada por el partido liberal, coaligado con los masones y los pocos partidarios de las expropiaciones territoriales que hacen los bolcheviques rusos. Tampoco ha logrado sustraerse a la oleada de rumores y maledicencias, sobre las manifestaciones públicas, desfiles, agitación permanente y huelgas insensatas de enruanados y carga-bultos, trabajadores en puertos del río Magdalena y en las líneas de los ferrocarriles, que se dicen obreros vanguardia del mundo moderno y, quienes unidos con peones desastrados de haciendas y fincas cafeteras, soliviantados por un indio demagogo y populachero que sabe aprovechar la ruina económica de la llamada democracia mundial, intentan tumbar al gobierno del partido conservador en 1929. Como se ha dado ese mismo año, especialmente, en el Líbano Tolima, donde logran conformar durante varios días, una comuna bolchevique; y el año anterior en la zona bananera de la United Fruit Company, donde gracias a Dios, el general Cortés Vargas pudo restablecer el orden público de la nación seriamente turbado.
Los liberales y sus aliados, al haber logrado confundir y convencer a monseñor Ismael Perdomo, para que propicie la división del partido conservador y no actuar como autoridad electoral suprema, como lo venía haciendo desde 1891 su predecesor Bernardo Herrera, propicia la división conservadora, dándole la ventaja a los liberales que logran elegir en 1930 al ex embajador en los Estados Unidos Enrique Olaya Herrera. Para la dirección nacional del partido conservador, y así lo hacen saber a todos sus miembros en los pueblos y veredas de Colombia, la pérdida de 44 años gobierno hegemónico que traían desde 1886, es un rudo golpe que aumenta la animadversión contra los liberales y masones que desean convertir a Colombia en un erial sin Dios ni ley; triunfo el que no dudan de calificar de fraude electoral y amedrentamiento político que contradicen las victorias inapelables de las armas contra el secularismo materialista, obtenidos en las tres guerras civiles ganadas por los conservadores: La de 1885, la de 1895 y la de los mil días de 1892 a 1902, esta última ganada por el gran copartidario, el general Próspero Pinzón Romero. Opinión obviamente compartida por Fortunato, su hermano Tito Julio y toda la familia con la parentela.
Y, como mandado por la Providencia, en 1930, llega a Vélez, recién graduado como ingeniero militar Gustavo Rojas Pinilla, a construir las carreteras a Chipatá y la del Carare, con el fin de desembotellar la Provincia de Vélez, debiendo alojarse en el Hotel Santander ubicado en la carrera cuarta, al frente de la casa paterna de Fortunato, en donde permanece dos años, hasta después del nacimiento de su hija María Eugenia. Al parecer, este pequeño acontecimiento cambia para siempre el destino de Fortunato. Sabiendo que el ingeniero militar era un destacado y firme miembro del partido conservador, rápidamente se reúne con su amigo el ingeniero Nicolás Rivera, los Villafradez, los Benavides, y algunos otros destacados copartidarios veleños, para hacerle un sonado agasajo de bienvenida y departir opiniones en la hacienda que posee Nicolás en la vereda de Chipatá viejo, y así, cementar o construir en firme, unas relaciones personales y políticas sólidas y duraderas.
V
Los liberales con sus aliados, una vez ganan el Poder en 1930, pasan por sobre las antiguas tradiciones y costumbres ancestrales de los colombianos ya plenamente establecida en la constitución de la república de 1886; la más importante, que cualquier Poder terrenal proviene de Dios. Ponen en marcha el plan laico materialista, que tenían bastante elaborado para el país y que había sido derrotado 45 años atrás por las armas, echarlo hacia atrás, separar el gobierno, la instrucción pública y el sagrado magisterio, del cuidado de la divina providencia y además, convertir los santos sacramentos que le dan sentido de la vida personal como el bautismo, la confirmación, la confesión y la penitencia, el matrimonio o la extrema unción; en un papel estampillado.
