Marcelo Colussi *

«La desigualdad no es originada por la naturaleza, sino por el sistema [capitalista], que distribuye la miseria». Federico Engels

«El capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos».Carlos Marx

«El capitalismo es el genocida más respetado del mundo«. Che Guevara

«La hora de los depredadores» es el título de un libro de reciente aparición del ensayista ítalo-suizo Giuliano da Empoli. De hecho, muy oportuno ese título para graficar lo que pasó a ser claramente, sin máscaras, el mundo actual. En otros términos: una radiografía reveladora de lo que siempre fue -y sigue siendo ahora, en versión corregida y aumentada- el sistema capitalista.

Desde que existe excedente social en la producción humana a partir de la agricultura, hace aproximadamente 10,000 años, la historia de toda la humanidad, en los diferentes pueblos y culturas en los cinco continentes, es la historia de la lucha de clases. Enfaticemos eso: lucha de clases. Es decir: un enfrentamiento a muerte (literalmente: ¡a muerte!), entre poseedores y desposeídos, una lucha permanente, una guerra, un combate donde, sin dudas, hay vencedores y vencidos.

¿Qué modo de producción de todos los habidos (despótico tributario, esclavista, feudal, capitalista) es más explotador, más sanguinario y tiránico? Imposible decirlo. En todas esas formaciones económico-sociales-culturales se repite lo mismo en términos estructurales: una pequeña élite (faraón, monarca, emperador, sumo sacerdote, empresario, rey, banquero, etc., con sus correspondientes séquitos) vive lujosamente del trabajo de las grandes mayorías (siervo, esclavo, asalariado, etc.), siempre empobrecidas y sufridas. La explotación es la nota distintiva. Y en todos los casos, se reprime -con sangre, con muchísima sangre- la protesta de las masas, su intento de modificar la situación. Eso es el Estado, el poder organizado de la clase dominante, el «Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase que detenta el poder», dirá Marx, fórmula que es válida para cualquier momento de la historia de las sociedades estratificadas en clases sociales.

Sucede que en la modernidad capitalista se fue haciendo más «refinada» esa explotación, si así pudiera decirse, y con el mundo moderno, ya más «sutil», se llegó a este modelo, hasta hoy día dominante, de la democracia representativa, la democracia liberal surgida hacia el siglo XVIII, enarbolada por las potencias capitalistas entonces dominantes: Inglaterra, Francia, el naciente Estados Unidos. «Refinada», podría decirse, porque la explotación ya no se asienta fundamentalmente en el látigo, sino en un nuevo tipo de esclavitud, que no tiene cautivos a los cuerpos, sino a las relaciones que se van dando entre las clases. Léase: la esclavitud asalariada, encubierta luego con discursos distractores. Hoy día los látigos son electrónicos y manejados con inteligencia artificial.

Pero rápidamente debe remarcarse que para que esas potencias dominantes, que forjaron la ideología del mundo moderno -la cantinela que terminamos repitiendo en todas las latitudes del orbe- puedan darse el «lujo» de hablar de democracia (y toda la parafernalia que va asociada: libertad, derechos humanos, prosperidad), debe darse una explotación inmisericorde, asentada en muerte y represión, en la gran mayoría del mundo. El auge del industrialismo europeo dieciochesco asienta en la monstruosa explotación de la población negra del África y del saqueo bestial de América. Las potencias que se llenan la boca hablando de esas ¿pamplinas?, en pleno siglo XXI continúan manteniendo colonias en el Sur Global. Groenlandia, que ahora está «de moda», es una colonia de un reino (¿reino hereditario democrático? ¿Qué intríngulis incomprensible es ese?) Pero…. ¿reyes en la era tecnotrónica? ¿Y hablando y dando lecciones de democracia? Algo no cuadra ahí. Una superpotencia tratando de arrebatarle una colonia a un país más pequeño. Esa es la historia de la humanidad desde que hay propiedad privada: nada nuevo entonces.

El «civilizado» mundo moderno del capitalismo dominante se forjó, y se sigue manteniendo, con la despiadada fuerza bruta. La «democracia» y todos sus valores asociados no mencionan el infame racismo supremacista en que se basan, y en la sangre que han hecho -y continúan haciendo- correr con cualquiera que ose cuestionarles. ¿Democracia? La risa imparable de Mafalda al enterarse que eso, etimológicamente, significa «gobierno del pueblo» lo dice todo.

