Por: Fernando Buen Abad Domínguez

Desde una perspectiva crítica, el primer gran gesto impúdico es la apropiación privada del producto del trabajo. El capitalismo no sólo roba valor; roba también sentido. El fetichismo de la mercancía, analizado con rigor por Marx, no es una ilusión óptica sino una operación semiótica, las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre cosas, y las cosas adquieren una vida social autónoma que encubre la explotación que las produce. La impudicia consiste en que este encubrimiento ya no necesita ocultarse. La obscenidad del capital no es secreta, es pública, cuantificable, celebrada en rankings de riqueza extrema que conviven obscenamente con masas empobrecidas. La desigualdad ya no se justifica con pudor; se exhibe como mérito, como espectáculo aspiracional. La semiosis dominante convierte el robo estructural en éxito individual y el fracaso social en culpa personal.

Definida como Sociedad de la Impudicia no por un accidente moral ni una suma de deslices individuales, sino por una formación económica e histórica concreta, es una estructura de sentido producida y reproducida por las relaciones sociales de dominación extremadamente humilantes. En ella, la impudicia no es simplemente obscenidad visible, sino un régimen semiótico que naturaliza el despojo, estetiza la desigualdad y convierte la degradación humana en mercancía simbólica de consumo cotidiano. Su núcleo no es el exceso, sino la impunidad, la posibilidad de robar el producto del trabajo ajeno, de vaciar de contenido la dignidad humana y de hacerlo a plena luz del día sin vergüenza alguna, incluso con aplauso mediático. La impudicia es, así, una pedagogía del cinismo social.

En este contexto, la ideología burguesa opera como una maquinaria de banalización. No se limita a mentir, trivializa. Vacía las palabras de su densidad histórica y ética para reutilizarlas como eslóganes. Libertad se reduce a capacidad de consumo, democracia a procedimiento electoral sin poder popular efectivo, derechos a favores administrados por el mercado. Esta operación es profundamente impúdica porque despoja a los conceptos emancipatorios de la humanidad que los engendró. La vulgaridad no es aquí una disquisición sobre el mal gusto burgués, sino una estrategia política, rebajar el pensamiento, estereotipar el discurso, impedir la pausa reflexiva necesaria para reconocer la injusticia. La grosería mediática, la simplificación agresiva y la espectacularización del conflicto son dispositivos de control simbólico.

Naturalizar la vulgaridad cumple una función disciplinaria. Al imponer un horizonte cultural donde todo es intercambiable, desechable y rápido, se erosiona la capacidad de indignación. La impudicia se vuelve norma, y lo verdaderamente escandaloso pasa a ser cualquier gesto de decencia radical, la solidaridad, la coherencia ética, la crítica profunda. Desde la semiótica social, esto puede leerse como una inversión de los valores de pertinencia, los signos que antes denunciaban la injusticia ahora resultan «exagerados» o «ideológicos», mientras que los signos del abuso se presentan como neutrales, técnicos, inevitables. La ideología dominante no grita; bosteza. Su eficacia radica en el cansancio moral que produce.

Su industria cultural desempeña un papel central en esta economía de la impudicia. No como simple aparato de entretenimiento, sino como fábrica de subjetividades adaptadas. El dolor ajeno se convierte en contenido, la miseria en formato, la violencia en rating. Hay una obscenidad específica en la repetición serial del sufrimiento sin contexto ni horizonte transformador. La imagen del hambre, de la guerra o de la exclusión, despojada de análisis estructural, se vuelve pornografía del desastre, consume empatía sin producir compromiso. Esta forma de impudicia no sólo explota cuerpos, explota emociones. Extrae plusvalor afectivo y lo devuelve como anestesia.

