Gira del Presidente electo Kast

Por Mauricio Vargas

Lo escribí antes. Advertí antes. Denuncié antes.
No cuando el resultado ya era conocido; no cuando la escena se había vuelto obvia, no cuando la realidad hacía imposible la incomodidad.
Lo hice antes del 14 de diciembre. Cuando José Antonio Kast evitaba debates como un vampiro que evita un espejo; como quien esquiva una prueba para la que sabe que no está preparado.
Lo hice cuando su comando entendía -mejor que él- que cada minuto adicional de exposición era una amenaza.

Dije entonces que no se trataba de una diferencia ideológica atendible, sino de una carencia estructural. Dije que había en él pobreza intelectual.
No como descalificación emocional, sino como diagnóstico político.
Lo escribí con claridad: el candidato no tenía palabras, y sin palabras no hay ideas; sin ideas no hay proyecto; sin proyecto, el poder se vuelve puro reflejo.

Advertí también que era el más malo al arco. No porque no supiera moverse en la cancha electoral, sino porque había llegado hasta ahí sin espesor, sin pensamiento, sin herramientas conceptuales para sostener el lugar al que aspiraba.
Cuando en el balotaje, aceptó apenas dos debates, uno en el Hogar de Cristo -donde el contexto amortiguaba cualquier exigencia- y otro, el de Anatel, a una semana de la votación. Incluso allí, con el escenario controlado, volvió a quedar expuesto.

Intentó cubrir la precariedad con solemnidad, con frases aprendidas, con moralina. No funcionó. Nunca funcionó.

Eso quedó escrito.
No como provocación. Como advertencia.

Luego vino el triunfo. Y con él, algo más inquietante que el resultado electoral: la legitimación pública de esa precariedad.

Porque una cosa es que un candidato limitado compita; otra, infinitamente más grave, es que esa limitación se transforme en virtud una vez que se alcanza el poder.

Es después de eso, ya investido como presidente electo, cuando ocurre el encuentro con los máximos representantes de las Ciencias Sociales Chilenas; un almuerzo que el rector Carlos Peña – como un invitado más- observa y luego describe con una precisión sobria y casi profética en una columna titulada Almorzando entre vecinos.

Peña no escribe con estridencia. Escribe con distancia. Y en esa distancia aparece lo más inquietante.
El marco era solemne, el contexto exigía altura, las preguntas estaban al nivel de lo que corresponde cuando académicos interpelan al poder: seguridad y debido proceso, relaciones internacionales, educación, institucionalidad.

Preguntas que abrían la posibilidad de articular pensamiento, de elevar la conversación, de mostrar que detrás del cargo había algo más que literalidad.

Pero ocurrió… nada

Las preguntas no derivaron en reflexión conceptual.
No hubo manejo de datos que ordenara una visión.
No hubo retórica capaz de transformar experiencia en proyecto.
No hubo imaginación política.
No hubo abstracción. No hubo relato estructural.
No hubo siquiera, un atisbo de poesía política: de esas que permiten pensar un país más allá de la coyuntura.

Lo que hubo fue otra cosa: comodidad en la vecindad, “una cierta domesticidad intelectual” que anuló cualquier exigencia.
Peña lo dice sin necesidad de subrayarlo: se advierte en Kast “una alergia persistente a la más mínima abstracción”. No es una metáfora exagerada. Es una constatación.

El presidente electo parecía satisfecho en ese registro, incluso orgulloso. Como si descubriera profundidad en sus propias palabras.
Como si bastara con ser un vecino despojado de abstracciones, para ejercer el poder.

Peña incluso sugiere que aquello podría inspirar una novela titulada Desde el hogar.
Y lo entiendo, no como un mensaje al azar: sino una clave. Porque lo que describe es un hombre cómodo en lo casero, incapaz de salir de la literalidad, enfrentado a preguntas de Estado como quien responde desde la sobremesa, sin elevar jamás la mirada.

Menciono a Peña, no porque reemplace mi advertencia.
Importa porque la confirma desde otro lugar; con otro lenguaje, sin intención de polemizar. Importa porque desnuda lo que el poder ya había legitimado: un presidente electo intelectualmente limitado que, frente a preguntas relevantes, es incapaz de transformar cercanía en pensamiento.

Aquí conviene detenerse.

Porque un presidente sin palabras adecuadas, no puede pensar políticas públicas complejas. No puede anticipar conflictos. No puede explicar sacrificios.
No puede siquiera pensar en convocar a un nosotros.

Lo que puede hacer, entonces, es gestionar emociones básicas: miedo, resentimiento, cansancio, nostalgia. No construye futuro; administra presente degradado.

Y eso tiene consecuencias.

Porque cuando faltan palabras, sobran órdenes.
Cuando falta pensamiento, aparece el reflejo autoritario. No necesariamente brutal -aún-, pero sí constante, persistente, normalizado.

La falta de palabras no es inocua. Es estructura de poder.

Pienso que hay algo tanto o más inquietante que un presidente autoritario. Más peligroso que uno agresivo.
Más corrosivo que uno abiertamente ideológico.