Con el sambenito de modernizar la asistencia pública, el gobierno y la economía, pasan por sobre el sentido social de la caridad cristiana y el bien común creado por las asociaciones cristianas de trabajadores; de este modo, en lugar de calmar la agitación social y el desorden introducido entre los labriegos, operarios y artesanos, por los llamados demagógicos y populacheros a la igualdad social y, a la expropiación y colectivización de toda propiedad privada, estimulan las huelgas, las tomas de tierras y las convierten en leyes de la república y en banderas políticas de gobierno. Al peligro del materialismo ateo, se le suma la amenaza que los peruanos hacen impunemente contra nuestras fronteras en las selvas del río Amazonas; los jefes naturales y caudillos conservadores de las ciudades sin poder reponerse de la derrota electoral sufrida, continúan en la insensata y vacía táctica de los duelos literarios con sus adversarios en el parlamento.
Antiguas amistades estudiantiles, ya no de colegiales en clase de oratoria sagrada en los claustros y aulas, sino de diputados y senadores profesionales hechos y derechos, continúan enfrentados en duelos verbales ácidos e inútiles conducentes a nada; salvo al prestigio retórico del orador causado en el público por las bellas palabras castizas con que adoban las innumerables citas de autoridad, casi todas de autores europeos, ocultando con tal verbosidad que el fundamento de la profunda división partidaria en Colombia, se reduce a una sola cosa práctica: Estar o no a favor del laicismo materialista sin término medio, porque atacar al partido conservador es atacar la iglesia y atacar a la Iglesia es atacar a Dios nuestro señor.
Alarmado, Fortunato trata de prevenir a algunos paisanos copartidarios del grave peligro que se cierne sobre la patria. Más pronto de lo esperado los acontecimientos nacionales muestran la realidad: los liberales y sus aliados, contando con algunos cuantos conservadores colaboracionistas, prontamente pasan a liberalizar burocráticamente el país, el gobierno, la instrucción pública, la judicatura, y sobre todo, las fuerzas militares del orden. Continúan ganando elecciones mediante el fraude y el amedrentamiento de los pobladores rurales y con el control conseguido en concejos municipales, asambleas departamentales y cámara de representantes, aprueban una reforma electoral a su conveniencia que despoja al partido conservador de cualquier posibilidad de ganar unas elecciones y volver a tener el gobierno del país.
La Provincia de Vélez no escapa a ese plan nacional. Pronto llega la liberalización violenta, orientada desde la gobernación del departamento por la ficha sectaria de Olaya Herrera, el político Alejandro Galvis-Galvis. Se inicia el reemplazo violento de todos los alcaldes municipales pertenecientes al partido conservador, por liberales de su confianza, a quienes da la orden de organizar una policía cívica municipal estrictamente liberal.
Así, poco antes de las elecciones de 1933, dentro de la campaña liberal de amedrentamiento, la casa paterna de Fortunato en Vélez donde funciona su oficina de abogado, identificada por como centro político del conservatismo regional, es objeto de una bomba explosiva: un pedazo de tubo del acueducto relleno con dinamita y una mecha larga hace explosión en la ventana de la habitación donde su hermano mayor Tito Julio, sufre un agudo cólico nefrítico que precipita su muerte dos días después. Pasado su entierro y ante la inoperancia del recién nombrado alcalde liberal, quien se hace la vista gorda para detener a los perpetradores, conocidos por todos; la familia entera debe trastear sus enseres y trebejos a la casa de la finca La Asunción en Guavatá, echando candado en las puertas de la casa paterna, dejándola casi abandonada.
Le suceden ataques armados contra las casas y bienes de distinguidos conservadores de pueblos de toda la Provincia, como los Marín de Sucre, los Gonzales y los Castañeda de cachovenado en Jesús María, los Lineros y Bohórquez de Puente Nacional, los Meneses de La Aguada, los Camacho y Sotomonte de Cite, que pronto se extienden a las otras regiones del departamento de Santander de raigambre conservadora como Málaga y Capitanejo. A finales de 1933, Fortunato decide poner en conocimiento esta situación provincial ante la dirección nacional del partido conservador.
Viaja a caballo hasta Chiquinquirá, a donde ha llegado el ferrocarril del norte para continuar en tren hasta Bogotá; allí se encuentra con amigos de confianza que lo ponen en contacto personal con el jefe de partido Laureano Gómez, quien acaba de regresar de Alemania tras cumplir una misión diplomática en el III Reich Alemán, y a quien le relata directamente lo sucedido. No son muchas las esperanzas que el jefe le da. Por el contrario, le confirma que el gobierno liberal no detendrá la venganza política contra lo realizado por los anteriores gobiernos conservadores, ni tampoco suspenderá la iniciada liberalización violenta del país. Tampoco dará marcha atrás en el proceso de separación entre la iglesia y el Estado e invalidación del concordato firmado por Colombia con la Santa Sede.
