
No podemos menos que admirar la decisión del pueblo venezolano de defender los espacios ganados para la participación política. Ha sido un largo camino transitado: desde los tiempos en que el voto era un privilegio de clases y género; luego, cuando había elecciones cada cinco años para acatar las decisiones de cenáculos puntofijistas, hasta el inicio de la era bolivariana, en la cual se ha institucionalizado el sufragio para expresar voluntades desde las bases de la sociedad.
Más de 3 millones de ciudadanos asumieron el domingo pasado su potestad de decidir quiénes representarán al PSUV en las próximas elecciones parlamentarias. No se condicionó esa participación a estar inscritos en la organización política creada por Chávez.
En el Zulia desarrollamos una campaña interna bajo las directrices del respeto y empatía entre quienes colocan su nombre a la consideración del pueblo, para defender los logros y avanzar en la construcción de una sociedad con una nueva cultura política y ciudadana. La coincidencia en esas premisas se sobrepone a cualquier otra diferencia de criterios, propia de la naturaleza humana.
Contrasta esta jornada de ejercicio democrático, de participación masiva desarrollada sin incidentes negativos, con la forma excluyente en que los cogollos de los partidos de la ultraderecha escogieron sus candidatos, sin margen alguno de real participación de los ciudadanos. El PSUV vivió un proceso que abarcó el territorio nacional, a lo largo y ancho del país, sentando un precedente histórico.
Contentos y fortalecidos con esta lección de dignidad y claridad del pueblo venezolano, debemos continuar con disciplina y lucidez, sin ceder en el empeño diario en la gestión de gobierno. Quienes resulten electos como asambleístas, tienen que asumir ese honor que les hace el pueblo, como un apostolado para ejercer un trabajo legislativo honesto e ilustrado, que sea basamento para ganar las batallas en curso y las que vendrán, y así consolidar la evolución hacia un país soberano, de libertad, justicia y prosperidad.