Un presidente sin palabras.

Cayendo

No sin discurso -eso abunda- sino sin lenguaje político. Sin densidad conceptual. Sin capacidad de nombrar conflictos reales, jerarquizar prioridades, articular sentidos, o siquiera sostener una idea compleja más allá del eslogan.

Porque gobernar empieza ahí. En las palabras.
Y cuando ellas faltan, lo que aparece, no es el silencio: sino la insignificancia administrada.

El texto -“Almorzando entre vecinos”- del rector Peña, vale no sólo porque sea brillante, sino porque es involuntariamente devastador. Porque muestra a un presidente electo que, ya sin competencia, ya sin presión electoral, ya sin necesidad de fingir, sigue sin palabras.
Y un país no se gobierna sin palabras. Porque de las palabras nacen las ideas, los conflictos se nombran, las prioridades se ordenan, los proyectos se comunican.

Sin palabras no hay política: hay administración menor, hay consigna, hay eslogan.
Ese es el Kast que advertimos. Ese es el Kast que ganó. Y ese es el Kast que salió a mostrarse al mundo.

La gira reciente lo dejó en evidencia. No como error aislado, no como tropiezo comunicacional, sino como plantilla estándar.
Cada parada, cada foto, cada escena “cotidiana” funcionó como un espejo involuntario de lo que advertí: no hubo proyecto elevado, solo domesticidad política; no hubo ambición histórica, solo escenografía menor; no hubo liderazgo, solo actuación de cercanía.

El presidente electo no parecía un jefe de Estado enfrentando preguntas relevantes, sino alguien incómodo fuera del libreto; refugiado en la nimiedad permanente que siente que lo protege, incapaz de elevar una respuesta cuando la realidad exige altura.

No fue casual. Fue coherente.

Los lugares importan.
No por elitismo, sino por significado.

Visitar espacios irrelevantes en términos estratégicos, culturales o políticos no es neutral. Revela un horizonte corto. Una concepción pobre del poder. Una idea mínima de país.

La gira no buscó centros de decisión, ni polos de innovación, ni debates incómodos. Evitó universidades críticas, foros complejos, interlocutores exigentes. Prefirió escenarios amables, controlados, donde nada desborda y nadie repregunta.

Eso no es cercanía. Es evasión.

Cada almuerzo, cada paseo, cada escena cuidadosamente “normal” reforzó la misma imagen: un presidente cómodo en lo pequeño, incómodo en lo grande. Alguien que confunde austeridad con simpleza, y simpleza con vacío.

Por lo mismo, entonces, no se trata de una gira mal diseñada, sino de una cosmovisión. La imperfección no como falla, sino como identidad política.

Frente a alguna pregunta relevante, el presidente electo, no se elevaba: se achicaba. No respondía: rodeaba.
No pensaba en voz alta: repetía fórmulas.

Pero… en realidad, nada de esto es excepcional en José Antonio. Nada de esto es local.

Trump no articulaba ideas: espectacularizaba el conflicto.
Bolsonaro no pensaba políticas: performaba ignorancia como virtud.
Vox no propone proyectos: repite consignas.
Orbán convirtió la chatura nacionalista en sistema.
Meloni pule una épica vacía que se sostiene en gestos y enemigos difusos.

En todos los casos, el patrón es el mismo: líderes sin lenguaje complejo, sin pensamiento articulado, sin capacidad real de gobernar sociedades diversas, pero expertos en convertir la mediocridad en identidad.

El mundo está lleno de indignados sin proyecto, de libertarios sin pensamiento, de ultras sin horizonte, de neonazis con lenguaje de meme, de líderes incapaces de articular una frase que no sea consigna.

No entran gritando. No marchan con botas -al principio-.
Entran por la cocina. Por el living. Como el almuerzo compartido de un vecino. Se sientan. Sonríen. Dicen que vienen a ordenar.
Que no saben mucho, pero que sienten como tú.
Que las élites sobran. Que pensar demasiado complica.

Y mientras tanto, el lenguaje se empobrece.
Y cuando el lenguaje se empobrece, la democracia se vuelve cada vez más frágil.

La gira internacional que hoy se intenta presentar como el inicio de la reinserción de Chile en el escenario global, no hace sino confirmar lo mismo, pero ahora amplificado.
No por errores diplomáticos groseros. No por escándalos. Sino por algo más profundo y más inquietante: la pequeñez de los objetivos, la pobreza del lenguaje, la banalidad de los gestos.

Se visitan países de segunda línea política. Se priorizan encuentros con líderes que representan versiones degradadas del autoritarismo contemporáneo. Se omiten deliberadamente escenarios relevantes.

Argentina aparece como punto de partida simbólico, no por su peso actual, sino por afinidad emocional. Milei encarna exactamente lo que Kast admira: el desprecio por la complejidad, la glorificación del gesto violento, la sustitución del pensamiento por el grito. Perú, con autoridades debilitadas, cuestionadas, sin legitimidad democrática robusta. República Dominicana como postal migratoria simplificada, donde un problema histórico y humanitario se reduce a consigna exportable.