Hay también un proceso gubernamental bien calculado para tomar control total de todas las fuerzas armadas del país en especial la policía, volver laica la educación y apoderarse de los censos y registros electorales. El jefe del partido le asegura que pondrá en tensión a todo el partido junto con los buenos colombianos creyentes, para resistir esos atropellos con una resistencia civil, hasta hacer invivible el relativismo de la república liberal, pero le deja en claro que cada quien debe darse la seguridad.
Con el disgusto, Fortunato pronto regresa a la finca la Asunción. Para él ha pasado la etapa de los discursos copiados al líder falangista José Antonio Primo de Rivera, a quien todos los jefes conservadores colombianos emocionados imitan y citan. Se hace necesario pasar a la acción y como los mismos bolcheviques dicen; convertirse en su propia contradicción. Lentamente el país se desliza hacia otra de las tantas guerras civiles sectarias entre liberales y conservadores del siglo pasado, pero con la grave diferencia de que por el momento en el siglo XX, los conservadores no cuentan como antaño, con el gobierno.
Así, más pronto de lo esperado, empiezan a llegar a la finca la Asunción, visitantes amigos, conocidos y no conocidos, sacerdotes y canónigos enviados de Bogotá, de Chiquinquirá, de Málaga y Capitanejo, de Bucaramanga y Pamplona, de Tunja y Moniquirá y otras provincias vecinas con cartas y documentos y una red invisible de partidarios de la causa conservadora se va tejiendo. No va a ser fácil acabar o despojar a los conservadores de la Provincia veleña y menos del país, de sus heredades y creencias. Una larga lucha política, más que electoral, para recuperar el gobierno y enderezar el rumbo tomado por el país, ha empezado
VI
Con el apoyo dado por el jefe del partido conservador al gobierno liberal para que adelante la guerra con el Perú de 1932, el ingeniero militar conservador Rojas Pinilla nuevamente es reintegrado en las filas del ejército colombiano con el grado de mayor y junto con el general Jorge Martínez y los oficiales Alfredo Borda y Horacio González, es enviado tres años después, entre Marzo y septiembre de 1936, a una misión en Alemania, para que a la par de una compra grande de municiones adelante unos cursos sobre artillería pesada y construcciones de casamatas. Terminada su misión y una vez llegado a Bogotá, el mayor Rojas Pinilla viaja a su finca en Landázuri en el Carare cercana a la ciudad de Vélez y debe hacer escala allí. Inmediatamente se comunica con su amigo Fortunato, y entre largas conversaciones le explica detalladamente una tarea especial que ha concebido y organizado para él, en el Reich alemán.
Sin dudarlo, Fortunato sigue estas instrucciones y en pocas semanas organiza su viaje a Berlín: Viaja con poco equipaje en la mejor mula que tiene acompañado de su asistente Alipio, por el camino infernal del Carare hasta puerto Berrio en el río Magdalena; allí toma un vapor de aspas atrás que lo conduce a favor de la corriente hasta Barranquilla, en un viaje enfebrecido de mosquitos, vapor de agua caliente irrespirable y una larguísima semana alimentándose de una sopa amarillenta de pescado bagre sancochado con plátano verde. Luego, por un carreteable pedregoso y polvoriento en un bus público desvencijado, trémulo y ruidoso hasta llegar a Cartagena, donde toma un carguero de café de bandera alemana, que también transporta pasajeros rumbo a Hamburgo.
Hacen una parada en La Guaira para reabastecerse de combustible y complementar la carga de café con sacos de cacao y, tras un mes de una travesía movida, tediosa y fría, por un mar ventoso oloroso a sal, nublado e invisible, llega al gran puerto alemán. Es marzo de 1937, y un viento frío cortante y oloroso a tierra proveniente del río Elba, seguido de un movimiento estrepitoso de carros, ruidos de motor de barcos confundidos con pitidos roncos y personas fornidas gritándose en un idioma áspero y gutural, son sus primeras impresiones al desembarcar. El capitán del carguero quien un día antes le ha cambiado unas monedas de plata colombianas por marcos del Reich, a media lengua le señala un taxi y le dice o que al subirse solo le diga al chofer la palabra inglesa “train”.