Nunca hay que olvidar que esas «democráticas» potencias se repartieron el continente africano en la tristemente famosa Conferencia de Berlín de 1884/5, tal como se reparte un pastel, y años después se repartieron el mundo en dos patéticas guerras mundiales, finalizando una de ellas con armas atómicas. Por supuesto, el cuerpo, los muertos y los mutilados, como siempre, los ponen las grandes masas empobrecidas, que además de trabajar para solventar los lujos de esas élites, son enviadas como soldados a pelear por la ¿democracia y la libertad?

La Segunda Guerra Mundial, cuyo auténtico vencedor fue la Unión Soviética y no Estados Unidos, como lo idolatró Hollywood, fue tan letal que esas mismas potencias establecieron un precario acuerdo, luego de repartirse las zonas de influencia global, para no volver a enfrentarse entre ellas. Quedó claro, desde ese momento, que el país americano tomaba la vanguardia mundial. De esa cuenta se crearon una serie de normas internacionales y su correspondiente institucionalidad para que Washington, siempre en confrontación con el primer Estado obrero-campesino, manejara el mundo «libre». A su medida, y siempre levantándose esos hipócritas valores de democracia y demás sandeces, se estableció un orden internacional basado en el dólar, en una Organización de Naciones Unidas inoperante que nunca en su existencia pudo impedir una guerra, en organismos financieros internacionales muy -excesivamente- operantes, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y una OTAN, manejada por Washington, siempre lista para actuar contra la Unión Soviética -y luego contra Rusia-. ¿Qué pasó ahora que ese mundo, medianamente equilibrado, está cambiando tan drásticamente?

Vale preguntarse si efectivamente hay un cambio sustancial o, en todo caso, estamos ante una recomposición de fuerzas que permite ver con claridad qué es el capitalismo. Dicho de otro modo: a ese sistema explotador y chupasangre (véase los tres epígrafes de la presente esquela) se le han caído inescrupulosamente las máscaras, y con crudeza despiadada dice lo que siempre se ha sabido y se ha hecho, aunque disimuladamente.

Estamos ante una crisis estructural del sistema-mundo, comenzada en 2008 y de la que nunca se salió completamente, que lleva hoy día a un declive de la potencia hegemónica, Estados Unidos, con nuevas recomposiciones de los poderes globales, por lo que ese país apela a los que toda la vida ha hecho -y también hicieron las potencias europeas en su momento-, enmascarándolo antes en un discurso absurdo, hipócrita, macabramente mentiroso de defensa de la democracia y la libertad, presentado hoy en su desnuda realidad: que nunca hubo ni democracia ni libertad.

«Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos», espetó altanero el asesor de seguridad de la Casa Blanca -un duro halcón republicano- Stephen Miller. Agregando luego, sin ningún disimulo ni recato: «La fuerza es el nuevo derecho internacional y vamos a ejercerla». Pero ¿no es esa la más absoluta realidad de las sociedades de clase? ¿Qué son, si no, las interminables guerras interestatales?

Esa verdad, maquillada arteramente hasta hoy por el discurso «políticamente correcto», es incuestionable (aunque escandalice al ser dicha por un guerrerista como este representante de la clase dominante norteamericana). Esa verdad inobjetable la vieron desde tiempos inmemoriales agudos pensadores que reflexionaron sobre la dinámica humana y social: «La ley es lo que conviene al más fuerte», anunció Trasímaco de Calcedonia en el siglo IV antes de nuestra era en la esclavista Grecia clásica, cuna de la «democracia» (donde un esclavo no podía suicidarse porque no era dueño de su vida). La «relación [entre humanos] no es en absoluto una relación armónica de cooperación entre individuos igualmente libres que promueven el interés común en la persecución de la propia conveniencia. Es más bien una «lucha a vida o muerte» entre individuos desiguales, en la que uno es el «amo» y el otro es el «esclavo»», escribe Herbert Marcuse sintetizando la dialéctica del amo y del esclavo (capítulo IV) de la «Fenomenología del Espíritu» de Hegel, que inspirara a Marx. «La violencia es la partera de la historia», concluye entonces el autor de El Capital. Freud, desde otra óptica teórica, dice algo similar: «Intereses conflictivos entre los seres humanos se deciden, en principio, mediante el recurso a la violencia». Para evitarla, o controlarla en lo posible, surgen las leyes, las normas sociales. De todos modos, muy cáustico, y en consonancia con todos los autores anteriores, agrega que «[Sin embargo] Las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados».

