Muchos candidatos de la extrema derecha acudieron a la vieja fórmula del anticomunismo para desprestigiar a distintos contendientes políticos. ¿Por qué los sectores reaccionarios siempre acuden a esta peligrosa estrategia?

Alejandro Cifuentes

Este 2022 acudimos a una campaña electoral deplorable. Las fuerzas tradicionales -incapaces de responder a las necesidades de una sociedad en crisis- basaron su propaganda en el desprestigio de sus contendientes políticos. Hemos visto entonces cómo aparecen vallas y eslóganes que incitan a la violencia contra personas y organizaciones.

En una de las vallas del Centro Democrático, podía leerse “Por un país libre de comunismo”, ante lo cual el Partido Comunista protestó. Sin embargo, no hubo tanta vehemencia de otros sectores de izquierda y democráticos ante esta estigmatización. Y muchos pensarán por qué a otras organizaciones debería incumbirles este asunto, al fin y al cabo solo aluden a los comunistas.

Pues bien, hay que señalar que el anticomunismo, de trayectoria más larga que el comunismo en nuestro país, no solo puso en su mira a una ideología en específico, sino que ha sido el sustento para la persecución y exterminio de sectores populares organizados.

El trasegar del socialismo

En comparación con otras latitudes americanas, la difusión del socialismo en Colombia es tardía. Aunque a mediados del siglo XIX el socialismo utópico tuvo recepción entre el artesanado, la guerra civil de 1854 frenó su alcance. Tras el derrocamiento del gobierno artesanal de Bogotá, muchos de los grupos radicales fueron reprimidos, y se impuso el proyecto comercial agroexportador, que arruinó cualquier posibilidad de desarrollo manufacturero, dilatando la formación del proletariado moderno.

A partir de la década de 1890 vemos expresiones populares que reflejan alguna familiaridad con ideas socialistas, concretamente del anarquismo. En los debates políticos, y en sucesos como el levantamiento en Bogotá de 1893, aparecían referencias al francés Ravachol, famoso por sus atentados dinamiteros. De hecho, en 1910 surgió un periódico crítico del gobierno conservador, el empresariado y la iglesia, que llevaba por título el apellido del inmolado ácrata.

Y es precisamente en los años 10 cuando las organizaciones populares comienzan una mayor reivindicación del socialismo. Durante estos años, esta palabra empezó a entroncarse con las reclamaciones sociales y políticas de los primeros obreros y de los artesanos empobrecidos de una sociedad en cambio.

Las medidas intervencionistas del gobierno, que respondían a la crisis de las exportaciones tabacaleras, así como el desarrollo de la economía cafetera, estimularon un proceso de modernización que conllevó el surgimiento de la clase obrera. Además, a nivel internacional, se presentó un hecho crucial para entender el desenvolvimiento del socialismo colombiano: la Revolución de Octubre.

La victoria de los bolcheviques tuvo mucho eco en nuestro país y el marxismo fue ganando mayor visibilidad desde entonces. Las agrupaciones obreras que venían formándose desde 1911, confluyeron en 1919 en el Partido Socialista, PS, en cuya prensa no pocas veces se invocaba a Lenin, Trotsky y Marx. No obstante, estas reivindicaciones parecían más resultado del entusiasmo que generaba el suceso revolucionario ruso, que un efecto del estudio sistemático de la tradición marxista.

Pero no pasó mucho tiempo para que las ideas comunistas experimentaran una difusión más sistemática. Comenzaron a circular textos de Marx, Engels y Lenin en idiomas diversos, mientras en Bogotá el ruso Silvestre Savitski, mantuvo un grupo de estudios de marxismo, integrado, entre otros, por Luis Tejada y Luis Vidales.

Varios integrantes de este grupo asistieron al congreso socialista de 1924 con el fin de reconvertir el PS en un partido comunista afiliado a la Internacional. Finalmente, el Partido Socialista Revolucionario, PSR, fundado en 1926, dio el paso hacia la integración a la Internacional Comunista, articulando al movimiento obrero colombiano con otras organizaciones que se reclamaban como marxistas y obreras. Aunque el PSR entró en crisis antes de poder consumar su cometido. Esto solo ocurrió en 1930 con la fundación del Partido Comunista Colombiano.

