Por Alberto Pinzón Sánchez*

Cuando el Dr Gandhi venció el miedo a la muerte, venció también al exilio. Una tarde brumosa del inicio de la primavera boreal, cuando hacía fila en el estanco oficial del pintoresco pueblito escandinavo de “Angstland” o país de la angustia, resolvió regresar a su patria que había tenido que abandonar hacía varios años debido sus actividades políticas clasificadas por la Seguridad del Estado, como subversivas.

 Añoraba con insistencia, el sol canicular de sus querencias, la tierra olorosa y siempre verde que nutría las intrincadas raíces del árbol de su vida. Herr Larsen, un típico nórdico cincuentón, rollizo y sonrosado de pelo descolorido, quien manejaba la oficina provincial de “atención a los fugitivos” situada en la calle Smörblomevegen, recibió con atención la detallada propuesta de su regreso; que había rumiado en su mente durante la interminable noche del invierno boreal.

“Smörblomevegen” o calle-de-la-flor-de-la-mantequilla, que recibía su nombre por la delicada florecilla de color amarillo pálido que arrastra su efímera vida veraniega en los matorrales a la orilla del pavimento, era la vía principal del cuadrangular barrio de “Inte-hop” (sin-esperanza) del pueblito de Angstland. Era la calle donde se congregaban en los atardeceres sin fin del verano nórdico, pequeños corrillos de desesperanzados prófugos de las guerras de saqueo del Sur de este mundo:

Nilóticos del cuerno africano, bantúes del África ecuatorial, norafricanos, palestinos, iraquíes, iraníes, kurdos, sirios libaneses, sur-asiáticos de Filipinas, de Timor; centroamericanos, andinos, y colombianos. Todos coloridos apátridas de un mundo condenado a causa de sus riquezas, que entre el humo de sus cigarrillos dejaban ver las cicatrices de sus heridas de guerra y en una lingua franca, como debió ser la de Babilonia sin el inglés, con gestos dramáticos trataban de explicar el pequeño porqué de su gran huida.

 Invariablemente cada semana, los ex patriados desfilaban por esta callecita-de-la-flor-de-la mantequilla, a recibir el subsidio para la subsistencia para gastarlo inmediatamente, hasta la última moneda, en el inmenso supermercado del pueblo llamado irónicamente “konsum”. Era también la calle central de una colorida aldea universal del futuro, donde se hacía el tránsito doloroso de una sociedad miserable donde faltaba de todo y cuya más importante tecnología eran las armas importadas, hacia el mundo tecnológico y rico del consumo, donde había de todo hasta el derroche, mientras se concluía el enajenante desarraigo del blanqueo por dentro, en el espíritu, y por fuera, en la piel.

El regreso estaba calculado para esquivar, en el aeropuerto de ingreso a su país, los controles de los detectives de la seguridad del Estado hacían en el pasaporte chequeándolo con la lista de seguridad del computador central. El Dr Gandhi se jugó el ingenuo albur de suavizar en una nueva foto, los rasgos que lo semejaban al verdadero faquir hindú, sacando un pasaporte nuevo a su nombre, en la embajada de Colombia en el país nórdico: sin bigote, sin gafas de aro redondo, y con un tupé que ocultaba su incipiente calvicie y echaba un poco de pelo sobre sus orejas.

 El vuelo de retorno partió desde la llanura nórdica a media noche, hizo una parada en París antes de iniciar el cruce del Atlántico. El aturdimiento causado por la quietud de tantas horas sentado viajando contra el tiempo, finalmente fue interrumpido por el estremecimiento del avión al tocar tierra en el aeropuerto de su país. Al desembarcar, el aire tibio de la mañana, oloroso al verdor que rodea la pista, le hizo inspirar profundo, como de costumbre, y se encaminó a hacer la fila para recoger su equipaje.

Pasaporte, dijo con rudeza el detective cuando el Dr Gandhi llegó al mostrador del computador. Recibió el cuadernillo rojo que el Dr Gandhi le entregó, lo reparó con esmero y observó con detalle la foto comparándola con su fisonomía. Mientras tanto, otro agente miró con persistencia su maleta fijando su atención en el rótulo de identificación. Le hizo una seña al detective del computador para que manejara con lentitud el trámite, y un hilo de sudor comenzó a resbalar por las axilas del Dr Gandhi.

