POR: SERGIO OCAMPO MADRID

Este año, de no mediar un hecho de sangre, un enorme fraude o un holocausto nuclear, por primera en su historia, Colombia está a las puertas de tener un presidente sin ningún nexo con los partidos que nos gobernaron dos siglos, ni con los grupos y grupúsculos surgidos de su profunda crisis en las tres últimas décadas, y que terminaron siendo peores en todo sentido.

Por primera vez podría haber un mandatario de izquierda aquí, donde han estigmatizado, masacrado y excluido esa ideología, y donde ella misma ha hecho bastante para ser demonizada. Menos probable, podría haber un presidente de centro, un independiente que representa a unas clases medias también eternamente pospuestas, profesionales, civilistas, pero condenadas a los cargos segundones y a una psicología aspiracional con los límites que imponen los apellidos, pero también la violencia y la corrupción de unas castas cerradas.

Lo cierto es que nunca antes hemos estado tan cerca de este punto de quiebre, porque este es un país pletórico en fenómenos de violencia, pero escaso en experimentos políticos y sociales. Aquí nunca hubo una reforma agraria real, ni una revolución, ni movimientos raizales ni populares con vocación de poder, ni siquiera golpes de Estado, ni militares gobernando, salvo un corto impasse en los años 50. El acostumbramiento nos llevó a una inercia perezosa y conformista bien administrada por la derecha y, en lo que va del siglo, por una fatal ultraderecha.

Sin embargo, y quizá por la ilusión de ese cambio, no hemos reparado en que la verdadera transformación, la de fondo, esa de la que pueden depender los cambios más ciertos, la vamos a decidir este 13 de marzo. Lo digo con toda convicción: más que cambiar un presidente, lo que urge es desratizar el Congreso.

Y urge, porque buena parte de este conforma uno de los grupos criminales mejor organizados y más peligrosos de toda la delincuencia nacional. Uno que maneja el único negocio en el que, además de todas las ganancias intrínsecas, mermeladas, auxilios, comisiones y sobres bajo la mesa, les pagamos un salario que equivale a 34 veces el de uno de los 13 millones de colombianos que devengan el mínimo o menos. Es la única organización dentro del margen de la ley con un sueldo por delinquir. Y con todas esas ganancias logran comprar, literalmente, los votos, para que casi nadie nuevo entre en esa ‘cosa nostra’ que funciona en el Capitolio.

Son ellos, también, los únicos trabajadores en el mundo que no tienen miedo de perder el puesto si no hacen bien su trabajo. Les da igual mostrar resultados que no mostrar nada, pues la mayoría llegó allí no por propuestas ni programas, ni por la dinámica de la representatividad sectorial o regional, sino por un negocio familiar, o personal, con el apalancamiento de cuántos empleos que pudieron ofertar en el mercado del votante, o con la compraventa en cash de votos. Además, no hay evaluaciones de desempeño, y la rendición de cuentas es un ejercicio un poco farsante.

El Congreso está en manos de mercaderes de absoluciones, de endosadores fáciles a lo que mande el ejecutivo, de calculistas de puestos y comisiones. O sea, está mayoritariamente constituido por pillos. Lo grave es que algunas de sus funciones son de las más vitales: controlar al poder presidencial, investigar generales y altos funcionarios, descabezar ministros, elegir procurador, contralor, defensor. Y en todo eso han logrado hacer unos enroques que solo sirven para volverlos intocables, inimputables. Así, en 31 años, desde que entró la Constitución del 91, nunca ha caído un ministro por moción de censura, ni se ha investigado de verdad a un presidente. Ni siquiera son buenos sacando leyes, de las que tienen que ver con la vida misma. En 40 años, los temas sensibles de la moral se fueron posponiendo o hundiendo en seguidilla: ocho veces el matrimonio igualitario, 39 veces el aborto, doce, la eutanasia. En todos ellos, fue la Corte Constitucional la que terminó asumiendo la responsabilidad, y el costo, de esas decisiones.

El Congreso entonces es el obstáculo más fuerte, y más urgente de remover, para que empiecen a darse los cambios y se aborden los temas y las decisiones que se han pospuesto por décadas. Y eso solo se puede cambiar expulsando a los que lo han convertido en un negocio privado, en una cueva de ladrones, y abriéndole espacios a gente cuyo compromiso sea hacer política de un modo diferente, con pactos sobre la mesa, con una ética de la civilidad, con proyectos de país, de región, de ciudad, con compromiso firme de incluir, cerrar brechas, hacer acuerdos sobre lo fundamental y repatriar una moral pública que terminó exiliada a la fuerza.

Parece un buen momento el actual porque convergen fenómenos afortunados: aún las Farc tienen sus curules, y han demostrado mayormente que le están apostando a la paz y a la política; vamos a tener 16 asientos para las víctimas que, salvo algunos embuchados, van a quedar en manos de gente eternamente excluida; el fenómeno de las candidaturas presidenciales de izquierda y de centro debe arrastrar también votaciones por sus listas al Congreso; finalmente, y aunque siempre ha habido un segmento minoritario de personas por quién votar, en esta ocasión se aprecia un espectro muy amplio de estupendas opciones. Aquí arriesgo algunas:

Empiezo por Humberto de la Calle, distanciado del Partido Liberal y una apuesta fija por la paz; Iván Marulanda, para llenar el vacío que deja Jorge Robledo; Angélica Lozano, mujer, diversa, vigilante; Andrea Padilla, sin miedos; Juan Carlos Flórez, una voz mesurada y firme; la lista del Nuevo Liberalismo tiene gente excepcional como Carlos Negret, Yolanda Perea y Carlos Fernando Galán; en el Pacto Histórico, el imprescindible Iván Cepeda, para seguir resistiendo al modelo paramilitar y corrupto, y Aida Abella, eterna sobreviviente. En la Cámara, a ojo cerrado votaría por Mauricio Toro, moderno, creativo y eficaz; Katherine Miranda, para perseguir a los abudineadores del fisco; Fernando Posada, analista agudo y honesto; Daniel Quiñonez, un chico ambientalista que propone la alternativa de un servicio ambiental en lugar del militar, tarifas diferenciales en el transporte, y un eslogan maravilloso: “Los jóvenes no queremos nada regalado, pero tampoco regalarnos”.

Es una lástima que el voto sea solamente uno.