Por Jair de Souza*
En todo el planeta, el capitalismo atraviesa una etapa crucial de su existencia. Una vez más, la coyuntura general imperante no permite que este sistema de explotación permanezca incólume dentro de sus características habituales. Así, para no sucumbir y ser sustituido por otro de diferente carácter, las fuerzas sociales que lo sostienen y se benefician del mismo necesitan encontrar la manera de llevarlo a superar las enormes dificultades que enfrenta.
Cuando acudimos a nuestra memoria histórica, vemos que el fascismo, en alguna de sus variantes, es uno de los recursos extremos a los que suelen apelar las fuerzas del gran capital para aniquilar la resistencia popular y cualquier otra amenaza a sus intereses en tiempos de crisis como el que estamos viviendo ahora. Incluso podemos considerar como enigmática la manera como, en gran parte de Europa en la primera mitad del siglo pasado, el nazismo-fascismo fue la principal alternativa con la que la burguesía buscó salir de la situación desesperada en la que se encontraba. Sobre la base de un análisis retrospectivo, podemos concluir con bastante fundamento que los capitalistas siempre están dispuestos a olvidar todos sus pruritos, ya sean morales o éticos, cuando se trata de preservar sus privilegios de clase.
Si bien las peculiaridades de cada región y de cada momento influyen en las formas específicas que adopta el nazismo-fascismo, una de las facetas que siempre está presente es la inoculación y explotación de un odio ciego y malsano contra los grupos humanos elegidos para desempeñar el papel de enemigos comunes a combatir y exterminar. Este fue el caso, por ejemplo, en la Alemania hitleriana, donde los comunistas, los gitanos, los eslavos, los discapacitados físicos, los judíos, etc., sirvieron como chivos expiatorios y fueron los blancos preferidos de la ira nazi.
Actualmente, tanto en Europa como en los Estados Unidos, la rabia y la discriminación se están desatando en contra de los inmigrantes provenientes de naciones que ha mucho tiempo vienen siendo saqueadas por el colonialismo y el imperialismo. Entonces, después de haber sembrado la desgracia y la muerte por todo el mundo, las clases dominantes de los países europeos y de los Estados Unidos han decidido hacer que los que carguen con la responsabilidad por los problemas que padecen sus propias poblaciones sean aquellos que se han visto obligados a abandonar sus países debido a la total falta de perspectivas de futuro que el colonialismo y el imperialismo han generado. Una vez más, se culpa del crimen a quienes son sus mayores víctimas.
Cualquiera que sea su variante (hitleriana, mussoliniana, sionista, bolsonarista, lavajatista y otras), los pilares de la ideología fascista no se sostienen en la verdad. Sin embargo, sus propagadores ideológicos nunca admiten su esencia mentirosa. Por esta razón, la manipulación del lenguaje se convierte en una de las herramientas más importantes para ganar apoyo entre muchos de aquellos que, aunque se sienten insatisfechos con las condiciones sociales imperantes, no tienen claras las verdaderas causas de su insatisfacción. En otras palabras, para ser aceptado y adoptado por amplios sectores de las masas populares, el fascismo depende necesariamente de la hipocresía. Y, en este sentido, el lenguaje juega un papel de enorme relevancia para crear una realidad paralela, independiente del mundo concreto.
Vamos a tratar de hacer que este punto sea mejor entendido a través de algunos ejemplos actuales de esta nefasta forma de ver y sentir el mundo.
Aunque los grandes capitalistas no llegan siquiera al 1% del número total de la población de ninguna nación, siempre buscan inculcar en el 99% restante, o al menos en buena parte de ellos, la idea de que los valores e intereses cultivados por esta pequeña minoría también son válidos para todos los demás. Así, si desea preservar intacto su monopolio de la comunicación a través de las redes sociales digitales, un megamultimillonario que lo posea jamás lo admitirá abiertamente en público. Lo que hará (a través de sus sirvientes remunerados, obviamente) es tratar de consolidar la percepción de que todas y cada una de las restricciones que se impongan a su acción monopólica significarán un recorte de la libertad de la población en su conjunto, y no solo un intento de establecer límites a su capacidad para manipular las mentes de toda la sociedad.