El Salvador como fetiche autoritario, donde el régimen de excepción se vende como eficacia y la suspensión del Estado de derecho como éxito.

Ninguno de esos países destaca hoy por crecimiento sostenido, fortalecimiento democrático o bienestar social. Son modelos agotados, autoritarios o directamente fallidos.

Se anuncian futuras visitas como si fueran trofeos; sin advertir que esa lista no revela ambición estratégica, sino alineamiento ideológico estrecho.
Hungría y Orbán como horizonte iliberal explícito.
Italia y Meloni como coartada respetable para una derecha que no quiere nombrarse a sí misma como heredera del fascismo.

No hay una visión latinoamericana clara. No hay una propuesta multilateral robusta. No hay una lectura compleja del mundo fragmentado que habitamos.

Y cuando se insiste, una y otra vez, en que el objetivo del viaje es “reinsertar a Chile en el mundo”, la frase no sólo incomoda: se vuelve majadera.

Chile nunca salió del mundo. Chile ha firmado tratados, ha impulsado acuerdos, ha sido actor relevante en foros multilaterales, ha sostenido una política exterior reconocida por su profesionalismo incluso por gobiernos ideológicamente opuestos.
El presidente Gabriel Boric -con todas las críticas que se le puedan formular- es respetado precisamente por lo que a Kast le falta: densidad, lenguaje, comprensión de la complejidad global.

El contraste en El Salvador, fue decidor. Junto a Kast, Nayib Bukele reconoció explícitamente el lugar de Chile en el mundo: su trayectoria, su institucionalidad, su distancia -años luz, dijo- respecto del modelo salvadoreño.
Lo hizo sin estridencias. Casi con naturalidad. Y ese reconocimiento, dicho frente al presidente electo chileno, dejó al descubierto la escena completa: Chile no necesitaba ser “reinsertado”; lo que estaba ocurriendo era otra cosa.

Era la entrada de un liderazgo subalterno, incapaz de representar aquello que dice venir a restaurar.

La gira, entonces, no eleva a Chile. Lo achica. No por lo que hace, sino por lo que revela: un presidente electo que se mueve cómodo en escenarios donde no se le exige demasiado, donde la conversación puede mantenerse en el nivel de la consigna, donde la falta de palabras no se nota porque nadie espera que las tenga.

Y aquí volvemos a la advertencia inicial. Esto no es un problema personal. No es animadversión ideológica. Es algo más serio: la normalización de la imperfección como forma de liderazgo.

Porque lo verdaderamente grave no es que un hombre limitado llegue al poder. Eso ha ocurrido antes.
Lo más grave es que esa limitación sea celebrada de la forma en que sus seguidores lo hacen.
Que la pobreza intelectual sea leída como autenticidad. Que la falta de abstracción se venda como sentido común.

Que la ausencia de palabras se transforme en virtud.

Pero Kast no es una anomalía chilena. Es una expresión más de un clima cultural global. El trumpismo en Estados Unidos, el bolsonarismo en Brasil, Vox en España, el orbanismo autoritario en Hungría, el melonismo en Italia, los libertarios, neonazis, los ultras, los indignados permanentes de redes sociales.

Todos distintos, pero unidos por un hilo común: el desprecio por el pensamiento complejo, la hostilidad hacia la palabra elaborada, la glorificación de lo simple, lo inmediato, lo visceral.

No llegan con libros. Llegan con gestos. No llegan con ideas. Llegan con slogans. Tampoco llegan con proyectos. Llegan con identidades cerradas.

Y funcionan porque una parte de la sociedad está cansada, despolitizada, resentida, dispuesta a que se exija cada día menos. Y cuando el estándar cae lo suficiente, cualquiera parece firme o adecuada.

Cuando la vara se baja, la mediocridad se vuelve mérito.

La gira importa. No por los lugares visitados, sino por todos los que revela que no puede habitar. No por los discursos pronunciados, sino por los que jamás podría formular.

No por lo que dice, sino por lo que es incapaz de decir.
Un presidente sin palabras no es un problema retórico. Es un problema político.
Las palabras no adornan la política: la hacen posible.
De las palabras surgen las ideas. De las ideas, los diagnósticos.
De los diagnósticos, las decisiones. Y de las decisiones, los conflictos que una sociedad está dispuesta a asumir.

Cuando no hay palabras, no hay ideas. Cuando no hay ideas, solo queda la administración de reflejos.
Y cuando eso se normaliza, el aplauso reemplaza al juicio.

Y, en ese sentido, el periplo de segunda división, fue un manual. No buscó demostrar fuerza, sino normalizar la pequeñez: Hacerla amable. Vendible. Aplaudible, incluso.

Por eso escribo esto. No para ganar una discusión. No para ajustar cuentas personales. Sino porque cuando una sociedad empieza a aplaudir lo que antes exigía superar; cuando convierte la mediocridad en identidad y la falta de pensamiento en virtud, el problema deja de ser un presidente y pasa a ser cultural.

El fascismo no siempre entra gritando. A veces entra almorzando entre vecinos.

POLITIKA

BLOG DEL AUTOR: Mauricio Vargas
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