En efecto, poco más tarde, Fortunato está tomando el estricto, organizado e higiénico tren rápido a Berlín. Berlín acaba de celebrar los juegos olímpicos de verano del año anterior y el mundo aún no sale del asombro ante la magnificencia y esplendor de aquel evento deportivo que exhibe el poderío del Tercer Imperio Alemán. La ciudad una metrópoli super industrializada de más de cuatro millones de habitantes y uno de los principales centros financieros del mundo; favorecida por el inicio de una primavera benigna, bulle de ciudadanos contentos y bien vestidos paseándose por Brandenburger Tor hasta Alexander Platz, visitando a lo largo de Unter den Linden museos y monumentos oficiales, incluso los recién inaugurados con motivo de la olimpiada como el Sportpalast o el aeropuerto de Tempelhof, o los lujosos almacenes y tiendas de Kurfürstendamm, o atestando las terrazas de cafés y los jardines de cerveza y restaurantes de las otras avenidas y vías importantes de la ciudad de aceras más que de calles. También, paseando por el río Spree en una “berolina” o admirando la innumerable variedad de animales exóticos y raros traídos del resto del mundo al jardín Zoológico berlinés. Los carros último modelo, los tranvías, el ferrocarril rápido, el tren subterráneo y los buses públicos de varios pisos cumplen con una exactitud sorprendente sus itinerarios: un orden externo, limpio, estricto, riguroso y extraordinario, es custodiado por alguna patrulla de policías de uniforme pardo y botas altas de cuero brillante. Nadie puede decir que allí hay una tiranía miserable: hay orden, riqueza y abundancia. Es un modelo de sociedad envidiable, que bien puede sacar a Colombia de la ruina física y moral en la que se encuentra
En una pequeña habitación de un hotel de tres pisos situado en la calle Schülterstrasse de Berlín se aloja Fortunato; un taxi último modelo lo trae de la estación central al hotel y en la recepción lo recibe una persona atenta, que le habla en un castellano inteligible, aunque bastante acentuado. Le dice que estaba avisado de su llegada, que sus gastos están cubiertos por un estipendio del ministerio de relaciones exteriores del Reich y que mañana temprano deberá encontrarse con el señor Albert Fink, un alemán bilingüe alto, flaco y calvo de bigote poblado y hablar enérgico, quien lo conducirá en las oficinas gubernamentales hasta que legalice todo lo relacionado con su estancia en el país. Una vez legalizada su residencia, Fortunato toma contacto con el diplomático colombiano acreditado en Berlín Joaquín Quijano, quien le confirma su amistad con el mayor Rojas Pinilla y le ofrece su colaboración y asistencia desinteresada para su mejor desenvolvimiento en esta inabarcable ciudad.
Después de dar un paseo de ambientación por los puntos más importantes, Quijano le explica que mediante una exitosa combinación de gran industria del acero aplicada a los armamentos pesados, grandes autopistas y obras públicas; drástica reducción del déficit promoviendo la autarquía y acelerando las exportaciones de toda clase de mercancías; todo dentro de un orden y disciplina militar muy rigurosa, aceptado por la inmensa mayoría; en menos de tres años el Führer con su partido ha rescatado al pueblo Alemán del peligro de muerte en el que lo había llevado el liberalismo, los comunistas alemanes y los banqueros judíos.
Y ahora, se prepara para convertir a Berlín en la nueva Roma del mundo: – “Deslumbrante”, le dice Fortunato, recordando sus pequeñas y pobres aldeas y pueblos de su Colombia natal. Al día siguiente, el diplomático lo recoge en el hotel para llevarlo al Instituto Iberoamericano de Berlín, ubicado en el Berliner Stadtschloss, a presentarlo con su director y amigo el general Wilhelm Faupel, un alemán rubicundo y fornido, semicalvo de orejas salientes y prognato; de nariz un poco roma, boca lineal y mirada ceñuda e intensa, quien después de la presentación de rigor lo invita a su reluciente e impresionante despacho.