En la línea de lo dicho por Miller, el actual mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, tratando de recuperar el terreno perdido últimamente por la gran potencia, la que ya comenzó su declive, puede decir y actuar de un modo impositivo sin dar mayor o ninguna explicación. Su consigna de «América primero» demuestra, sin ocultarlo, un ideal supremacista imparable. De allí se siguen todas las acciones que estamos presenciando, bastante anonadados. ¿Por qué sorprendidos? Porque hasta ahora se habían cuidado un poco -muy poco en realidad- las formas, siempre con un discurso hipócrita, falso, de doble rasero. Todo el mundo viola los derechos humanos, según Washington, pero Estados Unidos no. Doble rasero por todos lados. ¿Qué podría decir de derechos humanos Europa occidental, que arrasó y depredó el África? La narrativa del capitalismo, y mucho más la del imperio de turno actual, es igual que una mala película de vaqueros: «los civilizados tienen que matar a los salvajes para llevar el progreso», se podría sintetizar. «Las razas superiores tienen el derecho porque también tienen un deber: el de civilizar a las razas inferiores», dijo el democrático ministro francés Jules Ferry en el siglo XIX. Ahora, con este presidente en la Casa Blanca, ya se perdieron esas «buenas maneras» que antes, al menos en lo formal, se mantenían. De todos modos, no olvidarlo nunca: todos los capitalismos son salvajes, brutales, un desastre para la clase trabajadora mundial, absolutamente todos. No hay capitalismo «bueno». Y el imperialismo, eso que desarrollaron en siglos pasados las potencias europeas, y ahora en esta forma brutal y sin atenuantes Estados Unidos, no deja de ser capitalismo; recordando a Lenin: «El imperialismo es la fase superior del capitalismo».

En este momento, con su particular estilo de matón, Trump (es un Milei con motosierra llevado a la enésima potencia; el argentino es un payaso del que nos podemos reír -porque tiene menos cuota de poder-, pero del estadounidense hay que escapar -porque su poderío es infinitamente mayor-) ha colocado en sus redes sociales «Este es nuestro hemisferio», refiriéndose a Latinoamérica, mostrando el presunto «destino manifiesto» del país americano, que quiere impedir a toda costa el ascenso de China. Luego de la delincuencial incursión en Venezuela -evasor fiscal, mentiroso, violento, golpista, misógino, pedofílico, supremacista y ahora secuestrador- pudo decir altanero: «Primero fluirá el petróleo. La democracia puede esperar», declarándose presidente del país caribeño (SIC). Con impunidad anuncia que seguirá golpeando donde tenga que golpear. «Yo soy un dictador, pero a veces se necesita a un dictador», expresó altivo y desafiante en la cumbre de Davos. Para muchos todo esto lo pone en la calidad de «enfermo mental». No parece. Sucede como fue la historia con Hitler: un «loco» con ideas bastante delirantes, pero absolutamente funcional a la oligarquía dominante. ¿Quién es esa élite que manda en Estados Unidos? Un pequeño puñado para el que trabaja Trump, con un estilo «loco», pero funcional a quienes realmente están tras las decisiones: los tecnomagnates de Silicon Valley -que pueden saludar con el gesto nazi con total impunidad-, los acaudalados banqueros de Wall Street, el omnipoderoso complejo militar-industrial, las grandes petroleras.

La democracia formal, esa que ahora pareciera ya estar «sobrando», es puesta en entredicho por esta nueva camarilla, representada por el mandatario estadounidense. De hecho «esa» democracia, que el Occidente se cansó de pregonar como la panacea universal, es una construcción histórica, falaz, inservible para las grandes mayorías globales. ¿Por qué ese modelo, con un voto cada unos cuantos años y representantes que jamás en la vida representan a las masas populares, sería el «mejor»? ¿Quién dijo eso? ¿Con qué autoridad? ¿Con qué criterio?

«Con la democracia se come, se cura y se educa», decía el presidente argentino Raúl Alfonsín. Unos pocos años después, cuando su país entraba en crisis terminal, de la que nunca sale, agregó: «Pero no se hacen milagros».