Anticomunismo antes del comunismo

En suma, las ideas comunistas en Colombia no comienzan a tener una incidencia y difusión en el movimiento popular sino hasta bien entrado el siglo XX; es más, en el país ni siquiera llegará a existir un partido político que se reivindique como tal hasta la década de 1910, por lo que a liberales y conservadores les será más fácil mantener su monopolio. Sin embargo, desde mediados del siglo XIX encontramos a diversos líderes políticos y al clero denunciar al comunismo y dotarse de herramientas para luchar contra este.

Las primeras denuncias y advertencias de la prensa bipartidista y católica contra el comunismo surgieron en medio de la radicalización del artesanado, que terminó con la revolución de 1854.  Por ejemplo, en 1851 el literato José Caicedo Rojas, en una intervención ante el congreso declara que no era “comunista, mucho menos puedo ser rojo, porque rojo es decir vándalo […] porque los individuos de esta secta política solo desean la nivelación de las fortunas para satisfacer sus necesidades físicas”.

Estas palabras eran citas por el sastre Ambrosio López, patriarca de la poderosa familia López que logró dejar atrás su vida en la manufactura para dedicarse a la especulación y el comercio, en un texto, también de 1851, en el que explicaba sus diferencias con la Sociedad Democrática de Artesanos. Consideraba al artesanado engañado por hombres que proclamaban y predicaban “los principios más corruptores, para hacer desaparecer […] el amor á las buenas costumbres, el justo respeto por la dignidad eclesiástica; i en fin, para difundir por toda doctrina los monstruosos i escandalosos principios de comunismo”.

Tras la derrota militar del artesanado rebelde, el espectro del poder popular seguía atormentando a las élites nacionales. De hecho, hay quienes dicen que la Regeneración fue concebida por Rafael Núñez como un proyecto autoritario para salvaguardar el orden social de una revolución social semejante a la de 1854 en Bogotá o la Comuna de París.

Y es durante los años de la Regeneración que vemos arreciar de nuevo las diatribas contra el comunismo, ahora con referencias al anarquismo. Rafael Uribe Uribe en un ensayo de 1896 perfilaba a los anarquistas Ravachol y Bakunin, todo para explicar que los proyectos revolucionarios se basaban en la violencia y la destrucción de la propiedad, todo lo contrario que buscaba el liberalismo. Y aún cuando el líder liberal terminó reivindicando el socialismo, aclaraba que su socialismo era de “arriba abajo”, respetuoso de la propiedad.

Conforme avanzaban las primeras décadas del siglo XX, el malestar social y la protesta aumentaban, y con ello las advertencias y denuncias del gobierno y el clero contra el comunismo. La Iglesia católica, firme aliada del conservatismo, llevaba al menos seis decenios predicando contra esta ideología.

Consideraciones preliminares

¿Qué podría explicar esta beligerancia contra una ideología que aún no tenía asidero social en el país? Tanto el clero como las élites políticas y sociales mantenían contacto constante con el contexto europeo, donde el socialismo y las organizaciones obreras desafiaban el orden establecido desde la primera mitad del siglo XIX, por lo que podríamos pensar que el anticomunismo era un reflejo de los debates de Europa.

Pero lo cierto es que las diatribas anticomunistas respondían también a realidades propias. Hasta la década de 1920 no había comunistas, pero sí había un pueblo insumiso que las élites percibieron como una amenaza desde el inicio mismo de la república. El carácter antipopular que esconde el discurso anticomunista se puede ver especialmente durante el régimen conservador (1886-1930), pues en ese entonces la prédica anticomunista no quedó solo en palabras, sino que se concretó en acciones destinadas a reprimir cualquier expresión libertaria del pueblo por considerársele una amenaza “comunista”.