Una corta pero intensa entrevista, bajo cuatro ojos, se desarrolla a puerta cerrada en aquella oficina. El general Faupel le dice en un muy buen castellano que está al tanto de las relaciones del Reich hacia Colombia, porque su amigo el general Heinrich Lammers, jefe de la Cancillería alemana, le ha ordenado considerar a Colombia como segunda prioridad después del Brasil para los intereses alemanes. Fortunato le explica detalladamente sus ideas sobre lo que sucede en Colombia; entonces el general mostrando un gran conocimiento no solo de Colombia, sino de gran parte del continente le dice que está bien enterado de la situación, y agrega que todo ello obedece a un proceso continental más grande dirigido por los Estados Unidos y la Gran Bretaña para sacar a Alemania de América y de España; a continuación le ofrece un cómodo estipendio para realizar el curso especial de un año de duración, en una escuela técnica situada en un hermoso lago cerca de Berlín, con instructores en idioma castellano y en donde también estudia un buen número de líderes políticos españoles miembros de la Falange, que el caudillo Francisco Franco personalmente le ha recomendado.
No es un curso de espionaje, le aclara enfático, sino cursos sobre teoría política y geopolítica, organización partidaria, propaganda, organización de grupos de choque y métodos de autodefensa, sabotaje, comunicaciones especiales, manejo de información y de contactos en general y una vez terminado el curso, tiquetes y viáticos hasta la llegada a su casa en Colombia.
Una sensación de alegría interior embarga a Fortunato que rápidamente y sin vacilación alguna acepta el ofrecimiento. La escuela es una mole de ladrillo rojo de apariencia muy sólida, dos pisos con ventanas rectangulares y un enorme pórtico que lleva a un extenso patio pavimentado con losas grandes de piedra, cerrado o enmarcado por la prolongación de la edificación principal, que da una impresión cuadriculada por las ventanas traseras de cada habitación. Un bosque de delgadas coníferas musgosas y altas que apenas periten la entrada de algunos rayos de un vapor lechoso circundan la parte trasera del edificio y por delante, un atrio arenoso abre a un camino de piedra plana que lleva hasta los juncos de la orilla pedregosa de un inmenso lago de aguas frías y quietas.
Dentro de las habitaciones de la imponente edificación hay todo lo que se necesita: aulas de clase, laboratorios, salas de conferencia y de espectáculo, cine, dormitorios para dos personas con baño incluido, cafetería o cantina, cocina, habitaciones para el servicio y una enfermería de urgencia. El sistema educativo es tan denso como la edificación y totalmente diferente a las memorizaciones conocidas: los alumnos sentados en un semicírculo escuchan una presentación de máximo media hora hecha por el profesor y luego, se desarrolla una discusión muy ordenada y larga, donde todos los alumnos, sin excepción, participan hasta agotar el tema. Las clases prácticas se desarrollan en horas de la tarde en los laboratorios.
Los fines de semana un bus militar los lleva a Berlín, por una carretera delgada y larga bordeada de unas coníferas de hoja perenne que se juntan en su cúpula formando un arco que da la sensación de un túnel infinito. En la ciudad, un profesor-guía les enseña a conocer la vida citadina y la cultura alemanas. El verano es bastante caluroso y muy soleado y es posible nadar brevemente en el lago, pero en septiembre el clima varía totalmente: la luz del sol empieza a apagarse gradualmente y un viento frío implacable y muy fuerte que bate las cosas y los árboles produciendo un silbido extraño o desconocido anuncia el frío que viene. En efecto, para noviembre la luz solar brillante y cálida del verano ha sido reemplazada totalmente por una ventisca helada de una bruma lechosa y densa que arrastra una hojarasca muerta y seca, espanta los pájaros y, a mediados de noviembre, cae en forma de nieve. El frío es insoportable y los alumnos además de los gruesos sobretodos, gorras de lana y guantes que les han suministrado y de la hornilla de cerámica alimentada con carbón que existe en cada habitación o en cada aula, deben buscar el horno grande de la calefacción central ubicado en la cantina, así hasta abril; cuando la primavera irrumpe con todo su esplendor. El viento va cesando paulatinamente, la luz solar vuelve a encenderse y los árboles antes unos chamizos secos, ahora se tornan verdes, floridos vivos y refugio de las aves que han regresado.
Con la primavera de 1938, Fortunato ha terminado su curso de madurez. Ha aprobado todas las pruebas y el concepto calificativo de los profesores es satisfactorio. Es llevado nuevamente donde el general Faupel quien lo felicita, le da el tiquete de regreso a Colombia por la misma vía y un sobre con dos mil dólares americanos para las necesidades del viaje. El regreso es por la misma vía marítima de Hamburgo hasta Cartagena y la única novedad en el tedioso y monótono vaivén del mar es la noticia de que los liberales han vuelto a ganar las elecciones presidenciales con Eduardo Santos, quien se dispone a tomar posesión del cargo.