Puede continuar, dijo con la misma sequedad el detective, después de hacer sonar la máquina selladora sobre la página del cuadernillo. El otro detective, se retiró unos pasos para cuchichear por un radio teléfono. Había descubierto en la identificación algo que llamó su interés. Aparentando gran tranquilidad, el Dr Gandhi atravesó la puerta de salida y un enjambre de maleteros y taxistas le ofrecieron sus servicios. Los rehusó con cortesía y caminó con decisión al parqueadero del aeropuerto.

Inspiró profundamente, como es su costumbre cuando tenía alguna dificultad para tomar unos segundos en ordenar su pensamiento. Como sus amigos le habían escrito en la última carta, con el portero del parqueadero le habían dejado un sobre a su nombre conteniendo la llave y la tarjeta de propiedad de un vetusto Renault rojo modelo ochenta, estacionado a la derecha de la puerta de entrada principal.

 –Algo raro sucede, se dijo preocupado mientras abrió la puerta del carro. Inspiró hondo, como era su costumbre; dio una rápida mirada al interior del vehículo sin encontrar nada raro. – Es un modelo bastante antiguo, pensó cuando por el espejo retrovisor vio una humareda blanca cuando el carrito arrancó trepidando sin mucha potencia; pagó el recibo del estacionamiento en pesos colombianos y puso las luces direccionales para señalar que iba a entrar en la autopista en dirección a la gran ciudad capital de su país.

Trascurridos unos minutos de estar en la caravana de autos, un furgón azul de vidrios negros, se le abalanzó a cortarle la vía haciendo chirriar sus neumáticos, y justo, en ese momento, desde un yip de color verde oscuro que venía a su lado, salieron varias ráfagas de ametralladora pequeña.

Una mezcla sonora de latas machacadas y vidrios rotos, enmascararon los ruidos cortados del motor del Renault que se apagó. El Dr Gandhi trató de acelerarlo, pero sus pies entumecidos no le obedecieron; sintió un gran dolor en el hombro izquierdo y cuando inspiró profundo, como de costumbre antes de ordenar sus ideas, la quemadura del dolor le abarcaba todo el lado izquierdo del tórax. Un hilo viscoso y tibio de sangre le escurría lentamente por su espalda aumentándole la sensación de desfallecimiento.

Me cazaron, se dijo aceptando la realidad que se le impuso, mientras trataba de hacer corresponder sus atropellados pensamientos con el dolor que ya es en todo el cuerpo. Intentó pedir ayuda y su voz, fue un ronquido vacío. Trató de inspirar hondo, como de costumbre, pero el dolor del tórax lo limitó.

Palpó los puntos más dolorosos: El hombro izquierdo, despedazado. Debajo de la axila, por entre las costillas, salía la sangre pegajosa aún cálida. – Fue por el lado izquierdo se dijo, mientras oía los carros acelerando al pasar por su lado. Luego, pasó la mano por el muslo derecho, el del acelerador, y no pudo dejar de mirarlo: era una masa carnosa sanguinolenta. La boca ya seca, aumentaba el un dun-dun-sin-fin que martillaba en sus sienes. Su visión lejana, de la cual se ufanaba, ahora borrosa, retuvo una lata amarilla de una espumosa cerveza rubia australiana que había aprendido a beber en el barrio de Inte-hop.

Ahora todo es amarillento pálido, como cuando estuvo en Laponia, en el parque natural de “Abikisio”, observando aterrado el descolorido sol de la medianoche boreal y la corona glauco amarilla de la luz de un sol brillando a la media noche, en un congelado día- sin- fin, totalmente desconocido para un hombre tropical.

Una serie atropellada de recuerdos hacia atrás, contra el tiempo, como si buscara alguna razón le hicieron desandar sus pasos, como un remolino imparable y vertiginoso de imágenes sin tiempo ni espacio, que lo arrojaron por uno de los precipicios pedregosos y profundos, como los que hay en la parte montañosa del macizo y nebuloso páramo de Sumapaz, desde donde el río Duda se precipita en un torrente espumoso, encajonado por un imponente cañón hacía la llanura oriental y la selva amazónica.

Alguien abrió los párpados pesados del Dr Gandhi, y la luz ya no era amarilla-lánguida, sino tiniebla. Le dicen algo sordo y sin palabras. El dolor del cuerpo despedazado por las balas tampoco es ya dolor corporal. El aire inhalado ansiosamente en arcadas a través de la ventanilla del Renault tampoco es aire, sino vacío. En este instante definitivo, un postrer estertor le impide al Dr Gandhi inspirar hondo, como era su costumbre cuando tenía dificultades y tomaba una pausa para ordenar sus ideas. La guerra, para él, había terminado. Seguía su paz.

(Revisado 07.02.2026) | Fuente Imagen: Internet.

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*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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