“Cantor que canta a los pobresali
Ni muerto lo han de callar
Pues ande vaya a parar
El canto de ese cristiano
No ha de faltar el paisano
Que lo haga resucitar”
Don Ata

Nacido de la certeza del amor, en Coro, a la medianoche del 31 de octubre de 1942, el niño pesó cuatro kilos y medio. Desde que abrió los ojos era muy inquieto, curioso, solidario y, por completo, rebelde. Carmen Adela, su madre, solía decir que le había cantado en el vientre. Su padre, Antonio Isidro, que oficiaba como policía y hacía que su esposa cocinara todas las semanas un almuerzo especial para los presos, le enseñó a recolectar mangos en la plaza de Coro y a distinguir a los pájaros por sus cantos.

Vivían en una casa que tenía un patio amplio y cualquier objeto se transformaba en un juguete en las manos de sus hermanos: Asisclo, Ramón, Ada, Alfonso, Carmen Antonia, Edgardo y Héctor, revolucionaban la naturaleza con sus travesuras y hazañas. Jugaban con sapos, gallinas, pero lo que más les satisfacía era el proceso mágico de ver aparecer un trompo, un gurrufío o un volantín de un trozo de madera o de un carrete de hilo.

El 4 de agosto de 1944, un hecho trágico cambió para siempre el curso de la vida familiar. En la cárcel de Coro, en una habitación, estaba el jefe de la policía y, en la otra, estaban jugando dominó Antonio Isidro y unos compañeros. Un señor que tenía ciudad por cárcel, entró hasta la habitación del jefe, disparó contra él y otro policía. Los que estaban jugando dominó salieron corriendo al pasillo y el preso, asustado y armado, hirió a Antonio Isidro. Ocho días estuvo agonizando. El preso que le dio muerte estuvo llorando durante meses.

La familia emigró a Paraguaná. En aquella travesía, ese niño nacido de medianoche observó por primera vez el mar. En la península, se fueron formando las vertientes que alimentarán su vida y militancia: el campesino, el obrero y el pescador, caudales prominentes que lo convirtieron en la voz primera que se pronuncia en cada batalla popular venezolana: Alí.

Rompiendo medanales y cruzando salinetas, llegaron a Paraguaná con la pobreza a cuestas, pero conocer ese universo fue un gran tesoro. En San José de Cocodite, vivían en casa de Mamá Chayo, abuela materna, rodeados de monte, de animales, chivos, pájaros y la gente gritando alegre cuando llovía. Visitaban con frecuencia a Mamá Pancha, abuela paterna e inspiradora de cantos de corral.

Se ingeniaban distintas trampas para capturar los animales que les servirían de sustento. Los niños elaboraban “tiratiras”, las famosas chinas. Se afanaban en perfeccionar su instrumento de caza con las gomas más enérgicas. Funcionaban bajo el estricto principio de que lo que se mataba era para comer. En sus almas se debatía el hambre con el miedo porque su madre decía: “Si ustedes matan un mamaflor (colibrí), se muere mamá. Y mucho cuidao con las mariposas, que ellas son para embellecer el jardín.”

Tenían dos burritos: Tatico y Guarapo. Ambos eran borricos de malas costumbres. Andando por las veredas, poco les importaba desobedecer las órdenes y conducir a los niños al monte para echarse bajo la sombra de un cují.  Alí les mordía las orejas y se ingeniaban estrategias para moverlos, pero todas resultaban infructuosas, hasta que con la puesta de sol,  por voluntad propia los animales regresaban a casa.

Desde muy niño, Alí aprendió el significado de “ganar un lomo”,  contrato laboral verbal en el que dos o más sembradores se comprometen a ayudarse en los conucos. Los niños Primera cultivaban un pedazo de tierra del tío Chon, cuñado de Adela. Limpiaban la tierra para sembrar, abrían el surco para colocar la semilla de tapirama, auyama, maíz y todos los alimentos que la tierra de Falcón está dispuesta a entregar. Cada minuto era una buena excusa para ir a cuidar la siembra, en especial de las aves que se complacen en sacar el maíz del hoyo una vez sembrado.

Sumergidos en la aridez falconiana, la vivencia de la lluvia era algo extraordinario, apoteósico. El sentir la lluvia en la cara, en el cuerpo, era el mejor bautismo que podían tener los niños. Un penacho de nubes bastaba para rezar porque aquella viajera blanca del cielo se transformara en agua que les cayera. El suelo se hacía océano. Familias enteras esperaban el agua bendita para disfrutarla. La tierra asumía las veces aya de los niños.

Por segunda vez, Carmen Adela se cubrió de húmedos besos. Contrajo matrimonio con José Padilla, un campesino recio pero muy tierno. La lluvia, mensajera del tiempo de reflorecimiento, fertilizaba a la tierra y a la madre, germinaban semillas y vientres. Nacieron tres niños: Elí, Mireya y Esmil, éste último rebautizado por Alí Primera como Montecano, en honor al cerro que los vio crecer.

Larissa Costas Manaure/@Larissacostas

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