Para consternación de quienes piensan que «esa» democracia es la que falta -como si su falta fuera la causa de los problemas que aqueja a casi toda la humanidad y no el capitalismo (una vez más: revísense los epígrafes)-, valga citar un estudio de 2024 de la Universidad de Gotemburgo, Suecia, donde queda claro que solo el 28% de la población mundial vive dentro de esos cánones. ¿Nos podemos creer que el 72% restante persiste en la miseria, ignorancia, atraso, con hambre, falto de perspectivas y sometido porque no sigue los patrones de la democracia occidental? ¿No es arrogante, racista y supremacista creer eso? «El ejemplo chino nos incita a una de las preguntas clave de nuestro tiempo: ¿es la democracia sinónimo de desarrollo? Mucho me temo que la respuesta habrá que encontrarla en otra galaxia. Porque lo que reflejan los números macroeconómicos, a los que son tan adictos los neoliberales, es que el gigante asiático ha conseguido abatir los parámetros de pobreza sin recurrir a las urnas, sin hacer gala de las libertades, sin amnistiar al prójimo», razonaba Luis Méndez Asensio.

Con la actual recomposición de poderes que está teniendo lugar en este momento -un «nuevo orden mundial» se dice-, con la perspectiva que los BRICS+ sigan creciendo -para horror de la clase dirigente estadounidense-, Trump, que no es un desquiciado mental sino un buen actor que juega el papel que el imperio necesita ahora, se quitó las máscaras de lo «políticamente correcto». Definitivamente estamos entrando en «la hora de los depredadores». O, para ser más exactos, los depredadores de siempre, ahora se quitaron la careta.

La depredación es histórica, desde que existen sociedades divididas en clases. El capitalismo, con sus varios siglos de historia, ha sido un monumental depredador, sanguinario, feroz. Lo que está comenzando ahora, es una profundización de ese modelo. «Esa» democracia, a las amplias mayorías populares, no le sirve, por lo que hay que buscar otra democracia: la de base, la popular, la que solo puede permitir el socialismo.

Cabo Verde, en África, ex colonia portuguesa, hoy utilizado por la NASA para realizar sus estudios sobre los huracanes del Atlántico, es el primer país en ese continente en orden a las mediciones de «apego a la democracia», según los criterios de las potencias occidentales, con elecciones periódicas y división de poderes, y uno de los pocos de toda la región que permite los desfiles lésbico-gay. Sin embargo, dada la falta de oportunidades de desarrollo económico que presenta -vive básicamente del turismo, pues fuera de sus playas tropicales, el interior es desértico (hambrunas a la vista) y el cambio climático tiende a desaparecerlo bajo las aguas oceánicas- tiene una mayor cantidad de población viviendo en la diáspora que en el propio territorio (el doble exactamente), pues la gente huye de la pobreza crónica. Solo para graficarlo con este ejemplo: si África está depredada, no es por Trump. La depredación, ahora al rojo vivo, viene de muy atrás. Lo singular del momento actual es que los depredadores -el grupo dominante dentro de Estados Unidos- ya no se maquilla, lo presenta sin anestesia.

La situación actual hace evidente el desastre insostenible de modelo social en que vivimos, donde solo la fuerza bruta es la que define las cosas. En la prehistoria, en las cavernas: a palazos. Hoy, con misiles nucleares y guerra cibernética. La fuerza bruta manda (¿arregló algo alguna vez la ONU?). Solo el socialismo propone otra cosa. ¿Qué seguirá ahora en el plano mundial, con esta recomposición de poderes, y viendo cómo dentro del imperio hay enormes protestas contra este capitalismo feroz que implementa Trump y sus halcones: caminos hacia una nueva guerra mundial finalmente? ¿Podemos seguir pensando aún en la salida socialista? Sin dudas: la historia no está terminada.

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*Marcelo Colussi es un psicólogo y filósofo nacido en Argentina, radicado en Guatemala desde hace décadas. Con una sólida formación en ciencias sociales y psicoanálisis, ha dedicado su carrera a la docencia universitaria, la investigación social y la consultoría en derechos humanos. Es un prolífico ensayista y analista político, cuyas columnas se publican en diversos medios internacionales de pensamiento crítico. Su trabajo se caracteriza por desmenuzar la geopolítica latinoamericana, la lucha de clases y el impacto del modelo neoliberal en la salud mental colectiva. Como intelectual comprometido con las causas populares, utiliza la escritura como una herramienta de transformación social y denuncia desde una perspectiva marxista y humanista. ♦ Google Drive: mmcolussi

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