VII
Desembarcado en Cartagena, toma un atiborrado y pintoresco bus de servicio público que lo lleva a Barranquilla, donde toma un avión junker monomotor de la línea colombo alemana Scadta, hasta el rudimentario aeropuerto de Bogotá. Un taxi más moderno lo lleva hasta las proximidades de la estación del ferrocarril donde pasa la noche en un hotelito cercano con la pretensión de tomar el tren que sale muy temprano en dirección a Chiquinquirá.
Bogotá muestra un ligero cambio; está atiborrada de carros grandes y ruidosos, camiones y buses de todos los tamaños y abundan las personas con sombrero de fieltro, vestido de paño oscuro y zapatos de cuero; los alpargatones enruanados o descalzos ya no son tan abundantes, pero el olor dulzón y agrio a excrementos aún persiste. Dos meses después de haber zarpado de Alemania, finalmente llega a la finca la Asunción en Guavatá. En casa rodeado por su familia se entera de la triste noticia de la muerte de madre causada por una enfermedad pulmonar complicada. Toma un descanso durante el cual escribe, con pluma y tinta en caligrafía redonda el informe de conclusiones. A comienzos de julio 1938, parte nuevamente de regreso a Bogotá para entrevistarse con la dirección nacional del conservatismo y rendirle el informe de su viaje a Berlín que le han solicitado. Toma una habitación en el hotel Titanic de la bogotana calle trece con carrera novena, para luego presentarse en la casa del partido conservador, ubicada cerca de la iglesia de la Capuchina, cinco cuadras bajando hacia el occidente de la ciudad.
La reunión prevista es pasada mañana a una hora imprecisa y debe dejar con el portero el número del teléfono del hotel donde se aloja para avisarle la hora exacta. A la hora avisada, siete de la noche, cuando la mayoría de actividades políticas y administrativas han concluido en Bogotá, Fortunato se presenta en la casa del partido. El portero lo conduce directamente a una habitación espaciosa de piso de tablas, con dos ventanales hacia la calle protegidas por un cortinaje ostentoso de una tela amarillenta impresa con flores rojas y en el centro, una mesa ovalada de madera gruesa pulida, donde brilla la luz débil de la lámpara en forma de embudo pendiente del techo. En su rededor, imponiendo una espantosa seriedad, están distribuidos los 5 miembros designados por la dirección nacional del partido para oírlo: Pedro María Carreño, Luis Ignacio Andrade, el ex general Amadeo Rodríguez, Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez. Lo saludan de mano muy amigablemente y lo invitan a sentarse.
Después de responderles unas cuantas preguntas que le hacen sobre su estadía en Berlín y su viaje; Fortunato expone pausadamente y con claridad las ideas que ha madurado y escrito: Primero que todo, la lucha entre las grandes potencias coloniales por el dominio mundial aún no está decidido, pues otra guerra europea más grande que la anterior y que está próxima a estallar será la que decida el futuro del mundo. Los acontecimientos actuales en España no son sino la fase inicial de toda esta gran contienda antiliberal: Estados Unidos, la patria de los masones liberales y de los banqueros judíos en alianza con el gobierno colombiano actual, busca por todos los medios sacar a Alemania de Colombia y de toda Iberoamérica. A esto hay que oponer una resistencia inamovible, incluido el “putsch” militar, si verdaderamente queremos evitar que el país se siga despeñando hacia el liberalismo y el ateísmo bolchevique.
Segundo, hay que estrechar las relaciones con la Iglesia Apostólica Romana, no tanto a nivel de altas jerarquías eclesiásticas como a nivel parroquial y municipal: es allí, en el nivel local donde se va desarrollar el choque más agudo con la coalición liberal bolchevique; es la estrecha alianza de los directorios municipales conservadores con los párrocos los que decidirán el triunfo, como lo está enseñando la experiencia española.
Tercero, es necesario utilizar masivamente los medios de propaganda de masas fundando o estableciendo más periódicos doctrinarios y potentes emisoras conservadoras en las principales ciudades colombianas.
