Por Alberto Pinzón Sánchez.
Es marzo, pero aquí en Escandinavia todavía hace mucho frío. El paisaje es yermo y helado, alternado la nieve con algunos claros ralos de paja mojada color ocre y árboles quebradizos parecidos a chamizas. El viento helado del oriente es hiriente en los labios y al hablar las palabras salen con un vaho grisáceo extraño. Con mi amigo, un antiguo militante de la UP, quien lleva varias décadas exiliado en estas tierras, que me sirve de lazarillo y guía nos dirigimos a tomar el Metro o «Tunnelbahna» en la estación principal de «Gamla Stan» o ciudad antigua, para regresar a casa después de nuestra asamblea anual de exiliados políticos colombianos.
Los abrigos y gorros hacen de los pasajeros un conjunto oscuro bastante uniforme y hasta aburrido. Sin embargo, al entrar al vagón distinguimos como excepción, tres jóvenes altos y fornidos vestidos con chaquetas gruesas hasta la cintura, de una fibra plástica color verde muy resistente, jeans azules ajustados en las nalgas y botas gruesas con puntera metálica redonda y de amarrar en la media caña. Uno lleva la cabeza afeitada y mastica insistentemente un chicle y los otros dos el pelo rubio corto.
Intercambiamos miradas con mi amigo y él me hace con ambas manos la señal de calma. El viaje se hace monótono por la voz también nono- tona y gangosa del parlante automático que anuncia repetidamente la dirección del tren, la estación a la que se llega, las interconexiones con otras líneas, la dirección de la salida, el cierre de la puerta y la próxima estación. Los pasajeros entran y salen resoplando como en un intento de darse calor y a medida que avanzamos, el vagón de un metal helado e impersonal va quedando casi vacío a medida que nos alejamos del centro antiguo de la ciudad. Quedan algunas parejas distraídas que se miran mutuamente a los ojos y se ríen, uno que otro nórdico maduro que en solitario repasa las noticias amarillas en el «Blatt» o periódico local y, los tres neo-nazis de chaqueta verde de pie ahora ubicados en el centro del vagón, al lado de un joven indudablemente un caribeño de piel tostada, trabajador de la construcción con un grueso overol azul claro, sucio y manchado de pintura.
-Parece un chilapo desplazado por los paramilitares le digo a mi compañero, tratando de interpretar la escena. Sonriendo me responde que como en los países de la periferia mediterránea ya no hay trabajo, están llegando masivamente al norte de Europa y a Escandinavia a buscar trabajo para poder girarle la «remesa» a sus familiares.
Sorpresivamente uno de los neo-nazis, el de la cabeza afeitada, saca de la boca el chicle que rumia y lo pega en el lente redondo de la cámara de seguridad ubicada en el techo del vagón. Y, los otros dos comienzan a dar chillidos estridentes en las mismas orejas del trabajador caribeño. Saltan y le dan puntapiés sonoros con la puntera metálica de sus botas a los tubos del vagón a escasa distancia suya. La trepidación de los tubos llega hasta nuestros asientos. Dan gritos en sus oídos, al parecer con palabras obscenas buscando obviamente aterrorizarlo, y atemorizarnos a todos. Mi amigo me insiste en guardar calma. Los demás pasajeros fingen indiferencia tratando de ignorar lo que acontece, concentrándose aún más en su mirada perdida. Los minutos se alargan desapaciblemente.
En la frente aún tersa del joven caribeño se ven algunas perlas de sudor que comienzan a resbalar y los neo- nazis lo celebran con risas estridentes y más alaridos. El caribeño, no mueve un músculo y mantiene la mirada quieta en la distancia. Lentamente, quizás imperceptiblemente va bajando la mano hasta meterla en el bolsillo de su overol azul y realiza dentro un movimiento amplio de la mano, ese sí evidente como de abrir algo. Voltea la cabeza y, en una fracción de segundo mira fijamente el cuello del neo-nazi que está más cercano. Afloja los músculos como un gato cuando va a saltar y se queda quieto. Oigo la respiración agitada de mi compañero.
Los neo-nazis se han dado cuenta del movimiento del joven caribeño y cruzan miradas de sorpresa. Advertidos, callan y se retiran lentamente hacia el otro extremo del vagón para pulsar el botón de parada. Hay un vacío silencioso interrumpido a intervalos por la percusión del tren sobre los rieles. El joven caribeño nos mira todavía con la mano dentro del bolsillo y como si nos hubiera oído hablar y adivinado nuestro acento nos dice en castellano colombiano: – «Un segundo más y le hubiera marcado calavera. Tenía el cuello largo». Una risa nerviosa resuelve la tensión. En seguida agregó seriamente – «Soy del Urabá». Se paró, se despidió tranquilamente y a los pocos minutos, cuando el tren llegó a la parada, se bajó del vagón acomodándose el overol, mientras el parlante automático del tren anunciaba con su voz gangosa el nombre de la estación. Habíamos llegado.
(Estocolmo. 13/08/2011) |Tomado de la colección Relatos. APS.
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*Alberto Pinzón Sánchez. es un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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