Por Pablo Kundt
EL CONTROL SOCIAL: MEDICOS Y POLICIAS
Los instrumentos de control de los obreros fueron dos: los médicos y una nueva policía tributaria, el FBD, especie intermedia entre inspectores de Hacienda y cuerpo represivo al más puro estilo USA.
Las leyes de prohibición se iniciaron en 1890 con el impuesto del trabajador emigrante se asoció al peligro social para justificar el control sobre el opio; en 1906 se dictó otra ley contra su «adulteración» y en 1909 se impuso la prohibición de fumarlo. No deja de ser curioso que cuando la industria farmacéutica producía drogas sintéticas, la represión enfilara precisamente contra la «adulteración» de las drogas naturales, así como también que se prohibiera fumar opio, pero no el consumo de derivados sintéticos como la morfina o la heroína. La prohibición no era de la droga en general sino de aquellas drogas que no pasaban por los alambiques de las empresas farmacéuticas.
Era una interdicción selectiva y clasista que afectaba a los trabajadores paro no a la burguesía, la cual podía seguir consumiendo, fuera de la estigmatización moral, gracias a las recetas médicas: el facultativo les «obligaba» a tomarlas; era un consumo involuntario que para nada cambiada las pautas adictivas del burgués. Por el contrario, el trabajador tuvo que entrar en las redes de control para ingerir una sustancia que no era la que habitualmente él tomaba y cuyo precio se encareció notablemente.
Que las normas fueran de carácter tributario pone de manifiesto la herencia capitalista ya revelada en la guerra del opio: el contenido económico de la prohibición. Su carácter recaudador que elevaba los precios y reservaba el consumo de drogas para que únicamente pudieran adquirirlas legalmente los sectores más elevados de la sociedad, mientras los trabajadores debieron recurrir a los canales marginales, al mercado negro o a la delincuencia. Para el control sobre la droga se creó una nueva policía federal dependiente del Ministerio de Hacienda, el FBD, antecedente inmediato de la DEA actual, también dependiente del mismo departamento ministerial. La legalización de la droga exigía el pago de impuestos. El control sobre las drogas te-nía unos claros objetivos de clase.
Desde el punto de vista de la producción, eliminaba la materia prima originaria de los países coloniales, el opio, el cáñamo y la hoja de coca, imponiendo los productos sintéticos elaborados por las empresas farma-céuticas. Desde el punto de vista del mercado de destino, no se veían afectados los burgueses, mientras los obreros debían sujetarse al control policial para disponer de unos fármacos que no eran los mismos que ellos habían conocido antes y cuyo precio era mucho más elevado. La medicina natural tradicional se vió casi definitivamente desplazada por los médicos convencionales.
Pero el momento decisivo de la represión llegó en 1914 con la ley Harrison, que prohibió definitivamente «el uso no médico» de las drogas, es decir, el autoconsumo sin receta médica. El sentido de la interdicción era y ha sido siempre ése justamente: no Impedir la extensión de las drogas sino su fomento, pero un fomento controlado. Naturalmente el control engendró el mercado negro: los médicos vendían las recetas, lo que seguía elevando su precio; apareció la reventa, el contrabando y el mercado clandestino; se buscaron sustitutivos sintéticos, como las anfetaminas a partir de 1932 para sustituir a la cocaína y la heroína a la morfina; finalmente se promovió el delito, el robo de recetas o de las drogas en los consultorios, clínicas y farmacias.
MILITARISMO Y DROGAS
La prohibición coincidió -no por casualidad- con la I Guerra Mundial, no solamente por la tradicional vinculación de las drogas con los militares y las guerras imperialistas, sino porque la morfina se utilizó ampliamente, tanto en labores de cirugía, como para sobrellevar los dolores de las heridas, para combatir el miedo y la angustia en el combate. La cocaína se empezó a utilizar como anestesiante local inyectada en el nervio desde finales del siglo pasado. Numerosos combatientes, luego licenciados, adquirieron adicción a la morfina; entre los aviadores se distribuyó cocaína, lo mismo que en la II Guerra Mundial se difundieron las anfetaminas entre los soldados. Era la única manera de sobrellevar el riesgo de la muerte o el dolor en una guerra que nada tenía que ver con los pueblos. Que el engarce entre las drogas y el imperialismo no era casualidad se comprobó cuando los Estados Unidos incluyeron una cláusula en el Tratado de Versalles por la que se prohibía a los laboratorios alemanes la libre venta de drogas.
Aunque Estados Unidos no se integró inicialmente en la Sociedad de Naciones, consiguió en una época en la que aún no era la primera potencia imperialista, que la organización internacional asumiera la prohibición de las drogas como cosa propia.