Cuarto, hay que realizar lo más pronto posible una escuela nacional del partido para que los cuadros políticos conservadores de todo el país se conozcan, se coordinen y se actualicen en las nuevas circunstancias y realidades porvenir, y por último, las montoneras de conservadores que en la mayoría de veredas, aldeas y pueblitos de Colombia, especialmente en los baluartes del partido en las breñas de los ríos Saravita y Chicamocha, resisten como pueden la violencia liberal bolchevique, hay que convertirlas en organizados grupos de choque; en verdaderas milicias conservadoras. Hay que honrar el juramento hecho de defender, hasta la muerte, el derecho enunciado por Santo Tomas de Aquino a la legítima defensa que le asiste a los hombres y a las colectividades.
Fortunato entrega el informe pulcramente escrito en caligrafía a don Pedro María Carreño, editorialista del diario laureanista El Siglo. Hay un silencio como si fuera reflexión que detiene el tiempo durante unos largos segundos, roto, cuando el coordinador de la reunión dice: – “Son unas conclusiones muy bien pensadas, meditadas y hasta realistas, que leeremos con patriótico interés”. Hace una corta pausa y continua – “Pero dudo seriamente que, en nuestro país tan dividido, se puedan llevar a cabo completamente”. Fortunato mira a cada uno de los acicalados asistentes, como buscando en sus pedregosos rostros la determinación que acaba de oír; algunos mueven la cabeza con un temor casi imperceptible, pero todos lo miran fijamente guardando un hierático y diciente silencio. Se despiden solemnemente hasta la próxima reunión que le harán saber cuándo y dónde se realizará. Al salir de la casa, Fortunato le hace señas a un taxi que pasa en ese momento por la calle y le dice que lo lleve al comando técnico de municiones del ejército en el sur de la ciudad. Allí busca al mayor Rojas Pinilla, quien lo recibe prontamente en la puerta de la comandancia con sincera emoción y alegrándose del encuentro; le dice que no es conveniente hablar aquí y deben dar un paseo por los alrededores mientras van hablando.
El mayor Rojas, le aclara con cierta aprehensión a Fortunato, que alguien en Berlín al calor de unas cuantas copas de champaña se ha referido a sus estudios en Alemania, lo que alertó al contraespionaje anglosajón que lo ha detectado al embarcarse en Hamburgo con destino a Colombia y han avisado a la legación americana en Bogotá: Un tal agente Edgar Thomson del FBI americano, llegado dentro de los pactos secretos que el gobierno liberal ha firmado con los Estados Unidos y está tras sus pasos, por lo que le recomienda irse lo más pronto posible a su refugio aldeano en Guavatá y permanecer allí muy quieto hasta cuando él personalmente le avise.
Fortunato le refiere muy detalladamente su reunión con la comisión de la dirección nacional conservadora y las conclusiones que les ha mencionado. Rojas Pinilla le responde que esas conclusiones no han caído en el vacío, que su intuición le dice serán muy útiles en un futuro no muy lejano. Que si bien no simpatiza con el verboso civilista Laureano Gómez por su egoísmo y oportunismo, en cambio, sí confía en el nacionalismo del ex general Amadeo Rodríguez y en la astucia y determinación de Mariano Ospina Pérez.
Se despiden y Fortunato, a pesar de la advertencia del general, decide tomar un taxi hasta el Cementerio central de la calle 26 con la intención de hacer una visita de oración ante la tumba de Mariadolores, para luego proseguir el viaje a la Asunción en Guavatá. Paga al taxista y se adentra a pie en el camposanto, aunque receloso y con cierta incomodidad de sentirse seguido por alguien que no logra visualizar, camina por entre unos panteones y tumbas construidos de forma caprichosa y dispar; pero no alcanza a llegar a la tumba de Mariadolores. Dos hombres fornidos con largos sobretodos y sombreros bien calados entre los que alcanza a distinguir al chofer del taxi, lo aprisionan y lo llevan obligado al taxi que ha quedado a la entrada del cementerio. Fortunato sin lograr entender quiénes y por qué lo habían traicionado, desaparece sin dejar huella ninguna, como si la tierra se lo hubiera tragado para siempre cubriendo con una capa oscura y densa de tierra y olvido, la terrible realidad de sus proféticas conclusiones convertidas unos años más tarde, en una macabra realidad. (Revisado 13. 01.2026)
Fuente Imagen Internet.
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*Alberto Pinzón Sánchez. es un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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