Del mismo modo, cuando el propósito es obtener la anuencia popular a las propuestas que pretenden mantener el futuro de una nación periférica atado a los intereses de las grandes potencias imperialistas, sus representantes locales no se atreverán a explicar abiertamente cuáles son los intereses que realmente los motivan. Por el contrario, cuanto más vendepatrias sean, más tratarán de hacerse pasar por sinceros defensores de la nación, es decir, como patriotas dignos de elogio. En tal sentido, ¿quién no recuerda que, en Brasil, el fascismo subserviente, que se expresa predominantemente a través del bolsonarismo, adoptó como sus colores simbólicos el verde y el amarillo de nuestra bandera? Por eso, en los eventos programados para justificar la entrega de los recursos naturales de la nación al imperialismo y reforzar nuestra sumisión a los Estados Unidos, sus dirigentes solían recomendar a sus seguidores que asistieran vestidos con la camiseta de la selección brasileña de fútbol y estuvieran dispuestos a cantar con fuerza las estrofas de nuestro himno nacional.
Por otro lado, a pesar de ser notorios por su alto grado de depravación, a los fascistas de todas las vertientes les gusta presentarse como campeones de la defensa de la familia y las buenas costumbres. Sin embargo, ignoran que las principales razones que provocan la desintegración familiar son los bajos sueldos y las extenuantes jornadas laborales a las que están sometidos muchos de nuestros trabajadores. Esto es lo que les impide pasar más tiempo con sus familias y poder ofrecerles condiciones de vida dignas. Por ello, lo primero que deberían hacer los que de veras se preocupan con la desestructuración familiar es exigir que todos dispongan de condiciones adecuadas para criar a sus hijos y cuidar bien a los miembros de su familia.
Desde el punto de vista religioso, sabemos que en los países de Europa y de América, la mayoría de sus habitantes se consideran cristianos. Sin embargo, aunque la imagen de Jesús está indisolublemente asociada a la justicia, la solidaridad, la fraternidad, la paz y la opción preferencial por los más necesitados, muchos de los que poseen y dirigen iglesias autoproclamadas como cristianas son activos exponentes políticos del fascismo. Defienden y predican, de hecho, exactamente lo contrario de lo que simboliza el legado de Jesús. De esta manera, en boca y escritos de estos farsantes, Jesús se transformó en un ardiente capitalista, que propone y bendice el egoísmo típico del capitalismo, predicando la discriminación, el odio, la guerra y la defensa de los privilegios de los multimillonarios en detrimento de los más humildes.
Con las mal afamadas teologías de la prosperidad y de la dominación, los capitalistas fascistas que se hacen pasar por cristianos buscan ganar el apoyo popular para sus proyectos que son profundamente contrarios a todas las aspiraciones de Jesús. Por lo tanto, hacen uso de su nombre para asegurarse la persistencia de todas las injusticias contra las que Jesús siempre luchó. Utilizan el nombre de Jesús para crucificarlo de nuevo, a favor de los intereses de las clases dominantes, a las que pertenecen.
Además, por medio de la manipulación de las palabras bíblicas, los capitalistas fascistas que controlan tales iglesias inducen a un enorme contingente de personas a expresar su apoyo a uno de los más horrendos crímenes contra la humanidad de todos los tiempos: el genocidio del pueblo palestino por las fuerzas del colonialismo sionista del Estado de Israel, que está teniendo lugar en este momento. ¿Cómo es posible aceptar que se utilice el nombre y la simbología de un ser tan estrechamente asociado con el humanismo, la bondad, la justicia, el respeto a la vida y la no discriminación para validar uno de los actos más monstruosos de la historia de la humanidad?
Para resumir lo expuesto en las líneas anteriores, todos los que nos interesamos por el estudio del lenguaje sabemos el poder que ejercen las palabras en la estructuración de nuestra forma de pensar y reconocernos. Por ello, somos conscientes de que, a menudo, se utilizan las palabras con el propósito de ocultar los objetivos realmente perseguidos, así como, en varias ocasiones, ellas también sirven como instrumento de autoengaño, ya que, cuando está claro que sus pretensiones no son en absoluto solidarias o justas, el ser humano tiende a sentir la necesidad de engañarse a sí mismo para, de esta manera, aliviarse de las consecuencias de un posible dolor de conciencia.
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*Jair de Souza, Economista egresado de la UFRJ, Máster en Linguistica, también de la UFRJ. Analista político. Brasil. BLOG DEL AUTOR: Jair de Souza*
