Quito, 28 sep (PL) La confianza en la gestión del presidente Rafael Correa y la necesidad de cuidar la democracia impidieron la consumación de la intentona golpista el 30 de septiembre de 2010 (30-S), opinó hoy un articulista.

Bajo el título de «30-S: y no, no pudieron», Pablo Salgado, del diario El Telégrafo, expone que la decisión popular fue mayoritaria ante el deber ciudadano de construir una democracia inclusiva, en la que también tenga cabida una oposición, pero inteligente y no golpista.

Recuerda el analista político que aún permanecen en la memoria las imágenes de los policías que con saña y extrema violencia agredían a los ciudadanos que acudieron a defender al mandatario.

«Los policías atacaban a quienes debían proteger. Los policías cargaban, sin compasión, contra indefensos hombres y mujeres, muchos de la tercera edad, que acudieron revestidos con la fe en su presidente y amor por la democracia y el país», relata.

Refiere que en aquel momento miles de ciudadanos acudieron presurosos, cubiertos por un cartel o la bandera, e intentaban avanzar mientras eran violentamente repelidos por policías convertidos en salvajes agresores.

Mientras tanto, su presidente, apoyado en su muleta, era insultado y vejado, y deplora el hecho de que un policía intentara despojarlo de la máscara antigás y luego se escabulló, cobardemente, para confundirse entre el resto de agresores.

También memoriza el hecho de que un grupo de opositores, gritando e insultando, ingresaron al edificio de medios públicos y, con la misma violencia de los policías, rompieron puertas para también intentar tomarse el canal público.

Narra, además, cómo los cuerpos de élite rescataron a Correa en una transmisión en vivo y en directo a todo el mundo, en la cual cayó ante la vista de todos un soldado abatido por un disparo de bala.

Esas imágenes, en su opinión, obligan día a día a defender la democracia y trabajar, sin tregua, por una patria nueva; equitativa, libre, justa y sin exclusiones.

Expone que también se recuerda cuando ya en la noche de aquel día aciago llegó el Presidente a la Plaza Grande, al Palacio de Carondelet, y compareció desde el balcón ante miles de compatriotas que lo saludaban con vivas a la democracia y a él.

«Conmovedor. Por fin un Presidente que estaba dispuesto a dar su propia vida por la patria. Por fin un Presidente que cumplía su palabra y privilegiaba los intereses de la mayoría a los intereses personales».