Desde un humanismo crítico riguroso, esta situación plantea una pregunta insoslayable, ¿la humanidad merece tanta bajeza? La pregunta no es moralista ni metafísica; es histórica y política. No se trata de una condena abstracta al «ser humano», sino de una crítica a las condiciones que degradan lo humano. Nadie nace impúdico en este sentido estructural. La impudicia es aprendida, incentivada, premiada. Es el resultado de un orden social que separa ética y política, verdad y poder, conocimiento y responsabilidad. Un humanismo crítico no idealiza al sujeto; lo comprende en su conflictividad, pero se niega a aceptar como destino la reducción del otro a cosa, cifra o espectáculo.

Por eso la filosofía, cuando asume su tarea emancipadora, debe recuperar el pudor como categoría política, no en su acepción conservadora, sino como conciencia del límite, del otro, de la responsabilidad frente a la vida común. Pudor es reconocer que no todo puede ser mercancía, que no todo debe mostrarse para ser consumido, que hay una dignidad irreductible que no admite precio ni rating. La impudicia burguesa odia ese límite porque interrumpe la lógica de acumulación. Por eso lo ridiculiza, lo tilda de ingenuo o anticuado. Pero sin ese límite, la civilización se vacía de humanidad.

Un análisis semiótico científico muestra que la Sociedad de la Impudicia funciona mediante redundancia, repite hasta el cansancio los mismos signos de éxito, poder y normalidad, mientras excluye sistemáticamente los signos de cooperación, justicia y memoria histórica. Esta repetición no busca convencer, sino saturar. Frente a ella, la crítica no puede limitarse a desenmascarar; debe producir contra-semiosis, nuevos sentidos anclados en prácticas reales de transformación. La ética humanista no es un discurso ornamental, es una praxis que rehace los vínculos, que devuelve al lenguaje su capacidad de nombrar el dolor y la esperanza sin convertirlos en mercancía.

Su impudicia, en última instancia, es el síntoma de un sistema que ha perdido toda vergüenza porque ha concentrado todo el poder. Combatirla no es un acto de nostalgia moral, sino una necesidad histórica. Allí donde el robo se presenta como ley, la vulgaridad como cultura y la desfachatez como virtud, la tarea crítica consiste en reinstalar la pregunta por lo humano, no como abstracción, sino como horizonte concreto de lucha. La humanidad no merece la bajeza que se le impone; la padece. Y reconocer esa diferencia es el primer gesto de decencia radical en un mundo que ha hecho de la impudicia su lenguaje oficial.

Siempre el capitalismo puede entenderse, con precisión teórica, también como una maquinaria integral de impudicia e impunidad, diseñada para producir daño social sin asumir responsabilidad alguna. Su lógica operativa separa sistemáticamente acción y consecuencia, quien decide no padece, quien se beneficia no responde, quien destruye no repara. Esta disociación es su mayor obscenidad. La acumulación capitalista requiere no sólo la explotación material, sino la suspensión ética permanente; necesita un mundo donde despedir, contaminar, empobrecer o precarizar no provoque vergüenza sino balances positivos. La impunidad no es una falla del sistema, es su condición de posibilidad. Jurídicamente blindado, mediáticamente legitimado y simbólicamente naturalizado, el capital actúa como sujeto irresponsable absoluto, capaz de producir catástrofes humanas mientras se presenta como racionalidad económica. En esta maquinaria, la impudicia se automatiza, ya no depende de la mala conciencia individual, porque la estructura misma ha abolido la necesidad de sentir culpa. El resultado es un orden social donde la injusticia no sólo ocurre, sino que se gestiona, se planifica y se optimiza sin rubor, convirtiendo la negación de la dignidad humana en procedimiento normal de gobierno. Inmundicias ideológicas burguesas. Desde el robo al producto del trabajo hasta la desfachatez de la vulgaridad naturalizada. La humanidad o se merece tanta bajeza.

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Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor mexicano, nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. Ha publicado numerosos libros, entre los que destacan Filosofía de la comunicación y La guerra simbólica. Actualmente, ejerce la docencia e investigación en universidades de Argentina y México, promoviendo un pensamiento transformador. Su labor busca combatir la hegemonía mediática mediante el desarrollo de una conciencia crítica en la sociedad. ♦

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