Por Héctor Miranda

La Paz, 21 nov (PL) La capital boliviana vivió hoy una jornada tan tranquila que cualquiera que conozca la obra del escritor mexicano Juan Rulfo pudo tomarla por Comala, aunque diferente por el verdor de sus jardines y plazas y el colorido de sus edificaciones.

Las restricciones impuestas por el Censo de Población y Viviendas obligan a la población a permanecer en sus casas, un motivo por el cual la totalidad de los mercados y centenares de puestos de venta callejeros permanecen cerrados.

Los habituales vendedores de gaseosas o de tucumanas (tipo de empanadas) del vistoso paseo de El Prado estuvieron ausentes este miércoles de sus puestos y el habitual ruido de taxis y minibuses dio paso a un silencio casi absoluto.

Solo algunos vehículos, con autorización gubernamental, transitan de vez en vez por las otrora atestadas calles y lo hacen con tanta libertad como si lo hicieran por un páramo inmenso, sin riesgos de encontrarse con otro o sin los impedimentos que cada día ponen los agentes del tránsito y miles de imprudentes peatones.

Las principales avenidas permanecen vacías desde la medianoche anterior y aquellos que, sin autorización, intentaron adentrarse en ellas recibieron las primeras reprimendas o alguna multa que los hizo cambiar de opinión.

Mientras, jóvenes aislados entran a una vivienda u otra con las planillas censales, con las cuales interrogan a los inquilinos sobre multitud de temas, entre ellos si trabajan, estudian, la cantidad de hijos, el lugar habitual de residencia u ocupación habitual.

En el resto del país se vive un «remake» de la situación en la capital y reportes de prensa, sobre todo de televisión, de otras de las grandes ciudades bolivianas dejan ver que la situación también es muy tranquila.

La central Cochabamba, otra de las urbes, también vivió una jornada calmosa, tanto como Santa Cruz o la habitualmente intranquila El Alto, aledaña a esta capital y centro importante de comercio para quienes viven en los alrededores.

La tarea del Censo, planificado para un solo día, parecía, en un principio, demasiado ambiciosa y con contratiempos extremos por la posición de algunos líderes comunales de oponerse al mismo, pero con las horas quedó demostrado que las amenazas no pasaron de eso y todo transcurre con normalidad.

Sin embargo, la tranquilidad en la capital boliviana no durará mucho más, porque en unas horas se terminará el silencio, las calles volverán a llenarse de autos y peatones y desplazarse de un lugar a otros volverá a ser poco menos que una odisea.