el-patriota-eeuuPor: *Mario Serrato

De un tiempo para acá se ha puesto en boga la idea según la cual la postura de patriota y de defensor de la patria, tiene por condición la adherencia a un modelo económico. De esa manera se nos ha hecho que creer que mientras más cercamos estemos a las políticas neoliberales, y más censuremos y persigamos a quienes optan por otros modelos económicos, más cercanos y mayor legitimidad tendremos en nuestro amor por la patria.
Un sujeto raro que está siendo juzgado por el vil crimen de Jaime Garzón Forero, al parecer pregonaba en una cátedra que tenía en la Escuela Superior de Guerra, (que nombrecito para una escuela) que era lícito matar comunistas, sin que importará su condición y cuales fueran sus inclinaciones sexuales, su clase social, su situación racial o con que argumentos sostenía sus convicciones. Los comunistas no pueden ejercer el patriotismo.

Otro, no menos tocado por la arbitrariedad y la locura, y quien se autodenomina EL PATRIOTA,  asegura de manera desafiante en las redes sociales que: “Colombia nunca será comunista, socialista o progresista (sinónimos) así nos toque desangrar esto hasta la última gota. Mensaje a la yugular.”

Este ejemplo permite concluir que la llegada al poder, así sea de forma democrática de un modelo diferente al aceptado por los poderosos, legitimaría en los “verdaderos” patriotas el desangre generalizado.

La doctrina de la Seguridad Nacional, impuesta desde el Pentágono a todos los militares de latino América en reacción a la revolución cubana, presentaba un crudo componente anticomunista. Dicho componente confundía deliberadamente patria con anticomunismo y sinónimos, como asegura el energúmeno que remitió el trino del ejemplo.

Durante años los oficiales de las Fuerzas Armadas colombianas, adoctrinaron a su soldadesca en el desprecio y censura del comunismo. Tal adoctrinamiento indicaba una forma velada de deliberancia política entre los militares, aspecto prohibido en la anterior, como en la actual Constitución Política.

Sin embargo, tanto los emisores, como los receptores de los mensajes elaborados en el Pentágono, consideraban legítima la  persecución y el exterminio de las personas que profesaran ideas de izquierda,  condición que se comunicaba a sindicalistas, campesinos, estudiantes, indígenas, negros y todo aquel que de un modo u otro descalificara o protestara contra el gobierno.

En el gobierno anterior, la labor de reduccionismo patriótico fue mucho más aguda. De la conversión en terroristas a las guerrillas, se pasó con celeridad a considerar terroristas a todos aquellos que criticaran el régimen: “terroristas de toga”, “sindicalistas amanuenses del terrorismo”, “indígenas infiltrados por el terrorismo” y, “Partidos voceros del terrorismo”, eran las imputaciones dadas a todo aquel que de manera organizada o por pertenecer a una agrupación política o una Corte Judicial tuviera la osadía de disentir.

La mano en el corazón ante los acordes del himno nacional y la mirada puesta en la distancia, indicaban una exclusiva y excluyente convicción en los seguidores del líder mesiánico que apeló a estos símbolos para expresar su patriotismo. El saludo romano de Hitler y Mussolini causaba el mismo efecto.

Resulta un poco cómica la mano en el pecho de ese mismo líder cuando escuchó los acordes del himno de los Estados Unidos en una visita de Estado del ex presidente Bush con algunos de sus altos funcionarios. Todavía recuerdo el modo inteligente en que la inteligente y probada mentirosa, Condolezza Rice, contuvo la carcajada.

La propaganda oficial de ese gobierno impuso la idea de concebir a la patria solo desde su perspectiva política y por supuesto, desde su modelo económico. Los otros, es decir, quienes disentían, lo hacían contra la patria, contra el país, contra Colombia, no contra el gobierno. Sin embargo, al proteger el gobierno esos valores de modo exclusivo y con sus símbolos, obviamente ganaba el derecho incontrovertible a ser el espejo de la  patria.

Entonces, gracias a la propaganda del gobierno, la oposición se convirtió en un amasijo de ideas, actitudes, manifestaciones y posiciones apátridas sobre las que se justificaba la persecución y el exterminio.

La Historia había terminado. Los valores se encontraban encarnados de manera indeleble y definitiva en un solo hombre. Todo lo que escapara a su idea, a su modelo económico, a su concepción del Estado,  estaba equivocado. Y tal equivocación dormía en el error fatal, incomprensible y sin justificación de concebir el Estado y el modelo económico, de forma diferente a los parámetros establecidos por el gobierno, su líder y la patria.

Para que el discurso patriótico fundado en el modelo económico consiguiera mayor número de seguidores,  fue necesario aparejar una compleja, confusa y falsa relación con la moral religiosa. Un acercamiento a los valores de la iglesia y una confirmación de su poder e influencia sobre la feligresía, atrajeron a un grupo numeroso pero indiferente, a la causa de la patria. Fue así como emergieron de los rincones más oscuros de la iglesia personajes que en otras circunstancias se les consideraría acertadamente locos místicos.

La patria pasó a tener una relación religión-estado que de paso excluía a los ateos o a quienes en su confusión y natural equivocación, no concebían la idea de Dios como requisito ineludible y excluyente para alinearse en favor de la patria o ser parte de ella.

El desprecio que sienten los autodenominados patriotas hacia los que disienten de las palabras y posición del mesías protector, alcanza una profundidad que solo puede sondearse y observarse con la lente del odio y la intolerancia.

Preocupa mucho que ante la posibilidad cada día mayor del triunfo de la paz, los “ejércitos” de la patria, concebida en un modelo económico y en una categoría moral exclusiva y excluyente, den inicio a una nueva cruzada de desangre hasta la última gota de quienes creemos, desde la democracia participativa y amplia, en un modelo económico más cercano a los sectores marginados y a los intereses del pueblo.

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