Dentro de los propios Estados Unidos la represión fue adquiriendo unos tintes cada vez más delirantes. En 1918 la prohibición se extiende a las bebidas alcohólicas y los controles sobre las drogas se fueron endureciendo progresivamente, hasta el extremo de que la policía tributaria acabó dictaminando acerca de los diagnósticos médicos y las prescripciones farmacológicas correspondientes. El FBD llevaba a juicio a los médicos que recetaban drogas poniendo en tela de juicio su labor y desde 1922 consiguió amedrentarles y sustituir el control médico por el policiaco-tributario. Lo que inicialmente parecía ser un intento legislativo de limitar el suministro de drogas a la práctica profesional de la medicina, fue reconstruido administrativamente cercenando al extremo la capacidad médica para usar de la discrecionalidad profesional en el tratamiento de los adictos. Cualquier prescripción o tratamiento que el FBD no considerara dentro de la correcta práctica médica o se presumirá que apuntara a mantener estable la dosis necesaria para un adicto, llevaba al médico ante los tribunales.
En 1937 la Sociedad de Naciones promociona, por presión de los Estados Unidos, la firma de una serie de tratados internacionales contra el tráfico de drogas: la política antidroga de los Estados Unidos se convirtió en la política mundialmente dominante, anticipando lo que sucedería una década después en todos los ámbitos sociales.
La interdicción logró todos los efectos que perseguía: fue un rotundo éxito de las multinacionales y de la política policiaca estadounidense. El consumo de drogas se disparó: hoy, sólo en USA, 25 millones de personas fuman marihuana, 6 son adictos a la coca y medio millón a la heroína. Más consumidores y más adictos significa más control, más registros y redadas, más intervención policial, más personas fichadas, más leyes represivas, etc. Pasar de la represión de la droga a la represión política no requiere ningún esfuerzo. En EEUU los medios de comunicación al servicio de la clase dominante, asociaron desde un principio ambos frentes: la droga la difundían, al principio, las organizaciones obreras; luego la internacional comunista; finalmente, resultó que tras los traficantes estaba la China roja, Cuba o Nicaragua aún más recientemente.
CONCLUSION
Las drogas se difunden y promocionan con el mismo origen del capitalismo; y se prohiben con la entrada del capitalismo en su fase monopolista e imperialista. Su objetivo es controlar, reprimir y, finalmente, destruir físicamente a la dase obrera. No es un fenómeno actual sino con cinco siglos de historia, los suficientes como para conocerlo perfectamente. Y siempre ha funcionado de la misma forma: primero se promociona y luego sé prohibe. Pero no se prohibe para restringir su consumo sino para someter al consumidor a la policía. Nunca jamás la prohibición ha significado reducción en el comercio de drogas y, por tanto, el problema no está ni en la legalización ni en la prohibición.
Hoy nos presentan la droga como un problema proveniente del Tercer Mundo, de los países subdesarrollados (Colombia, Pakistán, Tailandia, etc.). La droga no es ajena al capitalismo y, más en concreto, su difusión proviene de una política deliberada de los países más desarrollados y no al revés. Es un fenómeno de destrucción masiva de personas que sólo es posible bajo un sistema tan desarrollado y extendido como el capitalismo actual.
El tráfico de drogas no existiría en la escala actual sin las sociedades anónimas, las cuentas numeradas, los paraísos fiscales y todos los demás mecanismos del sistema financiero internacional que permiten mover ingentes cantidades de divisas en muy pocos minutos y de forma anónima. Nadie quiere tocar la droga, pero nadie rechaza sus dividendos porque el dinero no tiene color. Los que administran los capitales del mercado negro no son los que trafican, sino expertos financieros que trabajan por cuenta ajena. La droga y sus dividendos se mueven como pez en el agua por los circuitos capitalistas internacionales.
El capitalismo no puede luchar contra la droga porque no puede luchar consigo mismo. Hay que luchar contra la droga luchando contra el capitalismo, que es un sistema económico moribundo, decadente, en descomposición. Hay que transformar sus proyectos de muerte en un proyecto de vida. Y todavía ninguno de esos expertos ni ninguno de esos «alternativos» nos ha dicho una palabra de esto, que es lo esencial.
Notas:
(1) E. Kalina y S. Kovadloff: “Droga: la máscara del miedo”, Fundamentos, Madrid, 1987, pág. 53.
(2) Jerald W. Cloyd: “Drogas y control de la información. El rol del hombre en la man,pulación y el controI del tráfico de drogas”., Tres tiempos, Buenos Aires, 1982, pág. 65.
(3) Federico Engels: «La situación de la clase obrera en Inglaterra”., Madrid, Júcar, págs. 108 y 111.
(4) Engels: “La situación…”., pág. 46.
(5) Engels: “La situación…”., pág. 142 y C. Marx: “El Capital. Crítica de la economía política”., Fondo de Cultura Económica, México, 1973, tomo 1, pág. 328
Autor: Pablo Kundt/ http://prensaestudiantil.org
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